En costas extrañas
Capítulo 4
–Pero…, pero estaba besando a mi…
Skank dio un paso adelante, amenazador. – ¿Crees que le gustará?
Bonny retrocedió chapoteando.
–No se lo digas – murmuró.
–Lárgate de aquí – le ordenó Skank -. Tú también, Ann.
Sin mirar a Shandy, Ann siguió a su empapado marido de vuelta hacia la ladera.
Shandy se volvió hacia Skank.
–Gracias…, no sé muy bien por qué.
–Ah, ya aprenderás. – Skank miró en dirección a la proa del bote -. Una losa más y hacemos otro viaje.
Shandy caminó hacia la plataforma de madera sobre la que reposaban las losas de mármol… y de pronto vio a Venner, que ni siquiera se había levantado a lo largo de todo el altercado. La sonrisa del hombre era tan amistosa como siempre, pero, de repente, Shandy decidió que no le confiaría su plan de fuga.
4
Como el Carmichael partía a la mañana siguiente, la conversación alrededor de los fuegos fue aquella noche un fantástico tejido de especulaciones, advertencias e historias imposibles. Jack Shandy, sin compartir la ansiedad que sentían el resto de los hombres de Davies, escuchaba de todos modos con gran interés las historias sobre barcos tripulados por zombis, entrevistos sólo a medianoche por hombres condenados; sobre las diversas precauciones mágicas que serían necesarias en Florida, tan lejos de la protección de Compañero Cuidador y del resto de los vodon loas; sobre los españoles que podrían encontrarse en el golfo de México y las tácticas que usar contra ellos. Se volvieron a narrar viejas leyendas, y Shandy oyó la historia del pirata Pierre le Grand, quien, con un pequeño bote y un puñado de hombres, tomó un galeón español fletado quince años antes; y escuchó también una versión fogosa de la batalla de cuatro horas entre el inglés Charlotte Bailey y el español Nuestra Señora de las Lágrimas, que terminó con el hundimiento de ambos barcos. Luego, durante un rato, los piratas intentaron superarse unos a otros con historias acerca de los súcubos, demonios femeninos que ocupaban extraña y eróticamente las últimas horas de los hombres abandonados en islas yermas.
El Carmichael tenía que reunirse con el Venganza de la Reina Ana de Barbanegra en Florida, así que hubo muchos chismorreos acerca del jefe pirata más llamativo, y especulaciones sobre la razón que le hacía volver a esa orilla incivilizada donde, hacía un año o dos, se había adentrado en tierra buscando una especie de foco de poder mágico, para volver días más tarde, cojeando, enfermo, fracasado, y perseguido por los fantasmas que ahora le acosaban como pulgas sobre un perro.
Shandy había preparado la mejor cena hasta la fecha y, ahito y un poco borracho, disfrutaba realmente con la velada… hasta que se fijó en otros miembros de la tripulación, los que no bebían como locos o reían alrededor de la hoguera. Muchos se habían dirigido hacia las tiendas de lona y, cuando el viento sopló hacia él, a Shandy le pareció oír unos sollozos apagados que llegaban de aquella dirección; también vio a Skank sentado en la penumbra bajo una palmera, afilando con cuidado una daga, con expresión de intensa concentración – casi de tristeza – en su rostro juvenil.
Shandy se levantó y caminó hacia la orilla. Apenas visible a través del kilómetro de agua oscura del puerto, se alzaba contra las estrellas la silueta de la isla del Puerco, y más cerca divisó los mástiles desnudos, meciéndose suavemente con la brisa y las pequeñas olas. Oyó el sonido de unas botas acercándose desde atrás y, cuando se volvió hacia las hogueras, vio la figura esbelta de Philip Davies que caminaba hacia él, con una botella de vino en cada mano. Detrás, los músicos empezaban a afinar su miscelánea de instrumentos.
–Aquí estás – dijo Davies, ebrio -. ¿Quién se merece el mejor vino, sino el cocinero?
Le tendió una de las botellas, a la que había roto el gollete por falta de sacacorchos.
–Gracias, capitán – respondió Shandy, cogiendo la botella y observando el cuello roto con desconfianza.
–Cháteau Latour, mil setecientos dos – dijo Davies, alzando su propia botella para echar un trago.
