En costas extrañas

Tim Powers · Capítulo 3 de 31

Páginas del PDF

En costas extrañas

Capítulo 2

Nunca supo nada del dinero que le pertenecía, el dinero que tanto hubiera prolongado y alegrado su vida…, el dinero que le fue hábilmente robado por su hermano menor, Sebastián.

Chandagnac miró por encima de su hombro derecho, en dirección al horizonte oriental, hasta que le pareció distinguir una línea ligeramente más oscura que podía ser La Española. «Tendría que haber llegado allí en una semana – pensó furioso -; después identificarme en el banco de Jamaica.

¿Cuánto tardaré ahora? No te mueras, tío Sebastián. No te mueras antes de que llegue.»

2

Incluso en el ocaso, cuando los fuegos para cocinar eran puntos brillantes en la playa cada vez más envuelta en sombras, los bancos de peces del puerto eran claramente visibles, y los botes, que rodeaban la lejana punta de la isla del Puerco, cambiaban de rumbo con frecuencia, buscando las zonas de agua más oscura, en su camino hacia el mar abierto de Nueva Providencia. La mayor parte de los barcos de la zona estaban ya amarrados para toda la noche, en el puerto o a lo largo del decrépito muelle, o incluso, en el caso de las naves más pequeñas, en la arena blanca de la orilla, y la población de la isla empezaba a concentrarse en la cena. A aquella hora, el olor del lugar luchaba contra la fresca brisa marina con más fuerza que nunca, porque además de la habitual mezcolanza de humo de brea, azufre, comida rancia y las incontables letrinas descuidadas, estaba el espectro a menudo sorprendente de los olores de una cocina inexperta: el hedor de las plumas quemadas en los mismos pollos por hombres demasiado impacientes como para pelarlos, de extraños guisos a los que la mano entusiasta del ignorante había añadido grandes cantidades de menta, cilantro o mostaza china para ocultar el sabor de carnes dudosas, y de experimentos curiosos, y a menudo explosivos, en el arte de la fabricación del ponche.

Benjamín Hurwood había sacado a su hija y a Leo Friend del Carmichael cuatro horas antes, poco después de que el barco quedara laboriosamente anclado en el puerto, y mucho antes de que los piratas empezaran a carenarlo. Llamó al primer bote que pasó por el costado de la nave y ordenó a los tripulantes que los llevaran a tierra; no sólo le

obedecieron, sino que a Chandagnac le pareció que incluso se lo agradecían.

Y ahora, el Carmichael yacía extrañamente de costado, con jarcias atadas a los mástiles y otras jarcias de soporte bajo la quilla, atadas a su vez a sólidas amarras en el lado expuesto, con la mitad de sus treinta y cinco metros de eslora fuera del agua y sostenido por el talud de arena blanca de la orilla en una caleta convenientemente profunda, a cien metros al sur del grupo de tiendas más grande. Chandagnac paseaba por la playa en compañía de los piratas, tambaleándose tanto por el agotamiento como por la novedad de tener una superficie inmóvil bajo los pies, porque los piratas habían supuesto alegremente que, como nuevo miembro de la tripulación, debía hacer el trabajo de dos hombres.

–Ah, que me condenen – dijo el joven desdentado que caminaba al lado de Chandagnac -. Huelo a cosas vivas.

Chandagnac había deducido que el nombre del joven era Skank.

Tras ellos, el barco gimió estruendosamente cuando los tablones se vieron sujetos a nuevas tensiones, y los pájaros – Chandagnac supuso que eran pájaros – graznaron en la selva sombría.

–Bien expresado – asintió Chandagnac.

Dadas las llamas, los olores y los gritos que se oían más adelante, la cena que se estaba cocinando no sólo seguía viva, sino también sin domar.

A su izquierda, asomando por encima de las palmeras, podía verse una elevación rocosa redondeada.

–El fuerte – dijo el joven desdentado, señalando en aquella dirección. –

¿Un fuerte?

Chandagnac entrecerró los ojos y, por último, advirtió los muros y la torre, de la misma piedra que la colina. Incluso desde la playa se divisaban varias grietas en la línea desigual del muro. – ¿Tu gente ha construido un fuerte aquí? – ¡Qué va! Lo construyeron los españoles. O quizá fueran los ingleses. Ambos se han ido atribuyendo la propiedad de este lugar alternativamente durante años, pero sólo había un nombre, un viejo loco, cuando Jennings llegó aquí y decidió fundar su ciudad pirata.

