En costas extrañas

Tim Powers · Capítulo 22 de 31

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En costas extrañas

Capítulo 21

perteneciente al balandro de la Armada. Hacía horas que la sangre había dejado de gotear del espantoso trofeo, y la mayor parte de ella cayó a las frías aguas saladas para alimentar a los pequeños peces. Pero una parte se había cuajado, y quedó pegada al casco justo por debajo de la línea de flotación.

Palpitaba suavemente.

21

El estampido de la pistola retumbó por todo el largo puerto de la isla de Nueva Providencia, y aunque en la cubierta del Delicia apareció un brillo cuando uno de los oficiales de la Armada que se encontraban a bordo apuntó su catalejo hacia la orilla, nadie se levantó por temor a ser asesinado o ver como alguien moría, al igual que había sucedido seis meses antes.

Jack Shandy caminó descalzo por la arena caliente, hacia el pollo que había decapitado de un balazo. Evidentemente, el día aún no estaba tan avanzado como para que el alcohol estropeara su puntería.

Recogió la cabeza. Como temía, había letras dibujadas en el pico. La dejó caer.

«Maldita sea – pensó -. Se acabaron los pollos asados. Menos mal que el viejo Sawney todavía no ha empezado a meter la fiebre en las langostas.»

Se guardó la pistola en el morral y volvió caminando hacia el fuerte.

Las nuevas secciones del muro, de un color más oscuro, le daban a todo el edificio un aspecto moteado. Shandy pensó que, probablemente, el gobernador Sawney se había marchado de allí más por las mejoras físicas del lugar que por la bandera británica y la presencia de Woodes Rogers, el gobernador oficial.

Mientras avanzaba hacia el grupo de tiendas, miró a su izquierda, hacia el puerto. Ya no había tantos botes como antes de la llegada de Rogers, y era fácil divisar el pobre Jenny. Shandy había abandonado la capitanía del balandro hacía tres meses, al aceptar el perdón, y Venner se habría autoproclamado para el puesto. Para entonces, todo el mundo había aceptado el indulto, y resultaba evidente que los días de piratería habían terminado, así que a nadie le importaba discutir quién era el capitán de un destartalado balandro, de manera que Venner se salió con la suya. Carenó la nave, la limpió y arregló los aparejos, y era obvio que tenía intención de violar las leyes del indulto y volver a la piratería. Shandy había oído decir

que estaba reclutando, en secreto, una tripulación entre aquellos pobladores de la isla que añoraban los malos viejos tiempos… No le había preguntado si quería unirse, pero de cualquier manera Shandy no estaba interesado.

El bergantín de la Armada, que había visto acercarse aquella mañana a las aguas más bajas, permanecía anclado ahora. Aunque estaban descargando de él provisiones y transportándolas a la orilla, no existía la atmósfera festiva que habría cabido esperar…

Los hombres se reunían en la playa en pequeños grupos, hablaban en voz baja y meneaban la cabeza. Una de las prostitutas sollozaba teatralmente. – ¡Jack! – exclamó alguien.

Shandy se volvió y vio que Skank corría hacia él.

–Buenos días, Skank – dijo cuando el joven se detuvo jadeante a su lado. – ¿Te has enterado de las noticias?

–Probablemente no – respondió -. Y si llegué a enterarme, las he olvidado. – ¡Barbanegra ha muerto!

Shandy sonrió con aire evocador, como sonreiría alguien al descubrir que los niños todavía practicaban un juego de su infancia.

–Ah. – Siguió caminando, y Skank mantuvo el paso a su lado -. ¿Es segura esa noticia? – preguntó, deteniéndose ante la tienda que servía de taberna al aire libre.

–No puede ser más segura. Yo estaba en Carolina del Norte hace un mes. La mitad de sus hombres fueron capturados, y la cabeza del viejo Thatch fue entregada al gobernador.

–Apuesto cualquier cosa a que murió en el agua – dijo Shandy, señalando la taza de ron.

Ya nunca tenía que especificar qué bebida quería.

Skank asintió.

–Sí. Estaba en la cala de Ocracoca, en un balandro llamado Aventura.

Había escondido el Venganza de la Reina Ana en alguna parte…, y también todo su botín, según dicen. He oído que no llevaba ni un real a bordo. Pero eso no era propio de él, seguro que los hombres de la Armada se apoderaron del dinero.