Shandy olfateó la suya, la levantó y bebió. Era el Bordeaux más seco y suave que había probado – y con su padre había probado a veces algunos de los mejores -, pero no permitió que el placer se reflejara en su rostro.
–Uff – dijo en tono ligero -. Me gustaría haber encontrado un poco de éste cuando estaba preparando los ingredientes para el estofado.
–Para el estofado. – La mitad del rostro de Davies estaba iluminada por el fuego, y Shandy la vio arrugarse en una amarga sonrisa -. Cuando era un crío, en Bristol, una noche de Navidad… salía del taller donde trabajaba como aprendiz, cuando unos chicos de la calle rompieron nuestro escaparate para robar algo. Lo que no se llevaron, lo tiraron, y había… – Se detuvo para tomar un sorbo de vino -. Había un juego de niños cantores tallados en madera, ninguno mayor que tu pulgar, todos bien pintados, y vi como uno se les caía en la nieve, y uno de los chicos le daba una patada y lo mandaba rodando calle abajo. Y recuerdo que pensé que, pasara lo que pasara con aquel muñequito de madera, jamás volvería a sentarse en aquella repisa de la que se cayó. – Davies se volvió hacia el puerto y respiró hondo la brisa marina -. Sé lo que estás planeando – dijo a Shandy por encima del hombro -. Has oído que Woodes Rogers llegará un día de estos con el Perdón Real, así que planeas esconderte esta noche en la playa, lejos del campamento, hasta que el Carmichael zarpe… No, no me interrumpas, enseguida te dejo hablar… Luego volverás aquí y seguirás cocinando, tumbándote al sol y bebiendo ron hasta que llegue Rogers, ¿verdad?
Tras una larga pausa, Shandy rió suavemente y bebió otro sorbo del excelente vino.
–Parecía factible – admitió.
Davies asintió y volvió el rostro hacia él.
–Estoy seguro – dijo -, pero sigues pensando en términos de aquel escaparate del que te caíste, ¿entiendes? Nunca volverás a donde estabas.
Echó un trago de la botella, luego suspiró y se pasó una mano por el enmarañado pelo negro.
–Lo primero de todo – prosiguió -, es un delito capital abandonar el barco en medio de una expedición, así que si mañana volvieras al campamento después de haber zarpado el Carmichael, te matarían…, de mala gana, porque eres un tipo simpático y un buen cocinero, pero las reglas son las reglas. ¿Recuerdas a Vanringham?
Shandy asintió. Vanringham había sido un chico alegre, de no más de dieciocho años, acusado de esconderse bajo cubierta cuando el bergantín en que navegaba fue incendiado por un barco de la Armada Real. Cuando el barco pirata volvió como pudo a Nueva Providencia, su capitán, Burgess, un viejo veterano corpulento, dejó que Vanringham creyera que el castigo habitual no sería aplicado dada su juventud…, y aquella noche, después de
cenar, Burgess se colocó detrás de Vanringham y, con lágrimas en los ojos, porque le gustaba el chico, le atravesó la cabeza de un balazo.
–En segundo lugar – continuó Davies -, me atacaste después de haberte rendido.
Cierto, fue porque yo acababa de matar a tu amigo cuando quizá habría podido detenerle de una manera menos letal, pero es que él también se había rendido. En cualquier caso, debes tu vida al hecho de que no quería tener una escena con Venner en aquel momento.
Cuando te di a elegir, no se trataba de una elección entre la muerte por un lado y tres semanas de comida, bebida e isla tropical gratis por otro. Me debes muchos más servicios por mi herida, y no pienso dejar que violes el trato que hicimos.
Los músicos, que habían conseguido ponerse de acuerdo, empezaron a tocar Mangas verdes, y la vieja melodía melancólica resultaba a la vez tan familiar y tan fuera de lugar allí…, el ritmo llenaba la playa solitaria, imitado extrañamente por los gritos de alarma de los pájaros tropicales…, que hizo que todas las cosas, dioses y filosofías del Viejo Mundo parecieran distantes y tenues.