Los ingleses creen que son los dueños ahora. El rey Jorge ha llegado a enviar un barco con una promesa de perdón para cualquiera de nosotros que deje esta vida y se haga, no sé, granjero, o algo así. Pero tampoco les durará.

Caminaban ya por entre las hogueras utilizadas para cocinar, esquivando a grupos de personas sentadas en la arena. Muchos de los comensales tenían barriles o trozos de mástil en los que apoyarse, y todos saludaron a los recién llegados, agitando botellas o pedazos de carne chamuscada. Chandagnac observó nervioso las caras iluminadas por las llamas y le sorprendió ver que al menos una de cada tres era de mujer.

–El Jenny está atracado allí – dijo Skank, señalando hacia un punto indeterminado -.

Seguro que han encendido una hoguera, y con suerte tendrán algo que echar al puchero.

Chandagnac seguía teniendo la sensación de que el suelo se mecía bajo sus pies y, al saltar un montón de arena, se movió como para mantener el equilibrio en una cubierta sacudida por las olas. Se las arregló para seguir en pie, pero hizo que a una mujer se le cayera un muslo de pollo de la mano.

«Jesús», pensó, repentinamente asustado.

–Lo…, lo siento – balbuceó -. No…

Pero ella se limitó a lanzar una carcajada ebria, cogió otro trozo de pollo de un plato que parecía de oro auténtico, y dijo algo en una extraña mezcla de francés e italiano.

Chandagnac estaba casi seguro de que se trataba de una sarcástica invitación sexual, pero la jerga le resultaba demasiado desconocida, y los tiempos verbales demasiado enredados, como para tener una certeza absoluta.

–Eh… – dijo rápidamente a Skank mientras reanudaba la tambaleante marcha -, ¿el Jenny?

–Es el balandro con el que nos apoderamos de vuestro Carmichael –

respondió el joven pirata -. Sí – añadió, escudriñando las tinieblas ante ellos mientras subían por otra duna llena de gente -, tienen una olla de agua marina al fuego, y están echando no sé qué dentro.

Skank echó a correr, al igual que el resto de los hombres de Davies.

Chandagnac los siguió más despacio al tiempo que miraba hacia adelante.

Había una hoguera en la playa, y la olla que reposaba sobre los troncos llameantes le llegaría hasta la cintura. Vio varios pollos, sin cabeza ni tripas pero sin limpiar, que surgían de la oscuridad trazando un arco para caer en la olla, y luego un hombre volcó un cubo de fluido grumoso en ella.

Chandagnac se contuvo para no hacer un chiste, y sonrió al descubrir que no tenía tanto miedo de aquellos hombres como de su comida.

Un viejo corpulento, calvo pero barbudo como una palmera, se inclinó sobre la hoguera y metió el brazo derecho, lleno de tatuajes, para revolver el contenido de la olla.

–Aún no está caliente – gruñó.

Sacó un pollo empapado, se apartó de la hoguera y le arrancó un ala de un mordisco.

Las plumas mojadas eran un espectáculo sorprendente en su barba y, pese a los ruidos de la conversación, Chandagnac pudo oír el crujido de los huesos.

–Pero empieza a tener sabor – decidió el hombre, arrojando el resto del ave de vuelta a la olla. – ¡Cantemos algo mientras esperamos! – gritó alguien.

Hubo aclamaciones, pero entonces una figura esbelta y sonriente salió a la luz del fuego.

–Al infierno con las canciones – dijo Philip Davies, mirando fijamente a Chandagnac -.

Mejor una función de marionetas.

La diversión despectiva en su voz hizo que Chandagnac enrojeciera.

Quizá Davies lo dijera en broma, pero los otros piratas aceptaron la idea al instante. – ¡Muy bien! – gritó un hombre, con su único ojo a punto de saltarle de la cara por la emoción -. ¡Ese chico del Carmichael sabe manejar las marionetas! ¡Cristo! Nos montará un espectáculo, ¿eh?

–Lo hará – eructó un tipo muy borracho sentado cerca de él -. Lo hará o…, o le daré de patadas en el culo.

