El último día de mi vida
Capítulo 6
El hospital
—Miguel, ¿cómo va por ahí detrás? —dice el médico desde el asiento de copiloto de la ambulancia.
—Sigue estable, pero está perdiendo mucha sangre. ¿Quieres que lo cosa o esperamos a llegar? —Miguel, el enfermero, es el que está conmigo en el compartimento trasero. Ya me encuentro algo mejor, menos mareado. Debe ser por los dos goteros que me han puesto.
—¿Sigue estando consciente? —pregunta de nuevo el médico.
—Sí. Pero es difícil parar la hemorragia y no sé yo si… —Miguel es de ascendencia latina y debe tener como unos veinticinco años, no me quita el ojo de encima. Me mira preocupado. Tiene cara de buena persona. Retira un poco el aparatoso e improvisado vendaje y se asoma para ver cómo está la herida. Sus ojos son como dos escáneres portátiles.
—¿Dirías que hay fractura craneal? —pregunta otra vez el médico.
Yo me pregunto por qué demonios no se ha sentado él aquí detrás conmigo si es el que tiene que evaluar y dar la orden final.
Miguel vuelve a observar bien mi cabeza. Yo abro los ojos un poco y los vuelvo a cerrar, como cuando el peluquero te está cortando el flequillo.
—Yo diría que no, o si la hay lo más probable es que no sea desplazada, al menos no se ven astillas.
Yo me echo a temblar solo de imaginarme esas astillas.
Pienso que la visita a Jennie me ha salido bastante cara. Sonrío. Supongo que es el precio que debía pagar por todo lo que le hice. Al parecer había contraído con ella lo que se dice una buena deuda.
—Ponle unos puntos provisionales. Si se queja mucho le pinchas más fentanilo. Cuando lleguemos al hospital miraremos bien si hay que entrar al quirófano o no y si hay derrame interno.
—De acuerdo.
Las palabras «quirófano» y «derrame interno» hacen que me maree. Escucho cómo Miguel abre la cremallera de lo que debe ser uno de esos maletines de urgencias. Saca cuatro o cinco cosas que no alcanzo a ver. Veo su cara acercándose un poco más a mí y empieza a retirar el aparatoso vendaje. Cuando lo deja caer en el suelo escucho de nuevo un chof.
—Voy a volver a limpiarle otra vez la herida, señor. ¿Qué tal se encuentra?
—Bien. —Lo miro a los ojos y le doy las gracias mentalmente. Doy gracias de que existan personas como él.
Él me sonríe. Tiene una sonrisa sin filtros. Una sonrisa larga.
—Si le duele mucho me lo dice y le pongo un poco más de analgesia, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—No te pases con el fentanilo, Miguel —dice de nuevo el médico desde la parte delantera—. Necesitamos que esté lo más consciente posible y que su sensibilidad no se vea demasiado alterada por los medicamentos.
—Descuide, doctor —dice Miguel mientras empieza a remojar mi cabeza con algo que debe ser alcohol. Yo aprieto los dientes y aspiro aire tratando de no gritar.
—¿Le duele mucho? —pregunta Miguel poniendo mala cara al observar mi herida.
—Un poco.
—Le pondré un poco más de fentanilo.
—Vale.
Giro un poco la cabeza y veo cómo Miguel abre una ampolla de cristal. Carga un poco de su contenido con una jeringuilla y me lo pincha directamente en la cánula de plástico que tengo adherida en el dorso de la mano.
El efecto narcótico no tarda en llegar. Siento cómo un cosquilleo en la cabeza. Duele menos.
Veo cómo Miguel saca el material de sutura de un envoltorio de plástico. Extrae una aguja curvada con el hilo de coser ya incorporado. Parece un anzuelo.
—Voy a proceder con los puntos, señor. Si le hago mucho daño me avisa.
—Miguel. —Él se detiene al escuchar que acabo de llamarlo por su nombre. Lleva guantes de látex blancos, en una mano sujeta la aguja con el hilo colgando.
