En costas extrañas

Tim Powers · Capítulo 8 de 31

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En costas extrañas

Capítulo 7

Aunque las vergas rotas se mecían en la red de seguridad sobre sus cabezas, la cubierta del buque de guerra estaba intimidadoramente limpia y pulcra, con las drizas recogidas en espirales perfectas en vez de tiradas allá donde caían, como solía suceder en el Jenny. Shandy trató de mantener la cabeza echada hacia atrás para no dejar caer ni una gota de sangre sobre la clara madera de roble. La nariz le había estado sangrando constantemente desde el último disparo del barco de la Armada, y le empezaba a doler todo el lado izquierdo de la cabeza; dedujo que debían de haber acertado en la colisa tras la que se encontraba, haciendo que el extremo le golpeara el cráneo.

Junto con los otros miembros de la tripulación del balandro que se encontraban relativamente ilesos, se hallaban ahora en el combés del barco, cerca de la barra del cabestrante, tratando de no oír los gritos y gemidos de los piratas malheridos que habían quedado tendidos sobre la cubierta del Jenny.

Los marineros de la Armada que estaban junto a las barandas y encañonaban sus pistolas contra los cautivos, vestían ceñidas chaquetas grises, calzones a rayas y gorras de cuero, y su atuendo sencillo, práctico, hacía que las ropas chillonas y manchadas de alquitrán de los piratas parecieran ridículas. Observando nervioso a los marineros, Shandy advirtió en sus propios rostros algo más que desprecio y rabia, y no le tranquilizó en absoluto identificar qué era: la fascinación morbosa de mirar a unos hombres que, aunque respiraban, pronto dejarían de hacerlo en un lazo corredizo.

Aunque el Carmichael no era ya más que un punto lejano que cortaba el horizonte hacia el sur, el capitán de la Armada había hecho descender uno de los botes del barco, y ahora, desde su punto de observación en la cubierta de popa, miró por el catalejo y lanzó una carcajada.

–Por Dios, Hendricks tenía razón…, uno de ellos ha caído por la borda, ya lo tenemos. – Se dio media vuelta y miró a los prisioneros con una sonrisa cruel -. Parece – gritó – que uno de vuestros camaradas no quiere irse sin vosotros.

Tras un momento de asombro, Shandy decidió que muy bien podía ser Beth, corriendo el riesgo de perderse en el agua con tal de escapar de los

piratas y de su padre demente.

Esperaba que fuera ése el caso, porque al fin los dos habrían salido de aquel interludio salvaje, y Davies, Barbanegra, Hurwood y Friend podían irse a Florida o al infierno, a ellos tanto les daba.

La idea le recordó que ya era hora de dejar de mirar a su alrededor, pasándose estúpidamente la lengua por el hueco donde hasta hacía poco había tenido un molar, y decir al capitán de la Armada quién era y cómo había llegado a bordo del balandro.

Respiró hondo, se obligó a enfocar los ojos y luego, con las manos extendidas en gesto suplicante, se alejó un paso de los piratas silenciosos…

y casi resultó muerto, porque uno de los guardianes le disparó su pistola.

Shandy oyó el estampido y sintió la conmoción en el aire cuando la bala silbó junto a su oído. Cayó de rodillas aún con los brazos alzados. – ¡Jesús!

– chilló -. ¡No dispare, no estoy haciendo nada!

El capitán prestó atención al tumulto. – ¡Maldita sea, vuelve con tus compañeros! – gritó furioso a Shandy.

