En costas extrañas

Tim Powers · Capítulo 28 de 31

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En costas extrañas

Capítulo 27

una de las criaturas como pájaros. Se estremeció y se preguntó con tristeza qué había sido de todas las cosas bonitas. Había tenido amigos, una esposa, una cátedra, el respeto de sus colegas, su propia autoestima… Quizá no habían sido más que un sueño cruel, quizá nunca había habido nada más que oscuridad, frío y una creciente imbecilidad.

Se reconfortó con la idea.

La pareja que iba a casarse llegó por fin a las sombras del altar y entrelazaron los brazos lentamente, como algas azotadas por suaves corrientes en el fondo del mar.

Empezaron a subir por la escalera, y el monaguillo comprendió que la oscuridad absoluta se había retrasado demasiado.

La novia no era más que un vestido vacío, pero animado. Aquello no era tan malo – siempre consolaba encontrar una ausencia donde se había temido una presencia -, pero el novio estaba presente y vivo. No había manera de averiguar si era humano porque la carne que lo componía quizá sólo adoptaba forma de hombre debido a la presión de la ropa. Si tenía ojos, estaban cerrados, pero el monaguillo supo que estaba vivo porque le brotaba sangre por todas partes y su boca se abría una y otra vez en gritos silenciosos.

De pronto el monaguillo comprendió que aquel ser era él mismo, pero el conocimiento no le horrorizó, porque ahora sabía también que podía salir de sí mismo. Completamente, si estaba dispuesto a abandonarlo todo, a no ser.

Con un profundo alivio, lo hizo.

27

Cuando los primeros indicios del amanecer empezaron a amortiguar el brillo de Sirio y el de las tres luminosas estrellas en Liebre, Shandy pidió el catalejo y examinó el tenue contraste de grises oscuros que era el horizonte suroeste. Aunque una larga noche de trabajo le había dejado demasiado agotado y ronco como para gritar, desnudó los dientes en una mueca de placer: divisaba una irregularidad que no podía ser otra cosa que Jamaica.

–Hemos llegado, Skank – dijo con voz tranquila al hombre que le había tendido el catalejo -. Diez horas navegando de noche y guiándonos por las estrellas, sin virajes porque no podemos maniobrar, ¡y hemos llegado justo donde queríamos y cuando queríamos! Por Dios, me gustaría que Davies lo hubiera visto.

–Sí – asintió Skank.

–Que uno de los muchachos haga subir a Hurwood. Le toca actuar a él.

–Sí, capitán.

Skank desapareció en la oscuridad, dejando a Shandy solo en la proa.

Shandy miró hacia el horizonte sombrío, tratando de divisar Jamaica sin la ayuda del catalejo, pero tras dos noches sin dormir le costaba un esfuerzo físico enfocar la vista.

Cada vez que movía los ojos, sólo veía transparencias ilusorias que giraban en todas direcciones. Anhelaba desesperadamente rescatar a Beth, pero más porque así podría relajarse y dormir que por cualquier gloria o satisfacción que le deparase aquello.

Con la objetividad entumecida que sigue a un esfuerzo totalmente agotador, se preguntó si le capturarían en Jamaica… y qué sucedería en ese caso. Podía argumentar que no había violado las normas de su amnistía, ya que el único barco que había atacado era éste y, desde luego, Hurwood no era su legítimo capitán. ¿Robar propiedad robada era menos reprensible que simplemente robar? Bueno, aunque le capturasen y las cosas se pusieran en su contra, antes habría rescatado a Beth Hurwood… y la obligaría a escuchar la historia de su padre, le demostraría que las cosas… no eran como ella pensaba.

Se frotó los ojos doloridos y, de nuevo sin ninguna emoción concreta, pensó en todo lo que le habían robado el verano y el otoño: sus convicciones, su situación legal, su escepticismo, su juventud, su corazón…

Sonrió a la gélida oscuridad, comprendiendo que echaba tanto de menos a un viejo balandro destrozado, maltratado y leal, como a los amigos y a la inocencia perdida. Sin nadie que manejara los pantoques durante la batalla del día anterior, el balandro se fue llenando de agua hasta el punto que los cabos de abordaje se tensaron e hicieron que el Carmichael se escorase perceptiblemente a babor.

