El último día de mi vida

David Orange · Capítulo 23 de 25

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El último día de mi vida

Capítulo 23

Última parada

 

El viaje hasta Staten Island se me hace tremendamente pesado. Chris conduce y yo me tambaleo en el asiento de copiloto. Todas las heridas que he ido acumulando a lo largo del día apenas me duelen ahora mismo, pero estoy empezando a sentir una fatiga tan grande como lo es la dificultad que tengo para respirar. Cada vez que cojo aire percibo como un chapoteo interno. Me estoy inundando.

Pero no solo es ese extraño síntoma el que he empezado a experimentar. Desde hace aproximadamente quince minutos también he empezado a escuchar como unos ruidos de fondo, no es ese pitido que aunque todo esté en silencio, por alguna razón, siempre oímos. No es eso. Son más bien como unos susurros. Voces.

Son las siete y cuarto de la mañana cuando llegamos a casa de Rachel.

Cuarenta y cinco minutos para el final.

Tocamos a la puerta y antes de que abran, Chris intenta escapar hasta en un par de ocasiones, pero lo impido agarrándolo por un brazo.

Cuando Rachel contesta con voz de dormida, le hago saber a Chris que quiero que hable él, no sé por qué pero me da que se conocen mejor de lo que yo me imaginaba.

Él mueve el cuello a izquierda y a derecha. Se niega. Yo lo cojo por el cuello y me muestro todo lo amenazante que puedo.

La segunda vez que Rachel dice «quién», él contesta respondiendo algo parecido a lo que yo me estaba imaginando. Temiendo, más bien. «Soy yo, Rachel, tenemos que hablar de lo que ya sabes».

Rachel tarda un par de segundos en responder, pero finalmente dice «sube» con hastío. Y yo siento un gran nudo en la garganta al confirmar que Rachel está implicada.

Subimos hasta el tercer piso. La puerta está entreabierta. Chris va a tocar con los nudillos en la madera, pero le digo, con un gesto, que guarde silencio.

Entramos despacio. Ruego para que Chris no cometa ahora ninguna de sus torpezas.

Pero ni tan siquiera tiene tiempo para encontrar algo con lo que tropezar, porque en cuanto entramos al salón, Rachel nos sorprende apuntándonos con un arma.

Chris suelta un gemido medio embozado. Sobresalto. Yo mantengo la calma. En poco más de media hora todo habrá acabado. Es Rachel la que empieza a temblar cuando me ve. Temblar de miedo.

—¿Qué-qué haces tú aquí? Anoche me llamó Camila diciéndome que estabas en el… —pregunta moviendo la pistola arriba y debajo de forma escandalosa. Los labios también le tiemblan. Da la impresión de estar tiritando.

—Ya ves, me apetecía verte.

Chris, que tiene las manos levantadas, se acerca poco a poco a Rachel.

—¡Tú ni te muevas! —grita Rachel apuntando hacia Chris, que cierra los ojos y se detiene de golpe—. ¡Sé perfectamente lo que has estado haciendo para atemorizarme y sacarme más dinero!

Cada vez que escucho lo del dinero, me digo de nuevo lo podrido que está este mundo. Lo que algunas personas pueden ser capaces de hacer para obtenerlo.

—Solo quiero que me cuentes la verdad, Rachel, solo eso, después me marcharé para siempre. —Le digo con tranquilidad. Y es la verdad, creo que no he estado más tranquilo en toda mi vida, aunque eso no quita para que esté dolido, muy dolido por lo que creo que estoy a punto de oír.

—¿Qué verdad? ¿Qué quieres saber? ¿Y cómo demonios puede ser que estés aquí? Camila me llamó anoche llorando diciéndome que estabas muy grave en el hospital, que estabas a punto de morir. —Rachel llora y habla a la vez. Pero no solo hay dolor en su llanto, también hay miedo, desconocimiento, incertidumbre. No tiene ni idea de lo que pasa ni de lo que va a pasar, y eso es lo que realmente la aterra.

—En cuanto a qué hago aquí… bueno, supongo que no estaba mal como decían los médicos, ¿no te parece? Y en cuanto a qué verdad quiero, es muy sencillo, quiero saber cómo conociste a Laura y qué es lo que planeasteis, quiero saber cómo conociste a Chris y qué es lo que hicisteis, y quiero saber también, y esto va por ti, Chris, qué ha pasado exactamente con Laura y por qué tienes tú su teléfono móvil.

