El último día de mi vida
Capítulo 5
La vida que le robé a Jennie
Vuelvo a entrar en el Audi y me enciendo un cigarro. Trato de dejar la mente en blanco. Apenas he parado desde que me he levantado y las sensaciones están siendo más fuertes de lo esperado. No puedo evitar pensar que si hubiese llegado solo unos minutos más tarde, mi hermano estaría muerto. Se hubiese ido de este mundo porque no podía soportar la culpa. Una culpa que aplastaba su conciencia como una gran losa de piedra y que en mis manos estaba el poder quitársela de encima para que pudiese respirar.
De pronto pienso, por primera vez en toda mi vida, que esa traición de mi hermano y de mi ex mujer, en el fondo me la merecía. Me merecía que me pasase algo así porque yo no hice cosas mucho mejores en la vida, solo que todo se ve de una forma muy diferente cuando eres tú el que está del lado que sufre.
Son las doce y media. Siento vértigo. Cada vez queda menos tiempo.
Arranco y pongo rumbo a casa de Jennie Kartz.
Jennie fue el primer amor de mi vida. Nos conocimos en el instituto y empezamos a salir con apenas quince años. Estuvimos juntos varios años hasta que yo la dejé porque quería volver a saber lo que era sentirse libre, no tener pareja. Salir con los amigos. Esas cosas que a veces se dicen sin saber muy bien por qué. A los pocos meses yo empecé a salir en serio con Rachel y cuando Jennie se enteró lo pasó muy mal. Siempre pensó que Rachel y yo habíamos tenido una aventura, no fue así, pero de todas formas a Jennie le costó entender que yo quisiese volver a sentirme libre y a los dos meses ya tuviese otra pareja formal. A mí también me costó entenderlo.
La primera vez que Rachel y yo discutimos en serio, lo primero que hice fue llamar a Jennie. Ella estaba con otro chico, pero no dudó en salir corriendo para consolarme. No pasó nada, pero retomamos el contacto y ella acabó cortando con él porque dijo que había descubierto que todavía estaba enamorada de mí. La segunda vez que discutí en serio con Rachel y decidimos darnos un tiempo, volví a ir en busca de Jennie. Le calenté la oreja hasta convencerla de que dejase al novio con el que acababa de empezar a salir para que volviese conmigo. Y lo hizo. Solo que a los dos semanas aproximadamente yo decidí volver otra vez con Rachel. Ahí fue cuando Jennie cogió por primera vez una depresión importante. Preocupante.
Hubo una tercera. La definitiva. La que más le dolió. Yo acababa de empezar con los trámites del divorcio. Ahora sí iba en serio lo de mi separación. Y volví a llamar a Jennie. Ella parecía recuperada. Parecía estar al cien por cien, más fuerte que nunca. Al principio le costó entrar en mi juego, volver a confiar en mí, pero finalmente la convencí y estuvimos como una semana encerrados en un idílico apartamento con vistas al mar. Hubo promesas y hubo momentos inolvidables. Luego fue cuando me enteré de lo de mi hermano y Rachel y lo primero que hice fue darle de nuevo la patada a Jennie. Esta vez sí, le dije que necesitaba estar solo. Cero mujeres. Y era verdad. Pero Jennie acabó totalmente destrozada, mucho peor que la vez anterior.
Durante toda mi vida me he preocupado por lo que unos y otros han jugado conmigo, por lo que han condicionado mi vida con sus acciones, pero lo cierto es que yo también he condicionado la de otras personas. La de Jennie, sin ir más lejos, ha sido siempre como un juguete en mis manos al que usar y tirar siempre que me vino en gana.
Y eso es algo que no está bien. Nunca estuvo bien. En cierta manera pienso que a Jennie le robé parte de su vida con mis idas y venidas, con mi egoísmo y mi falta de empatía.
Llego al barrio de Jennie.
Aparco aplastando un par de latas vacías de cerveza. Me miro en el espejo y las heridas de mi cara se han secado y ya no tienen ese característico brillo de la «carne viva». Del pelo a lo Michael Douglas ya no queda nada. Para Jennie siempre fui un guaperas y ahora me veo como un personaje de la familia monster. No importa, esta vez no he venido a conquistarla.
