En costas extrañas
Capítulo 28
Probablemente nos habrán capturado. Hay muchos barcos de la Armada por aquí, esta nave correrá más peligro con cada hora que pase. Huye todo lo lejos que puedas, repartíos el botín y vivid como reyes donde queráis. No sé si con esto hemos violado las normas del indulto o no, así que elegid un lugar donde no hayan oído hablar de nosotros. Engorda, túmbate al sol y emborráchate todos los días, porque estarás bebiendo también por mí.
Probablemente Skank no era capaz de llorar, pero sus ojos brillaban cuando estrechó la mano de Shandy.
–Cristo, Jack, volverás. Has estado en lugares peores.
Shandy sonrió, llenando su rostro de arrugas profundas.
–Sí, tienes razón, en unos cuantos. Bueno, haz que los muchachos envuelvan a Hurwood…
–Dejad el cadáver a bordo por ahora – le interrumpió una voz ronca, procedente de la escalerilla de la bodega.
Shandy y Skank reconocieron la voz y observaron con asombro horrorizado como Gordo Tristón subía pesadamente hacia ellos. El gigantesco negro se había cubierto con un trozo de vela a modo de toga para tapar el trozo de mástil que sobresalía de su pecho.
Se movía más despacio que de costumbre, pero su aspecto era el de siempre: fuerte, testarudo e impasible.
–Más tarde quemaréis el cadáver de Hurwood. Yo remaré hasta la orilla.
Voy a morir en suelo jamaicano.
Shandy intercambió una mirada con Skank, se encogió de hombros y asintió.
–Bueno, parece que no necesitaré un remero…
–Claro que sí, Jack – replicó Skank -. Parece que el bocor de Davies se quedará en la orilla, y tú no podrás remar de vuelta con las manos heridas.
–Eso será mañana. Me las arreglaré.
Se volvió nervioso hacia el bocor. Por una vez, recordó que era sordo, e hizo un gesto de «después de ti» hacia la baranda y el bote que colgaba de la serviola.
28
Tras soltar el bote, el Carmichael hizo trasluchar la vela de botavara para cambiar de rumbo. El viento llenó sus velas y desapareció por la punta sur antes de que Gordo Tristón hubiera dado quince paladas con los remos.
Shandy se sentaba en el banquillo de popa sin mirar al rostro extrañamente tranquilo del bocor, y se permitió disfrutar del sol, del paisaje y de los olores especiados de la brisa. Ahora que el barco acusador había desaparecido, no eran más que dos hombres en un bote de remos…, aunque una mirada a la toga de Gordo Tristón, sin duda hubiera sorprendido hasta al capitán de puerto más experimentado. Shandy pensaba que podrían llegar a tierra sin llamar la atención.
Incluso cuando un balandro de la Armada Real se acercó a ellos, con sus partes metálicas resplandecientes y el alto foque intimidadoramente blanco a la luz del mediodía, pensó que quizá estuvieran abandonando el puerto en alguna misión que nada tenía que ver con ellos. Sólo cuando el balandro les cortó el paso por la proa, soltó trapo y se detuvo ante ellos, Shandy empezó a preocuparse. Llamó la atención de Gordo Tristón y se las arregló para explicar al bocor que había un obstáculo ante ellos.
Gordo Tristón miró por encima del hombro, asintió y sacó los remos del agua. Pocos segundos después, la proa del bote chocó suavemente contra el barco de la Armada.
Un joven oficial se asomó por la borda del balandro rodeado de media docena de marineros con pistolas, y bajó la vista hacia los dos hombres del bote. – ¿Sois John Chandagnac, también conocido como Jack Shandy, y el médico brujo llamado Gordo Triste? – preguntó nervioso.
–Vamos a Jamaica – interrumpió el bocor en medio de la pregunta del oficial.
–Es inútil hablar con él… – empezó Shandy. – ¿Y bien? ¿Lo sois? –
exigió saber el oficial.
