El último día de mi vida
Capítulo 7
En el hipermercado
—También tengo algo de comer, ¿quieres? —Me pregunta el vagabundo.
—Vale.
Escarba un poco por el interior de una mochila y saca un sándwich envuelto en un plástico rígido, se parece a la funda de una pistola.
—Ten, es de hace dos días. Se puede comer —dice mientras asiente con la cabeza.
—Muchas gracias.
Cojo el sándwich y no puedo evitar fijarme en sus manos. Rugosas y oscurecidas. Toscas. Las uñas largas. Llenas de cicatrices y de restos de aquello de lo que están impregnadas las calles. Nuestras calles. Pero enseguida pienso que son manos de «persona», y son exactamente iguales a las mías, solo que han visto y tocado otras cosas.
El sándwich está realmente sabroso. Jamón y queso. Lo cierto es que tampoco he probado bocado desde esta mañana y el desgaste y la pérdida de fluidos ha sido inmenso. En estos momentos me hubiese comido casi cualquier cosa.
—¿Quieres algo de beber? —Me pregunta mientras me observa comer.
—Vale.
Saca una pequeña botella de vino tinto que tiene el tapón metido a presión hasta la mitad. No puedo evitar sentir un poco de asco. Pero la cojo y le doy un buen trago tratando de no tocar el vidrio con los labios. He probado cosas peores. Y entro en calor, que es lo importante.
—Gracias.
—De nada, me llamo Conrad —dice tendiéndome una mano. Me sorprendo pensando que no tenía ni idea de que los vagabundos también se estrechasen las manos. Como si fuesen de otra especie. Me doy cuenta de las cosas tan estúpidas que se me pasan por la cabeza. Soy plenamente consciente de ello. Y puedo decir con orgullo, que me avergüenzo.
Le doy la mano y trato de transmitir agradecimiento.
—Yo me llamo Dylan.
Él asiente.
—¿Es grave? —dice mirando hacia el vendaje de mi cabeza.
—No lo creo.
—Tienes un aspecto bastante peor que el que tenías hace unas horas, Dylan, ¿te encuentras bien?
Tardo dos segundos en responder.
—Lo cierto es que no está siendo el mejor de mis días, pero supongo que dadas las circunstancias, sí, me encuentro bien.
Se produce un pequeño silencio. Conrad mira al suelo pensativo, después alza el cuello hacia mí.
—¿Necesitas que te devuelva el dinero que me diste esta mañana?
Escuchar cómo Conrad me tutea me hace pensar que ahora mismo me ve como un igual a él. Y lo cierto es que lejos de molestarme, la sensación me agrada. En estos momentos me siento más cómodo sintiendo el favor de gente como Conrad que de gente como Archibald o Andrew Rand.
—No, Conrad, de ninguna manera, ese dinero es tuyo, y me gustaría que lo guardases y lo empleases en comprar cosas que de verdad necesites, que de verdad te hagan falta. Seguro que hay algo, algo importante que puedas hacer con él.
Él me mira con profundo respeto. Frunce el ceño.
—Gracias, eso haré. Hacía tiempo que no conocía a una persona generosa de verdad.
Yo pienso si está bromeando o habla en serio. Es la primera vez en la vida que alguien me dice que soy generoso.
—Lo mismo digo.
Se escucha el sonido de la sirena de un coche de policía acercándose. Yo me quedo paralizado. No puedo evitar mirar hacia el extremo del callejón de donde procede el sonido y en apenas tres segundos puedo ver cómo pasa el coche de policía. El agente que va de copiloto está mirando hacia donde estamos Conrad y yo. Me parece ver que se me ha quedado mirando. Puede que solo hayan sido imaginaciones mías, pero a continuación se escucha cómo chillan las pastillas de frenado. La goma se aprieta contra el disco.
Acaban de parar.
—¿Te busca la policía? —pregunta Conrad al ver mi expresión.
—Es posible.
