El último día de mi vida

David Orange · Capítulo 3 de 25

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El último día de mi vida

Capítulo 3

Mi «amigo» Ron

 

De lejos escucho sirenas de coches policiales. Calle arriba calle abajo. Deben estar buscándome. Tanto Andrew como Archibald son dos hombres poderosos que no habrán dudado en decir que los he intentado asesinar y no pararán hasta verme hundido y entre rejas.

Trato de pensar en la ruta más rápida para llegar a casa de mi amigo Ron. Si se le puede llamar de alguna forma. La visita a Stan la dejaré para después.

Son las once de la mañana.

Me viene a la cabeza que ya no tengo coche. Lo dejé abandonado en mitad de la calle y en estos momentos la policía ya debe de haberlo relacionado con el asaltante al Strong Brothers Bank. Me imagino que deben haberme llamado como un millón de veces. Saco mi teléfono móvil pero tiene la pantalla totalmente destrozada. Ni siquiera se enciende. Debe haberse roto en el accidente. Estoy a punto de soltar un grito de pura rabia pero me contengo. Lo lanzo contra la pared del callejón que tengo enfrente y se rompe en mil pedazos. Eso me produce una extraña sensación de liberación. Adiós móvil.

Callejeo un rato a paso rápido en busca de un cajero. La gente se queda mirándome al pasar y agacha la cabeza. Me toman por un psicópata. Un mal sueño. No quiero mirarme a ningún espejo pero mi aspecto deber ser bastante peor que el que tenía cuando entré al McDonald’s.

Localizo un cajero y espero la mini cola de dos personas. La mujer que va delante de mi decide cederme el turno y marcharse de allí. Leo la palabra «miedo» en sus ojos de avestruz.

En cuanto me llega el turno, introduzco la tarjeta de crédito de uso habitual. Tecleo mi número de pin (puede que por última vez) y espero a que el programa reconozca mi cuenta. Hecho. Solicito la retirada del importe máximo permitido. Denegado. Vuelvo atrás y tecleo una cantidad de dinero inferior. Denegado. Retengo ese ardor de rabia en mi garganta. Repito la operación con menos dinero todavía. Denegado. Denegado. Denegado. Le doy un puñetazo a la pantalla. No hay fondos en esa cuenta. ¿Cómo es posible? ¿Ha sido cosa de Archibald que ya ha tenido tiempo para mover hilos y joderme las últimas horas de mi vida? Introduzco una tarjeta de otro banco. Tecleo el número de pin y en la pantalla sale una ventana que dice que me ponga en contacto con mi oficina bancaria más cercana. Mi tarjeta ha sido cancelada. Vuelvo a darle otro puñetazo a la pantalla.

—Eh, ¿se puede saber qué estás haciendo? Los demás no tenemos la culpa de que no tengas dinero.

Me giro y veo a un hombre de unos treinta y ocho años, unos diez menos que yo. Tiene cogida a su hija de unos siete años con su mano izquierda. Me amenaza con la mirada. Apesta a hormona del crecimiento.

—¿Qué pasa? ¿Te crees que eres el único que se ha quedado sin dinero en esta ciudad? Anda, lárgate ya de aquí antes de que te lleves un tortazo. Idiota.

Me aparta con el brazo y vuelvo a sentir ese ardor en el pecho. Me siento como si acabasen de pisotear mi vida entera. Como si la vida de mis padres, la de mis abuelos y la de aquellos que los precedieron, no solo hubiesen sido completamente insignificantes, sino que alguien acabase de mearse encima de ellas.