Con tristeza, ordenó que los cortaran, y los ojos se le llenaron de lágrimas al ver como el mástil y las remendadas velas se inclinaban hacia el agua a medida que el barquito se hundía. Como aún oía mal, o quizá gracias a eso, durante unos momentos escuchó voces débiles que se alejaban. Una de ellas aseguraba insistentemente que él no era un perro…

Unas pisadas vibraron en la cubierta tras Shandy, y Skank le tocó el hombro.

–Eh… ¿capitán? Se volvió. – ¿Sí? ¿Dónde está Hurwood? No me importa que se encuentre enfermo, tiene que…

–Está muerto, capitán – dijo Skank.

Shandy sintió que lágrimas de rabia le llenaban los ojos. – ¿Muerto?

¿Qué? No, no es posible, el hijo de puta no puede…

–Capitán, está frío, no respira…, y si le pinchas con un cuchillo, no sangra. Shandy se dejó caer contra la baranda y se deslizó hasta quedar sentado en la cubierta. – ¡Maldito sea! – susurró con voz chillona -. Maldito sea, ¿tengo que nadar hasta la orilla, trepar por los acantilados y encontrar al tal Hicks? ¿Cómo demonios voy a…?

Ocultó el rostro entre las manos y, durante largos segundos, a Skank le pareció que lloraba. Pero cuando Shandy alzó la cabeza y habló, su voz era ronca, pero tranquila.

–Es lo mismo, traedlo aquí.

Se puso de pie lentamente, mirando en dirección a Jamaica y flexionando las manos entumecidas. El cielo se iluminaba en oriente…, el sol saldría terriblemente pronto.

–Eh…, claro, capitán. – Skank echó a andar, pero se detuvo -, ¿Por qué?

–Y un par de trozos de verga de un metro más o menos, y un rollo del alambre más fino y fuerte – siguió Shandy sin dejar de mirar hacia la isla -.

Y una…

Se interrumpió y pareció sentir náuseas. – ¿Y una qué, capitán? –

preguntó Skank con voz suave.

–Una aguja afilada de coser velas.

«¿De qué me ha servido abandonar Puerto Príncipe, si en esta nueva identidad de Joshua Hicks sigo acudiendo a playas desoladas al amanecer para esperar señales de barcos piratas», se preguntó Sebastián Chandagnac atemorizado, mientras trataba de encontrar una postura cómoda entre las rocas y la hierba empapada de rocío. Se estremeció y se cerró más la chaqueta. Bebió otro trago de su petaca de coñac, y se sintió reconfortado, tanto por el alcohol como por la envidia del conductor que aguardaba en el carruaje a varios metros detrás de él.

Examinó el horizonte y de pronto se puso rígido, porque divisó un lejano punto gris en la oscura superficie del mar. Se llevó el catalejo al ojo y miró a través de él. Sí, era un barco con velas de cruz. Por el momento no podía averiguar más, así que bajó el catalejo.

«Tiene que ser él – pensó -. ¿Qué otro barco pasaría por Punta Portland al amanecer del día de Navidad?» Echó un vistazo al carruaje. El conductor parecía resentido y uno de los caballos pateaba impaciente, pero Chandagnac no volvió hacia ellos. Ulises le había ordenado esperar hasta que le viera en cubierta. «Puede que sea mi barco – había dicho Segundo con aquella sonrisa que, pese a ser alegre, dejaba al descubierto demasiados dientes -, pero quizá yo no vaya en él…, puede que me haya demorado en alguna parte, o incluso que me hayan matado, y en ese caso no podría volver hasta después de Navidad.

La… magia de vaciado hay que llevarla a cabo en Navidad. Si no me ves, tendrás que hacerla tú mismo.»

«Ojalá estés a bordo – rezó Chandagnac ahora -, ojalá estés a bordo y saludes. No quiero involucrarme en esto.» Se le ocurrió pensar que, por el momento, estaba más a gusto en aquel frío acantilado que en su casa. El día anterior por la noche, la temible enfermera negra había empezado a hacer los preparativos para la magia: quemó insectos y serpientes en la chimenea, haciendo caso omiso de las frecuentes picaduras, y luego recogió cuidadosamente las cenizas. Vertió un par de cucharadas en el plato de hojas y raíces que sería la cena de la chica cautiva. Afinó y probó una docena de silbatos metálicos. Susurró algo al interior de varias botellas sucias y viejas, tapándolas al instante como para conservar dentro las palabras. Y lo peor de todo, lo que hizo que Chandagnac partiera hacia su cita en el acantilado mucho más temprano de lo necesario, fue cuando se abrió una vena de la muñeca huesuda y vertió parte del contenido en una copa…, pero lo que salió no fue sangre ni fluido alguno, sino un fino polvo negro.