—Corre por el otro extremo, cuando salgas a la avenida giras a la derecha. En el primer paso de peatones la cruzas, luego continuas hasta el parque de la constitución, una vez allí intenta seguir callejeando sin detenerte, es una zona peatonal a la que los policías no les gusta demasiado entrar, si vienen por aquí los entretendré un rato.
—¿Seguro? —pregunto asustado.
—No te alcanzarán, pero no te pares. Continúa.
No sé por qué pero me fío totalmente de él.
Una pareja de policías aparece en el extremo del callejón.
—Eh, usted. —Se dirigen a mí mientras uno de ellos levanta una porra en alto.
—Ten, ponte esto, hará que seas menos visible, y corre. —Conrad me tiende una vieja gorra color verde militar. Ha tenido una gran idea. Con la cabeza vendada de blanco debo ser visible a por lo menos cien metros de distancia.
—Gracias, Conrad, nunca olvidaré esto.
—Yo tampoco, gracias a ti.
Salgo corriendo mientras escucho a los dos policías gritando «alto» y «deténgase». Pero yo no miro atrás. Solo sigo las indicaciones que me ha dado Conrad y no dejo de correr durante los próximos cinco minutos.
Me paro cuando creo que ya no me siguen la pista.
Estoy extenuado, menos mal que Conrad me ha dado algo de comer y de beber, porque si no, es posible que en estos momentos todo hubiese terminado.
A lo lejos veo un hipermercado Costco Wholesale y pienso que antes de ir hasta mi próximo destino no me vendría mal coger algunas provisiones y una camisa que no esté manchada de sangre, como la que llevo ahora. Llamo demasiado la atención y no puedo perder más el tiempo huyendo de la policía.
Me ajusto la gorra todo lo que puedo y antes de entrar me miro en el espejo de un coche. Oculto bien cualquier rastro de la venda bajo la gorra. Las heridas de mi cara se han tornado de un todo bastante oscuro, restos de sangre, coagulada, seca.
Me cierro la chaqueta para que no se vean las numerosas manchas de sangre de mi camisa. La chaqueta también está manchada, pero al ser oscura no se nota tanto.
Al entrar me fijo en la zona de las cajas registradoras y también en las zonas de salida sin compra. No localizo ninguna zona de salida sin compra y pienso que solo hay una forma de salir de allí, y es comprando. Sonrío. Política de empresa, así es como lo llaman.
Atravieso la zona de neveras y congelados y siento cómo el frío se pega a mi cuerpo.
El hormigueo alrededor de la zona donde Miguel el enfermero me puso los puntos ha empezado a desaparecer y su lugar ha empezado a ocuparlo auténtico dolor, ese que tira con fuerza desde cada lado de la comisura de los labios hasta hacerte gritar. También he empezado a notar un dolor en las costillas que se agudiza al respirar y que ha ganado mucho en intensidad en los últimos minutos. Las zonas donde Cameron estrelló su bate se están haciendo de notar. Son como un molesto e insistente recuerdo. Como una mosca en un caluroso día de verano. Necesito más analgésicos. El fentanilo de Miguel ya es historia.
Localizo un pequeño carro que alguien ha dejado suelto en un pasillo y me hago con él con disimulo.
Voy directo a la zona de parafarmacia y antes siquiera de ver dónde se encuentran los analgésicos sale a mi encuentro una joven de unos veinticinco años perfectamente maquillada. Esbelta. El pelo brillante, recogido. Las manos por detrás de la espalda. Huele bien.
—Mi nombre es Katie, ¿en qué puedo ayudarle, señor?
Yo levanto un poco el cuello para poderla mirar a los ojos sin que me tape la visera de la gorra de Conrad y percibo cómo esa sonrisa suya se diluye tímidamente al ver las heridas de mi cara. Su expresión es la de alguien a la que acaban de contarle un chiste que no le ha hecho ninguna gracia. Ahora mismo mi presencia allí es como una fea grosería.
—Necesitaría analgésicos, por favor.
—Claro. ¿Cuál necesita?
