En costas extrañas

Tim Powers · Capítulo 14 de 31

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En costas extrañas

Capítulo 13

Después, Friend se irguió, respiró hondo y, sin mirar a Shandy, se acomodó mejor el peso de Beth para subir por el puente.

Hurwood rodó por fin sobre sí mismo y sonrió, contemplando fijamente al cielo durante unos momentos. Parpadeó, miró a su alrededor y se puso en pie. Caminó también hacia el puente.

–Friend y yo iremos delante – fue todo lo que dijo.

Shandy y Davies los siguieron por las losas del puente, y luego, Bonnett y el barquero dejaron la arena para pisar sobre la pulida superficie.

Al instante, el barquero se derrumbó en un montón de ropas. Shandy lo miró más de cerca y descubrió que aquellas ropas era todo lo que quedaba sobre las losas…, no había cadáver alguno.

Hurwood advirtió el fenómeno y arqueó una ceja. – ¿Tu criado era un muerto?

–Bueno…, sí – respondió Barbanegra.

–Ah. – Hurwood se encogió de hombros -. Era de esperar…, polvo al polvo, ya sabes.

Les dio la espalda y echó a andar.

13

Durante un buen rato caminaron sin hablar. Sólo se oían los sonidos de las pisadas, apenas como golpes sin eco. Tanto para distraerse como para satisfacer su curiosidad, Shandy empezó a contar mentalmente los pasos.

Llevaba ya más de dos mil cuando la luz empezó a amortiguarse de nuevo.

Descubrió que no tenía ni idea de cuánto había durado el amanecer.

Parecían atravesar zonas alternadas de luces y sombras. Por un momento, a Shandy le pareció captar el olor del incienso. Hurwood empezó a caminar todavía más despacio, y Shandy le miró.

Caminaban por el centro del pasillo de una iglesia. Por alguna razón, Hurwood vestía una chaqueta larga formal, y tenía el pelo largo, castaño, cuidadosamente rizado…, aunque el resto de los que componían la procesión llevaban aún ropas manchadas de barro, desgarradas y quemadas, como cuando estaban en la selva. Hurwood apoyaba una mano sobre la caja de madera que se mecía a su lado, mientras que la otra le colgaba a lo largo del costado al caminar.

«Ha recuperado la otra mano», advirtió Shandy con una naturalidad onírica.

Miró hacia delante, hacia el altar. Una especie de sacerdote sonreía a aquella desastrada congregación que se aproximaba, pero el monaguillo del reclinatorio más alejado les miraba con mucho más pavor del que podía provocar su andrajosa apariencia.

Nervioso, Shandy se miró a sí mismo… … Y sólo vio el puente, y la llanura mucho más allá, envuelta ahora en las sombras del ocaso. Volvió la vista hacia la escena de la iglesia, pero ya se desvanecía. Captó por última vez el olor del incienso, y luego el puente volvió a ser el puente.

«¿Qué ha sido eso? – se preguntó -. ¿He echado un vistazo a la muerte, a los recuerdos de Hurwood? ¿Lo habrán visto también Davies y Barbanegra, o sólo yo, porque ha dado la casualidad de que le estaba mirando mientras él lo proyectaba?»

Había manchas de sangre en las losas del suelo que se extendían ante ellos, y cuando Shandy llegó hasta allí, se dio cuenta de que las gotas y charcos correspondían a la huella de dos personas que habían pasado arrastrándose. Se detuvo por un momento para rozar uno de los charcos estrellados… La sangre aún estaba fresca. Por algún motivo, eso intranquilizó profundamente a Shandy, aunque tuvo que admitir que era una intranquilidad secundaria, comparada con la producida por sucesos más recientes. No había figuras visibles ante ellos, ni caminando ni arrastrándose, pero Shandy siguió mirando en aquella dirección casi con miedo.

Hasta entonces el aire no había sido particularmente fresco, pero ahora parecía rancio.