Chris me mira completamente aterrado. Rachel vuelve a apuntarlo con su arma.

—¿Eras tú? ¿Has sido tú el que ha estado mandándome mensajes desde el móvil de Laura? —pregunta Rachel totalmente fuera de sí. Creo sinceramente que está a punto de disparar. Chris está cagado de miedo.

—No, Rachel, está mintiendo, yo no he hecho tal cosa, se lo está inventando.

—Claro que lo ha hecho —intervengo—, te mandó un mensaje anoche desde el móvil de Laura pidiéndote dinero, un dinero que Laura no podrá cobrar porque lleva un día muerta, ¿no es así, Chris? —De pronto, casi como por arte de magia, me viene a la cabeza el recuerdo de la chica que vi esta mañana en la zona de críticos del hospital al que me llevaron tras hacerme la herida en la cabeza. La chica que estaban tratando de reanimar y que creí conocer de algo. Ahora lo veo claro, era Laura, con la cara completamente desfigurada—. Un dinero que os ibais a repartir los tres y que ahora tú, aprovechando la muerte de Laura, querías forzar un poco más la situación y llevarte dos de las tres partes del dinero, ¿me equivoco, Chris? Mi duda ahora es, ¿cómo demonios es posible que tú tengas el móvil de Laura y cuál es ese dinero que os queréis repartir?

Tanto Chris como Rachel se observan, se miden. Los dos están muy confundidos. Intuyo que ya no se fían el uno del otro.

—Yo-yo no he hecho nada de lo que se me acusa, Rachel, está mintiendo para que nos peleemos entre nosotros, ¿no te das cuenta, Rachel? —dice Chris tratando de tranquilizar a Rachel, que es la que tiene el arma y él es el que está siendo apuntado. Tartamudea.

Rachel está a punto de desmoronarse. No sé cómo se ha metido en esto. Ella antes no era así. Empieza a llorar con más fuerza. Me mira con auténtico pesar.

—Lo siento, Dylan, no sé ni por dónde empezar… —dice Rachel por fin.

Yo me encojo de hombros.

—Empieza por donde quieras, Raechy.

Su boca dibuja una mueca terrible al escuchar el cariñoso nombre por el que solo la llamaba yo.

—Conocí a Laura hace unos meses. Se presentó un día aquí hecha una furia, ya sé que tú y yo hacía años que estábamos separados, pero cuando me contó que tú y ella mantuvisteis una relación, aunque solo fuese virtual, cuando aún estábamos juntos, me enfadó muchísimo, Dylan. Y te odié. Te odié más de lo que no te puedes imaginar. Fue como si esa herida que creí haber cerrado, se hubiese abierto de nuevo.

Interrumpe su confesión porque las lágrimas se le traban entre la lengua. Tiene los ojos hinchados. Las rodillas le tiemblan. Es posible que no haya dormido en toda la noche. Yo miro la hora, esa terrorífica cuenta atrás, menos de media hora para el final.

—Continúa, Raechy, por favor. —Le digo tratando de mostrar comprensión, indulto.

—Al principio fue un poco raro, pero de algún modo empezamos a intimar, a acercarnos la una a la otra, supongo que la rabia y el dolor a veces también hace de vínculo entre las personas, y las dos compartíamos esa rabia hacia ti, hasta que un día… —Rachel se tapa la cara con la mano que no sujeta la pistola. Chris aprovecha para acercarse un poco a ella—. Hasta que un día me dijo que podíamos sacar un dinero de todo esto…

Yo no puedo evitar sentir cierta vergüenza por lo que somos, por el género humano.

—¿Cómo? ¿Cómo pensabais sacar ese dinero a mi costa? ¿Chantajeándome?

Rachel niega.

—No, chantajeándote no, Dylan. Tu seguro de vida…

—¿Qué ocurre con mi seguro de vida? —Lo cierto es que aunque me lo imagino, me cuesta trabajo decírmelo a mí mismo.

—Sé que está a mi nombre, Dylan, siempre lo supe, que nunca lo cambiaste, si tu morías en un accidente de tráfico yo me llevaría una buena suma que compartiría con… —Rachel se queda parada antes de terminar la frase. Le es difícil soportar el peso de la gravedad de sus actos.

—¿Y Chris? ¿Cuándo intervino él exactamente? —pregunto tratando de entenderlo bien, cómo narices se confabula alguien para llegar a hacer algo así.