Yo me quedo pensando. Nunca se me ha dado demasiado bien el nombre de los fármacos.
—¿Qué es lo más fuerte que tiene?
Esa sonrisa suya desaparece un poco más. Ya casi no queda ni rastro de ella.
—Metamizol.
—Estupendo.
—¿Lo querrá en comprimidos, cápsulas o inyectables?
—Inyectables. —Supongo que el efecto será mayor.
—¿Una caja?
—Que sean dos.
Katie se agacha por detrás del mostrador y vuelve a levantarse con un par de llaves en las manos. Abre una vitrina de cristal y arruga un poco los labios mientras busca con la mirada el metamizol inyectable. Labios color granate. Yo observo a mí alrededor y veo que un vigilante de seguridad pasea desinteresadamente justo por el pasillo de enfrente al que yo me encuentro. Me mira de arriba abajo. Yo me calo un poco más la gorra. Él deja caer como si nada una mano sobre la empuñadura de la porra que cuelga de su cinturón. Me pongo nervioso y le meto prisa mentalmente a Katie.
—Si no lo tiene en inyectable deme el que tenga, Katie, no hay ningún problema.
—Sí que lo tengo, el problema es que ahora mismo no sé dónde está — dice ella mientras recorre con la mirada los estantes de la vitrina.
Levanto la vista disimuladamente y veo al guarda acercándose.
—En serio que no me importa, Katie, deme los comprimidos.
—En comprimidos no me quedan, tendría que pedirlos.
Yo suspiro y me froto la cara.
—Por favor, Katie, tengo algo de prisa, deme el primero que vea.
Ella no contesta y sigue removiendo cajas de la vitrina. Finalmente sonríe y saca dos cajas de la parte de atrás.
—Aquí están, menos mal —dice con alivio.
—Sí, menos mal.
—¿Quiere una bolsa?
—Sí, por favor.
Introduce las dos cajas de analgésicos inyectables en una bolsa y me la ofrece en un estudiado y bonito gesto. Como si fuese la jueza en el juego del pañuelo.
—Aquí tiene, señor, que pase un buen día.
—Igualmente, gracias.
Justo cuando me doy la vuelta para continuar con mi camino me topo de cara con el vigilante de seguridad. En su chapa se lee el nombre de Carl.
Se me queda mirando.
—¿Todo bien, Katie? —pregunta mirando por encima de mi hombro como si yo fuese algo así como ese árbol que no deja ver bien el resto del bosque.
Me sorprende su falta de tacto. Parece que se ha creído con el derecho de insinuar que no soy de fiar y que puede que le haya causado problemas a la dependienta. Lo cierto es que me duele pensar que hasta hace bien poco yo también estaba lleno de horribles prejuicios, parecidos a los de Carl.
—Sí, todo bien, Carl, gracias —dice Katie con su dulce voz.
Carl y yo nos quedamos mirándonos un par de segundos. Él masca chicle con chulería. Yo lo miro desde lejos. Desde el otro lado de la orilla.
Agacho la cabeza y salgo de allí recuperando mi carro. Despacio. No quiero levantar sospechas. Todavía. Aunque me temo que no será fácil quitarme a Carl de encima.
Voy hasta la zona de ropa y busco una camisa discreta. Cómoda. En lugar de eso me llevo un suéter fino color negro. También meto en el carro una chaqueta fina con forro ligero, tipo cortavientos. Gris oscura. Paso por la zona de los pantalones y me digo por qué no. Meto unos en el carro. Finalmente me hago con unas zapatillas de vestir. Cuero marrón. Confortables.
Tema ropa solucionado.