Shandy olió a coliflor hervida y a sábanas sin ventilar. Examinó uno a uno a sus compañeros. Al mirar a Friend, una escena pareció enfocarse en torno al médico. El hombre gordo era más joven, un niño, y aunque avanzaba a la velocidad de Shandy y los demás, estaba tendido en una cama. El chico miraba hacia arriba, y Shandy siguió la dirección de sus ojos, sólo para sobresaltarse al ver las vagas formas femeninas, con una lencería diáfana, que se contorneaban despacio sobre ellos. Había en ellas un erotismo ingenuamente exagerado, como las rudas imágenes de mujeres desnudas que un niño podría dibujar en una pared, pero… ¿por qué tenían todas el pelo gris?

La imagen se disolvió en un relámpago de blancura y el puente fue visible bajo sus pies, junto con los pretiles, que iban quedando atrás otra

vez. El pie de Shandy patinó sobre algo que parecía un guijarro…, pero él supo que era un diente. Y la certeza empeoró su intranquilidad.

Luego hubo arenas profundas bajo él, y el rostro de Davies apareció iluminado por la luz del fuego. Sus mejillas estaban más llenas, su pelo era más oscuro, y vestía los restos andrajosos de una chaqueta de oficial de la Armada Real. Shandy miró a su alrededor y descubrió que caminaban por la playa de la isla de Nueva Providencia. La isla del Puerco resultaba apenas visible a su derecha, al otro lado de las aguas portuarias iluminadas por las estrellas, y las hogueras donde los piratas cocinaban salpicaban la ladera arenosa a su izquierda. Pero había menos hogueras, y menos naves en el puerto, y un par de barcos destrozados por las tempestades, que Shandy recordaba haber visto en la arena, no se hallaban allí ahora. El joven no oía la conversación, pero Davies estaba hablando con Barbanegra; y aunque el primero reía y meneaba la cabeza con gesto desdeñoso, Shandy pensó que parecía molesto…, incluso asustado. Al parecer, Barbanegra le hacía una oferta, le lisonjeaba, y Davies no parecía tanto rechazarla como dudar de su autenticidad. Por último, Barbanegra suspiró, retrocedió, hizo un gesto para abrazarse a sí mismo y señaló la arena. Shandy captó el olor a metal caliente. Entonces, la arena se onduló y alzó, como si todos los granos sufrieran un repentino ataque de apoplejía, y de ella empezaron a brotar huesos blancos, que rodaron hasta formar un montón. El montón vibró, tembló y se estremeció antes de asentarse, y Shandy vio que era un esqueleto humano en postura acuclillada. Mientras Davies lo observaba, con su media sonrisa transformada ahora en un rictus de tensión, el esqueleto se irguió y le miró. Barbanegra dijo algo, y el esqueleto se arrodilló sobre una rótula al tiempo que agachaba el cráneo.

Entonces, el corpulento pirata hizo un gesto de despedida, momento en el cual el esqueleto se desmoronó y volvió a ser un montón de huesos viejos dispersos, y Barbanegra siguió con su solicitud. Davies aún no respondía, pero su aire de escepticismo divertido había desaparecido.

Shandy caminó de nuevo sobre las losas manchadas de sangre fresca. –

¿Estamos ya más cerca de ese maldito lugar? – quiso saber.

Mientras lo preguntaba, temía que su voz traicionara el miedo creciente que sentía, pero el aire estancado del lugar amortiguó sus palabras y apenas pudo oírlas él mismo.

Siguieron andando. A Shandy le pareció oír en un par de ocasiones sonidos ahogados y sollozos entrecortados ante ellos en el puente, pero estaba demasiado oscuro para ver nada con claridad.

El aire parecía pesado, como un jarabe tan espeso que un solo grano más de azúcar lo haría cristalizar. Y aunque le aterraba hacerlo, Shandy no pudo evitar volverse para mirar a Barbanegra… y, por un momento, Shandy dejó de ser Shandy.