—Chris y Laura se habían conocido cuando los dos rondaban cerca de tu casa. Laura me habló de él y ya sabes que yo ya lo conocía de sobra, supongo que pensé que alguien con tan pocos escrúpulos y que no paraba de repetir que tú le debías dinero, podía ser la persona ideal para hacer el trabajo sucio, ya me entiendes, encargarse de que tú tuvieses un grave accidente…

—¡Eso no es cierto! —grita Chris muy nervioso mientras se acerca más a Rachel. Ella levanta un poco el brazo. Le tiembla muchísimo la mano y Chris se detiene en seco. Está a solo un metro de ella.

—No vuelvas a moverte, Chris, no vuelvas a moverte o te juro que disparo. —Rachel tiembla tanto y tiene los ojos tan llenos de lágrimas que puede pasar cualquier cosa—. Sé un hombre y di la verdad, ¿qué le hiciste a Laura?

Chris me mira a mí y después a Rachel, hace ademán de acercarse más. Y entonces ocurre lo que se veía venir. Rachel dispara, pero por suerte, a pesar de estar tan cerca, el tiro acaba en la pared. Un cuadro se va al suelo. De todas formas sirve para que Chris se asuste mucho.

—¿Pero te has vuelto loca, Rachel? ¡Acabas de dispararme! —grita Chris con los manos a la altura de la cabeza.

—Eres un hijo de puta mentiroso, Chris, no sé cómo pude confiar en ti, sabes perfectamente que Laura quería que abandonásemos el plan, vino a verme a mí y yo le dije que me parecía lo mejor, que nos habíamos dejado llevar por la rabia y que era una auténtica locura, el único que no estabas de acuerdo eras tú, me dijo que iba a ir a verte y curiosamente, desde entonces no he vuelto a saber nada de ella, aparte de mensajes como el que me enviaste anoche, ¿qué has hecho, Chris? Por lo que veo decidiste seguir tú solo adelante, ¿no? ¿Te amenazó Laura con ir a la policía si hacías algo y por eso la mataste? ¿Fue eso lo que pasó?

Chris está muy nervioso. Abre mucho los ojos. Se siente acorralado.

Rachel vuelve a disparar, pero esta vez dispara alto a propósito con la intención de asustar a Chris.

—¡Vale vale! —grita Chris levantando las manos—. Vino Laura hecha una furia hace unos días y discutimos, salió de mi casa amenazándome y yo salí tras ella, la muy estúpida cruzó la calle sin mirar y la atropelló un camión, eso fue lo que pasó, maldita sea, ¿qué quieres que te diga? ¡Fue un accidente, maldita sea!

Esos susurros que he empezado a escuchar cuando llegábamos a Staten Island, los escucho ahora con bastante claridad. Escucho cómo dicen aquello de «lo estamos perdiendo», aquello de «prepara el desfibrilador». Miro el reloj, faltan solo diez minutos para las ocho, para el toque de queda. Es hora de volver.

Rachel llora y Chris da pasos cortos hacia ella.

Imagino que para volver, para emprender el viaje de vuelta, no hace falta coger ningún taxi ni salir corriendo de nuevo a la carrera.

—Rachel. —Le digo sintiendo cómo una bella sonrisa me inunda por dentro, como aquella sonrisa que sentí tras aquel primer beso.

—Qué —dice ella totalmente deshecha.

—No pasa nada, de verdad, sé que nunca te traté como merecías, y que no fui lo que te prometí ser, entiendo que estuvieses enfadada… todos cometemos errores…

—Es imperdonable, Dylan, lo que planeé hacer es algo imperdonable — dice ella llorando.

—No lo es, Raechy, no lo es.

Chris abre mucho los ojos, está a punto de saltar sobre Rachel, yo me fijo en la ventana que hay tras él, la que da a la calle de ese tercer piso.

—Lo siento mucho, de verdad Dylan…

—Rachel —digo pensando que ya es la hora, el momento de volver.

—Qué…

—Te quiero, siempre te he querido, no lo olvides nunca por favor. —La miro fijamente a los ojos y siento de nuevo ese sentimiento que creí perdido, el del amor eterno—. Cuídate mucho, yo me tengo que ir ya.

Ella me regala una última sonrisa y yo hago lo que tengo que hacer, aunque ni sea lo más ético ni lo más correcto. Me voy directo contra Chris, que no me ve venir, y me precipito con él hacia esa ventana que da a la calle.

La caída apenas tarda unos tres segundos.

No siento absolutamente nada.

Y yo me digo que ya estoy listo, y que el último día de mi vida acaba de terminar.