En costas extrañas
Capítulo 20
control de la vejiga y los esfínteres ante todo el mundo, mientras colgaba por el cuello durante largos minutos al final de una soga.
Se estremeció y se preguntó si sería demasiado tarde para hacer que los hombres de Rhett lo mataran allí mismo, en aquel momento.
Lo era. Rhett en persona se había situado tras él y le estaba poniendo los brazos atrás para atarle las muñecas con una cuerda resistente.
–Buenos días, comandante Bonnett – dijo el coronel con frialdad.
Los escalofríos habían cesado y Bonnett descubrió que era capaz de relajarse. Alzó la vista e irguió los hombros, como correspondía a un ex comandante del ejército. «Bien – pensó -, moriré sin honor, pero al menos tampoco dejaré ninguna deuda pendiente. Me he ganado la muerte que me tienen preparada. No por la piratería, ya que nunca fue asunto mío. Pero ahora no tengo por qué seguir engañándome sobre cualquier otra cosa.»
–Buenos días, coronel Rhett – dijo.
–Ata al negro y al indio – ordenó Rhett a uno de sus hombres -. Luego, que vayan al bote. Si se niegan a andar, los pinchas un poco con la punta del cuchillo. – Dió un empujón a Bonnett -. Lo mismo va contigo.
Bonnett subió a zancadas por la ladera, hacia el cielo gris. Casi sonreía.
«No – pensó -, ya no tengo que fingir, ni siquiera ante mí mismo, que estaba drogado cuando golpeé a aquella pobre prostituta hasta matarla, sólo porque hizo una imitación tan convincente de mi esposa. Ahora, aunque no sea por las razones adecuadas, voy a pagar por aquel horrible crimen.»
Pensó en Barbanegra.
–No me dejes escapar otra vez, ¿comprendes? – gritó a Rhett -.
¡Enciérrame en algún lugar del que no pueda salir, y haz que los guardias me vigilen constantemente!
–No te preocupes – respondió Rhett.
20
Cuando los tenues rayos rosados del amanecer, tras la isla de Ocracoca, se hicieron tan brillantes como para disolver las tinieblas a la entrada de la pequeña caleta, Barbanegra rió suavemente al ver las velas de los dos balandros de la Armada, todavía anclados en el mismo lugar donde habían estado al anochecer. El gigantesco pirata alzó la última botella de ron y, cuando la hubo apurado, la agitó en dirección a Richards.
–Una más para Miller – dijo -. Voy a llevársela.
Respiró profundamente, saboreando la mezcla de la brisa fresca del amanecer y los vapores del ron, y le pareció que hasta el aire estaba tenso…; inhalarlo era como presionar contra una viga de madera combada hasta una fracción de milímetro del punto en que se rompería.
Aunque no le gustaban especialmente, se obligó a masticar y a tragar otro puñado de bolas de azúcar y cacao. Sintió náuseas, pero consiguió ingerirlas. «Con eso tiene que bastar – se dijo para sus adentros -. Seguro que nadie en el mundo ha bebido jamás tanto ron o ha comido tantos malditos dulces como he hecho yo esta noche. Sin duda no me queda una gota de sangre que no esté saturada de alcohol y azúcar.»
–Aún podemos huir hacia el este, capitán – dijo Richards, nervioso -. La marea sigue estando suficientemente alta como para que naveguemos por los alfaques en este balandro.
Barbanegra se desperezó. – ¿Y abandonar nuestro botín? – preguntó, moviendo un pulgar hacia el balandro un poco más grande, anclado a treinta metros a estribor, del que se habían apoderado el día anterior -. Ni hablar.
Podemos encargarnos de esos muchachos de la Armada.
Richards todavía fruncía el ceño con gesto de preocupación, pero no se aventuró a presentar ninguna otra objeción. Barbanegra sonrió mientras se encaminaba hacia popa, en dirección a la escalerilla que llevaba hasta la cubierta de artillería. «Parece que disparar contra Israel Hands me sirvió para dos cosas – pensó -. Ahora, todos los demás tienen miedo de discutir conmigo.»
Su sonrisa se transformó en una mueca – en un rostro algo más suave habría parecido de tristeza – cuando recordó aquella reunión en su pequeño camarote, hacía ya dos noches. A través de Tobías Knight, el recaudador de aduanas, les llegó la noticia de que el gobernador de Virginia, Spotswood, sabía que Barbanegra se encontraba allí, y estaba organizando una especie de expedición para capturarle. Al instante, Israel Hands empezó a hacer planes para abandonar aquella cala de Ocracoca.
