El último día de mi vida
Capítulo 1
Mi último día de trabajo
Me despierto sobresaltado y tardo uno segundos en saber dónde estoy. Me siento como si acabase de aterrizar tras una caída de más de un millón de kilómetros de distancia. Miro la hora y veo que son las ocho y treinta de la mañana. Más de quince años padeciendo insomnio y precisamente hoy a mi cuerpo le ha dado por dormir como un lirón. Maldigo mi mala suerte, como llevo haciendo por lo menos desde los últimos treinta años.
Me doy una ducha rápida y me hago un café doble. Mentalmente repaso todo lo que quiero hacer hoy. Es mi último día. Mi último día de vida. Y lo quiero aprovechar. Tengo bastantes cuentas pendientes que necesito saldar. Empezando por arreglar las cosas con mi familia y acabando por encontrar a la persona que me ha hecho esto.
Salgo de casa y me dirijo al trabajo, el mismo que llevo haciendo desde los últimos veinte años. Odio mi trabajo. Llevo odiándolo prácticamente desde el día que empecé y sentí ese putrefacto olor que desprendían las máquinas cocinando la harina y la levadura que más tarde se convertirían en panecillos, sándwiches, donuts y un montón más de porquería alimenticia empaquetada. Menos mal que al poco tiempo de entrar ascendí y me hicieron encargado de sección. Y que unos años después, conseguí llegar a jefe de planta. De todas formas eso nunca cambió las cosas. Yo continué odiando mi trabajo y a mis jefes, a los que estaban por encima de mí.
Entro en las instalaciones de Bread&Sugar y ese nauseabundo olor a bollería refinada y a grasa animal flotando en el ambiente se me pega a la garganta y apenas me llega para darle los buenos días a Minerva antes de salir disparado al váter para vomitar. Hoy lleva una falda más corta de lo normal y sus labios están pintados de ese color rojo intenso que tanto me gusta.
—Buenos días, Minerva.
—Buenos días, señor Swift. El señor Jones le espera arriba en su despacho.
Me quedo mirándola mientras espero a que llegue el ascensor. ¿A qué demonios ha venido eso y por qué no me mira a la cara?
—¿El señor Jones, dices?
—Sí.
—¿Y qué quiere?
Minerva se queda mirándome sin decir nada. En una mano sujeta una grapadora y en la otra un montón de folios. Me viene a la cabeza aquella fiesta de navidad en la que los dos nos quedamos atrapados en el ascensor. Yo había bebido mucho y ella era la viva imagen de la sensualidad. Hacía muy poco de lo de mi ruinoso piso y lo de la estafa de Strong Brothers. Me acerqué bastante y ella se apartó. Aquello me sentó como una patada en las pelotas. En aquellos tiempos yo era un idiota. Mucho más que ahora. Le dije algo de lo que me arrepentí prácticamente en el acto. Desde entonces he buscado la forma de pedirle perdón, pero tras más de doce años todavía no la he encontrado.
Se cierran las puertas del ascensor antes de que Minerva conteste. No importa. Enseguida averiguaré qué es eso de que el señor Jones está en mi despacho porque ya estoy llegando.
Salgo del silencioso ascensor en la última planta y cuando llego a mi despacho veo que me están esperando. Más de una persona. El señor Archibald Jones, que es el jefe de la compañía, está de pie contemplando las vistas que ofrece el ventanal de esa maravillosa planta quince. Junto a él está Richard Malick. Richard y yo entramos juntos a la compañía y nos hicimos muy amigos casi desde el primer día. Pero desde hace unos diez años, aproximadamente el tiempo que llevo como jefe de sección, apenas nos hablamos. Cosas que pasan, supongo.
—Buenos días, Dylan, siéntate por favor —dice el señor Jones con esa educación aristocrática. Se nota que nunca en su vida ha pasado ni un solo apuro.
—¿Que me siente? ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Hay algo de lo que me gustaría hablarte, Dylan, y creo que lo mejor es que te sientes. ¿Te sientas, por favor?
—No. No me siento, Archibald, no hasta que me digas lo que ocurre y por qué está aquí Richard. —El señor Jones abre mucho los ojos. No está acostumbrado a que le contradigan. Él y mi ex amigo Richard se miran con asombro.
—Hemos pensado que lo mejor para la empresa es que no continúes como jefe de planta, Dylan. Richard ocupará tu puesto a partir de ahora.
Me quedo mirándolos a los dos. Durante unos instantes no digo nada. Richard baja la mirada porque no puede soportar la vergüenza. Probablemente Archibald le ha pedido que esté presente en ese momento y él no ha sabido decirle que no. Es su estilo. De pronto rompo a reír con todas mis fuerzas. No puedo parar. La situación es más que cómica. Ese par de memos pensaban que me iban a dar una mala noticia, pero no tienen ni idea de que la única razón por la que he ido hoy a trabajar ha sido para decirles cuatro cosas. Para decirles en primer lugar que ya no me verán más por allí. Obviamente ellos no tienen ni idea de que es mi último día de vida. Tampoco tengo pensado decírselo. No me gusta dar pena.