Todos parecieron pensar que era una buena idea, y Chandagnac se vio lanzado hacia la zona iluminada, al lado del fuego. – ¿Qué…? Pero yo…

Miró a su alrededor. La amenaza del borracho no parecía una broma, y recordó con qué tranquilidad habían matado a Chaworth. – ¿Vas a hacerlo o no, chico? – preguntó Davies -. ¿Qué pasa, tu espectáculo es demasiado bueno para nosotros?

Un negro, con los ojos abiertos de par en par, miró a Chandagnac, y luego volvió la vista hacia sus camaradas.

–Me ha llamado perro, ¿no? – ¡Un momento! – dijo Chandagnac en voz alta, alzando las manos -. Esperad, sí, lo haré. Pero necesito…, eh…, mucho

cordel, una aguja saquera, un cuchillo afilado y un trozo de madera muy blanda, del tamaño de una jarra de tres galones.

Varios de los piratas se levantaron de un salto, gritando alegremente. –

¡Ah! – añadió Chandagnac -, también me vendrían bien unos trozos de tela, y tachuelas… o clavos pequeños. Y veo que están circulando unas cuantas botellas por ahí atrás… ¿Qué tal un trago para el titiritero?

Pocos minutos más tarde, estaba acuclillado ante sus rudas herramientas, trabajando y bebiendo sorbos de una botella de coñac realmente bueno, mientras tallaba rápidamente miembros, torsos, pelvis y cabezas en un trozo de corazón de palmera. Chandagnac se preguntó qué clase de espectáculo complacería a aquel público. Shakespeare quedaba descartado. Conocía un par de diálogos rápidos, soeces, que su padre solía representar en las tabernas, tantos años atrás, cuando pensaba que el joven John se había acostado.

Chandagnac sospechaba que habían formado parte del repertorio profesional del viejo en los años antes de que Alemania prohibiera las funciones con actores vivos. Si conseguía recordarlos, le irían muy bien para la ocasión.

Con una habilidad que ya no creía poseer, talló la parte delantera de las dos cabecitas de madera, creando rostros rudos pero precisos; luego, cortó pequeñas tiras de tela para que hicieran de bisagras, y después otras formas más grandes y complicadas que servirían de vestidos. No tardó más de un minuto en ensamblar el conjunto; a continuación, clavó trozos de cordel en las orejas, manos, rodillas y espaldas de sus dos marionetas, antes de atar los otros extremos a la cruz que sostenía en la mano. Controlar dos marionetas a la vez significaba que tendría que usar otra varilla para mover las rodillas de los muñecos, pero mucho tiempo antes había aprendido a utilizar, en vez de eso, dos dedos extendidos de cada mano.

–Muy bien, allá vamos – dijo al final, tratando de parecer seguro, como siempre le había aconsejado su padre cuando se enfrentaba a un público potencialmente hostil…, y aquél lo era, sin duda -. Que todo el mundo se siente. ¿Puede alguien pasarme ese barril de ahí, a fin de que sirva de escenario? Más vale eso que nada.

Para su sorpresa, uno de los hombres se lo acercó, y lo dejó cuidadosamente ante él.

Chandagnac examinó un momento el barril sin tapa; hundió la parte delantera de una patada, retiró las astillas puntiagudas, y asintió.

–Nuestro escenario.

La mayoría de los piratas se habían sentado y al menos ya no gritaban, de manera que Chandagnac cogió las cruces de control y metió los dedos en las lazadas. Alzó la marioneta cuyas piernas estaban enfundadas en unos rudos pantalones. – ¡Nuestro héroe! – dijo en voz alta. Mostró la que llevaba una especie de vestido -. ¡Y una mujer con la que se encuentra!

Su público consideró que era un comienzo muy prometedor.

La marioneta femenina fue introducida en el lado abierto del barril, y el varón se acercó a ella.

Chandagnac era terriblemente consciente de que estaba en una playa, al otro lado del mundo, ante una multitud de asesinos borrachos. Hacer una función de marionetas en aquellas circunstancias estaba tan escalofriantemente fuera de lugar como una corona de flores en una horca… o, se le ocurrió, como bailar y tocar instrumentos musicales cuando se está a punto de abordar un barco mercante para matar a la mitad de su tripulación.