–No son mis compañeros, capitán – respondió Shandy, levantándose con cautela y tratando de parecer tranquilo -. Mi nombre es…, es John Chandagnac, y viajaba como pasajero en el Clamoroso Carmichael antes de que fuera abordado por Philip Davies y sus hombres. Durante aquel…

encuentro, herí a Davies, así que, en vez de permitirme que me marchara en el bote con la tripulación, se me obligó bajo pena de muerte a unirme a mis captores. También hicieron quedarse a otra pasajera, Elizabeth Hurwood, y sospecho que es ella quien ha saltado por la borda del Carmichael. – Al volver la vista hacia sus compañeros, Shandy no sólo vio desprecio, sino auténtico odio, así que añadió rápidamente -: Comprendo que tardarán algún tiempo en verificar mi historia, pero le ruego que me encierre separado de estos hombres…, para asegurarse de que sobrevivo y puedo testificar en el juicio contra Philip Davies.

El capitán se había adelantado hasta la baranda de la cubierta de popa, y le miraba escrutador. – ¿Davies? – Examinó a los prisioneros reunidos en torno al cabestrante, y luego miró hacia el mástil del Jenny, visible por encima del castillo de proa -. ¿Está con vosotros? ¿Herido?

–No – respondió Shandy -. Está en el Carmichael.

Hizo un gesto en dirección al barco que se alejaba.

–Ah – asintió el capitán, pensativo -. Entonces, su juicio no se celebrará pronto. – Parpadeó y volvió a bajar la vista hacia Shandy -. Un tripulante forzoso del Carmichael, ¿eh? Pues te complacerá (o quizá no) saber que podemos verificar tu historia ahora mismo. Salimos de Kingston el pasado viernes, y creo que el Carmichael fue atacado hace cosa de un mes, así que constará en nuestros informes actualizados. – Se volvió hacia un guardia marina situado cerca de él -. Traiga el libro de informes, por favor, señor Nourse.

–Sí, capitán.

El joven oficial bajó corriendo por la escalera de la cámara y desapareció.

–Para haber sido reclutado a la fuerza, manejabas el cañón de maravilla

– dijo Skank detrás de Shandy -. Hijo de puta traidor.

Shandy le oyó escupir, y la sangre se agolpó en su rostro al recordar el día en que Skank se lanzó sobre Jim Bonny para salvarle de un ataque mágico, real o imaginario; deseó darse la vuelta, mirarle y suplicarle que recordara las circunstancias de su reclutamiento hacía tres semanas y media…, pero, tras un momento, se dirigió al soldado armado más cercano.

– ¿Puedo dar otro paso al frente? – preguntó con voz tranquila.

–Sí – dijo el marinero -. Despacio.

Shandy lo hizo, mientras escuchaba como, tras él, los piratas discutían malhumorados sobre si era un traidor cobarde o un traidor pragmático.

Mirando por encima de la baranda de estribor, vio como volvía el bote, y entrecerró los ojos para protegérselos del brillo de la luz solar sobre los remos húmedos, tratando de discernir si era verdaderamente Beth Hurwood quien viajaba en la popa.

El capitán alzó el catalejo de nuevo y lo dirigió hacia el bote.

–No parece llamarse Elizabeth – dijo.

«Maldita sea – pensó Shandy -, entonces sigue con ellos. ¿Por qué demonios no se le ocurrió saltar por la borda? Bueno, ya no es asunto mío…, le toca a este tipo, o a cualquier otro capitán de la Armada, ir a rescatarla. Yo me largo a Haití. Y quizá Friend y su padre no quieran hacerle daño.»

Sonrió débilmente ante la ingenuidad voluntaria de aquella idea; y luego se permitió recordar, una a una, las historias que había oído sobre Barbanegra. Como la vez en que decidió que a su tripulación le iría bien

pasar algún tiempo en «nuestro propio infierno», así que hizo que todo el mundo se metiera bajo cubierta, prendió fuego alegremente a un gran número de botes de azufre y, a punta de pistola, obligó a todos a quedarse allí hasta que media tripulación estuvo inconsciente y en serio peligro de asfixiarse. Incluso entonces, Barbanegra en persona había sido el último en salir al aire fresco… Aunque en un momento se consideró como otro de sus caprichos bárbaros, más tarde se advirtió la naturaleza ritual del suceso, y un bocor, con la indiscreción que da la ebriedad, indicó que había sido un renovación necesaria del estatus de Barbanegra como hunsi kanzo, sin demasiado éxito porque ningún miembro de la tripulación llegó a morir.

