En costas extrañas

Tim Powers · Capítulo 4 de 31

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En costas extrañas

Capítulo 3

cierto momento chapoteaba entre las olas, tomando parte en alguna danza complicada, y la música era un tamborileo que tenía como contrapunto el batir de la marea y el cálido viento entre las palmeras, incluso los latidos del corazón de Chandagnac; más tarde, consiguió liberarse y corrió hacia la orilla, para vagar largo rato entre el agua y la selva, bordeando las hogueras y susurrando «John Chandagnac» una y otra vez para sus adentros, porque temía que el nuevo nombre le hiciera olvidar el antiguo, perdido en aquel mundo de asesinatos, ron y pequeñas islas; y un poco después vio una banda de niños desnudos que habían encontrado sus marionetas y las estaban haciendo bailar, aunque no tocaban las figurillas de madera, sino que se limitaban a acercar las manos a ellas, y las cabecitas de los muñecos brillaban con un resplandor rojizo; por último, se encontró sentado en la suave arena, pensando que sería aún más cómodo tumbarse. Se echó hacia atrás, descubrió que todavía llevaba el sombrero puesto, se lo quitó con manos temblorosas y, accidentalmente, rozó el vientre frío del pollo.

Consiguió levantarse para vomitar un par de metros más lejos, y luego hundirse de nuevo en la arena y caer dormido.

3

El verano de 1718 no fue como de costumbre para la república de forajidos que habitaba la isla de Nueva Providencia. Tradicionalmente, los piratas del Caribe carenaban sus barcos más grandes en primavera, y cuando los cascos estaban limpios de algas y percebes, cuando todas las planchas y aparejos podridos eran reemplazados, llenaban las bodegas de comida, agua y lo mejor del botín invernal, para luego navegar hacia el noroeste, rodeando las islas Berry y las Bimini, y dejar que la eterna Corriente del Golfo les llevase hacia la línea costera de Norteamérica. Los gobernadores de las colonias inglesas solían acoger bien a los piratas, agradecidos por la prosperidad que les deparaban las mercancías a bajo precio, y el Caribe en verano era un lugar propicio para la malaria, la fiebre amarilla y todo tipo de enfermedades, por no mencionar los huracanes que solían elegir esa estación para azotar desde el oeste, procedentes del Atlántico, más allá de las Barbados, pasando sobre Cuba y el golfo de México como taladros por un cristal, creando, destrozando y hasta borrando por completo islas a su paso.

Pero había llegado julio, y el puerto de Nueva Providencia seguía atestado de balandros, bergantines y goletas, incluso con un par de barcos de tres mástiles. Las hogueras para cocinar todavía levantaban penachos de humo por encima de las chozas, cobertizos y tiendas fabricadas con la lona de las velas que poblaban la playa. Las prostitutas y los comerciantes del mercado negro seguían deambulando entre las tripulaciones y observando el mar con ansiedad, a la espera de nuevas naves; se había extendido la noticia de que Woodes Rogers había sido nombrado gobernador de la isla por el rey Jorge, y tenía que llegar en cualquier momento con una escolta de la Armada Real, trayendo el Perdón Real para cualquier pirata que quisiera renunciar a la piratería, y los castigos prescritos por la ley para los que no lo hicieran.

La filosofía más extendida entre los habitantes de Nueva Providencia durante las primeras semanas de julio se solía resumir en una sola frase:

«Esperemos a ver». Unos cuantos, como Philip Davies, estaban decididos a marcharse antes de que llegara Rogers; otros, como Charlie Vane y su tripulación, habían resuelto quedarse y resistir por la fuerza esa incursión de las autoridades del otro lado del Atlántico. Pero la mayoría de ellos se sentían más inclinados a aceptar la oferta de amnistía, borrar de su futuro el espectro del remo ceremonial de plata transportado por el verdugo cuando guiaba a un pirata hacia la horca, olvidarse del sacerdote, de la multitud y del último nudo que el condenado vería en vida. Además, si consideraban que la vida bajo el nuevo régimen no había supuesto una mejora, siempre podían robar un bote y navegar hacia cualquier otra isla. Doscientos años atrás, los españoles se habían dedicado a poblar sus islas con cerdos y ganado, y había cosas mucho peores que vivir en una isla sin vigilancia, subsistiendo gracias a los frutos, los peces y la carne secada sobre el fuego.