–No, maldita sea – gritó Shandy desesperado -. Yo soy Thomas Hobbes y éste es uno de mis hombres, Leviatán. Sólo queríamos…
–Os saludo, guerrero de Babilonia – entonó Gordo Tristón con su voz más profunda, señalando al oficial y abriendo de par en par sus alarmantes ojos -. El León de Judá se sienta a tu sombra y son millones… – ¡Quedáis arrestados! – chilló el oficial sacando una pistola. Se dirigió a uno de sus hombres -. ¡Baja, asegúrate de que no van armados y súbelos a bordo como prisioneros!
El marinero miró al oficial.
–Sí, señor. ¿Por qué, concretamente? – ¿Por qué? ¿No has oído lo que ha amenazado hacer con mis riñones?
–Ha dicho millones, no riñones – empezó Shandy. Pero se interrumpió, cuando el oficial le apuntó la pistola directamente al rostro. Alzó las manos y sonrió.
–Buen trabajo – susurró al bocor sordo.
Los marineros tiraron una escalerilla de cuerdas. Shandy y Gordo Tristón subieron a la cubierta del balandro, mientras un par de marineros lanzaban una boza al bote para remolcarlo. Cuando los cautivos tuvieron las muñecas atadas ante ellos, el oficial hizo que los llevaran a un pequeño y pulcro camarote bajo cubierta. Gordo Tristón tuvo que doblarse casi por la mitad para entrar en la sala. Shandy recordó incómodo su breve visita al buque de guerra que había capturado el Jenny.
–Prisioneros – empezó el oficial -, se os vio desembarcar de la nave pirata Orfeo Ascendente. Hemos recibido noticias procedentes de la colonia Nueva Providencia, según las cuales John Chandagnac y Gordo Triste abandonaron aquella isla el trece de diciembre con rumbo a Jamaica, intentando reunirse con el pirata Ulises Segundo. ¿Negáis ser esos dos hombres?
–Sí, lo negamos – prorrumpió Shandy -. Ya he dicho quiénes somos.
¿Dónde nos llevan?
–A la cárcel de Kingston hasta nueva orden. – Como para enfatizar la afirmación, el balandro empezó a deslizarse cuando el viento hinchó las velas; un momento más tarde sintieron una leve sacudida cuando la boza del bote se tensó -. Las acusaciones contra vosotros son graves – añadió el oficial con tono reprobador -. Me sorprendería que no os ahorcasen.
Gordo Tristón se inclinó hacia adelante y su enorme cabeza pareció llenar el camarote.
–Nos lleváis a la Oficina Marítima de Leyes e Informes – dijo.
Por un momento Shandy captó el olor de hierro al rojo, y el humo se alzó tras el bocor.
Como si no hubiera hablado antes o no hubiera oído a Gordo Tristón, el oficial dijo;
–Os llevaremos a la Oficina Marítima de Leyes e Informes. Al fin y al cabo, de allí partieron las acusaciones – añadió un poco a la defensiva.
Gordo Tristón se acomodó con evidente satisfacción. Shandy podía oler el respaldo de la silla del bocor ardiendo, allí donde el hierro de la verga lo rozaba, y deseó que el hechicero moribundo tuviera algo bueno en mente.
Sabía que la Oficina de Leyes e Informes era un lugar donde se guardaban registros, no un sitio donde se llevara a los criminales.
Shandy y Gordo Tristón fueron encerrados en el camarote cuando el oficial se marchó, pero incluso a través de la cubierta y los mamparos, le llegaron las incrédulas protestas de los marineros.
La Oficina Marítima de Leyes e Informes resultó ser el edificio situado más al sur de la media docena de instalaciones gubernamentales que ocupaban la zona oeste del puerto.
Tenía un muelle propio hacia el que se dirigió el balandro. Como la mayoría de las estructuras portuarias, aquel edificio era de piedra blanca con tejas rojizas, que a Shandy le parecieron moldeadas sobre troncos de palmeras. Mientras el oficial y varios hombres armados le guiaban con Gordo Tristón hacia la puerta, Shandy divisó a un par de escribientes que miraban con curiosidad aquella incongruente procesión por las altas ventanas abiertas. Aún tenía las manos atadas delante, y sus ojos buscaban desesperadamente algo con lo que pudiera liberarse.