–No…, seguro que no. – Shandy hizo una pausa para beber una largo sorbo de ron -.

Sin duda lo había escondido todo. Aventura, ¿eh? Es un nombre adecuado…, después de todo, supongo que fue su gran aventura.

Skank miró a su alrededor, contemplando las tiendas, la playa y las moles medio hundidas de los barcos abandonados. El gobernador Rogers ya estaba contratando gente para que los hicieran pedazos y se los llevaran.

–Supongo que esto ya no es una isla pirata.

Shandy se echó a reír. – ¿Y ahora te das cuenta? Hace dos días Rogers ahorcó a ocho hombres ahí mismo, ¿recuerdas? Por violar las leyes del indulto real. Y nos quedamos plantados mirando. Y cuando todo acabó, nos limitamos a dispersarnos.

–Sí, pero… – Skank luchó contra la complejidad de la idea que trataba de expresar -.

Pero sabíamos que el viejo Thatch estaba por ahí, en alguna parte…

Shandy se encogió de hombros y asintió.

–Y quizá volviera. Sí, ya te entiendo. No me imagino ni a Woodes Rogers resistiéndosele. Dentro de poco tendremos en la isla impuestos, aduanas y leyes sobre dónde amarrar tu bote. ¿Y sabes una cosa? Creo que la magia dejará de funcionar aquí, igual que sucedió en oriente.

–Maldita sea. – Skank cogió distraídamente la taza de Shandy, bebió un largo trago y se la devolvió -. ¿Adonde irás tú, Jack? Yo estoy pensando en enrolarme con Venner.

–Oh, me quedaré aquí hasta que no tenga dinero para ron, y luego supongo que me marcharé, conseguiré algún tipo de trabajo. ¡Demonios!

Dentro de nada, Inglaterra volverá a declarar la guerra a España, la piratería será legal otra vez. Quizá entonces me enrole con algún bucanero. No sé, es un día soleado, tengo ron…, dejaré que el futuro resuelva sus propios problemas.

–Ya. Antes eras más… – Skank tenía el día de los conceptos abstractos

-. Más… animado.

–Sí, cierto. Lo recuerdo – vació la taza y la tendió para que volvieran a llenársela -. Pero creo que pronto dejaré de hacerlo.

Inquieto sin comprender la razón, Skank asintió y se marchó, vagando de vuelta a los botes, de los cuales estaban descargando las nuevas provisiones.

Shandy se sentó en la arena y sonrió mirando el ron caldeado por el sol.

«Más animado – pensó -. Y que lo digas, Skank…, tenía cosas por las que estar animado. Dos cosas.

Quería enfrentarme a mi tío Sebastián y explicar al mundo, ¡y a la ley!, lo que le había hecho a mi padre; y todavía más importante que eso, quería rescatar a Beth Hurwood de su padre y contarle… algunas conclusiones a las que había llegado. Ahora, resulta que las dos cosas son imposibles.»

A lo lejos, en el puerto, la vela mayor del Jenny se mecía. Shandy la miró. Al parecer alguien trataba de izar la verga de la cangreja en un ángulo más pronunciado. «No se puede hacer, amigo – pensó -. Ese pobre soporte de hierro de la cangreja está tan abollado por los disparos que has tenido suerte de poder izarla tanto…, y además, coge mejor el viento con unas cuantas arrugas en el cuello de la vela. Si el viejo Hodge o Davies siguieran vivos, te dirían lo mismo. Harías mejor en emplear tu tiempo sustituyendo algunas de esas tracas del casco.»

Shandy recordó la reparación general que él mismo había hecho al Jenny hacía casi cuatro meses, cuando el viejo balandro entró desvencijado en el puerto, todo chamuscado, desgarrado, con aparejos provisionales, y echando de menos a su capitán y a la mitad de su tripulación. Woodes Rogers había llegado a la isla de Nueva Providencia hacía tan sólo dos semanas, pero el nuevo gobernador había expulsado ya a los ciudadanos impenitentes, como Charlie Vane, hecho discursos sobre el orgullo cívico, izado la bandera británica y repartido panfletos de la Sociedad para la Promoción de los Estudios Cristianos. Así que a nadie le impresionó demasiado saber que Philip Davies estaba muerto y que el Clamoroso Carmichael había desaparecido. Aquello encajaba perfectamente con los tiempos.