Barbanegra se había inclinado hacia adelante, con el rostro inexpresivo a la luz de la lámpara, y llenó las diversas tazas repartidas sobre la tosca mesa. – ¿Decides tú lo que vamos a hacer, Israel? – preguntó.
–Sí tú no lo haces, Ed, entonces sí – había replicado Hands alegremente.
Los dos llevaban mucho tiempo navegando juntos, desde los días de los bucaneros y, luego, como piratas bajo las órdenes del viejo almirante
bucanero Ben Hornigold, de manera que Israel Hands se atrevía a ser mucho más directo que cualquier otro con Barbanegra. – ¿Por qué?
¿Quieres quedarte y tratar de luchar por el Aventura? – Palmeó despectivamente el mamparo cercano y el bajo techo -. ¡Vamos, hombre, no es más que un maldito balandro, poco más que un bote! ¡Volvamos a donde dejamos escondido el Venganza de la Reina Ana y salgamos otra vez al mar! Al infierno con este cacharro costero, quiero volver a sentir una cubierta de verdad bajo mis pies, que se meza en un mar de verdad.
Movido por una repentina oleada de afecto hacia su leal camarada de tanto tiempo, Barbanegra decidió impulsivamente llevar a cabo un acto de piedad que nadie reconocería jamás como tal.
–Me encargaré de que vivas para volver a navegar, Israel – dijo con aliento entrecortado.
Sacó dos pistolas por debajo de la mesa, se inclinó hacia adelante y apagó de un soplido la llama de la lámpara. Luego, cruzó las armas y las disparó.
Las detonaciones simultáneas proyectaron una breve luz amarilla a través de las rendijas y agujeros de la mesa, e Israel Hands fue lanzado de la silla, yendo a estrellarse contra el mamparo. Cuando el caos y los gritos resultantes se hubieron calmado lo suficiente para que a alguien se le ocurriera volver a encender la lámpara, Barbanegra vio que su puntería había sido perfecta: una bala había atravesado inofensiva la cubierta, mientras la otra destrozaba la rodilla de Israel Hands.
Los muchos hombres aglomerados en el pequeño camarote, todos de pie ahora, miraban a Barbanegra con una mezcla de miedo y asombro. En cambio, Israel Hands, acurrucado contra el mamparo y tratando de detener la hemorragia en su pierna destrozada, alzó la vista hacia su viejo compañero con expresión de dolor, tanto por la traición como por la agonía que reflejaba su rostro, repentinamente demacrado. – ¿Por qué…, Ed? –
consiguió preguntar entre los dientes apretados.
Barbanegra no podía decirle la verdad, así que se limitó a gruñir:
–Demonios…, si no disparara contra uno de vosotros de cuando en cuando, os olvidaríais de quién soy.
Hands fue sacado del navío al día siguiente, febril y jurando venganza.
«Pero – pensaba ahora Barbanegra, mientras bajaba hacia la cubierta de artillería – al menos mañana seguirás vivo, Israel…, no estás aquí.»
–Ahí va otra – dijo a Miller, que ya había llenado una docena de botellas con pólvora y balines; tras meter una mecha lenta en el cuello de cada una, las colocaba cuidadosamente sobre una manta -. ¿Ya estamos listos?
Miller sonrió, distorsionando todavía más su rostro surcado de cicatrices.
–Cuando tú digas, capitán – respondió alegremente.
–Bien.
Con un leve eco de lo que había sentido por Israel Hands, Barbanegra deseó por un momento haber preparado alguna excusa para alejar a toda su tripulación y enfrentarse solo a los asesinos de piratas enviados por Spotswood. Pero cuanta más sangre se derramara aquel día, mejor funcionaría su magia, y, sentimientos aparte, cualquier desgracia de los demás que le beneficiase a él era un trato aceptable.
–Sin cuartel – dijo -. Hoy en el océano habrá más sangre que sal, ¿eh?
–Condenadamente cierto – asintió Miller sonriendo, mientras metía pólvora en la nueva botella.
–Condenadamente cierto – repitió Barbanegra.
–Ahí tengo mechas lentas capitán – señaló Miller -. El sol está saliendo, supongo que querrás ponértelas pronto.
–No – respondió Barbanegra, pensativo -. Creo que hoy no llevaré ninguna.