Un súbito impulso me lleva a hacer algo que no he hecho en la vida. Le doy un fuerte empujón por la espalda a ese hombre y ello hace que su frente se estrelle contra la parte superior del cajero. Contra el marco de acero. No se lo esperaba. Se queda algo aturdido. Me sabe mal por su hija. Se asusta y abre todo lo que puede sus grandes e inocentes ojos. El hombre se da la vuelta y veo cómo brota la sangre de algún punto situado entre sus cejas. Yo también me asusto. La facilidad con la que me estoy manchando las manos de sangre no es normal. El hombre lanza un puñetazo haciendo una calculada y lenta maniobra de giro con su tronco. Pero el golpe con el cajero debe de haberlo dejado un poco sonado porque su puño se pierde en el aire y se desequilibra. Yo no puedo evitar empujarlo. Más por miedo a que caiga sobre mí que por otra cosa. El hombre se cae rodando y empieza a gritar. Está muy furioso. Trata de levantarse con rapidez pero resbala. Pueden más las ganas de machacarme a golpes que su coordinación y que sus reflejos. Grita que me va a matar, que soy un pedazo de mierda, que mi vida no vale nada, y otras cosas así. En cuanto se pone en pie se lanza contra mí y no sé cómo pero yo lo veo venir, me hago a un lado y él debe de ir tan sumamente cegado que ni frena ni observa mi patosa maniobra. Cae de bruces y se golpea la cara contra el suelo. Le empieza a sangrar la boca y la nariz. Su hija empieza a gritar y a llorar. Grita papá, papá. A mi da una pena tremenda. Ella no tendría por qué estar viendo esto. Ella no tendría por qué tener que estar presente mientras el estúpido de su viejo trata de humillar y pisotear al resto.

Veo que el cajero acaba de escupir una buena cantidad de billetes. Se balancean en el aire sujetos por sus labios de metal. En ese momento se me ocurre lo estúpido que resulta a veces todo. Cómo hemos llegado a matar por dinero, a vivir solo por dinero, a odiar por dinero y a pensar única y exclusivamente en el dinero. Pienso que ese ha sido en realidad el gran negocio de la humanidad, ese gran lavado de cerebro que nos han hecho. Me disculpo mentalmente con esa niña que me mira llorando y asustada. Cojo el fajo de billetes y salgo de allí antes de que ese hombre vuelva a levantarse para tratar, como él mismo dice, de matarme.

Corro a toda velocidad.

Paro el primer taxi que veo y le doy la dirección de mi amigo Ron. Respiro un poco.

—¿Se puede fumar aquí dentro? —pregunto. El taxista me mira por el retrovisor antes de responder.

—No.

Yo no digo nada más.

Me deja frente a la casa de Ron y pago. Me bajo y siento como si mi zona lumbar estuviese siendo atravesada por una barra de acero incandescente. Pongo mis dos manos a la altura de la parte baja de mi espalda y me enderezo un poco. Creo que hoy ya he corrido más que en los últimos veinte años.

Me acerco hasta la puerta de la casa de Ron y antes de llamar me asomo por las ventanas. Es una buena casa. No me extraña. Es una muy buena casa.

Doy casi una vuelta completa y veo cómo un hombre y una mujer de unos setenta años se quedan mirándome. Deben pensar que soy un ladrón tratando de entrar. En los barrios como el de mi «amigo» Ron la gente tiene una especie de don especial para identificar a los asaltantes, a los que no son como ellos. Los reconocen al instante. Yo los saludo con la mano mientras trato de sonreír pero no me corresponden. El hombre está tirando de la manga de su mujer y parece que le está diciendo algo así como «llama a la policía, llama a la policía».

Finalmente veo a Ron por una de las ventanas de la parte de atrás de su verde y floreciente jardín. Recuerdo que en una ocasión le pregunté, ¿cómo haces para tener siempre el jardín tan verde y tan lleno de flores, Ron? Él sonrió orgulloso y me dijo, «teniendo en nómina a un jardinero, Dylan».

Ya.

Veo que junto a Ron hay una chica de unos veinte años. Más pequeña que mi propia hija. Más pequeña que su propia hija. La chica está sentada sobre el banco de la bonita isla de la cocina. Lleva puesto uno de esos picardías que deja sus interminables piernas al aire. Con una mano no deja de subirse un tirante que Ron trata de bajarle. Ella sujeta en una mano un bote de helado. Una cucharada para Ron y otra para ella. Risas. Ron acaricia sus muslos hasta llegar al culo. Ella abraza su cintura con esas piernas de bailarina.

Ya he tenido suficiente. Ya me he hecho una idea.