Al principio, Shandy dejó de lado el viejo balandro. Lo comandó durante la entrada en el puerto el viernes por la tarde, y aquella misma noche, borracho, preparó una bullabesa insuperable, utilizando la mayoría de los ajos, azafrán, tomates y aceite de oliva que constituían el botín acumulado en la isla. Arrancó alabanzas del mismo Woodes Rogers, quien había preguntado a qué venía aquella conmoción en la playa. Cuando se lo explicaron, pidió parte de la sopa de marisco para él y para sus capitanes.

Shandy sólo probó lo justo para asegurarse de que estaba correctamente guisada, se dedicó a consumir botella tras botella del atesorado burdeos Latour 1702 de Davies. Rió con cada chiste, y se unió a las muchas canciones – aunque, desde luego, ninguna fue entonada con las ganas de los viejos tiempos, antes de que llegara Rogers -, pero era obvio que sus

pensamientos estaban muy lejos. Hasta Skank lo notó, y le dijo que comiera y bebiera… y dejara que el futuro resolviera sus propios problemas.

Al final, Shandy acabó por alejarse de las hogueras, de los ex piratas y de los nerviosamente atentos oficiales de la Armada, para caminar hasta la orilla. Había pisado por primera vez aquella isla hacía tan sólo seis semanas, pero ya era para él un hogar más auténtico que todos aquellos en los que había vivido, y conocía a sus gentes mejor que a ninguna otra comunidad. Allí había hecho amigos, y los había visto morir, antes de que los barcos del actual gobernador fueran algo más que puntos blancos en el horizonte eternamente azul.

Luego, oyó a alguien arrastrando los pies por la arena oscura tras él, y se volvió, asustado. – ¿Quién va? – preguntó.

Una figura corpulenta con un vestido andrajoso se recortaba contra el resplandor del fuego.

–Soy yo, Jack – le llegó la voz de una chica como respuesta -. Ann. Ann Bonny.

Recordó haber oído que la muchacha trataba de obtener el divorcio de Jim Bonny.

–Ann. – Titubeo un instante, luego se dirigió lentamente hacia ella y le puso las manos en los hombros -. Han muerto tantos de ellos, Ann… – dijo, tratando de no echarse a llorar -. Phil…, y Hodge…, el señor Bird…

Ann rió, pero Shandy advirtió que había lágrimas en su voz. – ¡No soy un perro! – citó la chica en voz baja.

–El tiempo aquí pasa mucho más… deprisa – dijo rodeándole los hombros con un brazo y señalando con el otro en dirección a la oscuridad que era la selva de la isla -. Me siento como si llevara años viviendo en este lugar…

Caminaban de nuevo playa abajo, alejándose juntos de la hoguera.

–Hay que servir para esto, Jack – dijo ella -. Ese tal gobernador Rogers podría vivir aquí cincuenta años y aún no pertenecería a la isla.., está demasiado enredado con deberes, consecuencias, castigo de crímenes, tanto dinero por tanta carga en tal y tal fecha en determinado puerto. Esas son cosas del viejo Mundo. Pero tú…, qué demonios, el primer día que te vi, me dije: ese muchacho ha nacido para estas islas.

Estas islas. Las palabras estaban preñadas de imágenes: bandadas de flamencos rosa visibles al amanecer, tras las barreras impenetrables de las

altas raíces arqueadas de los mangles; montones de fragmentos perlados de conchas dispersas, en torno al cráter de un agujero para hoguera en la arena blanca; un mar azul verdoso deslumbrante bajo el sol, visto entre las neblinas de una borrachera de ron; jirones de humo negro ascendiendo en la playa tras un duelo a pistola…

Y él encajaba allí, o podía encajar allí…, una parte de su ser respondía al salvajismo casi inocente de todo aquello, la libertad, el olvido de toda culpabilidad, incluso de la capacidad para ser culpable…

Ann se volvió hacia él y le besó. El brazo libre de Jack le rodeó la cintura, y de repente la deseó terriblemente. Deseó la pérdida de identidad que ella podía proporcionarle.