Se dirigió hacia la escalerilla, pero se detuvo y, sin volverse, hizo una señal de despedida por encima del hombro a Miller y los hombres situados junto a los cañones.
–Eh…, gracias.
Otra vez en cubierta, vio que ya había amanecido. El tenue color rosado del este se había extendido para convertirse en un brillo grisáceo. Una bandada de pelícanos volaba a pocos metros por encima de la arena, y algunas aves zancudas correteaban por la playa de la isla de Ocracoca, a unos cien metros de la proa de su balandro.
–Ahí vienen, capitán – dijo Richards sombrío.
Las velas de los dos balandros de la Armada estaban ahora izadas, captando el viento, y los cascos estrechos avanzaban por las tranquilas aguas plateadas, lentamente, a causa de los innumerables bajíos.
–Me pregunto si tendrán un piloto que conozca bien la cala – murmuró Richards.
Uno de los balandros se detuvo con un movimiento brusco que hizo cimbrearse el mástil. Pocos segundos después, al otro le sucedió lo mismo.
–Parece que no – señaló Barbanegra.
«Espero no haber organizado todo esto en vano – pensó sombríamente -.
Espero que estos marineros no sean unos imbéciles incompetentes.»
Podía ver las salpicaduras mientras los tripulantes de los navíos de la Armada se dedicaban a tirar lastre por la borda. «Daos prisa, idiotas – pensó
-. La marea está bajando. Y si no estoy… trasplantado para Navidad…, y sólo faltan cinco semanas, la perderé. Hurwood habrá hecho su estúpido truquito connubial y habrá dispuesto de ella.»
Deseó haber descubierto antes – o como mínimo, haberlo intuido – que su magia matrimonial no funcionaría ya con mujeres normales. Al principio de su carrera como mago, aprendió que la hechicería tenía aspectos femeninos y masculinos, y que ningún hombre solo tenía acceso a las zonas femeninas. En el pasado, siempre superó ese obstáculo uniéndose sacramentalmente a una mujer y usando luego ese enlace, que los convertía en socios iguales, para completar su parcial capacidad mágica. La disponibilidad de esposas nuevas le había hecho tratar descuidadamente a cada una, y todas morían o se volvían locas bastante pronto después de la boda, en cuanto las usaba.
La que hoy se convertiría en su viuda era su decimocuarta mujer.
La chica tendría ahora dieciséis años, y aún era bastante hermosa cuando la vio por última vez, en mayo. Hasta entonces había ido conectando con ella muy a menudo, usando las zonas de su mente femenina capaces de generar magia para mantener controlado a Bonnett – por algún motivo, el hacendado siempre había sido más vulnerable a los aspectos femeninos de la magia -, y había terminado por destrozar la mente de la chica. Ahora estaba en un manicomio de Virginia, y cuando la visitó en mayo, para comprobar si todavía podía resultarle útil, ella huyó gritando, rompió una ventana e intentó matarse con un largo trozo de cristal. En la confusión que siguió, llamaron a una partera y a un sacerdote, porque el asistente que la cogió pensó que intentaba provocarse un aborto.
Ahora, Barbanegra estaba muy por encima del estatus mágico de una mujer normal. Su nivel había cambiado drásticamente, había derramado sangre en Erebo…, así que ahora sólo le resultaría útil casarse con una mujer que también hubiera vertido sangre allí.
Que él supiera, sólo había una mujer que reuniera esas condiciones.
–Podríamos intentar escapar mientras están varados – observó Richards cautelosamente -. Creo que si nos damos… – Suspiró -. No importa. Ya han salido.
Barbanegra disimuló una sonrisa de satisfacción mientras entrecerraba los ojos para mirar al frente.
–Cierto.
–Cristo – dijo Richards con voz ronca -, exactamente así atraparon a Bonnett hace dos meses…, le acorralaron en una cala con la marea baja de la madrugada.
Barbanegra frunció el ceño.
–Tienes razón – gruñó.
Richards le miró de soslayo, con la esperanza evidente de que el rey pirata hubiera comprendido por fin cuan grave era el peligro que corrían allí.