—¿Se puede saber de qué te ríes, Dylan? —El señor Jones no se ha tomado bien mi reacción. No le gusta ver a la gente reír. Menos si osan reírse de él.
Hago un gran esfuerzo para dejar de reír por un momento. Incluso los ojos me lloran. Me llevo las dos manos a mi entrepierna como un reflejo para evitar mearme encima. Creo que no me pasaba algo así desde que era niño.
—Siempre te las has dado de ser alguien importante, ¿verdad, Archibald? Pues te diré que, a pesar de que todo el mundo te respeta aquí y puede que incluso también lo haga alguno que otro de puertas para afuera, en el fondo todos sabemos que no eres más que una completa mierda, Archie. ¿Te importa que te llame Archie?
El señor Jones me mira con la boca abierta. Esta vez, en lugar de asombro, lo que hay en su mirada es un principio de ira. Puede que nadie en la vida le haya hablado nunca así. A mí se mi inflan los pulmones como nunca antes lo habían hecho.
—Estás aquí porque tu padre te dejó todo esto y no porque tú hayas conseguido levantar nada por ti solo, la gente te da los buenos días porque tiene miedo a que la despidas, las mujeres te sonríen porque creen que si son descorteses contigo te enfadarás y también las mandarás al paro, tu mujer y tus hijos, Archie, ni siquiera te soportan, puedo verlo en sus miradas de hastío cada vez que te acercas a ellos para darles dos besos. Pero lo peor de todo, sin ninguna duda, es que la empresa que diriges no es más que una basura. Tú y yo sabemos que lo que vendes no puede llamarse ni alimento. Tu bollería y tus panecillos son tóxicos, Archie, son malos para la salud. Y encima tienes la poca vergüenza de anunciar que son productos buenos para los niños, que favorecen el crecimiento, cuando los dos sabemos que incluso la comida que se zampa tu perro cada día es de una calidad infinitamente superior a la que preparamos aquí.
Richard tiene la cabeza agachada, tiene miedo de que para él también haya. Nunca ha llevado bien la confrontación. Archibald acaba de apretar los puños. Sus labios se han cerrado. Los aprieta y se arrugan formando una irregular línea morada parecida a una fea cicatriz mal curada.
—¿Qué ocurre, Richard? ¿Tienes miedo de mirarme a la cara? No te preocupes, porque la realidad es que curiosamente hoy había venido a decir que me largaba, que no soporto ni un solo segundo más estar en este lugar haciendo este asqueroso trabajo para vender la porquería que vendemos.
Richard levanta la mirada y en su cara veo una mezcla de vergüenza y humillación.
—Será mejor que te largues de aquí ahora mismo y que no vuelvas nunca más, Dylan, lárgate antes de que llame a seguridad. Mandaré un mensajero a tu casa con tus cosas —dice el señor Jones apretando su cuadrada mandíbula de antaño. Puede oírse cómo rechinan sus dientes. El cascanueces.
Yo lo miró desde los treinta centímetros que le saco de altura.
—Por supuesto que me voy de este asqueroso lugar, Archie, pero quiero que te quede claro que soy yo quien ha decidido irse, quiero que te quede claro que, la próxima vez que mires a los ojos a cualquiera de esas personas que están por debajo de ti, en el fondo, tras esas sonrisas forzadas y esos apretones blandos de mano, en el fondo te estarán odiando. En el fondo estarán deseando que te empotres con tu Mercedes el próximo fin de semana, o que te coja una buena tormenta en alta mar cuando decidas sacar tu yate a pasear, tal vez hasta han fantaseado con que cojas alguna grave enfermedad, Archie, aunque lo triste de todo esto que tanto tú, como yo, como ellos, sabemos que nada de eso pasará, porque la gentuza como tú siempre se las arregla para salir a flote, y si por alguna de aquellas te ocurriese algo, será tu hijo quien ocupe tu lugar, que lo hará igual o incluso peor que tú, tal vez lo haga mucho peor, ahora que lo pienso.
Con cada una de mis palabras me siento más ligero. De pronto, Archibald se abalanza sobre mí como una verdadera fiera y estrella su cabeza y su cuello contra mi abdomen. Me derriba fácilmente y yo caigo de espaldas. Me golpeo en la cabeza y creo que se me ha abierto una buena brecha. Me llega un extraño gusto a metal justo en la punta de la lengua. Archibald se ha vuelto completamente loco, se sienta a horcajadas sobre mi pecho y con la mirada llena de puro odio empieza a golpearme en la cara. Tendrá al menos veinte años más que yo, pero sus manos son duras como piedras. Manos antiguas y enraizadas.
—Señor Jones, por favor, ya está bien, lo va a matar. —Richard trata de intervenir pero tiene miedo a que si intenta apartar a Archibald de mí, lo acabe por despedir. Así que se queda de pie sin saber qué hacer ni qué decir, solo observa totalmente acongojado.