Este barrio es de los más humildes de la ciudad. Un grupo de adolescentes con mal aspecto fuman y me miran a lo lejos. Miran el Audi. No me gustan. No les gusto. Dos de ellos están subidos a unas viejas bicis de Cross y otros dos están apoyados en un coche abandonado.
La casa de Jennie tiene un pequeño jardín cuya vaya de madera está totalmente desconchada. Aun así ha sido pintada recientemente encima de la pintura anterior. El jardín es también muy humilde. Básicamente es hierba verde con un olivo seco del cual pende un columpio. Todo es muy humilde pero a la vez muy entrañable. Ha sido decorado con mucho mimo y corazón. Recuerdo que así era Jennie. Detallista y apasionada.
Subo los cuatro escalones que separan el jardín del pequeño porche y llamo a la puerta. Ni siquiera he pensado qué decir cuando me abra. Hoy no me queda otra cosa que improvisar. Dejarme llevar.
Se abre la puerta y aparece un niño de unos ocho o nueve años. Un niño con el pelo rubio. Igual que el de Jennie. Sonríe.
—Hola —le digo.
—Hola, me llamo Tyler. —Es encantador. Su sonrisa es exactamente igual a la de su madre.
—¿Está tu mamá en casa, Tyler?
—Sí. ¿Quién es usted?
Yo dudo algo menos de lo que dura un segundo qué responder a esa pregunta. No sé por qué. Pero siento como una especie de apagón que por un momento hace que se me olvide absolutamente todo. Por suerte todo vuelve rápidamente.
—Soy un antiguo amigo de tu mamá, ¿podrías decirle que salga un momento, Tyler?
—Sí —Tyler sonríe y me cierra la puerta en las narices. Me hace gracia pensar que su madre debe de haberle dicho repetidas veces, tal vez pensando en mí, que vaya con cuidado con quien deja entrar en su vida.
Al momento se abre de nuevo la puerta.
Jennie.
Lleva puesto un delantal de flores amarillas y una radiante sonrisa que, a pesar de los años que hacía que no la veía, sigue siendo la misma. Todavía resplandece. Pero la expresión de su rostro cambia radicalmente cuando identifica al que tiene delante. Se ha quedado muda. Su corazón late con fuerza. Pobre corazón.
—El que abierto la puerta era tu hijo, ¿verdad? Es clavado a ti. Es fantástico. ¿Cómo estás, Jennie?
—¿A qué has venido, Dylan? —El párpado de su ojo derecho ya ha empezado a temblar. Ya no recordaba ese inseparable tic nervioso suyo.
Antes de que me dé tiempo a contestar, Tyler aparece otra vez tras las piernas de Jennie.
—Entra dentro de casa, Tyler, enseguida va la mamá.
Tyler se da la vuelta. Obediente. Jennie cierra la puerta cuando ve que su hijo ya ha sido engullido por la oscuridad del pasillo.
—¿Qué haces aquí, Dylan?
Yo me encojo de hombros. Una ráfaga de viento inunda mis ojos de aire y hace que vuelva esa molesta congoja. Recuerdo de nuevo cómo ha sido posible que hayan pasado tantos años desde que yo solo era un niño de la edad de Tyler, desde la primera vez que, por ejemplo, vi a Jennie.
—He venido a pedirte disculpas, Jennie.
Ella endurece el rostro.
—¿Disculpas?
—Sí. —Me atraganto con mis sentimientos—. No me porté bien contigo, Jennie, nunca pensé en el daño que te estaba haciendo, te aseguro que nunca fue mi intención jugar contigo de esa manera, te lo prometo, pero siempre hubo algo jodido en mí que hizo que no pensara en si los demás estarían sufriendo. Pero ahora lo sé, sé que no lo hice nada bien. Y quería que lo supieras. Pedirte perdón.
Jennie suspira. Mira al suelo. Aprieta los labios y entrecierra los ojos. Ahora le tiemblan los dos párpados.