Era un muchacho de quince años, conocido entre los negros forajidos de la montaña como Johnny Con. Sin embargo, desde que utilizara indebidamente algunos hechizos del hungan al que había servido, ya no era un ayudante adecuado para ningún sacerdote vodun respetable. Ya no tenía derecho – ni siquiera ganas – a ser llamado adjanikan. Su nombre auténtico, su nombre de adulto, era Ed Thatch, y dentro de tres días se le permitiría utilizarlo.

Hoy iba a ser el primer día de su iniciación con el loa que se convertiría en su guía a lo largo de su vida, y cuyos objetivos compartiría desde entonces. Los marrons negros que le habían criado desde niño, le habían escoltado aquella mañana en su bajada de las montañas azules hasta la casa de Jean Petro, un mago legendario que tenía más de cien años, del que se decía que había hecho muchos loas y que había de vivir en una casa elevada sobre pilares porque la tierra se volvía estéril tras su proximidad prolongada.

Comparado con Petro, cualquier otro bocor del Caribe era un simple caplata, un hechicero de segunda.

Los marrons eran esclavos evadidos que, tras vivir originariamente en Senegal, Dahomey y los países de la costa del Congo, no tuvieron dificultades en adaptarse a la vida en las selvas montañosas de Jamaica. Los colonos blancos quedaron tan amilanados ante aquella población despiadada y peligrosa, que pagaron a los negros un tributo a cambio de que respetaran las granjas y poblaciones de las afueras. Pero hasta los marrons se negaban a – acercarse a menos de un kilómetro de la casa donde vivía Jean Petro, y el chico bajó solo por el largo sendero que llevaba al jardín, a los corrales y, por último, a la casa elevada sobre pilares.

Un arroyo discurría tras la casa, y allí fue donde encontró al anciano…

Thatch vio sus piernas desnudas, oscuras y nudosas como un bastón hecho con madera de endrino. Por supuesto el chico iba descalzo, e hizo un gesto

de «Guardad silencio» a las gallinas que picoteaban bajo la casa, antes de atravesar tan sigilosamente el polvoriento patio delantero como las partículas suspendidas que brillaban a la luz del sol. Al doblar la esquina de la casa, vio que el viejo Petro caminaba por la orilla del riachuelo, deteniéndose aquí y allá para sacar del agua una botella tras otra, examinar el contenido a través del cristal, tamborilear con las largas uñas, acercársela al oído, y luego menear la cabeza para depositarla de nuevo en el agua y coger otra.

Thatch le observó mientras seguía haciéndolo y, por fin, el rostro del viejo bocor se iluminó con una sonrisa al escuchar una de las botellas, y volvió a tamborilear las uñas contra ella. Luego se limitó a quedarse allí, de pie, repitiendo los gestos como un prisionero confinado en una mazmorra, cuyas llamadas a través de las paredes hubieran obtenido por último una respuesta, aunque fuese remota.

–Sin duda es nuestro muchacho – dijo con voz cascada de anciano -.

Gede, el loa que…, que es capataz jefe, más o menos, del que te quiere.

Thatch comprendió que el viejo era consciente de su presencia, que estaba hablando con él. – ¿Que me quiere? – dijo, aunque sin moverse de donde estaba -. Fui yo quien le eligió a él.

El anciano dejó escapar una risita.

–Bueno, de cualquier manera, ése no está en el arroyo, y necesitamos a Gede para que le llame. Por supuesto, incluso Gede está aquí sólo simbólicamente. Lo que hay en esta jarra no es más que una parte de él, algo así como su ombligo…, lo justo para obligarle. – Petro se dio la vuelta y se encaminó hacia el patio donde aguardaba Thatch -.