Llamo a la puerta.

Tardan en abrir.

Finalmente sale Ron con un solo botón abrochado de su camisa hawaiana.

Su blanca y brillante sonrisa desaparece de forma súbita.

La boca abierta.

—¿Dylan? ¿Qué haces aquí? ¿Qué demonios te ha pasado?

—¿Te importa si paso y hablamos?

Él se queda mirándome y antes de que le dé tiempo a buscar una excusa me cuelo dentro sin su permiso.

Él cierra la puerta y sigue tras mis pasos mientras escucho cómo trata de abrocharse el resto de botones de la camisa.

Voy directamente hasta la cocina.

La chica del picardías se queda mirándome y no sabe qué decir. Después mira a Ron. No sabe qué ocurre. Se asusta.

—Yo… verás, Dylan, no es lo que piensas…

Ron siente vergüenza. De pronto parece que le importe algo lo que yo piense o deje de pensar. O tal vez yo solo sea el reflejo de su conciencia y lo que yo piense le importe realmente una mierda.

—¿Cuántos años tienes, hija? —Le pregunto a la chica que se ha quedado con la cuchara de helado dentro de la boca. Está asustada. La veo como una niña en un mundo habitado por lobos.

—Vamos, Dylan, no la molestes. En realidad ya se iba. ¿Verdad, Megan?

Ella mira a Ron y después me mira a mí.

—¿Sabías que el hombre con el que has pasado la noche tiene una hija que tiene más años que tú? ¿Sabías que ha dejado a la mujer de su vida y a su familia porque le aburrían? ¿Sabías que estafó a su mejor amigo por cuatro miserables dólares? ¿Eh, sabías todo eso? ¿Crees que te conviene estar al lado de alguien así?

A Megan se le humedecen los ojos. Está a punto de echarse a llorar. Ron se pasa una mano por la cara y suspira. El aire que sale de sus pulmones huele a alcohol.

Megan salta del banco y sale corriendo de la cocina.

—Eh, Megan, espera. —Ron trata de detenerla pero ella ya ha puesto la directa. Probablemente haya ido a por sus cosas.

—¿No te da vergüenza? ¿Aunque solo sea un poco? Podría ser tu hija, maldita sea.

Ron vuelve a pasarse una mano por la cara.

—Mira, Dylan, no sé a qué has venido ni qué es lo que quieres, pero yo no te digo a ti cómo llevar tu vida. Además, me parece que tú tampoco eres un buen ejemplo de cómo debe ser un padre ni un marido ejemplar.

Me quedo mirándolo unos instantes. Él agacha la cabeza y vuelve a suspirar. No puede aguantarme la mirada. Creo que durante los últimos diez años no me ha mirado directamente a los ojos durante más de diez segundos seguidos.

—¿Por qué lo hiciste, Ron?

—¿Por qué hice el qué?

—Estafarnos a mí y a Rachel. Vendernos esa porquería de piso. Tú sabías perfectamente la calidad que tenía, las condiciones en las que había sido construido el edificio. Sabías que comprar eso era un negocio ruinoso. Éramos tus amigos, tú eras… —Se me acumula el llanto en el paladar blando —. Tú eras como un hermano para mí, Ron. ¿Por qué lo hiciste?

—Yo no os estafé, Dylan, yo no tenía ni idea de que algo así podía pasar, ¿se puede saber de qué estás hablando y a qué viene esto después de tantos años? —Ron eleva el tono de voz pero sigue sin poder mirarme a la cara fijamente.

—Repíteme eso mirándome a los ojos. Repíteme que tú no sabías nada, que tú no sabías donde nos estábamos metiendo.

Él alza un poco el cuello y veo cómo le han empezado a temblar un poco los labios.

—Yo no os estafé, Dylan, no sabía que algo así podía pasar. —Ron repite lo mismo pero antes de terminar la frase no puede evitar dirigir sus ojos al suelo.

Me quedo mirándolo fijamente. Me da una pena tremenda que nos despidamos así. Se me hace insoportable que esta sea la última vez que vaya a ver a mi amigo del alma y no sea capaz de decirme la verdad a la cara.