—No es que no pensaras en si yo sufría o no, Dylan, es que ni tan siquiera te importó cuando sí tuviste constancia.
Voy a decirle que eso no es cierto, pero creo que no me he ganado el derecho a defenderme. Quizá incluso tenga razón, ¿me importó? Es posible que alguna forma de sentir se adquiera con los años, al menos en mi caso, y yo por aquel entonces no tenía ni idea de lo que era ponerse bajo la piel de los demás.
—Me hiciste mucho daño, Dylan, más del que te puedes imaginar, me hiciste tanto daño que llegué a perder la ilusión por vivir. Por supuesto que jugaste conmigo, Dylan, y me destrozaste en mil pedazos.
Jennie ha empezado a llorar. Intenta tener la boca cerrada pero ese temblor de labios la obliga a abrirla dibujando una mueca de pura pena.
Yo muevo el cuello hacia ambos lados. Noto que tengo los ojos completamente humedecidos. Pero creo que tampoco me he ganado el derecho a llorar. Ese derecho es suyo.
—Lo siento mucho, Jennie, solo he venido a decirte que lo siento, que fui un completo cabrón. Voy a irme lejos y quería decírtelo. No volverás a verme nunca más, te lo prometo. Solo quería saber si estabas bien, y desearte que seas todo lo feliz que se pueda ser y… decirte que para mí siempre fuiste alguien muy importante, más de lo que te puedas imaginar, aunque nunca te lo demostrara.
Ella va a decir algo pero ya ha roto a llorar. Me mira y trata de secarse las lágrimas con una mano. No sé si ha sido una buena idea venir. Ahora tengo dudas. Parecía que había recuperado la estabilidad y que el verme de nuevo a mí haya hecho que la vuelva a perder.
De pronto se abre la puerta tras ella y aparece un hombre algo más joven que yo y bastante más fornido. Sujeta un bate de béisbol en una mano.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Abre mucho los ojos. Tiene cara de buena persona, pero al ver el sofoco que tiene Jennie su rostro cambia radicalmente y ahora parece un auténtico gladiador romano.
—Jennie, dime, ¿te ha hecho algo, es este el tipo con el que salías que te hizo tanto daño? Contéstame, Jennie.
Está muy nervioso, Jennie lo mira a él y luego me mira a mí. No contesta, solo agacha la cabeza. Sabe lo que pasará si le dice que sí, que yo soy ese tipo que le hizo tanto daño.
El que debe ser el padre de Tyler levanta la barbilla de Jennie en un gesto de auténtica delicadeza. Amor. Se nota que la ama con todas sus fuerzas y yo no puedo evitar alegrarme por ella, a pesar de lo que va a pasar.
—Dime sí o no, cariño, por favor, ¿es ese de ahí el tipo del que me hablaste?
Ella lo mira pero no contesta. Él resopla. Sabe la respuesta.
—Maldito hijo de puta, te voy a matar —dice mirándome a mí mientras me apunta con el bate. Yo me hago un poco hacia atrás y cuando veo que levanta su brazo derecho tropiezo con uno de los cuatro escalones que dan acceso a su puerta y caigo de espaldas.
Él baja corriendo y trata alcanzarme con un primer golpe, yo ruedo hacia un lado y consigo esquivarlo.
—¡Cameron, no! ¡Para! —grita Jennie.
Pero Cameron está cegado por la ira. Debió prometerle a Jennie que si alguna vez volvía el tipo que tanto daño le hizo, lo mataría. Y ahora está cumpliendo con lo prometido.
El segundo golpe de Cameron también trato de esquivarlo rodando hacia el otro lado, pero él lo ve venir y desvía la trayectoria del mandoble. Me da de lleno en la espalda. Siento como algo acaba de partirse en mi caja torácica. Ha sonado como el ruido que hace una rama seca en una hoguera.
—¡Por favor, Cameron, te lo ruego, para!