Paso por la zona de alimentación y pienso que me vendría bien algo más de comer. El sándwich de Conrad lo que ha hecho es abrirme más el apetito. Recorro unos cuantos pasillos buscando algo que me pueda comer cómodamente y me llama la atención la gran cantidad de alimentos que se pueden comprar en Costco. Supongo que exactamente los mismos que en el resto de cadenas de alimentación. Fechas de caducidad, información nutricional, fechas de envasado, lotes en oferta. Luego recuerdo a las personas que son como Conrad el vagabundo y me pregunto qué demonios hacen con todos los alimentos que caducan o están próximos a caducar. Tenía entendido que los donaban, o los tiraban, pero es tal la cantidad de alimentos que están en esa situación que no sé yo si… ¿podría ser que algunos los volviesen a reetiquetar? ¿O directamente los queman para que nadie los pueda reutilizar? Porque son muchos.
De todos modos me alarma la idea de pensar que cuando cae la noche y se cierran todas esas persianas que dan a la calle, aquí dentro se queda encerrada la solución a la enorme tragedia de que miles de personas se mueran diariamente de hambre.
Me digo que ya es tarde, pero que tal vez, en otra vida, hubiese empleado mi tiempo luchando por otras cosas. Eso me deja una espantosa sensación de haber desperdiciado mi vida por completo. Agridulce.
Cargo en el carro un par de sándwiches y una botella de vino de las que se abren con tapón de rosca. Le copio la receta a Conrad. Lo que está bien, mejor no tocarlo.
Voy hasta las cajas.
Le doy un vistazo rápido al posible perfil de las dependientas y dependientes y me pregunto cuál de ellas o de ellos me dará menos problemas ante un posible incidente a la hora de pagar. Que es lo que me temo que va a pasar.
No tengo demasiado tiempo, y la verdad es que a veces la gente engaña, no siempre es lo que parece. Eso lo estoy aprendiendo a pasos de gigante.
Así que me decido por una mujer de mediana edad con el pelo recogido en una coleta. La mirada triste y los párpados ligeramente caídos. Pasa los productos por el lector de la caja apenas sin mirar a la gente a la cara ni mucho menos al producto. Me digo que se ha quedado estancada. Que ha dejado de avanzar, y lo que no se mueve, tarde o temprano muere.
Ella es mi elección.
Me pongo a la cola y espero mi turno.
Levanto la cabeza para tratar de buscar a Carl el vigilante de seguridad. Miro a izquierda y a derecha pero no lo veo. Me giro y tampoco está detrás de mí. De pronto lo veo aparecer cerca de las puertas de salida. Pasea como si nada. Con un paso cansino y molesto. Es un perro que acecha.
Llega mi turno.
Anna, que así debe llamarse la cajera por el nombre que hay escrito en la chapa de metal que lleva sobre su voluminoso pecho, empieza a pasar mis productos sin mirarme ni una sola vez a la cara.
—¿Desea alguna bolsa, caballero? —pregunta antes de terminar de pasar toda la compra.
—Sí, una grande.
Anna saca una bolsa de debajo de la caja, la abre y me la deja al lado de donde tengo mis productos.
Yo empiezo a llenar la bolsa con toda la calma del mundo. Levanto la vista con disimulo y allá a lo lejos continúo viendo la silueta de Carl paseando junto a la puerta y deseándole los buenos días a la gente que él considera honrada y decente, básicamente los que huelen bien y no tienen heridas en la cara.
—Serán ochenta y cinco con siete, señor —dice Anna mientras yo termino de meter los sándwiches y el vino.
Trago saliva. Las manos me tiemblan mientras saco la cartera del bolsillo interior de mi chaqueta. Tengo los nudillos rojos e inflamados. Extraigo la tarjeta que esta mañana me denegó el dinero y se la ofrezco con un nudo en la garganta. Imagino qué va a pasar ahora, pero aun así espero como una especie de milagro mientras pienso cuál va a ser la mejor forma de escapar.
—Me la ha rechazado, señor —dice Anna mirándome con preocupación.
—Inténtelo otra vez, por favor.
Anna repite de nuevo la operación.
—Nada. Operación denegada, ¿tiene otra tarjeta, caballero?
Yo abro la cartera. Las manos me han empezado a sudar. Las personas que estaban tras de mí en la cola se impacientan. Me miran como si yo fuese un terrorista o fuese portador de un virus mortal.