También recordó los rumores sobre sus tratos con un loa muy temido llamado barón Samedi, cuyo dominio en el cementerio y cuya drogue secreta era el fuego lento, por eso Barbanegra siempre se distribuía cerillas de combustión lenta encendidas por la espesa barba y cabellera, antes de cualquier acción arriesgada. Y había oído hablar de los usos, aparentemente demenciales pero con explicaciones mágicas, que daba el legendario pirata a cualquier desgraciada mujer a la que pudiera unirse en matrimonio…, y Shandy pensó en el valor inútil de Beth, en la naturaleza alegre que sólo había podido permitirse durante media hora en la cubierta de popa del Carmichael, hacía tres semanas y media.

El guardia marina Nourse reapareció con un diario o libro encuadernado en piel, y subió por la escalera de cámara hasta donde estaba el capitán.

–Gracias – dijo éste, tomando el volumen y colocándose el catalejo bajo el brazo.

Hojeó las páginas durante un par de minutos, y luego bajó la vista hacia Shandy con algo menos de rudeza en su rostro arrugado.

–Mencionan a un tal John Chandagnac, que fue obligado a unirse a los piratas. – Pasó otra página -. ¿Dónde y cómo subiste a bordo del Carmichael?

–La mañana del tres de junio, en el muelle de la Compañía Batsford, en Bristol.

–Y…, veamos…, ¿qué barco navegó junto con el vuestro por el canal de San Jorge?

–El Mershon. Se volvieron hacia el norte en Mizen Head, con rumbo a Galway y las islas Aran.

Por un momento, el capitán bajó el libro y miró a Shandy, como recalibrándolo.

–Mmm… – Volvió a la página que había leído en primer lugar -. Sí, y los supervivientes del Carmichael informaron de que Chandagnac atacó a Davies…, parece que fue un intento muy valeroso…

–Ja – interrumpió Skank, resentido -. Le cogió por sorpresa. Davies ni siquiera estaba mirando.

–Muchas gracias, joven – dijo el capitán a Skank con una sonrisa gélida

-. Acabas de confirmar lo que ha dicho este hombre. Señor Chandagnac, puede alejarse de esos criminales y subir aquí.

Shandy suspiró y se relajó, y comprendió que había estado en tensión durante semanas sin ser consciente de ello, viviendo entre gente para quien la violencia salvaje era algo natural. Se dirigió hacia la escalera de cámara y subió a la cubierta superior. Los oficiales que había allí le abrieron paso, mirándole con curiosidad.

–Tome – dijo el capitán, tendiéndole el catalejo -. A ver si puede identificar a nuestro nadador.

Shandy bajó la vista hacia el bote que se acercaba sobre las olas azules, y ni siquiera necesitó usar el instrumento.

–Es Davies – dijo con voz serena.

El capitán se volvió de nuevo hacia el guarda marina.

–Que esos hombres se queden donde están, señor Nourse – dijo señalando hacia el desanimado grupo junto al cabestrante -, pero haga que lleven a Davies al camarote principal. Señor Chandagnac, quiero que esté usted presente durante la declaración de Davies.

«Oh, Dios», pensó Shandy.

–Muy bien, capitán.

El capitán se dirigió hacia la escalera, pero se detuvo.

–Faltan unos minutos para que el prisionero llegue a bordo, señor Chandagnac. El sobrecargo puede darle algunas ropas, si quiere quitarse ese… disfraz.

–Gracias, capitán, me gustaría mucho.

Entre todos aquellos oficiales, con sus sobrios uniformes azules, sus botones de latón y sus charreteras, Chandagnac había empezado a sentirse como un payaso, con sus calzones rojos y su cinturón trabajado en oro…,

aunque aquel atuendo había sido completamente apropiado en la isla de Nueva Providencia.