—Te lo pido por última vez, Ron, ¿por qué lo hiciste? No quiero nada, solo la verdad, por favor, necesito saberlo.

Él traga saliva. Alza de nuevo el cuello. Percibe la urgencia en mi voz. Abre la boca pero no sale ni una sola palabra por ella. A mí se me empiezan a caer las lágrimas, pero trato de mantener mi rostro impertérrito.

—No lo sé, Dylan, necesitaba dinero rápido, mi empresa estaba a punto de quebrar… pero te juro que nunca pensé que aquella obra resultaría tan sumamente catastrófica, te juro por mi vida que nunca pensé que se tendría que llegar al derribo. —Ron se disculpa y se justifica al mismo tiempo. Al menos ha empezado a hablar.

—¿Y por qué no nos devolviste el dinero? ¿Por qué nunca nos devolviste lo que era nuestro? Gracias a obras tan ruinosas como aquella y al dinero de personas como Rachel y yo conseguiste salvar tu empresa y llegar hasta donde te encuentras ahora. Me parece que algo nos debías, ¿no?

—Vamos, Dylan, traté de compensároslo, os ofrecí lo mejor que tenía a precio de obra, no gané absolutamente nada con aquello, qué demonios, os pareció bien, aceptasteis. —Eleva la voz. Se irrita. Las venas de su cuello aumentan de tamaño. Tiene rojo el contorno de los ojos.

No sé si Ron me ha tomado por estúpido o solo quiere que yo continúe haciéndome el estúpido.

—Aceptamos porque estábamos desesperados y las condiciones que nos distes eran las únicas que podíamos permitirnos, te recuerdo que cuando te compramos esa segunda vivienda todavía estábamos pagando la primera. Ningún banco en su sano juicio nos hubiese dado ni un solo céntimo más. Pero Ron, tú y yo sabemos que, además de que en esa segunda vivienda sí tuviste cierto margen de beneficio, esas obras las pagaste con lo que te habías sacado con el dinero de gente como yo que se había quedado sin techo de la noche a la mañana, ¿no te parece que lo más justo hubiese sido darnos otra vivienda y asunto zanjado? ¿No te pareció que tu mejor amigo no se merecía tener que pasar por algo así?

Se hace el silencio. Ron va a decir algo pero de pronto se detiene. Se escucha de lejos el ruido de la puerta. Megan acaba de salir con sus cuatro cosas.

—Dios, Dylan, ¿y por qué no me lo dijiste? Si era eso lo que queríais, ¿por qué no me lo pedisteis? Lo hubiese hecho, maldita sea, os hubiese dado otra casa.

A mí se me escapa una sonrisa triste.

—No te lo pedí directamente, Ron, pero sí te dije que no me parecía justo lo que nos estaba pasando. Tú sabías perfectamente lo que yo y Rachel pensábamos en el fondo y por las dificultades que estábamos pasando después de la estafa del banco, tú sabias perfectamente que aquello era una gran injusticia. Pero no, en eso tienes razón, no te lo pedí porque en el fondo pensé que mi mejor amigo no podía haberme hecho algo así, en el fondo siempre quise creer que aquello solo eran cosas que pasaban y que realmente tu situación económica era igual o peor que la mía. Por eso nunca te lo pedí, pero por lo que veo era eso lo que estabas esperando, ¿verdad? Que te suplicase, que tanto Rachel como yo te suplicásemos que nos dieses otra vivienda, una vivienda que nos pertenecía por derecho.

A Ron le empiezan a caer las lágrimas. Se vuelve a pasar una mano por la cara.

—Adiós, Ron, espero que todo te vaya bien en esta vida.

Me doy la vuelta. Necesito irme. No puedo.

—Eh, Dylan, espera.

Me detengo pero no me doy la vuelta.

—Qué.