El estilo de vida de los bucaneros había terminado hacía un siglo, cuando los españoles expulsaron hacia el mar a los inofensivos gitanos de las playas – cosa que no tardaron en lamentar, porque los bucaneros se convirtieron pronto en depredadores marinos -, pero las islas seguían allí.

Las naranjas salpicaban ahora la selva como brillantes monedas de oro sobre seda y terciopelo verde, y hasta los que habían nacido y crecido en Inglaterra siguieron el ejemplo de otras razas y se deleitaron con los tamarindos, papayas y mangos. Los aguacates colgaban a cientos de los árboles gruesos y oscuros, cayendo a menudo con golpes fuertes contra la

arena, sobresaltando a los piratas que no estaban acostumbrados a ver los frutos madurar en su estación.

De hecho, la cocina se había convertido en una parte importante de la vida cotidiana en Nueva Providencia, tanto porque la inminente llegada de Woodes Rogers significaba como mínimo un aplazamiento de las aventuras piratescas, dejando a la gente tiempo libre para prestar más atención a lo que comían, como porque el cocinero del Clamoroso Carmichael no sólo había demostrado que era competente, sino que se había decidido a preparar menús suficientemente abundantes para alimentar a varias tripulaciones, siempre que le procurasen los ingredientes necesarios. En las tres semanas siguientes a la llegada del Carmichael, por ejemplo, hubo siete

«expediciones bullabesa», en las que casi todos – piratas, prostitutas, comerciantes ilegales y niños – vadeaban el puerto durante las horas de la marea baja, armados con redes y cubos, y sacaban del mar suficientes animales de una especie u otra como para que el cocinero preparase un abundante guiso de pescado. Y cuando la comida hervía en las muchas ollas colocadas sobre hogueras en la playa, con su pungente aroma a ajo, cebolla y azafrán, se decía que los navíos que se aproximaban podían oler el guiso mucho antes de ver la isla.

A medida que pasaba el mes y los días se prolongaban, cada vez se reunía más gente en torno al balandro Jenny, porque se suponía que el Jenny y el Carmichael abandonarían la isla Nueva Providencia el sábado veintitrés, llevándose a su cocinero.

La tarde del viernes, el cocinero remaba en su bote por el puerto, volviendo de la profunda cala donde se encontraba el Carmichael. El barco había vuelto a su habitual posición erguida, y casi lo habían llevado de nuevo a aguas profundas. A medida que Jack Shandy se alejaba de él, manejando los remos con sus musculosos y bronceados brazos, vio como cada sección del casco se alzaba sobre las aguas y se dirigía hacia mar abierto.

«Antes de que acabe el mes – se dijo -, tendré oportunidad de llegar a Kingston y aclarar mi situación con el banco… Luego, a Puerto Príncipe, para hacer una visita a las propiedades de la familia.»

Ahora que había visto los colores de aquellos cielos, mares e islas occidentales, no se sentía tan desorientado por el dibujo que había encontrado en la carta de su abogado; los grandes porches y ventanas en la

casa Chandagnac de Puerto Príncipe, con las ondulantes palmeras y los gigantescos helechos como fondo, y los loros volando, parecían mucho más cercanos ahora, no tan semejantes a viviendas imaginarias en la luna.

Tras la muerte del viejo François Chandagnac, su padre, el abogado de John había localizado en Bayona a un primo Chandagnac desconocido hasta entonces; y este primo les había entregado una colección de cartas de una tía afincada en Haití, donde John recordaba vagamente tener un abuelo y un tío. Estas cartas, junto con una costosa investigación por oscuros laberintos de títulos de propiedad, finiquitos, testamentos, certificados de nacimiento y de defunción, tuvieron por fin como resultado la información que hizo que John Chandagnac rompiera su compromiso con la hija de un adinerado comerciante de carbón, abandonara su puesto en la firma textil y comprara un pasaje a bordo del Clamoroso Carmichael en dirección al otro extremo del globo: descubrió que su abuelo de Haití, en su testamento, había legado su casa, su plantación de caña de azúcar y una fortuna considerable a su hijo mayor, François; y que el joven hermanastro de François, Sebastián, también residente en Haití, falsificó documentos según los cuales François había muerto.