Pero Barbanegra sólo estaba recordando lo que había oído sobre la captura de Bonnett. «Por el barón, es cierto – pensó furioso -. ¡Aparte del hecho de que tuvo lugar doscientos y pico kilómetros al sur de aquí, fue condenadamente similar! »¡Bonnett me robó mi plan de derrota! »No sólo se descalificó para el papel que le tenía preparado, y con suficiente sutileza como para que yo no me diera cuenta hasta que fue demasiado tarde y ya se había hecho capturar, sino que también recordó y se apropió, ¡pirateó!, el plan de derrota tanto tiempo meditado que hoy pensaba poner en acción por primera, ¡segunda!, vez. Y los dos magos que envié para sacarle de aquella isla volvieron sin él, y heridos…, y el domingo pasado, exactamente al mediodía, dejé de tener contacto psíquico con su existencia. Parece que encontró un agujero por el que escapar de mí…, el agujero en el lazo corredizo del verdugo.»
–Dentro de un momento estarán a distancia suficiente para lanzar una andanada – graznó Richards, con el rostro resbaladizo por el sudor, pese a que el frío hacía que su aliento brotara en nubes de vapor.
–Ya – dijo Barbanegra.
Irguió los enormes hombros y, con pasos lentos y medidos, se dirigió hacia la proa, apoyando una bota sobre el tronco del bauprés. Se llenó los pulmones y gritó en dirección a los balandros de la Armada. – ¡Malditos villanos! ¿Quiénes sois vosotros? ¿Y de dónde venís?
Hubo una agitación en el balandro más cercano, y la bandera británica fue izada hasta la cima del mástil. – ¡Ya lo puedes ver por nuestros colores!
– le llegó la réplica -. ¡No somos piratas!
Casi formalmente, como si aquello fuera el intercambio retórico de una antigua letanía, Barbanegra gritó: – ¡Ven a bordo para que pueda verte! –
¡No puedo prescindir de mi nave! – rugió el capitán de la Armada -. ¡Pero prometo que te abordaré con mi balandro en cuanto me sea posible!
Barbanegra sonrió y pareció relajarse. – ¡Que mi alma se condene si os doy cuartel o lo acepto de vosotros! – ¡No lo esperamos ni lo daremos!
Barbanegra se volvió hacia Richards.
–Yo diría que las cosas han quedado claras – señaló -. Iza nuestra bandera y corta el cable de la cadena. Nos vamos.
–Sí, capitán – respondió Richards -. ¿Abandonamos el botín? – añadió, señalando el balandro mercante capturado.
–Claro, nunca me ha interesado en absoluto.
El navío de la Armada más adelantado viró hacia el norte, con la intención evidente de impedir que Barbanegra tratara de huir hacia el este, pero un momento después el balandro del rey pirata, el Aventura, se deslizaba hacia el oeste con el viento cruzado del canal, dirigiéndose como una flecha hacia el espacio que separaba el otro balandro de la isla de Ocracoca, hacia mar abierto. Excepto Barbanegra, todos los hombres a bordo del Aventura contenían el aliento, porque el agua tenía menos de dos metros de profundidad y la marea se estaba retirando. Algunos, incluso sacaron monedas de los bolsillos y las lanzaron por la borda… El sol aún no iluminaba de lleno la isla, y las monedas cayeron sin brillo a las aguas color gris humo.
Richards miró hacia el norte, el balandro desde el cual les había hablado el capitán.
Dejó escapar una suave carcajada de alivio. – ¡Vuelven a estar varados!
– exclamó.
Sintiéndose muy cansado de repente, Barbanegra desenfundó una de sus pistolas.
–Arriad las velas – dijo -. Nos detenemos para lanzar una andanada a esos muchachos.
Richards se volvió de golpe hacia él. – ¿Qué? ¡Ahora podemos hacerlo, podemos escapar si no nos…!
Barbanegra alzó la pistola y puso el cañón en la boca del otro. – ¡Arriad las velas y preparad los cañones de estribor, maldita sea! – ¡A la orden! –
respondió Richards, con una voz que era un sollozo.
Se volvió para transmitir la orden. La mayoría de los piratas quedaron boquiabiertos de asombro, pero también vieron la pistola, y el asunto de Hands seguía fresco en el recuerdo de todos, así que obedecieron. El Aventura perdió velocidad y sus velas quedaron flácidas, mientras se situaba en paralelo con el balandro de la Armada. – ¡Fuego de estribor! –
rugió Barbanegra.
El Aventura se tambaleó cuando las armas fueron disparadas, llenando el aire del amanecer de nubes de humo acre y espantando a una bandada de pájaros alarmados.
El humo se dispersó hacia el oeste, en dirección a la cala, y Barbanegra sonrió al ver que el navío de la Armada se mecía impotente, con las jarcias hechas jirones y la baranda y las regalas astilladas. – ¿Izamos las velas ya?