De uno de los tres fuegos, llegó tambaleándose hacia su hoguera el hombre de aspecto más avejentado que Chandagnac había visto desde que saliera de Inglaterra. Su barba y su largo pelo correoso eran del color de los huesos viejos, y su rostro era un pellejo oscuro estirado sobre un cráneo.

Chandagnac no podía adivinar la raza del hombre, pero varios piratas le saludaron llamándole «gobernador» y le hicieron sitio para que se sentara, de manera que supuso que se trataba del «viejo loco» mencionado por Skank, el que fuera único habitante de la isla hasta que los piratas descubrieron el lugar.

El muñeco varón había llegado al barril y parecía a punto de pasar de largo, pero la marioneta hembra se inclinó como si abriera una puerta y asomó la cabeza.

–Buenas tardes, señor – dijo Chandagnac con voz aguda, sintiéndose ridículo -. ¿Quiere invitar a una copa a esta dama? – ¿Cómo dice? – hizo exclamar a la otra marioneta, parodiando el acento de las clases altas inglesas -. Soy muy duro…

–Por favor, señor, hable más alto – interrumpió ella -. No oigo muy bien. – … de oído. – ¿Cómo dice, señor? ¿Algo sobre un tío? Me parece

entender a qué se refiere, señor, pero no tengo ningún acompañante. Puedo garantizarle…

–No, no, oído, oído. – ¿Libido? ¿Qué le pasa a su libido?

–Digo que soy muy duro de eso. – ¡Oh! ¡Muy duro! Espléndido, señor, espléndido, muy duro, bien, así me gusta. Bueno, vayamos al grano entonces, ¿quiere…? – ¡Es una trampa! – gritó uno de los piratas del público -. ¡Le llevará directo a las manos de una patrulla de reclutamiento!

¡Así es como me metieron en la Armada! – ¿Con una mujer? – se asombró otro pirata -. A mí sólo me dieron una copa…, y no me había tomado ni la mitad antes de que me echaran una manta a la cabeza. Me desperté en el bote del barco.

Davies se echó a reír y abrió otra botella.

–A mí me atraparon con caramelos. Tenía quince años, y volvía a casa del taller de entalladura donde trabajaba como aprendiz. Alzó la botella y bebió un largo trago. – ¡No pueden hacerlo! – dijo otro hombre -. ¡Es ilegal!

Los aprendices menores de dieciocho años están exentos. Debiste decírselo al capitán, Phil, te habría llevado de vuelta a la orilla con una disculpa.

–La reina Ana dictó esa ley en mil setecientos tres, pero a mí me reclutaron cuatro años antes. – Davies sonrió y volvió a alzar la botella.

Luego, se secó el bigote -. Y no la hicieron retroactiva. – Alzó la vista hacia Chandagnac -. Sí, haz que le lleve hasta una patrulla de leva.

–En…, de acuerdo.

Chandagnac había visto patrullas de reclutamiento en muchos países, aunque su edad, o su ciudadanía, o posiblemente algún que otro soborno discreto por parte de su padre, le habían impedido convertirse en su presa.

–Venga por aquí, señor – dijo tentadora la marioneta femenina, deslizándose hacia el interior del barril -. Podemos tomar una copa antes de tratar otros asuntos.

La cabeza del otro muñeco se inclinó con gesto estúpido. – ¿Cómo dice?

–Le digo que conozco este lugar. Podemos tomar una copa. –

¿Cambiarme de ropa? Cielos, no. Pero no me extraña que lo diga, aquí hay mucha gente poco aseada. Le garantizo que no soy yo…

El muñeco la siguió hacia el interior, y entonces, Chandagnac sacudió las marionetas al tiempo que golpeaba con la puntera de la bota la parte trasera del barril. – ¡Ouch! – hizo exclamar a una voz ronca -. ¡Cuidado!

¡Cogedle! ¡Eso es! ¡No dejéis que se levante! Muy bien, señor, quiero ser el primero en felicitarle por la nueva vida que le espera en los mares.

Chandagnac había albergado alguna esperanza de devolver la historia a sus cauces acostumbrados, pero el público exigía ahora que siguiera al desdichado protagonista hasta un barco de la marina, así que tuvo que volcar el barril para que hiciera las veces de navío. Un tijeretazo y un clavo transformaron el vestido de la mujer en un par de pantalones, que le permitían adoptar los diferentes papeles masculinos.