Uno de los marineros se adelantó y abrió la puerta. El oficial, que empezaba a parecer un poco inseguro, entró delante. La visión de Gordo Tristón con su toga de lona hizo que los escribientes dejaran caer las plumas y los libros, y se levantaran gritando. Más alto que ninguno de los presentes y corpulento como tres hombres, los ojos del bocor recorrieron la habitación con gesto desaprobador. Shandy supuso que buscaba un trozo de tierra jamaicana, no los tablones del suelo.
Uno de los escribanos se acercó al grupo, seguido por su canoso superior. – ¿Q-qué hacen aquí? – graznó. Miró horrorizado a Gordo Tristón
-. ¿Qué…, qué quieren?
El oficial de la Armada empezó a hablar, pero la voz atronadora de Gordo Tristón se impuso fácilmente a la suya.
–Estoy sordo. No oigo – anunció el bocor.
El escribiente palideció y se volvió hacia su superior. – ¡Dios mío, señor, dice que va a defecar aquí!
El caos se generalizó, mientras escribanos y contables derribaban mesas y tinteros en su precipitada carrera hacia las puertas – algunos se limitaron a saltar por las ventanas -, pero Gordo Tristón había visto a través de un balcón un pequeño patio cerrado con caminos, una bandera, una fuente… y hierba. Echó a andar hacia las puertas.
–Eh…, ¡alto! – ordenó el oficial de la Armada.
Gordo Tristón siguió avanzando mientras el oficial sacaba la pistola.
Comprendiendo que nadie le prestaba atención a él, Shandy corrió en la misma dirección que el bocor, pero un metro a su izquierda. ¡Bang!
La pistola fue disparada y la sangre salpicó junto con trozos de tejido procedente de un nuevo agujero en la espalda de la toga. Pero el disparo ni siquiera hizo estremecer al bocor. Abrió de golpe el balcón y salió al camino. Shandy le siguió.
El oficial soltó su pistola descargada y corrió para agarrar al gigante negro, al parecer tratando de obligarle a entrar de nuevo. Pero sólo consiguió arrancar la toga de los hombros.
Varias personas, incluyendo al oficial, gritaron al ver el trozo de verga que sobresalía ensangrentado de la ancha espalda, pero Gordo Tristón dio otro paso hacia adelante.
Primero un pie descalzo y luego el otro, pisaron suelo jamaicano.
Shandy le seguía y, cuando el bocor se desplomó de repente, alzó instintivamente las manos atadas para impedir que cayera.
La punta de hierro de la verga desgarró la cuerda en torno a sus muñecas, cuando el cuerpo inerte se derrumbó. Gordo Tristón quedó tendido muerto en el camino, con los pies todavía sobre la hierba y una amplia sonrisa en su rostro vuelto hacia el cielo…
Shandy tensó las cuerdas desgarradas hasta que se rompieron y sus manos quedaron libres.
Salió corriendo al patio cerrado. El disparo había atraído gente a todas las puertas, y buen número de los presentes llevaban espadas y pistolas.
Shandy comprendió que le habían capturado…, y entonces se le ocurrió algo.
A paso rápido, tratando de no llamar la atención, se dirigió hacia el asta de la bandera.
Bostezó como si aquello fuera una rutina cotidiana y empezó a trepar por el asta de madera agarrándose a los cabos de la bandera con una mano para darse impulso. Estaba a medio camino, antes de que el oficial de la Armada saliera al patio y le viera. – ¡Baja de ahí! – chilló. – ¡Sube a cogerme! – gritó Shandy.
Había llegado a la cima y estaba sentado sobre la esfera de latón de la punta con las piernas cruzadas por debajo y la bandera británica envuelta en