Los muertos se hacen más poderosos con el paso del tiempo, ¿sabes, chico? Lo que para tu abuelo no era más que un espíritu inquieto, para tus nietos puede ser un loa de primera. Yo he aprendido a doblegarlos, a entrenarlos para que vayan en ciertas direcciones, como se podría hacer con una enredadera. El agricultor siembra una semilla en la tierra y un día obtiene un árbol… Yo pongo un espíritu en una botella sumergida en agua corriente y un día obtengo un loa. – Sonrió, mostrando unos cuantos dientes en unas encías muy blancas, y agitó la botella en dirección al arroyo -. He criado a casi una docena que ya están maduros. No tienen la calidad de los loas Roda, los que cruzaron con nosotros el océano cuando vinimos de Guinea, pero puedo educarlos para que encajen con lo que necesito.

Las gallinas refugiadas en la sombra, bajo la casa, se estaban recuperando del gesto de Thatch, y empezaron a cloquear y a sacudir las alas. Petro parpadeó y volvieron a guardar silencio.

–Por supuesto – siguió -, el que te quiere (o el que tú quieres, si te gusta más), el viejo barón Samedi, es otra cosa. – Meneó la cabeza y entrecerró los ojos en un gesto que tal vez fuera de asombro -. En algunas ocasiones, no más de dos o tres veces en toda mi vida, creo haber hecho por accidente uno que era demasiado parecido a…, a otro que ya existía, que ya estaba ahí fuera, y la semejanza era excesiva como para que conservaran su individualidad. Así que, de repente, tuve en la botella algo que no cabía en ella…, ni siquiera simbólicamente. Mi maldita casa estuvo a punto de derrumbarse cuando el barón Samedi se hizo demasiado grande. La botella explotó como una bomba, derribó árboles en todas direcciones y el arroyo tardó una hora en volver a llenarse. Aún hay un pozo muy ancho y profundo ahí. En la orilla nunca crecerá nada, y todas las primaveras tengo que sacar montones de renacuajos muertos.

El joven Thatch miró la botella con indignación.

–Entonces, ¿lo que tienes en esa botella de cerveza no es más que un criado del barón Samedi?

–Más o menos. Pero Gede es un loa de primera… Sólo es el número dos por la importancia del barón. Y a Gede hay que invitarlo como a cualquier otro loa, y luego convencerle, mediante los ritos que él exija, de que haga lo que le pedimos. Ahora, tengo para ti las sábanas de la cama en que murió un malvado y una túnica negra. Hoy es sábado, el día sagrado de Gede.

Asaremos un pollo y una cabra para él, y tengo un barrilito de clairin…, de ron…, porque a Gede le gusta mucho. Haremos…

–No he bajado de las montañas para tratar con el criado del barón Samedi.

Jean Petro sonrió ampliamente. – ¡Ohhh! – Tendió la botella hacia el chico -. Bueno, ¿por qué no se lo dices a él? No tienes más que alzar la botella para examinarla a contraluz y mirar hasta que le veas…, luego podrás explicarle tus valoraciones sociales.

Thatch nunca se había enfrentado directamente con un loa, pero intentó aparentar seguridad en sí mismo mientras cogía la botella con desprecio.

–Muy bien, parodia de espíritu – dijo, alzándola hacia el sol -,

¡muéstrate!

Su voz era despectiva, pero tenía la boca seca y el corazón le palpitaba a toda velocidad en el pecho.

Al principio sólo vio tachas borrosas en el cristal mal soplado, pero descubrió un movimiento y se concentró en él… y, por un momento, le pareció que la botella contenía un pollo desplumado, nadando con alas y patas deformes en un fluido nebuloso.

Luego oyó una voz chillona en su cabeza, balbuceando en un mal francés. Thatch sólo lo entendió en parte, lo justo para deducir que el que hablaba no sólo estaba pidiendo pollo y ron, sino asegurando que tenía todo el derecho a esas cosas – y también a todos los dulces que le apetecieran -, y amenazando con castigos temibles si alguna formalidad en su ceremonia de invitación no se llevaba a cabo con la mayor pompa, grandeza y respeto. Y

que no quería oír risas. Al mismo tiempo, Thatch tuvo la impresión de una gran edad y de un poder que había crecido… y por el que se había pagado un precio tan alto que sólo perduraba un fragmento de la personalidad original, como una chimenea aún de pie en el centro de una casa en llamas.