– suplicó Richards, advirtiendo que la orilla de Ocracoca se acercaba cada vez más, a medida que la marea se retiraba.
Barbanegra también lo veía.
–Sí – asintió pensativo, tras un momento.
«De cualquier manera – pensó -, ya es demasiado tarde.»
El viento, que antes era apenas suficiente, había cesado por completo. Y
aunque los piratas se aglomeraron en torno a cada metro cuadrado de lona como pescadores hambrientos echando las redes, el Aventura iba a la deriva.
El balandro del norte flotaba de nuevo, y sus tripulantes empuñaban los remos para impulsarlo decididamente hacia el barco pirata.
Con un suave golpe, el Aventura quedó varado. – ¡Rápido, cargad de nuevo los cañones de estribor! – gritó Barbanegra -. Vosotros, muchachos –
añadió, dirigiéndose a un grupo de piratas desesperados que seguían lanzando barriles y tramos de cadena por la borda -, no os preocupéis por eso. ¡No podéis levantar el barco más deprisa de lo que baja la marea!
Sacad las pistolas y los machetes.
El balandro se acercaba a velocidad constante.
–No disparéis hasta que yo lo diga – ordenó Barbanegra.
–Bien – asintió Richards, que había desenvainado el machete y lo hacía girar con el brazo extendido en un ejercicio de calentamiento.
Ahora que no quedaba la menor esperanza de evitar el enfrentamiento, casi toda su ansiedad se había disipado. Sonrió a Barbanegra.
–Espero que nunca vuelvas a intentar una jugada tan apretada como ésta.
El gigantesco pirata apretó brevemente el hombro de su lugarteniente.
–Nunca volveré a intentarlo – dijo con voz tranquila -. Te lo prometo.
El balandro de la Armada estaba ya a unas docenas de metros, y Barbanegra incluso podía oír, por encima del golpeteo de los remos en los portillos, los esforzados gruñidos de los remeros. Sabía que el capitán debía de estar calculando cuándo disparar sus propios cañones, y en el instante en que los barcos estuvieron casi en paralelo, Barbanegra dio la orden. –
¡Fuego!
Los cañones de estribor del Aventura retumbaron de nuevo, lanzando una guadaña de metralla sobre la cubierta del otro navío. Los cuerpos fueron derribados como despojos destrozados, en medio de una lluvia de astillas y sangre, y los piratas lanzaron gritos de alegría… Barbanegra, de pie en el bauprés, vio como el joven oficial al mando enviaba rápidamente bajo cubierta a aquellos de sus marineros que aún podían andar. – ¡Ahora, las granadas! – gritó el pirata en cuanto el último marinero de la Armada ileso hubo desaparecido tras las escotillas.
Los piratas se dedicaron a prender alegremente las mechas que sobresalían de las botellas, llenas de pólvora y metralla. En cuanto la llama llegaba cerca del cuello de la botella, la lanzaban sobre las aguas hacia la cubierta del otro navío, donde estallaba con una serie de explosiones, lanzando metralla en todas direcciones y acabando con cualquier marinero demasiado malherido para refugiarse abajo. – ¡Están todos muertos menos tres o cuatro! – gritó Barbanegra al tiempo que desenvainaba el machete -.
¡Los abordaremos y los haremos pedazos!
El abordaje resultó sencillo, pues la marea empujaba el balandro de la Armada hacia ellos, y Barbanegra pudo salvar de un salto la distancia que le separaba de la cubierta agujereada por la metralla. En aquel momento, la escotilla del suelo se levantó de golpe y el oficial al mando, un teniente a juzgar por su uniforme, subió a cubierta. Barbanegra enseñó los dientes, en una sonrisa tan parecida a una bienvenida que el teniente miró a su espalda para averiguar a qué viejo amigo se la dedicaba.
Pero tras él no estaban más que sus propios hombres subiendo por la escalerilla, los dieciocho – de una tripulación original de treinta y cinco –
que todavía podían esgrimir una espada o disparar una pistola. Los piratas saltaban y se reunían a bordo detrás de su jefe, y el teniente y sus hombres apenas tuvieron tiempo de preparar las armas antes de que los piratas aullantes se lanzaran sobre ellos.
Durante los primeros momentos, la cubierta se transformó en un caos de gritos, estampidos, chocar de espadas y golpes salvajes, aderezado por los disparos ocasionales, mientras los piratas utilizaban sus pesados machetes para atravesar la línea de marineros y luego volverse contra ellos de nuevo.