Momentos después se hallaban tendidos en la arena cálida; Ann se había quitado el vestido por encima de la cabeza y Jack estaba sobre la chica, jadeando febrilmente…

El disparo cercano de una pistola le ensordeció, iluminando por un momento el rostro tenso de Ann. Un segundo más tarde, la culata de la pistola se estrelló contra su nuca…, aunque en realidad dio en el nudo de su coleta. Se apartó de Ann rodando hacia el mar y se puso en pie.

Ann seguía allí, tendida de espaldas. Una marca en la arena, cerca de su cabeza, mostraba dónde había ido a estrellarse la bala. La chica no estaba herida, pero gemía de impaciencia, y seguía moviendo las caderas y retorciendo el desgarrado dobladillo de su vestido. Shandy sólo deseaba matar a quien les hubiera interrumpido para volver con ella.

Jim Bonny estaba al otro lado de Ann. Tiró la pistola descargada y alzó su mano. Al instante, Shandy sintió que el aire se caldeaba a su alrededor, y movió la mano derecha en un rápido gesto de defensa y respuesta; luego, se mordió la lengua con intención de hacerse sangre y escupió en dirección a Bonny para dar más fuerza a la respuesta.

El pelo de Bonny empezó a chispear y a humear, pero agarró una bola de piel que llevaba colgada del cinturón, y el calor se disipó al instante.

–Compañero Cuidador está conmigo – siseó Bonny -. Juntos vamos a hacer que no te queden ganas de volver a robar esposas, hijo de puta.

Demasiado impaciente y jadeante para sentir miedo, Shandy chasqueó los dedos y señaló a Bonny con dos de ellos; pero la mano de Bonny seguía apoyada en la bola de piel y el ataque rebotó, derribando a Shandy y haciendo que se doblara con calambres terribles. Bonny aprovechó la

oportunidad para dar una patada en el hombro a su esposa, y canturreó una rápida rima dirigida a Shandy.

La sangre empezó a brotar de los oídos y la nariz de Jack, y supo racionalmente que sus capacidades eran muy inferiores, que debía intentar huir, o gritar pidiendo ayuda.

Pero deseaba a Ann…, de hecho, deseaba tomarla con la sangre de Jim Bonny todavía caliente en sus manos…

Pero si Compañero Cuidador seguía protegiendo a Bonny, no podría hacer gran cosa.

Consiguió ponerse de rodillas y silbó una ceguera hacia Bonny, pero también rebotó y volvió contra él pese a sus mejores escudos. Mientras Shandy estaba cegado, Bonny le envió un ataque espasmódico.

Shandy se derrumbó, agitándose impotente sobre la arena como si tuviera el baile de San Vito, y oyó como Bonny daba otra patada a su esposa antes de pasar por encima de la chica para dirigirse hacia él.

Shandy sabía que ya era demasiado tarde para huir o pedir ayuda…; si no se le ocurría algo, iba a morir allí mismo, en aquel instante. Y más insoportable que la idea de morir, era saber que sería Jim Bonny quien se arrodillaría entre los muslos de Ann. En aquel momento, ella seguramente no notaría la diferencia, ni siquiera le importaría.

Haciendo caso omiso del dolor en un dedo magullado, se metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón. Aún le quedaba tierra de la bola de barro que había rascado de su bota en la costa de Florida, y la apelotonó entre el índice y el pulgar. Luego sacó la mano y lanzó el trozo de tierra hacia el cielo.

Y se encontró en un bote, pasando bajo un puente del que pendían lámparas coloreadas. La boca no le sabía a ajo y a vino, sino a fresas.

Recordó que aquello había sido en París, sí, cuando tenía nueve años y su padre consiguió algo de dinero. Lo llevó a tomar una buena cena y a dar un paseo en bote por el Sena. La figura sentada junto a él se volvió para mirarle, pero esta vez no era su padre.

Su acompañante parecía un anciano negro, con el pelo y la rala barba encanecidos y tan rizados como los de una estatua de mármol.

–Los ataques vodun serios suelen tener lugar en los recuerdos del combatiente defensivo, y estar dirigidos hacia ellos – dijo el negro en un melodioso dialecto francés -, porque los recuerdos constituyen el todo

acumulado de una persona. Si yo pretendiera hacerle daño, esta escena y las personas que participan en ella empezaría a cambiar de maneras letales y aterradoras…, algo muy parecido al delirio que se experimenta durante una fiebre alta…, y la cosa empeoraría cada vez más hasta que usted contraatacara o pereciera. – Sonrió y le tendió una mano -. Mi nombre es Maitre Carrefour.