La irritabilidad senil y el poder aterrador no eran cualidades contradictorias, descubrió Thatch…; de alguna manera, cada una era producto de la otra.

Entonces, lo que hubiera en la botella advirtió su presencia. La perorata cesó, y Thatch sintió como el hablante miraba a su alrededor, confuso. El muchacho se imaginó a un rey muy viejo, sorprendido cuando creía encontrarse solo, arreglándose con premura los ropajes y peinándose los escasos cabellos para disimular la calvicie.

Evidentemente, Gede recordó en aquel momento las palabras de Thatch, porque la voz volvió a resonar en la mente del chico. Y ahora rugía. –

¿Parodia de espíritu? ¿Criado? – aulló Gede.

La cabeza de Thatch recibió un golpe de algo invisible, y de pronto tuvo la nariz y la boca llenas de sangre. Retrocedió un par de pasos y trató de tirar la botella, pero se le pegó a la palma de la mano.

–Te llamas Thatch, ¿eh?

La voz retumbó en el cráneo del chico. El vientre de Thatch implosionó visiblemente. La sangre manó de su nariz cuando cayó sentado. Un momento más tarde, toda su ropa empezó a arder. El chico se lanzó rodando hacia el arroyo y, aunque por el camino se estremeció bajo el impacto de un par de patadas invisibles, consiguió llegar al agua.

–Le diré al barón – prometió la voz en su cabeza, mientras él se sacudía, incapaz de librarse de la botella – que te dé el trato especial.

Thatch consiguió recuperar el equilibrio, se arrastró hacia la orilla y se sentó. Tenía el pelo chamuscado hasta el cuero cabelludo, y sus ropas parecían cortinajes rescatados de los restos de una casa incendiada. La sangre le goteaba por el antebrazo desde la mano con que asía la botella, pero no temblaba cuando la alzó contra el sol y sonrió mirando el cristal.

–Hazlo, patético arenque en salmuera – susurró.

La luz se hizo más tenue. De repente volvió a estar erguido, seco y caminando, y era de nuevo Jack Shandy. Las salpicaduras de sangre sobre las losas del puente eran cada vez menos frecuentes (quizá los heridos reptantes habían vendado sus lesiones). Pero cuando se agachó para tocar una de las manchas húmedas, retrocedió horrorizado.

Todavía estaba tibia. De nuevo oyó el jadeo ante ellos, esta vez más alto.

Alzó la vista, y al momento supo por qué el puente le había parecido familiar. Allí estaban los dos heridos que se arrastraban, aunque casi habían conseguido ponerse en pie. El pelo blanco de uno tenía manchas oscuras, y la otra figura, más juvenil y esbelta, trataba de avanzar sin rozar el suelo con la mano derecha, cuyos dedos parecían torcidos, hinchados y negros.

Las luces de Nantes parpadeaban, y Shandy supo que ningún viajero amable vería a los heridos, sino que tendrían que arrastrarse todo el camino de vuelta hasta sus habitaciones, donde les aguardaban unas camas incómodas y las siempre presentes marionetas.

Shandy echó a correr y se cruzó en el camino de su padre. Uno de los ojos del anciano quedaba oculto bajo la sangre seca, manchada de tierra, y supo que lo iba a perder. El rostro de su padre estaba tenso por el esfuerzo, y el aliento brotaba como jadeos siseantes entre las dos hileras de dientes apretados. – ¡Papá! – dijo Shandy apresuradamente, mientras el rostro destrozado del hombre se acercaba más -. ¡Papá, has heredado mucho dinero! ¡Tu padre ha muerto y te ha dejado sus propiedades! ¡Ponte en contacto con las autoridades de Haití, en Puerto Príncipe!

El viejo François Chandagnac no le oyó. Shandy intentó transmitirle su mensaje dos veces más, pero al fin se rindió y se dirigió al otro herido, el John Chandagnac de los veintiún años.