A mí el golpe me ha dejado sin respiración. Estoy completamente aterrado. Que me queden unas horas de vida no significa que no me importe que me cosan a palos. Cameron se sitúa delante de mí y parece un eclipse de sol. Vuelve a bajar el bate y yo trato de cubrirme instintivamente haciéndome un ovillo. El golpe impacta en unos de mis brazos y un dolor sordo hace que en mi cabeza empiecen a sonar cien mil trompetas.
—¡Cameron! ¡Que pares! ¡Para!
El grito de Jennie es desgarrador. Está llorando a lágrima viva. Se teme lo peor.
Cameron se acerca un poco más a mí. Levanta los brazos y sujeta el bate con las dos manos. Está apuntando directamente a mi cabeza. Me quiere matar y lo va a hacer si nadie se lo impide. Yo me cubro como puedo y cierro los ojos. No quiero ver qué va a pasar a continuación.
Jennie vuelve a suplicarle a su marido que pare.
Y Cameron suelta el último golpe que impacta de lleno sobre mis manos y sobre mi cabeza, que está bajo ellas.
Un fuerte pitido me deja momentáneamente sordo. No escucho nada aparte de ese estridente sonido. Tampoco puedo ver. Todo es blanco a mí alrededor. Pierdo momentáneamente la noción del tiempo, de lo que ha pasado. Aunque rápidamente me llega el vago recuerdo de que hoy es mi último día y que no quisiera irme todavía porque aún me quedan unas cuantas cosas que hacer. Cosas muy importantes. Las más importantes, de hecho.
Ese pensamiento hace que empiece a recuperar de nuevo el control sobre mi cuerpo. Poco a poco. Empiezo a ver de forma borrosa. Veo a Cameron tirando el bate al suelo y pasándose las manos por la cabeza. Parece estar pensando que aquello se le ha ido totalmente de las manos. Veo el rostro de Jennie a unos veinte centímetros de mi cara. Todavía llora.
—Dylan. Dylan, ¿puedes oírme?
Al parecer también estoy empezando a recuperar el oído. Trato de incorporarme y me cuesta horrores levantarme. Jennie me está diciendo que no lo haga, que no me levante. Pero lo hago. Todo empieza a dar vueltas a mí alrededor. Al ponerme en pie una cascada de sangre brota de algún lugar de mi cabeza y puedo ver como todo se tiñe de rojo. Me voy directo al suelo. Todo mi cuerpo da como dos fuertes sacudidas. Debo de estar convulsionando. Mi cuerpo se zarandea solo. Tanto Jennie como Cameron, que está un poco más atrás, se llevan horrorizados una mano a la boca. Están muy asustados. Yo también. Tengo un miedo terrible a morir, a pesar de que sé de sobra que hoy es el día.
—Llama a una ambulancia, Cameron, corre —grita Jennie.
Cameron tarda un poco en reaccionar. Está muy asustado y no deja de mirar hacia mi cabeza. Debo de tener muy mal aspecto. Finalmente reacciona y se da media vuelta en busca de un teléfono. Tropieza con sus propios pies.
Algo en mi interior me dice que lo vuelva a intentar. Tengo que levantarme y salir de allí ya. Tengo que salir. Hay cosas importantes que tengo que hacer. No puedo morirme aún ni quedarme aquí.
Trato de ponerme de nuevo en pie.
—Dylan, no, no te muevas por favor, Cameron ha ido a llamar a una ambulancia. —Jennie pone una mano sobre mi espalda para intentar convencerme. Sigue siendo igual de tierna. Igual de delicada.
Parpadeo varias veces para tratar de quitarme el rojo de los ojos que me impiden ver bien.
Me incorporo ligeramente y me apoyo en un brazo de Jennie para enderezarme por completo. Las piernas me tiemblan muchísimo.
—Dylan, tienes que tumbarte, estás muy mal herido, por favor, túmbate otra vez y espera a que venga la ambulancia. —Lo cierto es que noto la cabeza como si la tuviese completamente mojada. No me atrevo a tocármela porque no quiero saber cuál es el tamaño de la brecha. Siempre he sido de los que prefiere no saber.