Se estremeció al recordarlo. «Sí – pensó -, ojalá estés a bordo, Ulises, para que seas tú quien lleve a cabo las malditas brujerías y yo pueda prepararlo todo para la gran cena de esta noche. Más vale que sea cierto lo que me aseguraste, que todo rastro de tus trucos mágicos desaparecería del jardín antes de las tres, cuando empezarán a llegar los criados para arreglar las cosas.»

Escudriñó de nuevo a través del catalejo. El cielo era más brillante, el barco estaba más cerca y pudo confirmar que se trataba del Orfeo Ascendente… Parecía algo maltrecho, pero se acercaba.

«Hasta ahora, todo bien – pensó con cautelosa satisfacción -. Dentro de media hora estaré volviendo a Spanish Town. Almorzaré y tomaré unas copas en el club, me mantendré lejos de la casa hasta que Ulises haya terminado con sus asuntos. Haré que me ricen la peluca y me aseguraré de que mi ropa esté inmaculada. Quizá eche una siesta. Es esencial que me quite de la cabeza estas desagradables cosas para causar una buena impresión al tal Edmund Morcilla.»

Incluso en su semiaislamiento, Chandagnac había oído hablar de Morcilla, el corpulento hombre calvo que había llegado al puerto Kingston a finales de diciembre. Se decía que tenía fuertes inversiones en toda clase de negocios caribeños, desde el azúcar a la tierra y a los esclavos. Morcilla había escrito a Joshua Hicks la semana anterior para proponerle ser socios en un negocio de tierras. Chandagnac le respondió rápidamente, manifestándole su acuerdo: aquel hombre era una posible liberación de Ulises Segundo.

Y cuando Morcilla le envió una carta larga y amistosa en la que mencionaba su deseo de casarse con alguna joven animosa, preferiblemente de pelo castañorrojizo, Chandagnac estaba tan ansioso de congraciarse con él que en su siguiente carta le habló de la muchacha «con un leve ataque de fiebre cerebral» que se alojaba en su casa. En la misma misiva le invitaba a su cena de Navidad, y se sintió tan complacido cuando Morcilla aceptó la invitación, que ni siquiera se preocupó por la postdata de la carta, en la que el adinerado hombre de negocios manifestaba un fuerte interés por conocer a aquella joven.

Un rayo de luz roja le sacó de sus recuerdos. Alzó el catalejo y esta vez lo mantuvo apuntado hacia el barco, que pasaba en aquel momento bajo el acantilado, mostrándole todo el flanco de babor. Parecía que la tormenta lo había alcanzado: tenía varias vergas rotas, gran cantidad de jarcias enredadas y una de las velas de proa había caído entre los aparejos, formando una especie de tienda sobre la plataforma de los baos de gavia…, pero divisó con claridad a los hombres de la cubierta. Los examinó ansioso, colocando el catalejo en la horquilla de un árbol para mantenerlo firme, y poco después identificó a Segundo.

Estaba de pie junto al mástil de proa, de espaldas a la orilla, pero reconoció la silueta, la ropa y el pelo blanco. En aquel momento, Segundo se volvió hacia el acantilado, y Chandagnac rió aliviado: no había manera

de confundir aquel rostro arrugado y aquella mirada atenta. Mientras le miraba, Segundo dobló la rodilla izquierda y alzó el pie sobre uno de los candeleros de la baranda. Mantuvo la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta, pero hizo un amplio gesto con la izquierda mientras sonreía con expresión tranquilizadora.

Chandagnac agitó el catalejo sobre su cabeza, aunque era improbable que pudiera divisar el gesto, y ni siquiera frunció el ceño cuando el objeto se le resbaló de entre los dedos entumecidos y fue a estrellarse contra las rocas de abajo. Silbando alegremente, volvió hacia el carruaje que le aguardaba.