—Lo siento. No sé por qué lo hice, pero supongo que fue porque en el fondo siempre tuve celos de ti y pensé que por una vez las cosas podían ser diferentes, que tú podías ser quien tuvieses celos de mí. Siempre quise lo que tú tenías, siempre fuiste más inteligente que yo, más carismático que yo, conseguiste a la mujer… a la mujer de la que yo siempre estuve enamorado…

Me giro al escuchar esas palabras y veo que Ron ha empezado a llorar. Ya no se cubre los ojos con las manos ni desvía la mirada. Ahora es cuando está dando la cara, su verdadera cara, después de tantos años. Cualquier otro día, lo que acaba de decirme me hubiese enfadado todavía más, pero hoy no es un día cualquiera, en absoluto, y en lugar de enfadarme lo que hace es que sienta, por un momento, su extraño dolor, esa perforación del alma que debe haberle ocasionado esa insana envidia y absurda necesidad por querer destacar más que yo. Y me digo que, tampoco debe ser agradable sentir lo que él siente.

—Yo… nunca tuve ni idea de eso, Ron, nunca supe que sintieses todo eso. —Le digo mientras a mí también se me escurren las lágrimas cara abajo.

Me acerco hasta a él y tras un par de segundos contemplándonos, nos fundimos en un sincero abrazo.

—Lo siento muchísimo, Dylan, lo siento muchísimo. —Las palabras apenas se entienden en medio del llanto.

—No pasa nada, Ron, te perdono. —Lo perdono. Me ha dado lo único que necesitaba, la verdad. Por dura y extraña que a veces parezca.

—¿Qué quieres que haga? Puedo arreglar esto, puedo daros la mejor casa que tenga, Dylan, ¿queréis esta casa? Puedo dárosla si queréis, es vuestra. ¿Necesitáis dinero? ¿Cuánto? Pon un cifra. —De pronto veo en Ron un arrepentimiento absoluto. Necesitaba arrepentirse. Necesitaba esto más que yo. Veo en él verdadera necesidad por arreglar el pasado.

Yo niego con la cabeza y me sale una sincera sonrisa. Recuerdo los viejos tiempos. Quiero a mi amigo a pesar de lo que ha hecho. Y eso me hace sentir extrañamente bien.

—Ya no tiene importancia, Ron, de verdad, ya no la tiene. Pero agradezco que hayas sido sincero conmigo. Solo te pido una cosa, solo quiero que hagas algo por mí.

—¿El qué? Pídeme lo que quieras.

—Quiero que cuides de tu familia. Quiero que le digas a tu ex mujer y a tus hijas lo mucho que las quieres y que se lo demuestres, que les pidas perdón por no haber pasado más tiempo con ellas y que… que seas el mismo que eras. Y quiero también que intentes reparar todo el daño que has hecho a familias como la mía. Solo te pido eso. —Él no tiene ni idea de por qué le pido semejante cosa, él no sabe, que cuando apenas te quedan unas horas de vida, empiezas a sentir verdadera urgencia por demostrar ciertas cosas, y algunas de ellas son el decirle a la gente que quieres lo que sientes, algo que yo todavía no he hecho pero que tendré que hacer a lo largo del día de hoy. Me parece que debe de ser horrible tratar de cruzar la línea con esa carga, con ese pesar a rastras.

Él me mira en un llanto ahogado y asiente con la cabeza. Sus ojos están bañados en un océano de tristeza. Rompe en un llanto desconsolado y no para de repetir «lo siento».

Volvemos a abrazarnos y le digo que me tengo que ir ya.

Antes de marcharme me vuelve a repetir si puede hacer algo por mí. Sí me pasa algo serio. Se preocupa y percibe algo raro en mi comportamiento. Me pregunta que cuándo volveremos a vernos. Si estoy bien. Yo me quedo pensando y le pregunto si me puede prestar un coche. Por supuesto que me presta uno de los tres coches que tiene aparcados en el porche. Me lo da, dice. Yo le digo que no hace falta, que se lo dejaré aparcado en… No termino la frase.

Me subo al Audi que me ha dejado y antes de salir veo cómo me saluda con la mano desde la puerta. Yo le digo también adiós y salgo de allí antes de que la tristeza me venza. No he tenido el valor de decirle que me quedan solo unas horas de vida. Que ya no volveremos a vernos nunca más. No lo hubiese entendido.