–Y en tercer lugar – dijo Davies, ya sin aspereza en su voz -, es posible que todos esos reyes y mercaderes del otro lado del Atlántico estén a punto de ver el fin de su relación con estas nuevas tierras. Para ellos, Europa y Asia siguen siendo los tableros de ajedrez que importan; no pueden ver este nuevo mundo más que con dos objetivos: como fuente de beneficios rápidos y sin problemas, y como pozo donde encerrar a los criminales. Con semejante manera de sembrar, pueden tener una cosecha… sorprendente; y quizá Rogers descubra cuando llegue que ninguno de nosotros necesita, ni siquiera puede sacar provecho, del perdón de un hombre que reina en una fría islita al otro lado del mundo.
La brisa marina, ahora un poco más fresca, susurraba entre las palmeras de la isla del Puerco e hizo que las hogueras de los piratas chisporrotearan.
Las palabras de Davies habían intranquilizado a Shandy, en gran parte porque parecían quitar su matiz de justicia al objetivo por el cual había cruzado el océano… De pronto, la acción de su tío parecía tan impersonalmente pragmática como cuando las gaviotas hambrientas devoran a las crías de las tortugas marinas, y su propia misión tan inútil como intentar enseñar compasión a las gaviotas. Abrió la boca para
presentar una objeción, pero se lo impidió un grito procedente de la multitud reunida en torno a las hogueras. – ¡Phil! – llamaba alguien -.
¡Capitán Davies! ¡Algunos de los muchachos están haciendo preguntas demasiado difíciles para mí! Davies dejó caer la botella en la arena.
–Es Verner – dijo, pensativo -. ¿Cómo era aquel movimiento? ¿Por encima de la hoja y amago de estocada hacia adentro, y cuando él esquiva, te agachas…, pero no mucho…, y golpeas en el flanco?
Shandy cerró los ojos y lo visualizó.
–Exacto. Y luego pasas de largo por el otro lado.
–Ya lo tengo. – Davies alzó la voz -: ¡Enseguida estoy contigo, Venner!
Mientras los dos hombres caminaban hacia las hogueras, Davies se sacó una pistola del cinturón.
–Si Venner juega limpio, puedo arreglármelas con él – dijo con voz queda -. Pero si no, quiero que me guardes las espaldas con esto y te asegures que no… – Se interrumpió de repente y dejó escapar una carcajada cansada -. No importa. Se me olvidaba que estoy hablando con el niño cantor de madera.
Apartó la pistola y aceleró el paso.
Shandy le siguió, furioso consigo mismo, en parte por sentirse mal por mantenerse al margen de una lucha entre piratas – ¡como un niño que se siente mal por rechazar un reto estúpido! – y en parte también por mantenerse al margen.
Con sus calzones femeninos arremolinándose en torno a las rodillas con cada paso, Leo Friend llegó al sendero de gravilla que partía del fuerte en ruinas y, sudando profusamente en el encierro de su jubón de fantásticos encajes, se dirigió hacia las hogueras junto a las que estaba la tripulación de Davies. Beth Hurwood caminaba junto a él, sollozando furiosa y tratando de desenredarse la pata momificada de perro que Friend le había puesto en el pelo («¡Esto te protegerá si nos vemos separados!», le había dicho él, impaciente, justo antes de arrastrarla fuera de su habitación sin ventanas y empujarla con pocas ceremonias hacia el sendero).
Aunque Beth no tenía el menor problema para mantener el paso del jadeante joven, éste se volvía cada pocos metros para gritarle: «¡Date más prisa!», y para echar furtivas ojeadas por el escote de su vestido.
«Malditos sean todos estos retrasos – pensó Friend -, ¡y malditos sean los idiotas con los que debemos aliarnos para llegar al foco de Florida! ¿Por
qué tuvieron que ser unos criminales ignorantes los que lo encontraron?
Aunque, claro, si hubiera dado con él alguien más astuto, Hurwood y yo no podríamos manipularlo de esta manera…, y me temo que, aun así, el tal Barbanegra es demasiado inteligente para nosotros. Se está retrasando voluntariamente, dejando que nos embarquemos en este viaje a Florida antes de reunirse con nosotros; por dios santo, podía haber conseguido todas esas hierbas medicinales indias comprándolas, pero en vez de eso tuvo que asediar la ciudad de Charleston, capturar nueve barcos y a toda una multitud de rehenes, incluyendo a un miembro del gabinete del gobernador, y luego pedir las banastas de hierbas medicinales como rescate.