Abajo, detrás de él, oyó la risita asqueada de Skank.

Un poco más tarde, sintiéndose más civilizado gracias a una camisa a cuadros azules, unos calzones de lona, medias de lana gris y un par de zapatos, Shandy se sentó a un extremo de la larga mesa en el camarote principal, y miró por la ventana de popa – era demasiado grande para llamarla portillo o escotilla -, cuyo cristal esmerilado estaba abierto para permitir la entrada de aire fresco. Por primera vez, se preguntó qué haría después de lograr que condenaran a su tío. ¿Volver a Inglaterra y conseguir otro trabajo como contable? Meneó la cabeza dubitativo. Inglaterra parecía muy fría y lejana.

En aquel momento, y la idea suavizó el calambre de culpabilidad que le había estado acosando desde que el nadador fuera identificado como Davies, Shandy supo lo que haría: trabajaría con todo el ahínco necesario para que su tío fuese arrestado, juzgado y condenado, y luego usaría el dinero que le devolvieran, sin duda una cantidad considerable, para rescatar a Beth Hurwood. Tendría suficiente para comprar un barco, contratar a un capitán que conociera el Caribe y a una tripulación hambrienta de botín…

Oyó el ruido de botas más allá del mamparo; la puerta se abrió y dos oficiales entraron en el camarote con Davies. El jefe pirata tenía los brazos atados a la espalda, y la sangre brillaba en el lado izquierdo de su camisa empapada, del hombro a la cintura; su rostro, medio oculto por el enmarañado pelo húmedo, estaba pálido y más demacrado que de costumbre…, pero sonreía al acercarse a una silla. Y, al ver a Shandy, le guiñó un ojo.

–Has vuelto al escaparate de la tienda, ¿eh?

–Cierto – dijo con voz tranquila. – ¿Sin desportilladuras? ¿Con la pintura todavía brillante?

Shandy no respondió. Los dos oficiales se sentaron, uno a cada lado de Davies.

La puerta se abrió de nuevo, y entraron el capitán y el guardia marina Nourse. Nourse llevaba pluma, tintero y papel, y se sentó junto a Shandy mientras el capitán se dejaba caer pesadamente al otro lado de la mesa, frente a Davies. Cada oficial llevaba, sin duda como parte del uniforme, una espada y una pistola.

–Apunte en el informe, señor Nourse – dijo el capitán -, que el martes veintiséis de junio de mil setecientos dieciocho hemos recogido del agua al capitán pirata Philip Davies, que había caído por la borda del barco robado Clamoroso Carmichael tras recibir un tiro por la espalda, disparado por uno de sus hombres.

–Sólo el hombro – señaló Davies a Shandy -. Creo que fue ese tipo gordo, Friend. – ¿Por qué iba a dispararte Friend? – preguntó, sorprendido.

–El Jenny – respondió el pirata, en cuya voz empezaba a traslucirse la tensión – escoltaba al Carmichael sólo para… atraer el fuego…, entretener a cualquier barco hostil a fin de que el Carmichael pudiera seguir adelante sin problemas. Hodge lo sabía. Pero pensé que si el Carmichael daba media vuelta y disparaba una vez más contra estos bastardos de la Armada, todos podríamos escapar. Friend se puso como loco cuando me interpuse por primera vez al objeto de que el Jenny tuviera unos momentos más para huir.

Supongo que no estaba de acuerdo… en absoluto… con la idea de volver atrás. Es cierto que yo había estado desobedeciendo órdenes…, así que cuando fui a dar la voz de mando, me disparó justo ante los flechastes de babor. – Empezó a reírse, pero hizo un gesto de dolor y tuvo que conformarse con una sonrisa torcida -. ¡Y eso que Compañero Cuidador me daba la mano! Si no…, supongo que la bala me habría atravesado la columna.

El sudor le bañaba la cara, marcada por el dolor.

