En costas extrañas
Capítulo 24
Evidentemente, la marea emocional se había vuelto contra él tras las palabras de Gordo Tristón.
–Bueno – gruñó Venner -, me gustaría que…, que nos mantuvieras mejor informados de estas cosas, capitán. Yo… – Se detuvo y empezó de nuevo, ahogándose con las palabras como si le costara esfuerzo hacerlas pasar a través de los dientes -. Desde luego…, no pretendía desobedecer.
Shandy sonrió y le palmeó el hombro. – ¡No pasa nada!
Se volvió y examinó a su tripulación. Disimuló cautelosamente la decepción y aprensión que sintió. «Esta tripulación – pensó – es una prueba de la eficacia táctica de Woodes Rogers: los únicos que se alistan para una expedición pirata son los demasiado estúpidos, sanguinarios o perezosos como para vivir dentro de la ley. Esto tendrá que convertirse en una expedición pirata si no encontramos el Carmichael…, y estos canallas exigirán botín. »Lo más probable es que esté tirando por tierra mi indulto.
Pero quizá valga más ser un forajido con objetivo que un ciudadano sin él.»
–Skank – dijo, decidiendo que aquel joven era el más fidedigno de todos
-, será el cabo de mar. – Advirtió la rápida mueca de Venner, pero hizo caso omiso -. Que todos suban a bordo, quiero zarpar antes de que esos tipos de la Armada sepan lo que pretendemos.
–Sí, capitán.
Veinte minutos después el Jenny, sin fanfarria pero acompañado por algunas miradas inseguras de los oficiales a bordo del Delicia, zarpó por última vez del puerto de Nueva Providencia.
24
Los rayos del sol matinal iluminaban el balcón, orientado hacia el sur, de una de las casas más grandes en la colina junto a Spanish Town. Cuando la brisa agitó las ramas de los turbintos y el sol cayó directamente sobre el elegante hombre con barba sentado junto a la mesa de desayuno, éste se cubrió de manera instintiva la cara: necesitaba conservarse tan joven y desprovisto de arrugas como le fuera posible. Para empezar, los inversores parecían pensar que un hombre joven conocería mejor los mercados actuales y los últimos datos sobre precios y valores de cambio. En segundo lugar, el objetivo de conseguir riquezas se perdía si uno era obviamente viejo cuando podía disfrutar de ellas.
Otro gemido procedente del piso superior hizo que las manos le temblaran de tal manera que una gota de té cayó sobre el plato en vez de en la copa de porcelana.
«Maldición – pensó el hombre que decía llamarse Joshua Hicks, mientras dejaba la tetera, irritado -. ¿Es que un hombre no puede desayunar tranquilamente en su propio balcón sin todos esos… lamentos? Seis días más – se recordó -, y habré cumplido mi parte del trato con ese maldito pirata. Hará sus trucos, se la llevará lejos de aquí y me dejará en paz.»
Pero, incluso mientras la idea le pasaba por la cabeza, reconoció que no era más que un deseo. «Nunca me dejará en paz mientras pueda ser una herramienta útil para él», pensó.
«Quizá yo debería acabar con mi utilidad, como tuvo el valor de hacer el pobre Stede Bonnett cuando se encontraba en la misma situación con Barbanegra…, entregarme, confesar. Demonios, vi a Bonnett, un par de veces cuando los cambios en el mercado del azúcar le trajeron en viaje de negocios a Puerto Príncipe, y no era ningún héroe, ningún santo.»
No, pensó, mirando por encima de la pulida barandilla del balcón, más allá de las frondosas palmeras que se mecían bajo la brisa fresca de la montaña, en los terraplenes descendentes de las casas blancas que constituían la zona residencial de Spanish Town.
A lo lejos, apenas visible a lo largo del horizonte azul del mar, se divisaba el entramado de tejas rojas que eran los edificios más cercanos de Port-Royal. Se inclinó hacia un lado, levantó la tapa cristalina de una botella y vertió coñac ambarino, oro fluido bajo el sol de la mañana, en su té. «No, al margen de cualquier otra cosa, Bonnett era mucho más valiente que yo. Yo nunca podría hacer lo que él…, y Ulises lo sabe, maldita sea. Si tengo que vivir en una jaula, prefiero que sea lujosa, con barrotes invisibles aunque sean más fuertes que el hierro.»