Y Shandy, oculto bajo la vela en la plataforma de los baos de gavia, se dejó caer contra los aparejos que le sujetaban al mástil, cuando por fin el brillo irisado de la inconsciencia se apoderó de su visión. Sus manos dejaron escapar la ensangrentada cruz de marioneta que había fabricado, haciendo que el muñeco de la cubierta adoptara de repente una extraña postura: el cadáver de Hurwood siguió más o menos erguido gracias a los tensos cordeles, pero ahora se inclinaba hacia atrás en un ángulo de cuarenta y cinco grados, y sonreía confiado hacia el cielo con la mano izquierda alzada por encima de la cabeza, como un bailarín detenido en medio de su actuación.

Durante algunos segundos, los piratas contemplaron asombrados aquel prodigio. Por fin uno de ellos se persignó, sacó el machete y cortó los cables cosidos en la columna vertebral, el cuero cabelludo, los miembros y la mano izquierda de Hurwood. Un alambre repentinamente destensado restalló hacia arriba y azotó a Shandy en la mejilla. La cabeza de Hurwood cayó inerte hacia atrás y el cuerpo se derrumbó sobre la cubierta. Con un silbido metálico, la cruz de control cayó sobre la cubierta. El cuerpo yacía como un muñeco roto, porque el rigor mortis comenzó muy pronto y Shandy había tenido que trabajar con una sierra antes de afanarse con la aguja y el alambre.

El aguijonazo del alambre le despertó. Shandy parpadeó y trató de levantarse, liberando su peso de la cuerda que le sostenía por debajo de los brazos.

–Tiradlo por la borda – dijo Skank abajo, en la cubierta, señalando el maltratado cadáver de Hurwood. – ¡No! – gritó Shandy, casi perdiendo el conocimiento de nuevo por el esfuerzo.

Los piratas alzaron la vista hacia él.

–No lo tiréis – graznó, todavía tratando de bajar -, ni una gota…,

¡malditas cuerdas…!, de sangre…, que el viento no se lleve ni una gota al mar. – Por fin consiguió apoyar los pies y se irguió, respiró profundamente varias veces y miró hacia abajo -. ¿Me habéis entendido? Hay que quemarlo cuando me dejéis en la orilla.

–En la orilla – repitió un viejo pirata con voz cansada -. Vas a bajar a la orilla.

–Claro que sí – gruñó Shandy. Luchó inútilmente contra los nudos que le sujetaban, impedido por la visión desenfocada y las manos ensangrentadas -. Que alguien suba aquí y me ayude a bajar. Tengo… –

Sintió que la inconsciencia se apoderaba de él, pero resistió -. Tengo que asistir a una cena.

El Carmichael tardó varias horas en llegar a la punta sur del puerto Kingston, porque el barco no podía poner proa contra el viento y tuvo que realizar diversas maniobras para cambiar el viento de una banda a la otra. Y

como soplaba directamente del sureste, desde Kingston, se vieron obligados a trazar una serie de larguísimos ochos, de manera que el viaje se prolongó noventa kilómetros de trabajo constante, en vez de los sencillos cuarenta que hubiera recorrido una nave intacta. Shandy tuvo tiempo de sobra para afeitarse la barba salpicada de gris y rígida por la sal, vestirse con algunas ropas de Hurwood y ponerse unos guantes de piel en las manos vendadas.

El sol estaba alto cuando por fin pudo divisar los tejados rojos de la ciudad entre el bosque de mástiles del puerto. Más allá se encontraban las montañas púrpura y verdes.

Se le ocurrió que por fin divisaba Kingston, y desde la cubierta del Carmichael…, aunque con seis meses de retraso. Recordó como Beth Hurwood había celebrado prematuramente el inminente final del viaje lanzando bizcochos agusanados a una gaviota, y como él había planeado cenar en tierra con el capitán Chaworth.

Hizo una señal al timonel para que no se acercara más, y se volvió hacia Skank.

–Que envuelvan el cadáver de Hurwood y lo pongan en el bote antes de bajarlo. Con cuidado. Necesitaré que alguien reme hasta la orilla. Después llevarás el Carmichael hacia el sur rodeando los arrecifes y nos esperarás allí… Si no hemos vuelto mañana antes de mediodía, márchate.