Muchos hombres de la Armada perdieron sus sables al intentar detener con ellos los terribles golpes, que causaban casi tanto daño atacando de plano como con el filo. Pronto, la cubierta estuvo resbaladiza por la sangre que brotaba de muñecas convertidas en muñones, vientres heridos y gargantas abiertas, y el aire, que se estremecía con los gritos y los golpes, llevaba el hedor a hierro caliente de la sangre recién derramada.
Pero los hombres de la Armada no habían hecho más que esquivar los terribles golpes de los machetes, en vez de enfrentar a ellos sus frágiles espadas. Y tras un par de brutales minutos iniciales, los piratas jadeantes y sudorosos empezaron a blandir con menos rapidez y fuerza sus armas de cinco kilos; las espadas más ligeras consiguieron atravesar una guardia de estocadas lentas para golpear contra gargantas, ojos y pechos.
Sus heridas eran menos espectaculares, pero ahora caían tanto piratas como marineros.
Barbanegra había terminado luchando junto al mástil, espalda contra espalda con uno de sus hombres. Cuando una punta de sable esquivó el machete descendente del otro pirata y bajó para atravesarle el corazón, quedando inerte al instante sobre la cubierta, el rey pirata se apartó de la verga y desenfundó su última pistola con la mano izquierda.
El teniente de la Armada estaba frente a él, y también sacó una.
Los dos disparos fueron casi simultáneos, pero mientras que la bala de Barbanegra se perdía e iba a estrellarse contra las aguas bajas, la del teniente entró directamente en el abdomen del gigantesco pirata.
El tiro lo lanzó hacia atrás. Pero, un momento más tarde, Barbanegra rugió y saltó al frente, haciendo girar su machete en un arco que quebró la espada del teniente a dos centímetros de la empuñadura. El pirata levantó su
arma para partir la cabeza del otro…, pero un marinero de la Armada se colocó tras él y, con un golpe de arriba abajo, como si clavara una estaca, golpeó el hombro de Barbanegra con la pesada hoja, similar a un hacha de una pica, casi arrancándole la oreja. La clavícula se quebró con un chasquido audible, y el pirata se desplomó sobre una rodilla. Alzó la cabeza y luego, increíblemente, enderezó las enormes piernas y se apartó de la nueva trayectoria descendente de la pica lo justo para que ésta le hiriera la frente y la mejilla en vez de aplastarle el cráneo.
Barbanegra había dejado caer la pistola, pero su mano derecha, la sana, todavía agarraba el machete. Trazó con él un arco horizontal, que envió rebotando sobre cubierta, por separado, la cabeza y el cuerpo del hombre que blandía la pica.
Alguien disparó otra pistola, a bocajarro, contra el pecho de Barbanegra.
El pirata se tambaleaba hacia atrás, salpicando de sangre la cubierta a su alrededor, cuando dos sables más se clavaron en su espalda. Giró tan rápidamente que uno se rompió dentro de él, y su arma destrozó el brazo del hombre que había sostenido la hoja rota. Dos balazos más impactaron en Barbanegra y otra espada se hundió profundamente en su costado.
Por fin, consiguió asentarse con firmeza sobre los pies y se irguió en toda su estatura – los hombres de la Armada retrocedieron temerosos -, y entonces, recto como un árbol talado, cayó hacia adelante. La cubierta húmeda se estremeció con el golpe.
–Jesucristo – exhaló el teniente, dejándose caer sentado.
Sus manos agotadas por la tensión aún aferraban la pistola descargada y la espada rota.
Tras una pausa, uno de los marineros cogió el machete de Barbanegra, se arrodilló junto al cadáver y alzó la pesada hoja sobre la cabeza, tratante obviamente de adivinar dónde se ocultaba el cuello del pirata bajo la espesa maraña de pelo negro. Un momento más tarde se decidió y descargó el golpe. La hoja arrancó un crujido de la columna vertebral de Barbanegra, y la cabeza cortada del pirata rodó por cubierta hasta quedar mirando al cielo con una sonrisa tensa, pero sardónica.
Cuando la marea subió de nuevo antes del anochecer, los cuatro maltratados balandros pasaron junto a la isla del Faro y cruzaron la cala de Ocracoca. Los piratas supervivientes, fuertemente vigilados, iban a bordo del Aventura, y la cabeza de Barbanegra se mecía colgada del bauprés