Shandy meneó la cabeza con tristeza.

–Así es el honor entre ladrones – dijo el capitán -. Philip Davies, serás llevado a Kingston para ser juzgado por todos tus crímenes, el más reciente de los cuales quizá sea el asesinato de Arthur Chaworth, capitán del Clamoroso Carmichael. – El capitán se aclaró la garganta -. ¿Quieres hacer alguna declaración?

Davies estaba inclinado hacia adelante, y alzó la vista hacia el capitán con una sonrisa calavérica.

–Wilson, ¿no? – dijo con voz ronca -. Sam Wilson, ¿verdad? Te reconozco. ¿Qué quieres, una declaración? ¿Cómo ante un tribunal? –

Observó al capitán con gesto especulativo -. No, gracias, Sam. Pero dime…

– Pareció cobrar ánimos y habló más deprisa -. Dime, ¿es cierto lo que me contó Panda Beecher sobre ti?

El capitán Wilson apretó los labios hasta que se le pusieron blancos, miró rápidamente a los otros oficiales presentes en la habitación y luego, casi con un solo movimiento fluido, se levantó, sacó la pistola, la amartilló y la alzó. Shandy se había puesto en pie de un salto al mismo tiempo, y se lanzó por encima de la mesa para desviar el arma en el momento en que el capitán apretaba el gatillo.

El estallido hizo zumbar los ya doloridos oídos de Shandy, pero oyó el grito del capitán: – ¡Maldito sea, Chandagnac, puedo hacerle arrestar por esto! ¡Déme su pistola, Nourse!

Shandy dirigió una mirada a Davies, que parecía tenso, pero no asustado, y luego a Nourse. El joven guardia marina meneaba la cabeza, horrorizado.

–Si le dispara así, capitán, será un asesinato – protestó con voz chillona

-. ¡Tiene que ser juzgado! Si no…

El capitán Wilson, furioso, lanzó una maldición y, mientras Nourse y Shandy le gritaban que se detuviera, se inclinó sobre la mesa, cogió la pistola del cinturón de uno de los hombres que vigilaban a Davies, retrocedió un paso para apartarse del alcance de todos, alzó la pistola… …

Davies le sonreía burlón… …Y, mareado por el miedo mientras lo hacía, Shandy se agachó, cogió la pistola de Nourse y la disparó contra el capitán.

Las dos explosiones fueron casi simultáneas. Pero mientras que el disparo del capitán Wilson iba a estrellarse contra el brazo del oficial situado a la derecha de Davies, el de Shandy le dio justo en la garganta y lo lanzó rebotando hasta el mamparo más lejano, para luego desplomarse en la cubierta.

El zumbido en los oídos de Shandy parecía algo exterior a él. Volvió la cabeza con dificultad en el aire espeso por la tensión, y vio el asombro más puro en los rostros de los otros cuatro hombres presentes. El más asombrado con mucho era Davies.

–Jesús bendito, chico – exclamó, ahora consternado en vez de alegre -,

¿sabes lo que has hecho?

–Salvarte la vida…, supongo – se atragantó Shandy. No parecía capaz de respirar con profundidad -. ¿Cómo salimos de aquí?

El oficial del brazo herido había echado la silla hacia atrás, e intentaba coger su pistola con la mano sana. Shandy se dirigió hacia él y, casi sin pensarlo, le golpeó justo tras la oreja con el arma que había usado para

matar al capitán. Mientras el hombre caía de costado, casi derrumbándose de la silla, Shandy tiró la pistola utilizada y cogió rápidamente la del cinturón del hombre; y luego, con la otra mano, le arrebató también la espada. Irguiéndose al tiempo que el oficial caía al suelo, Shandy se dirigió hacia la puerta y, con los dos dedos libres que le dejaba la espada, echó el cerrojo.