Tras un momento de vacilación, Shandy estrechó la mano del hombre.

–Por suerte para mí – siguió el negro -, soy un loa cuyos dominios constan de las islas pobladas. Tengo muchos tratos con hombres, así que puedo predecir sus acciones, a diferencia del loa natural que encontró en la selva de Florida. Ese trozo de tierra que arrojó no me habría matado, ha perdido mucha potencia durante la semana y media transcurrida desde que lo cogió, pero aun así me hará daño si me quedo y no contraataco. De manera que me sitúo al margen del conflicto entre el señor Bonny y usted.

Avergonzado, Shandy apartó la vista de él para mirar en la dirección de donde venía.

Entre los transeúntes que cruzaban el puente había muchas mujeres.

Pese a la brillante luz de las lámparas, sólo sus rostros no resultaban borrosos, y se le ocurrió que así era como debía de ver a las mujeres a los diez años. Nada parecidas a lo que había visto en Ann Bonny hacía un minuto. ¿Qué punto de vista era más limitado?, se preguntó ahora con amargura.

–Eh…, gracias – murmuró Shandy -. ¿Por qué…, por qué hace esto, por qué me deja en paz? Bonny dijo que le estaba protegiendo a él.

–Me encargo de que no le suceda nada malo. ¿Tiene intención de hacerle algo malo?

–No…, bueno, ya no.

–Entonces, no estoy siendo negligente.

Algo cambió silenciosamente en el cielo. Shandy alzó la vista y observó que las estrellas se habían hecho un poco más borrosas, como si las viera a través de un trozo de cristal ligeramente empañado. Al parecer, Maitre Carrefour estaba dejando que la ilusión se disipara. El anciano negro se echó a reír.

–Tiene mucha suerte, señor Chandagnac, de que yo sea uno de los loas de Rada y no uno de los del joven Petro. Siempre tengo la opción de no ofenderme.

–Yo…, eh…, me alegra oírlo.

El sabor de las fresas había desaparecido.

–Eso espero. Esa táctica, el truco de la bola de barro, la aprendió de Philip Davies…, y ahora la ha desperdiciado. Le dio algo más. No me gustaría que también lo desperdiciase.

La arena era suave bajo el costado izquierdo de Shandy, y el cielo estrellado sobre el derecho. Comprendió que estaba de nuevo en la playa de Nueva Providencia. Cuando oyó que el trozo de barro que había lanzado hacia arriba chocaba contra el suelo supo que su charla con Maitre Carrefour no había tenido lugar en el tiempo local.

Ahora era capaz de rechazar los ataques mágicos de Bonny con un gesto y un silbido; lo hizo, y luchó por ponerse de pie, exhausto. Bonny seguía lanzándole hechizos, y Shandy los iba desviando a un lado.

–Déjalo ya, Jim – suspiró -. De ese modo sólo conseguirás necesitar ayuda durante todo un mes, hasta para levantar un tenedor. Come una buena cantidad de hígado, morcillas y pasas, quizá así no te dará tan fuerte.

Bonny le miró, parpadeando sorprendido, luego apretó los puños y, con el rostro ensombrecido por el esfuerzo, ladró media docena de sílabas.

Shandy las desvió hacia el mar, y un pez saltó del agua, explotando con un relámpago azul y una sorda detonación húmeda. Miró a Bonny y meneó la cabeza.

–Sigue así y conseguirás que el pelo se te ponga tan blanco como las encías.

Bonny se tambaleó, dio un paso hacia Shandy y se derrumbó de bruces, inerte. Shandy esquivó a Ann y se dirigió a él para darle la vuelta y conseguir que no se ahogara en la arena.

Ann se había sentado, y le miró.

–Ven aquí – dijo.

Se dirigió hacia ella, pero no se sentó.

–Tengo que marcharme, Ann. Eso…, lo que íbamos a hacer no habría estado bien.

Sólo voy a quedarme en Nueva Providencia el tiempo justo para reparar el Jenny y conseguir provisiones – le explicó, decidiéndolo mientras hablaba -. Luego tengo que encargarme de algunos asuntos.

Ann se puso en pie de un salto. – ¿Es por él? – exigió saber, dando una patada a su inconsciente marido -. ¿Por ese perro faldero que se dedica a