Gracias a ese fraude, Sebastián había heredado las propiedades…, y el padre de John Chandagnac, sin tener la menor idea de todo aquello, había seguido ofreciendo sus representaciones de marionetas, cada vez más pobre y enfermo, hasta aquella última noche solitaria en Bruselas, en el invierno de 1714. Su tío no sólo había robado a su padre, también le había matado.

Jack Shandy entrecerró los ojos y tiró de los remos con más fuerza, como si aquello pudiera llevarle antes a presencia de su tío, mientras recordaba la conversación con la propietaria de la destartalada casa de huéspedes donde había muerto su padre. John Chandagnac acudió tan pronto como se enteró de la noticia, y atiborró a la mujer con grandes cantidades de almibarada ginebra holandesa para conseguir que concentrara su obtusa atención en el viejo marionetista cuyo cuerpo se habían llevado escaleras abajo hacía cuatro días. Por fin, ella recordó el incidente.

–Ah, oui – le había dicho, sonriendo y asintiendo -, oui. C' était impossible de savoir si c' était le froid ou la faim.

Su padre había muerto de frío o de hambre, sin que nadie estuviera presente para ver qué muerte se apoderaba primero de él.

Jack Shandy no tenía ningún plan propiamente dicho, ninguna idea en concreto sobre lo que haría cuando llegara a Puerto Príncipe – aunque llevaba el certificado de defunción de su padre para mostrarlo a las autoridades francesas en Haití -, pero su abogado le había dicho que sería virtualmente imposible presentar cargos desde otro país, en otro hemisferio, así que iba a donde vivía su tío Sebastián. Sólo podía imaginar los problemas que se le presentarían, las dificultades de hacer una acusación criminal siendo extranjero, de contratar a un abogado nativo, de averiguar con precisión qué leyes locales se habían violado, ¡si se había violado alguna! Pero sabía que debía enfrentarse con su tío, decirle que su crimen había sido descubierto, que su estafa había matado a su hermano…

Shandy tiró de los remos, observó como los largos músculos se flexionaban en los brazos y en las piernas, y se permitió una sonrisa sombría. Además de un cañón extra, pólvora y balas, habían cargado en el Carmichael instrumentos de brujería – las herramientas de vodun o vudú -, y una operación mágica requería el uso de un gran espejo. Otra tripulación pirata había conseguido varios, y vendió uno a Gordo Tristón, el bocor jefe de Davies, y habían encargado a Shandy que lo llevara a bordo. Durante la operación, miró de reojo el espejo… y por un momento no se reconoció, como si uno de los piratas le mirase desde el otro lado del cristal.

Las semanas de trabajo en las reparaciones del Carmichael le habían ensanchado los hombros, estilizado la cintura y proporcionado un par de cicatrices nuevas en las manos.

Y tuvo que admitir que ya no iba simplemente sin afeitar, sino que lucía barba – descolorida por el sol en mechas rubias irregulares, como su pelo, que ahora llevaba recogido por comodidad en una coleta -. Con todo, era el intenso bronceado color tabaco que había adquirido durante semanas de trabajar sin camisa bajo el sol tropical lo que le hacía tan similar a los salvajes que le rodeaban.

«Sí – pensó -, entraré a escondidas en las propiedades robadas del tío Sebastián, y cuando esté paseando por ahí, persiguiendo a cazadores furtivos entre la maleza, o lo que quiera que hagan allí los nobles, me presentaré ante él con mi aspecto aterrador y le amenazaré con un machete.»

Entonces, su sonrisa salvaje se tornó triste, porque recordó la última vez que había hablado con Beth Hurwood. La joven había esquivado una vez

más a Leo Friend, y Shandy y ella pasearon hacia el sur por la playa en la hora tranquila que seguía a la cena, cuando la brisa refrescaba y los loros revoloteaban en bandadas sobre ellos. Shandy le contó lo del espejo, cómo había creído por un momento estar viendo a algún miembro de la tripulación de Davies.

–Supongo que debería decir «a alguno de los otros miembros» – añadió, quizá con un toque de orgullo adolescente en la voz.

Beth había reído con indulgencia antes de cogerle la mano.

–No eres uno de ellos, John – le dijo -. ¿Podrías haber matado a esos marineros, o disparado contra el viejo capitán Chaworth?

–No – había respondido él, esperando que el bronceado ocultara el repentino enrojecimiento de su rostro.