–Vosotros dos – dijo a Nourse y al oficial cuya pistola había cogido el capitán Wilson -, poned las manos sobre la mesa y quedaos de pie junto al mamparo de popa. Davies, levántate y date la vuelta.

Davies lo hizo, aunque el esfuerzo le obligó a entornar los ojos y apretar los dientes.

Sin dejar de apuntar la pistola contra los dos oficiales, Shandy colocó la punta del sable bajo una de las cuerdas que ataban al pirata, y tiró hacia arriba. Davies se tambaleó, pero el borde afilado cortó la ligadura, y consiguió sacudírsela antes de que llamaran a la puerta. – ¿Va todo bien, capitán? – preguntó alguien desde fuera -. ¿Contra quién han disparado?

Shandy miró a Nourse por encima del cañón de la pistola.

–Diles…, diles que Davies ha dejado inconsciente al capitán, y que los oficiales le han matado – indicó en voz baja -. Diles que hagan venir al médico del barco.

Nourse repitió el mensaje en voz alta, y el temblor en su voz le añadió un toque de sinceridad.

Davies alzó una mano.

–Y los piratas prisioneros – susurró -, que los trasladen… hacia adelante, al castillo de proa.

Nourse transmitió también esta orden, y el hombre del exterior echó a correr.

–Ahora – repitió Shandy, desesperado -, ¿cómo salimos de aquí?

Miró por la ventanilla, sintiendo la tentación de saltar y huir a nado. El pobre Jenny parecía extremadamente lejano.

El rostro enjuto de Davies había recuperado algo de color y volvía a sonreír. – ¿Para qué has pedido al médico?

Shandy se encogió de hombros.

–Si no, no hubiera sonado plausible.

–Cierto, cierto.

Se pasó la mano del brazo sano por el empapado pelo gris. – ¡Bueno! A menos que la Armada haya cambiado mucho desde mis tiempos, la santabárbara debe de estar directamente bajo nosotros, a dos o tres cubiertas. – Se volvió hacia Nourse -. ¿Es así?

–No responderé a esas preguntas – replicó el tembloroso guardia marina.

Davies cogió una de las espadas colocadas sobre la mesa, se dirigió hacia Nourse y le pinchó ligeramente en el vientre con la punta.

–Llévame allí o lo lamentarás. Soy Davies – le recordó.

Era obvio que Nourse había oído historias sobre él, porque sus hombros abandonaron la postura rígida.

–Muy bien…, si me das tu palabra de que no me causarás daño, ni a mí ni al barco – murmuró.

Davies le miró.

–Tienes mi palabra de honor – dijo con suavidad. Luego, se volvió hacia Shandy -. Al otro lado de esa puerta está el camarote del capitán. Coge mantas y envuelve en ellas al viejo Wilson, junto con esa espada que tienes tú, las otras dos y cualquier pistola cargada que encuentres. Después, este amiguito – señaló al oficial que seguía consciente – y tú llevaréis el fardo a donde están los muchachos del Jenny. Decid que es mi cadáver. ¿Todo el mundo lo ha entendido? Bien. Cuando la santabárbara estalle (y estallará, he guardado un par de versos para potentes duendes del fuego, y no me faltará sangre con la que atraer su atención), cuando explote, apareceré por la escotilla de proa con armas, Compañero Cuidador mediante. En ese momento, abre las mantas del capitán para coger un arma y reparte las otras; nos abriremos camino luchando hasta el balandro. Y si no aparezco inmediatamente después de la explosión, no te quedes a esperarme.

Nourse miraba a Davies con la boca abierta.

–Tú… – le espetó -. ¡Me diste tu palabra!

Davies se echó a reír.

–Ya ves de qué vale. Pero escucha: me guiarás hasta la santabárbara o te cortaré las orejas y te obligaré a comértelas. No sería la primera vez que lo hago cuando alguien me causa molestias.

Nourse apartó la vista, y Shandy volvió a tener la impresión de que el guardia marina estaba recordando alguna historia terrible sobre Davies.