—Qué.
—Esos puntos provisionales, ¿podría apretarlos bien fuerte?
Él frunce un poco el ceño.
—¿Por?
Yo le sonrío de nuevo con un aire paternal.
—Usted apriételos todo lo fuerte que pueda, por favor.
Miguel cierra los labios y no dice nada más. Empieza a coser. Creo que me ha entendido y que intuye lo que pretendo hacer. Se calla. Veo que tiene un tatuaje en su antebrazo izquierdo que no atino a saber lo que es y me imagino que proviene de algún barrio en el cual debe de haber visto ya algunas cosas bastante más feas que la herida de mi cabeza.
Cierro los ojos y siento cómo Miguel aprieta bien fuerte después de cada punto para juntar bien la piel.
—Ya he terminado, señor, ha sido usted muy valiente. Voy a ponerle de nuevo un vendaje.
—Muchas gracias, Miguel.
—De nada.
Saca un rollo de venda y veo que le da unas cuantas vueltas a mi cabeza. Luego corta un trozo de esparadrapo y lo aplasta sobre mi cabeza como si fuese una pegatina.
—Enseguida llegamos, señor. Trate de descansar, ha perdido mucha sangre, pero la herida parece menos grave de lo que en un principio pensé. Se dio usted un buen golpe, eh.
Yo asiento y cierro los ojos. Me relajo. Entre el fentanilo y las buenas manos de Miguel han conseguido que me encuentre bastante mejor.
—¿Qué tal esos puntos, Miguel? —pregunta el médico.
—Hechos.
—¿Qué tal las constantes?
—Estables.
Apenas unos minutos después. La ambulancia se detiene. Creo que incluso puede que haya dormido un poco.
—Hemos llegado, señor —dice Miguel mientras escucho cómo las puertas traseras vuelven a abrirse.
Abro los ojos y todo se llena de luz. Miguel y el que debe ser el conductor de la ambulancia tiran de la camilla en la que estoy tumbado y me sacan fuera con una asombrosa maniobra. Rápida y eficiente.
Veo al médico caminar a uno de los lados de la camilla con cara de aburrimiento.
Recorremos los pasillos del hospital. Yo miro a los lados y veo gente esperando, gente sufriendo, gente llorando. No me gustan los hospitales. Sufrimiento y dolor.
Aparcan la camilla al lado de una pared en la que puedo ver perfectamente el símbolo de «peligro radiactivo» bajo el cartel de «zona de rayos x». Van a hacerme una radiografía.
Veo que se abren unas puertas y sacan a un paciente que va en silla de ruedas. No tiene buena cara. A continuación alguien que no veo empuja mi camilla y entro en una sala oscura.
—Usted no se mueva hasta que yo se lo diga —dice una mujer bastante voluminosa levantándome un poco la cabeza y colocándome debajo algo rígido, como si fuese una almohada pero de plástico duro.
Se va y desde un megáfono me dice que va a disparar.
A los dos segundos vuelve y me retira la almohada de plástico de la cabeza.
—Ya está —dice.
Se abren las puertas de esa sala y me llevan de nuevo por los pasillos.
Me aparcan en una zona en la que no sé muy bien que van a hacerme.
Miro hacia ambos lados tratando de ubicarme, tratando de esperar mi oportunidad.
Intento sentarme sobre la camilla tras un par de minutos esperando.
Cuando me siento veo a dos personas mirándome desde una silla de ruedas. Hay más gente, pero nadie más ha reparado en si debo o no debo incorporarme.
—¿Qué pruebas se hacen aquí? —pregunto a una señora que está sentada en una silla de ruedas frente a mí. Tampoco tiene una buena cara.
—Esta es la zona del TAC.
Yo me quedo pensando un par de segundos.
—Gracias.
Primero la radiografía y después el TAC. Supongo que para ver si hay derrame, tal y como ha dicho el médico de la ambulancia.
Me encuentro bastante mejor. Miro mi reloj de pulsera y veo que son ya las dos del mediodía. Me asusto. El tiempo parece que ha viajado más deprisa durante la última hora y media.