—¡Cameron, trae una toalla! —grita Jennie mientras trata de taponar la herida de mi cabeza con sus propias manos. Se escucha una especie de chof chof.
En apenas dos segundos aparece Cameron con una toalla en las manos. Está pálido. Debe de estar pensando que como yo me muera él va a tener algunos problemas. Aparte de los cargos de conciencia.
Jennie presiona la toalla con fuerza contra mi cabeza. Puedo ver cómo sus manos están totalmente rojas. Me asusto mucho. Las piernas me fallan y me dejo caer en el suelo lentamente hasta quedarme medio sentado.
—Cameron, ¿qué pasa con esa ambulancia?
—Deben estar al llegar, me han dicho que había una por aquí cerca.
Casi como por arte de magia, las sirenas se empiezan a escuchar y en lugar de alegrarme lo que hago es intentar ponerme de nuevo en pie.
—Dylan, ¿se puede saber qué estás haciendo?
—Tengo que marcharme, necesito estar en un sitio.
Las piernas me tiemblan y todo a mí alrededor se desvanece.
Apenas unos segundos de vacío.
La ambulancia aparca.
—Dios mío, ¿qué ha ocurrido? —pregunta uno de los dos chicos.
Se produce un silencio y puedo ver cómo Cameron va abrir la boca para confesar. Tiene lágrimas en los ojos. Me mira con arrepentimiento. Cierra los ojos y coge aire.
—Me he caído, compañero. Me he caído y me he dado de lleno contra un escalón. —Me adelanto entre balbuceos.
El médico y el enfermero se miran y después miran a Jennie y a Cameron, que no saben ni qué decir. Sospechan.
—Me he caído y me he dado con ese escalón de ahí, maldita sea, es eso lo que ha ocurrido, hagan lo que tengan que hacer de una vez —saco fuerzas de algún sitio para hablar con más contundencia. Claridad. No quiero que Jennie se quede otra vez sin pareja ni que su hijo crezca sin un padre, como le pasó al mío. A mi hijo.
Me suben a la ambulancia y antes de cerrar las puertas Jennie se acerca. Aprieta mi mano izquierda con fuerza.
—Dylan. —Le caen las lágrimas. A mí también.
—Dime, Jennie.
—Siempre fuiste el amor de mi vida, siempre estuve enamorada de ti, ¿lo sabías, verdad? No he vuelto a querer a nadie como te quise a ti.
Yo asiento mientras veo cómo el enfermero le pide a Jennie que tienen que salir ya.
—Jennie… eres una mujer sensacional y sé que vas a ser muy feliz, tú solo sigue siendo tú misma y cuida mucho de Tyler, él también llegará a ser alguien muy grande.
Ella llora y se le escapa una tierna sonrisa.
—Es un chico fantástico, me recuerda un poco a ti.
—Tenemos que salir ya —dice el enfermero mientras termina de ajustar la vía que acaba de ponerme en el dorso de mi mano derecha y enciende el monitor de constantes vitales.
—Cuídate mucho, ¿vale? —Le digo a modo de despedida.
—Lo haré. Cuídate tú también, Dylan.
A mí se me escapa una mini sonrisa.
—Dylan —dice Jennie justo cuando el enfermero va a cerrar las puertas para salir ya de allí.
—¿Sí?
Jennie sonríe y me mira otra vez de esa forma en que solía hacerlo. Pero no dice nada, aunque creo interpretar el significado de esa expresión, me parece escuchar la voz de su corazón.
—Gracias, Jennie, muchas gracias.
Ella asiente entre lágrimas.
Las puertas de la ambulancia se cierran haciendo un ruido parecido al frigorífico de una heladería.
Las sirenas empiezan a sonar con fuerza y yo empiezo a pensar cómo demonios me voy a escapar porque allí no me puedo quedar, mucho menos en el hospital.
Pero sonrío de pura felicidad al pensar en las bellas palabras de Jennie, tengo su perdón, después de tantos años, y en estos momentos eso es mucho más valioso para mí que todos los golpes y heridas que me hayan podido hacer.