Azuzado por su público, Chandagnac hizo que el pobre protagonista –

cuyo acento de clase alta había desaparecido ya – sufriera toda clase de castigos a manos de oficiales temibles y despreciables. Le cortaron una oreja por responder a una orden en un tono que cierto oficial consideró sarcástico, le estrellaron los dientes contra una cabilla de maniobra por alguna otra ofensa, y fue «azotado por la flota», cosa que, por lo visto, quería decir que fue ceremoniosamente traspasado de un barco a otro para ser azotado en cada uno de ellos. Por fin, el público le permitió saltar por la borda en un puerto tropical, y ganar la orilla a nado. En ese momento, muchos espectadores parecieron perder interés, y empezaron a cantar, mientras otros dos mantenían una pelea con bastones fuera del círculo.

Chandagnac siguió adelante a pesar de las distracciones, e hizo que el evadido se escondiera en la selva para esperar la llegada de algún barco pirata necesitado de otro marinero. Pero, en aquel momento, el viejo se puso en pie de un salto. – ¡La fuente! – chilló el anciano -. ¡El agua está podrida nada más salir de la tierra!

–Muy bien, gobernador – le calmó Skank -, pero estás interrumpiendo el espectáculo. – ¡Los rostros en el agua! ¡Almas de los perdidos! – ¡Cierra el pico, Sawney! – gritó alguien más. – ¡Ah! – El anciano miró a su alrededor con los ojos abiertos de par en par, y pestañeó -.

Vinagre – dijo luego, tan ceremoniosamente como si les estuviera informando de la contraseña para entrar en el reino celestial -. De tu cuerpo brotará vinagre. – ¡No soy un perro! – rugió el negro que había intimidado a Chandagnac para que representara la función.

A Chandagnac le parecía que aquello degeneraba en el caos más absoluto.

–La tripulación de Charlie Vane necesita esas noticias más que nosotros, gobernador – dijo Davies. El jefe pirata tendió al anciano la botella de la

que había estado bebiendo, todavía medio llena -. ¿Por qué no vas a decírselo?

El gobernador Sawney tomó un largo trago y se alejó tambaleante hacia la oscuridad, deteniéndose dos veces para declamar fragmentos admonitorios del Antiguo Testamento.

En aquel momento, para alivio de Chandagnac, alguien gritó que la comida estaba preparada. Dejó las marionetas en el barril y se reunió con los que se dirigían hacia la olla, junto a la cual le dieron una tabla con un pollo caliente, empapado e hinchado. En cambio, olía suficientemente bien, porque el cubo que había visto vaciar antes contenía una especie de salsa curry que alguna otra tripulación había considerado demasiado especiada.

Así que despojó al pollo de su piel, lo empaló y lo sostuvo sobre las llamas.

Muchos otros piratas compartían su falta de entusiasmo por el pollo medio hervido, e hicieron lo mismo. Después de comer, regaron la dudosa comida con más coñac, y alguien propuso que el titiritero fuera nombrado cocinero oficial.

La idea provocó gestos de asentimiento. Davies, que había sido uno de los que siguieron el ejemplo culinario de Chandagnac, se levantó con un tambaleo de borracho.

–Ponte de pie, cachorro – dijo a Chandagnac.

A éste no le hizo gracia el nombre, pero obedeció. – ¿Cómo te llamas, cachorro?

–John Chandagnac.

–Shandy… ¿qué?

–Chandagnac.

En la hoguera, un tablón lanzó chispas al aire.

–Oye, chico, la vida es demasiado breve para nombres como ése. Te llamas Shandy. Y es más que suficiente para un cocinero. – Se volvió hacia el resto de los piratas, tirados en la arena como bajas tras una batalla -. Éste es Jack Shandy – dijo en voz alta para hacerse oír por encima del eterno parloteo -. Es el cocinero.

Todos los que lo entendieron parecieron complacidos, y Skank plantificó uno de los pollos hervidos sobrantes en un sombrero de tres picos e hizo que Chandagnac lo usara mientras vaciaba una jarra de ron.

Después de aquello, la velada fue para el nuevo cocinero un largo borrón nebuloso, salpicado de cuando en cuando por impresiones claras: en