Justo cuando voy a ponerme de pie para salir de allí veo que al final del pasillo aparece la figura de un par de hombres. Uno de ellos me señala. El otro lleva un fonendoscopio colgando del cuello y una carpeta sobre las manos. Le dice que sí con el cuello a la otra persona y se acerca hasta mí.
—Hola, soy el doctor Arlington, ¿cómo se encuentra?
—Mejor.
—¿Sabe qué día es hoy? ¿Sabe dónde estamos?
—Sí.
—Perfecto. —El doctor Arlington apunta algo en la hoja que tiene sobre la carpeta. Es un hombre extremadamente delgado. Pelo graso. Ojeroso. Su cara no, pero su voz me suena de algo—. ¿Podría decirme su nombre, por favor? —pregunta con el elegante bolígrafo metálico apuntando la primera línea de esa hoja.
No sé muy bien por qué, pero me quedo pensando qué responder a eso y llego a la rápida conclusión de que no es buena idea decir la verdad.
—Señor, ¿recuerda su nombre? ¿Recuerda cómo se llama?
—No —miento.
—Perfecto, no debe preocuparse por eso ahora.
—Vale.
—¿Recuerda si tiene seguro médico?
—No.
—¿No lo recuerda o no tiene?
—No lo recuerdo.
—¿Tiene algún tipo de identificación encima?
Palpo mis bolsillos y toco la cartera en el interior de mi chaqueta, pero hago como que no he encontrado nada.
—No encuentro mi cartera, puede que la tengan los de la ambulancia.
—Puede.
El doctor Arlington anota algo en su carpeta.
—Bien. En unos minutos le van a hacer un TAC para ver si hay lesión interna. Yo enseguida vuelvo, trataré de averiguar si los de la ambulancia tienen su identificación y su cartera, tenemos que saber si usted tiene seguro médico y con qué cobertura, ¿entiende lo que le digo, verdad?
—Sí.
—¿Necesita algo?
—No.
—Bien. Pues ahora nos vemos.
—Vale.
—Otra cosa —dice el doctor dándose de nuevo la vuelta.
—Qué.
—¿Nos conocemos de algo? Su cara me resulta familiar, ¿estuvo aquí usted hace poco? —dice inclinando un poco el rostro hacia un lado.
—No que yo sepa —supongo que el doctor debe de ver tantas caras diferentes al día que ya no sabe a quién conoce y a quién no.
—Bien, pues entonces hasta luego.
—Hasta luego, doctor.
El doctor Arlington desaparece y veo cómo trata de buscar a otro paciente. Le pregunta a una chica que viste uniforme de trabajo blanco y ella le da indicaciones con la mano.
Me imagino al doctor Arlington como el «chico para todo» del hospital, al que deben enviar para los casos sin identificar o sin seguro médico, como el mío.
Ha llegado el momento de que me marche de allí ya antes de que averigüen quién soy.
A mi alrededor solo hay enfermos.
Me levanto a duras penas y observo cómo la mujer de la silla de ruedas se queda mirándome con los ojos muy abiertos. Yo le guiño un ojo. Ella sonríe.
Antes de ponerme a andar compruebo que no me voy a ir al suelo a la primera de cambio. Parece que estoy bastante estable.
Empiezo a caminar y siento un pequeño mareo. Me detengo. La sensación de estar sobre la cubierta de un barco pequeño parece que empieza a desaparecer. Vuelvo a caminar.
Avanzo mientras trato de orientarme mirando disimuladamente los carteles que indican la salida. Paso junto a una zona en la que puedo leer hasta en un par de ocasiones «pacientes críticos». Veo una puerta entreabierta y siento una extraña curiosidad. Me asomo un poco y veo cómo varios médicos tratan de reanimar a una persona. Es una mujer que, en esta ocasión, es a mí a quien su cara le resulta familiar, tengo la impresión de que la conozco, aunque no termino de verla con claridad, su rostro está algo desfigurado. Los médicos no paran de gritar «la estamos perdiendo, la estamos perdiendo». Me angustio y salgo de allí lo antes posible. Siempre me ha aterrado la muerte.