Archibald me suelta tres o cuatro puñetazos más en la cara y yo noto cómo me parte dos o tres dientes. La boca se me llena rápidamente de sangre. Estoy mareado pero sobre todo estoy furioso. El siguiente golpe de Archibald lo paro con mi brazo izquierdo y con el derecho le golpeo justo en la boca del estómago. Eso lo deja momentáneamente sin respiración. No se lo esperaba. Aprovecho la situación y me lo quito de encima levantándome todo lo rápido que puedo. Yo también estoy lleno de furia. El señor Jones cae a un lado y ahora soy yo el que se sienta sobre él. En sus ojos veo que nunca antes en la vida había pasado tanto miedo. Todavía le cuesta respirar. Empiezo a golpearlo con fiereza y escucho de fondo a Richard diciéndome que pare. Pero yo no puedo parar. Le suelto cuatro cinco puñetazos más hasta que veo cómo Archibald empieza a toser sangre, apenas le quedan fuerzas para intentar cubrirse. Se ha rendido. En ese momento paro de golpear. Estoy cansado. Dolorido. De pronto siento que ya he tenido suficiente. Los dos hemos tenido suficiente. Me hago a un lado y veo cómo Richard se tapa la cara con las manos. Cobarde. Trato de recuperar un poco la calma apoyado sobre la puerta y veo cómo Archibald hace lo propio. Sonrío al ver que él está mucho peor que yo. Parece que no sabe ni dónde está. Escupe en el suelo y sobre el parquet caen dos dientes. Ya se le ha empezado a hinchar un ojo y el lado izquierdo de la cara. Se pone en pie a duras penas. Me da la impresión de que se va a largar de allí pero en lugar de eso se deja caer sobre la mesa de mi ya antiguo despacho y lo que hace es descolgar el teléfono y llamar a seguridad. Les pide, entre balbuceos sanguinolentos, que se den toda la prisa del mundo porque lo están agrediendo.
Al escuchar aquello me pongo en pie y siento que me duelen no solo las manos y la cara, sino todo el cuerpo. Es curioso, pero me duele absolutamente todo. Salgo de allí mientras veo cómo Archibald ha inclinado de nuevo su tronco hacia delante y está tosiendo más sangre.
Veo el ascensor que hay delante de mí y el que está al fondo del pasillo. No sé por cuál de los dos vendrán Thomas y Ryan, los vigilantes de seguridad. No me gustaría nada toparme con ellos de frente. Al final me decido por el que está más alejado, el del fondo del pasillo.
Los segundos hasta que llega la cabina se me hacen interminables, necesito salir de allí cuanto antes, todavía tengo muchas cosas que hacer y no me puedo permitir que me retengan los vigilantes de seguridad hasta que llegue la policía y me lleve detenido. Porque eso es exactamente lo que pasará. Por suerte para mí, cuando llega el ascensor está vacío. Entro y antes de que se cierren las puertas veo cómo a lo lejos, Thomas y Ryan llegan a la puerta de mi antiguo despacho. Respiro aliviado y espero hasta llegar abajo.
Antes de salir veo cómo me mira Minerva, con la boca abierta. Miedo. No sabe qué ocurre pero por mi aspecto debe estar pensando que ha ocurrido algo malo. Que me he vuelto loco o algo así.
—Minerva —necesito decírselo.
—Qué.
—¿Recuerdas aquella fiesta de Navidad, cuándo se paró el ascensor y estábamos solos tú y yo?
Ella asiente. Está aterrada.
—No ha pasado ni un solo día en el que no me arrepiente de lo que te dije. —Noto que por uno de mis ojos me resbala una gota de algo que debe ser o bien sangre o bien una lágrima. O las dos cosas.
Ella abre mucho los ojos. No sabe qué decir.
—Lo siento mucho, Minerva, solo quería que supieras lo idiota que fui y lo mal que me porté contigo. No te merecías que te tratase así, nadie se merece que lo traten así. Si pudiese volver atrás en el tiempo te aseguro que no solo no te diría nada de aquello, sino que ni siquiera te miraría ni una sola vez sin hacerlo con todo el respeto que te mereces.
Ella no dice nada y yo agacho la cabeza para salir de allí antes de que bajen las fuerzas de seguridad.
—Dylan —escucho la dulce voz de Minerva justo cuando estoy a punto de salir.
—Qué.
—Gracias. —Tiene los ojos cubiertos de lágrimas y siento que los míos también se acaban de llenar de agua salada. Asiento y salgo de allí.
Me siento un poco mejor. Solo un poco.
Me dejo caer en el coche y me enciendo un cigarrillo. Necesito coger algo de aire mientras decido cuál va a ser mi próxima parada.
Dicen que cuando uno se hace mayor ya no le da miedo decir la verdad a la cara y lo que piensa realmente, pero yo acabo de descubrir que cuando solo te quedan unas horas de vidas esa sensación se convierte en una auténtica necesidad.