Pienso en la tarjeta que se me tragó el cajero y extraigo la única que me queda, la de crédito, aunque no sé por qué pero me temo lo que va a ocurrir, ya que está asociada a la que se perdió en el estómago de aquel cajero.
Anna espera a que el datáfono dictamine sentencia. Yo noto cómo una gota de sudor resbala por mi frente.
Anna resopla. Se agobia. Igual que los que vienen detrás. Les incomoda la situación, no saben dónde mirar. Soy como una disfunción en el sistema que hay que eliminar. Pero a nadie le gusta pulsar el botón de «enviar a».
—Denegada. Lo siento, caballero, ¿no tiene más?
Yo no sé qué decir.
—No.
—Pues entonces me temo que tendrá que dejar la compra. —Me mira con tristeza. Veo en ella cierta humanidad. Condolencia.
—Anna, ¿puedo preguntarle una cosa?
No se lo espera. Abre los ojos.
—¿Cuánto cobra? ¿Quinientos, seiscientos tal vez? ¿Cree que le merece la pena?
Noto cómo su respiración se agita. Sus fosas nasales se abren y sus párpados se retraen. Su pecho se levanta y la chapa que dice Anna brilla como un doblón de oro.
—No sé qué está queriendo decir, caballero.
—Quiero decir que me parece que en el dinero que usted cobra no va incluido arriesgar su vida por evitar que alguien que está muy desesperado se lleve una compra por un valor infinitamente inferior al de los productos que esta noche van a tirar a la basura cuando se cierren las persianas, ¿no le parece?
Veo cómo la gente que está detrás de mí en la cola se da codazos. Algunos, los que están más alejados, empiezan a mirarme sin reparo. Abiertamente y prejuzgando. En cambio los que están más cerca continúan con la mirada cerca de los pies. Intuyo que a más distancia, más valiente se vuelve la gente. Así debe haber funcionado toda la santa vida.
Anna baja un poco la mirada. No sé si eso es un «corre» o un «no me haga daño, por favor, señor».
—Cuenta hasta veinte, Anna.
—¿Cómo? —pregunta ella.
—Cuenta hasta veinte y después grita, llama a seguridad o haz lo que tu corazón te diga que hagas, ¿te parece? Yo voy a salir ya. Solo quiero que me regales veinte segundos, por favor, es todo lo que necesito.
Ella vuelve a bajar la mirada y en un gesto casi imperceptible me ha parecido ver que asiente.
Yo cojo mi bolsa y me dirijo hacia la salida sin mirar atrás.
Las piernas apenas me sostienen. Se tambalean.
Veo cada vez más cerca la figura de Carl, que espera junto a la puerta.
Todavía no he escuchado ningún grito, tampoco ningún megáfono llamando a seguridad.
Llego como puedo hasta la puerta de salida y mi corazón es un repiqueteo constante y molesto. Como ese taladro que enchufa alguien en mitad de la siesta.
Paso junto a Carl y no disimula al mirarme. Ya no tiene la mano apoyada en la porra, ahora la tiene abrazada como si fuese la palanca del cambio de marchas.
—Que pase un buen día, caballero —dice con ironía y sospecha cuando paso junto a él.
No puedo evitar detenerme. Humillado.
—Igualmente —digo mirándolo de reojo y con la velada amenaza de un «ya nos veremos».
Salgo de allí con una gran ansiedad recorriendo todo mi cuerpo y ni paro ni miro hacia atrás ni una sola vez hasta que me encuentro de nuevo en ese barrio del que me habló Conrad, el mismo al que no le gusta mucho entrar a la policía.
Una vez allí, busco una calle oscura y tranquila, me siento en el suelo. Y rompo a llorar con todas mis fuerzas.
Estoy cansado. Muy cansado. Y todavía no he hecho lo más importante.
Apenas un minuto después me digo que ya está bien, que tengo que seguir ya.