Bebió el té aderezado y se puso en pie, asegurándose de lucir una sonrisa tranquila en el rostro antes de volverse hacia la sala de estar… y hacia la cabeza disecada de perro que colgaba de una pared como un despreciable trofeo de caza.
Atravesó la amplia sala de estar, saliendo al vestíbulo, pero conservó la sonrisa porque allí también había una cabeza de perro colgada. Con un escalofrío que hizo vacilar su sonrisa, recordó aquel día de septiembre, poco después de su llegada, cuando puso un trapo sobre cada cabeza de perro que
había en la casa. Aquello le proporcionó una agradable sensación de intimidad, pero menos de una hora más tarde llegó la temible enfermera negra, por supuesto sin llamar a la puerta, y recorrió toda la casa retirando los trapos. La mujer ni siquiera le miró, y además no podía hablar con la mandíbula atada de aquella manera, pero su visita le turbó tanto que nunca volvió a intentar cegar los monitores de Ulises.
Animado por el coñac y por la seguridad de que la enfermera no solía llegar hasta media mañana, Hicks subió por la escalera y se detuvo a escuchar junto a la puerta de la habitación de invitados. No oyó más gemidos, así que descorrió el cerrojo de latón, giró el picaporte dorado y entró.
La joven estaba dormida, pero se despertó con un grito cuando, al entrar de puntillas en la habitación, Hicks derribó por accidente la cena intacta que había dejado en el suelo.
La escudilla de madera giró en el aire y fue a chocar contra la pared, dispersando la verdura por la alfombra. La chica se sentó en la cama y le miró con los ojos entornados.
–Dios mío… ¿John…?
–No, maldita sea – dijo Hicks -. Soy yo. Te oí gemir y subí a asegurarme de que todo iba bien. ¿Quién es ese John? No es la primera vez que me confundes con él.
–Oh. – Beth Hurwood volvió a dejarse caer mientras la esperanza desaparecía de sus ojos -. Sí, todo va bien.
Había tres cabezas de perro en aquella habitación, así que Hicks se irguió en toda su estatura e hizo un gesto en dirección a las hojas y hierbas caídas. – ¿Otra vez tratando de no tomar las medicinas? – dijo -. Sabes que no lo consentiré. ¡Ulises quiere que las tomes, y lo que él quiere yo lo cumplo!
Se contuvo para no hacer una reverencia en dirección a la cabeza que colgaba sobre la cama.
–Mi padre es un monstruo – susurró -. Y algún día la orden que cumplirás será la de matarte.
Hicks olvidó las cabezas y frunció el ceño, intranquilo. En los primeros días de su cautividad, se había reído de la afirmación de Beth según la cual Ulises Segundo era su padre. La chica decía que su padre era manco,
mientras que Ulises conservaba los dos brazos. Pero en la siguiente visita del pirata, Hicks observó la mano derecha del hombre…
Obviamente, era carne viva, pero rosada y suave como la de un niño, sin la menor cicatriz.
–Bueno – dijo molesto -, falta menos de una semana para Navidad. Al menos me libraré de ti.
La joven apartó las sábanas, puso las piernas en el suelo y trató de levantarse, pero las rodillas no la sostenían. Cayó de nuevo sobre la cama, jadeando.
–Malditos seáis mi padre y tú – consiguió decir -. ¿Por qué no me dais comida? – ¿Y cómo llamas a esto que dejas por ahí para que la gente tropiece? – exigió saber Hicks, agachándose para recoger una hoja y agitándola furioso ante el rostro de Beth.
–Me gustaría ver cómo te la comes – dijo.
Hicks contempló dubitativo el trozo de verdura y luego lo tiró con una carcajada despectiva, como indicando que no tenía tiempo para desafíos infantiles.
–Veamos cómo te lames los dedos – insistió Beth.
–No…, no tengo que demostrarte nada – replicó. – ¿Qué va a suceder el sábado? Una vez dijiste algo sobre un «proceso».
