El último día de mi vida

David Orange · Capítulo 24 de 25

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El último día de mi vida

Capítulo 24

El último impulso

 

Es extraño, como casi todo aquello que vemos o experimentamos por primera vez y que no entendemos.

Una mujer que forma parte del equipo médico le pregunta a otra si ya han localizado a los familiares. Le contesta que sí, que al final, tras estar intentándolo durante todo el día de ayer, consiguieron localizar tanto a su hija como a su hijo, los dos están en la sala de espera, hechos un mar de lágrimas. Eso me aterra y me alegra al mismo tiempo, supongo que como casi todo lo que de verdad nos importa en la vida. El miedo que tenemos a perder lo que de verdad queremos es directamente proporcional al amor que sentimos por ello. Tal vez, ese miedo, tan grande como mi propio corazón, como el amor que sentía por ellos, fue lo que hizo que me alejase.

Uno de los médicos, creo que si no me equivoco es el doctor Arlington, el mismo que me dijo ayer por la mañana si no me conocía de algo cuando Miguel el enfermero me llevó al hospital, es el que más empeño muestra en reanimar mi cuerpo. No para de darle a las palas y de darme electricidad. Mi cuerpo empieza experimentar fuertes sacudidas, parecidas a las que experimenté durante todo ese último día de mi vida.

Me parece ver, encima de un banco que hay en uno de los extremos de esa pequeña sala de paciente críticos, mi informe médico. Sonrío al leer aquello de que el motivo del accidente fue que choqué contra un muro al tratar de esquivar a una pareja que salía de un bar y que estaba cruzando la calle en ese momento. Me viene a la cabeza aquella pareja que vi salir del bar en el que me tomé esa última cerveza antes de subir a ver a mi hija Camila. Ella lloraba, abatida, y él la consolaba. Por lo visto yo era ese conductor al que todavía no habían identificado.

En el informe también leo que llevo aproximadamente un día ingresado, en estado muy grave y con un pronóstico desalentador. Fractura pélvica, fractura en la cadera derecha, fractura de múltiples costillas, derrame pleural masivo, fractura craneal bilateral, fractura de los huesos propios de la nariz, fractura de la mandíbula y así un largo etcétera de lesiones que aparecen en los detalles del informe.

Cojo aire con fuerza mientras empiezo a ver cómo todo se difumina, cómo todo empieza a cubrirse por una fina capa de niebla, parece como si una de esas grandes nubes blancas hubiese bajado a la tierra para llevarme con ella.

Escucho cómo una de las enfermeras le dice a alguien que no alcanzo a ver, que le deje pasar. Escucho cómo le llama «padre». Me giro y sonrío al ver al hombre negro, el mismo que llevaba todo el día detrás de mí controlando «que no me alejase demasiado» y diciéndome «que no me pasara de la raya». Parece ser el único que es consciente de mi presencia.

—Siento mucho lo del golpe en la cabeza, el que te di con aquel libro junto a aquellos contenedores. —Le digo arrepentido, esperando que no le hiciese mucho daño.

—No pasa nada, supongo que todavía te quedaban muchas cosas arreglar, muchos asuntos que zanjar.

Yo sonrío y asiento con ternura. Ahora ya no me molesta su presencia como la primera vez que lo vi, ahora me siento bien a su lado.

—¿Lo conseguiste? —pregunta mientras escucho con fuerza ese fuerte pitido continuo del monitor de constantes vitales.

—¿El qué?

—Cerrar todos los capítulos de tu vida, cerrar todas esas heridas.

—Más o menos, supongo que sí.

Él vuelve a sonreír.

—Bueno, ha llegado el momento, Dylan, es la hora.

Yo siento una pequeña ansiedad en el pecho, de nuevo es miedo, esa incertidumbre a no saber qué va a pasar.

—¿Y ahora? —pregunto con urgencia, con necesidad.

—¿Ahora, qué?

—¿Qué va a pasar ahora? ¿Hay algo más?

El hombre negro sonríe. Es una de esas sonrisas naturales que le salen a alguien al que le están haciendo siempre la misma pregunta.

—Enseguida lo verás, Dylan, tú solo cierra los ojos y déjate llevar.

Yo asiento y le doy las gracias por ese el último día, por esas últimas veinticuatro horas para poner en orden toda mi vida.

Cierro los ojos, tal y como él me ha dicho, y todo empieza a dar vueltas a mi alrededor, me siento como si estuviese a bordo de un transbordador espacial. No sé si hay algo más o estoy a punto de desaparecer para siempre, pero me digo que esto sí es coger velocidad de verdad.

Me aferro con fuerza a ese momento de felicidad, me aferro con fuerza al recuerdo de mis seres queridos y me digo que, después de todo, al final me parece que tampoco lo hecho tan mal, que siempre es buen momento para cambiar, para cambiarse a uno mismo y para intentar cambiar esas feas cosas que nos rodean. Este es el último segundo de mi vida, me siento feliz, que he sido yo mismo, y me digo que he hecho un profundo y gran análisis de conciencia y que lo he dado todo por cambiar las cosas, empezando por mí mismo, la cuestión, ¿lo has hecho tú?