Tuerzo en un pasillo y siento cómo el corazón se me queda medio parado al reconocer a Miguel, el enfermero de la ambulancia, está hablando animosamente con una joven doctora. Ella le sonríe y cruza las piernas. Si Miguel me ve se acabó mi huida. Acelero el paso y atravieso el pasillo sin mirarlo. Cuando paso junto a ellos experimento una sensación muy extraña. Casi mágica. Siento que entre ellos dos hay un amor inmenso y que ese amor es una fuerza tan poderosa como la propia vida. No sé por qué pero eso me asusta un poco. Pero al mismo tiempo también me alegra.
Respiro cuando tuerzo otro pasillo y a lo lejos veo las puertas de la zona de urgencias por las que se sale a la calle.
Acelero un poco el paso, pero justo antes de salir escucho una voz. Alguien acaba de reconocerme.
—¿Dylan?
Me giro.
Mierda.
Es Archibald Jones. Mi ya antiguo jefe. Tiene la cara hecha un mapa. Parece que le están dando el alta médica para irse ya a casa. Pero el verme allí, a solo unos metros de él, al causante de que tenga la cara como la tiene, hace que pierda de nuevo los papeles y salte hacia mí en una reacción totalmente impulsiva. Está como loco.
Yo lo veo venir pero no tengo tiempo de esquivarlo. Estoy demasiado débil. Demasiado lento. Cierro los ojos sin pensar qué va a pasar y solo noto cómo el cuerpo de Archibald impacta sobre mi abdomen y caigo hacia atrás. Por suerte todo el golpe se lo lleva mi espalda y no mi cabeza. Se escuchan gritos. Un montón de gente nos rodea. Archibald abre la boca como un león. Babea. Levanta su puño derecho para darme en la cara. Yo cierro los ojos. Pero el golpe no llega. No sé qué pasa. Los abro y veo a un fornido guarda de seguridad que sujeta el brazo de Archibald con facilidad.
—¿Se puede saber qué está haciendo? —Le dice el guarda a Archibald levantando la voz. Tiene los brazos y parte del cuello llenos de tatuajes. Debe medir por lo menos un metro noventa. Moreno de piel. Puro músculo.
—Suéltame, no tienes ni idea de quién soy yo. Ese malnacido es el que me ha hecho esto en la cara —grita Archibald mientras el guarda de seguridad le retuerce el brazo y lo echa para atrás.
Yo aprovecho para ponerme en pie y salgo de allí corriendo. Escucho a la gente gritar. Escandalizarse. Tropiezan unos con otros. Pero no entiendo nada de lo que dicen. También escucho otra vez la voz de Archibald y del guarda de seguridad que gritan cosas como «alto», «que no escape», «deténgase». Pero consigo salir del hospital y empiezo a correr literalmente con la lengua fuera. No me paro para mirar atrás hasta que considero que ya estoy los suficientemente lejos. Estoy totalmente deshidratado. Me ahogo.
Llego hasta un callejón y apoyo las manos sobre mis rodillas. Jadeo.
Entrecierro los ojos. Me siento muy débil. Al menos he conseguido escaparme tanto del hospital como de Archibald. La cuestión ahora es recuperar como sea algo de fuerzas y continuar. Continuar hasta el final.
—¿Quiere un poco de agua, señor? —pregunta una voz que tardo en identificar. Proviene de unos metros más allá, todo está bastante oscuro en el callejón.
Afino un poco la vista y creo reconocer quién es. Es alguien que está en el suelo, sentado con la espalda apoyada contra una pared.
El mismo vagabundo al que le di todo el dinero que robé del cajero.
En una de sus manos tiene una botella de agua, que es la que me está ofreciendo.
Me acercó hasta él y la cojo.
—Gracias.
Y bebo prácticamente hasta terminármela.