Hicks se alegró de que las cortinas estuvieran corridas ante las ventanas, porque sentía como su rostro enrojecía. – ¡Se supone que debes tomar las malditas medicinas! – le espetó -. ¡Se supone que debes estar…! –
Adormilada, terminó mentalmente. Sonámbula. No tan despierta y haciendo preguntas molestas -. Además, tu pa…, quiere decir, el capitán Segundo estará aquí para entonces, así que yo no tendré que hacer el…, o esa, que puedes preguntárselo a él.
Asintió con resolución y giró sobre sus talones para marcharse, pero la digna salida quedó estropeada cuando lanzó un chillido agudo y dio un salto hacia atrás: la enfermera negra había entrado silenciosamente en la habitación y estaba de pie detrás de él.
Beth Hurwood se reía, y la enferma le miraba con los ojos inexpresivos de siempre.
Hicks huyó, preguntándose, mientras esquivaba rápidamente a la mujer, por qué su vestido iba siempre cosido en vez de abotonado, y por qué, si
tanto le gustaba coserlo todo, no arreglaba sus bolsillos desgarrados. Y por qué iba siempre descalza.
«Además – pensó mientras se tranquilizaba en la escalera y se sacaba un pañuelo de la manga para secarse la frente -, me pregunto por qué los otros negros temen tanto a esa mujer. ¡Demonios, el cocinero negro que tenía saltó por la ventana de un segundo piso nada más verla! Y cuando descubrí que cualquier negro preferiría ser azotado todo un día antes que poner el pie en esta casa un instante, tuve que contratar sirvientes, a blancos. Aun así, muchos de ellos se han marchado.»
Volvió a ocupar su silla en el balcón, pero la tranquilidad de la mañana se había perdido. Tiró el té tibio y llenó la taza de coñac puro. «Maldito sea Ulises y su "ayuda" – pensó -. Nunca debí salir de Haití ni cambiarme el nombre.»
Sorbió su coñac y lanzó un bufido al recordar lo convincente que había sido Ulises Segundo al principio. El hombre había llegado a Puerto Príncipe durante la primera semana de agosto, y al momento empezó a negociar cartas de crédito firmadas por los bancos más respetables de Europa.
Socialmente, había causado una excelente impresión: hablaba un buen francés, era culto, vestía bien y poseía un bonito barco…, aunque lo tenía anclado bastante lejos, alegando que a bordo había una mujer recuperándose de una fiebre cerebral.
A Hicks le impresionó la evidente riqueza e independencia del desconocido cuando se lo presentaron, y pocos días más tarde, cuando cenó con él y el hombre le ofreció tranquilamente participar en un par de negocios poco éticos pero lucrativos, le impresionó también su profundo conocimiento de la red internacional que era la economía del Nuevo Mundo. No había trato, compra o fraude demasiado antiguo o extraño para que Segundo no lo conociera y utilizara despiadadamente. Hicks llegó a creer que, para saber algunas de esas cosas, uno tenía que leer las mentes o hablar con los muertos.
Y entonces, una noche de mediados de agosto, muy tarde, Segundo llegó a casa de Hicks con malas noticias.
–Me temo que corres peligro, amigo mío – le había dicho cuando Hicks le miró adormilado, después de enviar a un criado en busca de coñac.
El hombre que ahora se hacía llamar Hicks sólo llevaba despierto un minuto, desde que Segundo golpeara la puerta a medianoche, y por un
momento pensó que se refería a un intento de robo o a esclavos evadidos que se aproximaban a la casa. – ¿Peligro? – dijo frotándose los ojos -.
Tengo diez criados leales y una docena de armas cargadas, ¿qué…?
–No me refiero a un peligro físico esta noche – le interrumpió Segundo, sonriente -, sino a problemas con la ley muy pronto.
Aquello terminó de despertarle. Cogió una copa de coñac de la bandeja que portaba su criado, bebió un sorbo y miró a Segundo con cautela. – ¿Con qué acusaciones?