Siguieron caminando sin hablar durante un rato, y Beth no apartó la mano de la suya hasta que llegaron al Carmichael carenado y tuvieron que dar media vuelta.

Tirando un poco más fuerte del remo izquierdo para llevar el bote hacia la orilla, miró por encima del hombro derecho y vio a Skank y a los otros esperándole junto a la pila de losas de mármol de Carrara, visiblemente más baja que por la mañana. Tras ellos, la playa blanca, brillante bajo el resplandor de la tarde, hacía pendiente hacia el cúmulo de tiendas y cobertizos. Más allá, la selva. Una mujer, con un andrajoso vestido púrpura, caminaba hacia la cima de la cuestecilla arenosa.

Venner se adelantó vadeando cuando Shandy llevó el bote hasta el bajío, para luego saltar por la regala y ayudarle a arrastrarlo hasta la arena.

–Si te sientes cansado, puedo remar unos cuantos viajes, Jack – dijo Venner con una sonrisa tan constante como las quemaduras de sol en sus anchos hombros.

Tras él se encontraba el señor Bird, el hombre negro que pensaba con frecuencia que alguien le había llamado «perro».

–No, no hace falta, Venner – respondió Shandy, al tiempo que se inclinaba para coger la primera laja de mármol.

La levantó, caminó con esfuerzo hacia el bote y deslizó la losa por encima de la regala hasta el banquillo trasero, y de allí al suelo.

–Me lanzan una red resistente desde el Carmichael, y yo sólo tengo que envolver cada plancha y hacerles una señal para que la icen.

Volvió hacia la pila mientras Skank pasaba junto a él, transportando otra de las lajas.

–Bien – asintió Venner, cogiendo el otro extremo de la plancha junto a la que se había acuclillado Shandy -. Mi lema es «Tómatelo con calma y no malgastes sangre ni sudor».

Shandy, pensativo, miró de reojo a Venner mientras los dos caminaban hacia el bote.

El pirata nunca parecía hacer toda la parte que le correspondía de cualquier trabajo duro, pero había impedido que mataran a Shandy el día que Davies se apoderó del Carmichael, y su filosofía de evitar todo esfuerzo hizo que Shandy se sintiera tentado de confiarle su plan de fuga. Venner debía de considerar la empresa que se avecinaba como un esfuerzo lamentable, y si Shandy iba a esconderse en tierra hasta que el Jenny y el Carmichael hubieran partido, para luego salir y aguardar la llegada del nuevo gobernador procedente de Inglaterra, le resultaría de mucha ayuda un camarada que conociera la isla y sus costumbres.

El señor Bird había cogido una de las losas y se tambaleaba hacia ellos, mirando a su alrededor con gesto receloso. Shandy estaba a punto de pedirle a Venner que se reuniera con él después de acabar el trabajo para discutir algunas aplicaciones prácticas de su filosofía, pero oyó ruido procedente de la ladera, y se volvió para ver quién se acercaba.

Era la mujer del vestido púrpura, y cuando Venner y él hubieron dejado la losa en la barca, Shandy se escudó los ojos del sol para observarla.

–Hola, Jack – le dijo, y Shandy se dio cuenta de que era la esposa de Jim Bonny.

–Hola, Ann.

Le molestó comprobar que, aunque era una adolescente grande y gorda con dientes torcidos, el pecho se le enfriaba por dentro de repente, y el corazón le latía como un martillo golpeando la tierra blanda. En compañía de Beth Hurwood le avergonzaba un poco su barba y su pelo recogido, pero cuando estaba cerca la esposa de Bonny, se sentía furtivamente orgulloso de ellos. – ¿Aún estáis balastando eso? – dijo, señalando en dirección al Carmichael.

Había aprendido el término mientras le miraba trabajar una tarde, hacía pocos días.

–Sí – respondió él, dirigiéndose hacia el agua y tratando de no mirarle los pechos, claramente visibles bajo la blusa mal abotonada.

Se obligó a pensar sólo en el trabajo.

–Al menos, éste es el último, el balasto móvil. El Carmichael estaba terriblemente celoso, con el viento fuerte se escoraba de una forma espantosa. Casi nos tira a todos por la borda cuando se dio la vuelta para enfrentarse con el Jenny aquel día.