–Bueno – respondió el otro con una carcajada, mientras se sentaba en una de las sillas del comedor -, es difícil saberlo. Tú y yo tenemos un…
socio en nuestros negocios. Me temo que le han capturado y, para congraciarse con las autoridades, delata a todos los que han tenido tratos poco legales con él. Contrabando y tráfico de mercancías robadas sobre todo, pero también se sabe que ha hecho otros favores a hombres de negocios caribeños, como secuestros o asesinatos. Gracias – añadió cuando el criado le llevó una copa.
Se sentó a la mesa frente a Segundo. – ¿Quién es?
Segundo miró al bostezante criado y se inclinó hacia adelante.
–Podemos llamarle… Ed Thatch.
Hicks apuró la copa e iba a pedir que se la llenaran de nuevo, pero en vez de eso ordenó al criado que dejara la botella y se retirase. – ¿De qué
«tratos pocos legales» les ha hablado? – preguntó.
Bien sabía Dios que Barbanegra le había ayudado con muchos, empezando por el asesinato de una tía soltera demasiado informada, cuando él empezó a falsificar las pruebas de la muerte de su hermano.
–Bueno, verás, ésa es la cuestión. No lo sé. Debemos suponer que contará todo lo que recuerde.
Hicks gimió y escondió el rostro entre las manos. Segundo le llenó la copa de nuevo.
–No desesperes – le dijo -. Vamos, fíjate en mí…, yo también estoy implicado, al menos tanto como tú. Siempre hay una salida para todo.
Hicks alzó la vista. – ¿Qué podemos hacer?
–Es muy fácil. Sal de Haití. Puedes viajar a bordo de mi barco. Pero –
había protestado con tristeza – ¿cómo voy a llevar suficiente dinero para vivir bien? Además, me perseguirán.
Ulises Segundo le guiñó un ojo.
–Si siguieras aquí no. ¿Y si encontraran en tu alcoba un cadáver con tu ropa…, un cadáver de tu altura, constitución y color de piel…, con la cara destrozada por la metralla de un trabuco, y una nota de suicidio escrita por ti?
–Pero… ¿quién…? – ¿No tienes a ningún blanco contratado trabajando aquí? ¿Echarían de menos a uno de ellos?
–Bueno, quizá…
–En cuanto al dinero, te compro ahora mismo todo lo que tengas; la casa, las tierras, lo que sea. En previsión de tal eventualidad, hice que mi abogado redactara una serie de facturas y pagarés con fecha de estos dos últimos años pasados. Será una prueba de que lo habías perdido todo…
Haría falta un ejército internacional de contables para descubrir que el rastro de todos tus acreedores lleva hasta mí. – Le dedicó una sonrisa radiante -. ¡Ése será el motivo de tu suicidio, la ruina económica!
¿Entiendes? Porque supongo que debes dinero a algunas personas, y cuando intenten cobrar de tu herencia, saldrá a la luz la historia que hemos preparado.
Así lo hicieron. Hicks firmó todos los papeles. Luego, cuando Segundo se hubo marchado, se dirigió hacia los barracones de los criados contratados, despertó a un hombre de la edad y constitución adecuadas y le ordenó que fuera a la mansión. Sin darle explicaciones, le guió hasta su alcoba, le dio vino drogado y, cuando los sorprendidos ojos del hombre se cerraron por fin con la inconsciencia, Hicks le desnudó, arrojó sus ropas a la chimenea y vistió el cuerpo inerte con su camisa de dormir. Cargó un trabuco con un buen puñado de anillos, monedas y cadenas de oro, y empaquetó el resto de sus joyas en tres cofres. Segundo volvió antes del amanecer con varios marineros de aspecto enfermizo pero fuertes, y lo último que Sebastián Chandagnac hizo antes de abandonar su hogar ancestral y adoptar el nombre de Joshua Hicks, fue disparar el trabuco contra el rostro del criado inconsciente. El retroceso del arma le torció la muñeca, y el ruido y la destrucción instantánea le aterraron: el disparo destrozó todo un lado de la habitación y voló en un millón de pedazos la cabeza del criado, lanzándola a través de la ventana cerrada al jardín.
Pero Segundo estaba de buen humor, y mientras se alejaban en el carromato de cuatro caballos, aseguraba poder oler la sangre del criado muerto en la brisa nocturna.