Recordó la mesa de desayuno rodando por la cubierta, y las servilletas cayendo al mar, directamente bajo el punto donde Beth y él se habían aferrado a la baranda y el uno al otro…, y entonces se dio cuenta de que su mirada había derivado de nuevo hacia el pecho de Ann. Se volvió hacia la pila y cogió otra losa.

–Parece que tienes un montón de trabajo – dijo Ann -. ¿Has de hacer tanto?

Él se encogió de hombros.

–Los mares y los climas son como son; o tu nave se adapta a ellos, o se hunde.

Levantó la losa, dio la espalda a la chica y se apresuró hacia el bote, donde el señor Bird y Skank descargaban otra. Venner estaba sentado en la playa, fingiendo estudiarse con toda atención la planta del pie.

El pulso y la respiración le resonaban a Shandy estruendosamente en la cabeza, así que no oyó como Ann chapoteaba tras él; Skank y el señor Bird volvían a la orilla, y cuando Shandy se irguió tras dejar caer la losa y se dio media vuelta, descubrió que le besaban.

Los brazos de Ann le rodeaban, y la boca de la chica estaba abierta; sentía sus pezones contra el pecho desnudo, a través de la tela de la blusa; como la mayoría de los habitantes de la isla, la chica olía a sudor y a alcohol, pero en su caso había algo pungente, tan femenino, que Shandy olvidó sus resoluciones acerca de ella, y olvidó a Beth, a su propio padre y a su tío, y la atrajo hacia sí con los brazos. La chica, junto con el sol ardiente en la espalda y el agua cálida en torno a los tobillos, pareció por un momento anclarle a la isla como un árbol, animado sólo por respuestas y reflejos biológicos, sin la menor conciencia de sí mismo.

Entonces, recuperó el dominio y bajó los brazos; ella dio un paso atrás y le sonrió.

–Por… – La voz de Shandy surgió demasiado aguda -. Por… –

prosiguió con más control -, ¿por qué has hecho eso?

Ella se echó a reír. – ¿Por qué? Para darte suerte, hombre.

–Atención, Jack – dijo Skank con voz sosegada.

Jim Bonny corría ladera abajo, con el redondo rostro enrojecido bajo una tela negra, y sus botas levantaban nubéculas de arena blanca. –

¡Shandy, hijo de puta! – chillaba -. ¡Maldito hijo de perra ladrón!

Pese a su aprensión, Shandy se enfrentó con él. – ¿Qué quieres, Jim? –

preguntó con tranquilidad.

Bonny se detuvo ante su esposa, con las botas a pocos centímetros del agua, y por un momento pareció que estaba a punto de pegarle. Entonces, titubeó, apartó la vista de ella y clavó los ojos en Shandy. Se sacó una navaja del bolsillo – Shandy retrocedió, esgrimiendo la suya -, pero cuando Bonny abrió el arma, apretó la punta contra la yema de su propio índice izquierdo, y la movió hacia adelante, lanzando un par de gotas de sangre en dirección a Shandy al tiempo que empezaba a entonar una poesía multilingüe sin sentido.

De pronto, Shandy advirtió que el sol calentaba más – mucho, mucho más -, y Skank atacó a Jim Bonny por la espalda, haciéndole caer de rodillas en el agua antes de golpearle entre los hombros con el pie desnudo y derribarle de bruces en el bajío.

Bonny se debatía, chapoteaba y maldecía, pero el repentino sudor empezaba a enfriarse en el rostro y los hombros de Shandy, y Skank entró en el agua para dar una patada a Bonny en el brazo.

–No te habrás olvidado de las reglas, ¿verdad, Jim? – preguntó -. Nada de ataques vodun entre nosotros a menos que se declare un duelo, ¿no es así?

Bonny había conseguido salir del agua, pero Skank volvió a darle una patada, aún más fuerte, y se derrumbó entre gritos de protesta.

Shandy miró a Ann, y le sorprendió un poco ver que parecía preocupada. El señor Bird lo observaba todo con evidente desaprobación.

–No eres un bocor – siguió Skank -, y en la isla hay niños que podrían hacer que tu cabeza ardiera como una antorcha, y reírse de cualquier drogue inútil con que intentaras detenerlos. Pero Shandy es nuevo y no sabe nada de todo eso. ¿Crees que a Davies le gustará si se lo cuento?

Bonny se había despertado, y se ponía en pie con dificultad.