Me gustaría saber si no es más que un alarde, o quizá un intento de mantener a su tripulación en forma para el combate…, o si usa todo ese espectáculo para ocultar otro propósito furtivo. Pero ¿qué planes puede tener en relación con la civilizada, legislada y ordenada costa de Carolina?»
Miró de nuevo a Beth Hurwood, que por fin había conseguido desenredarse la pata de perro del cabello. Cuando la lanzó a lo lejos, él susurró una frase rápida, acarició el viento, y el vestido de la joven se levantó…, pero ella lo bajó de nuevo antes de que tuviera ocasión de verle nada más allá de las rodillas. «Oh, espera y verás, chica – pensó con la boca seca y el corazón latiéndole todavía más deprisa -, pronto tendrás tanta hambre de mí que ni siquiera podrás respirar.»
Friend se unió a la multitud congregada en torno a la hoguera justo cuando Davies llegaba desde la playa. El jefe pirata sonreía con confianza, y Friend puso los ojos en blanco, exasperado. «Vamos, capitán, no nos vengas con el espectáculo del valor – pensó el grueso médico -; aquí nadie puede hacerte daño…, a menos que me molestes de verdad con tanta pose galante.» – ¡Ah, aquí está nuestro capitán! – exclamó uno de los piratas, un hombre corpulento y pelirrojo de rostro ancho, pecoso, sonriente.
Y aunque algunos hombres fruncían el ceño airados, Friend observó al que sonreía, presintiendo que era él quien representaba una amenaza.
–Phil – dijo el hombre rápidamente -, algunos de los muchachos se preguntan para qué expedición hemos trabajado tanto arreglando el Carmichael, y qué beneficios vamos a sacar de ella, comparados con los peligros que nos aguardan. He intentado responderles en general, pero quieren respuestas concretas.
Davies se echó a reír.
–Yo hubiera dicho que no eran tan tontos como para pedirte respuestas concretas a ti, Venner – dijo en tono ligero…, aunque a Friend le parecía evidente la aprensión que se ocultaba tras el tono despreocupado.
Friend vio al nuevo recluta – el amigo de Elizabeth, ¿cómo se llamaba?
Shandy, eso es – abriéndose paso entre el gentío detrás de Davies y, por un momento, el médico consideró la posibilidad de arreglar las cosas de manera que el titiritero entrometido muriera…, o mejor aún, que quedase tullido, o retrasado mental a causa de un golpe en la cabeza… De mala gana, decidió que ya sería bastante difícil impedir que una multitud tan grande y salvaje se amotinara sin tratar de aplastar a su mosca personal al mismo tiempo.
Volvió a concentrar su atención en Venner, en cuyo rostro, pese a la sonrisa, el sudor brillaba a la luz de la hoguera.
–Eso es lo que les he dicho, capitán – replicó, y por un momento la falsedad de su sonrisa debió de ser obvia para todos los presentes -, pero muchos aseguran que no piensan embarcar si vamos a ese maldito lugar de Florida donde los fantasmas infestaron a Thatch.
Davies se encogió de hombros.
–Si alguno no está satisfecho con mi promesa de haceros ricos, o si duda de mi palabra sobre eso, puede verme en privado para arreglarlo. Y
cualquiera que pretenda desertar en mitad de la empresa ya conoce el castigo. ¿Encajas en alguno de los dos grupos, Venner?
Observando desde la periferia, Friend susurró algo y alzó la mano.
Venner trató de replicar, pero sólo emitió un gruñido ahogado.
«¿Le hago morir o le salvo? – pensó Friend -. Será mejor que viva…, en esta gente hay mucho miedo e ira, y no quiero prender fuego a la mecha.»
Volvió a susurrar e hizo otro gesto; de pronto, Venner se inclinó hacia adelante y vomitó en la arena. Los que estaban cerca de él se apartaron, y una risa ronca rompió la tensión.
Davies se volvió hacia el público.
–No me parece buena respuesta.
Los gruesos dedos de Friend bailaron en el aire, y Venner se irguió para decir en voz alta, pero entrecortada:
–No…, Phil. Confío… en ti. Yo…, ¿qué pasa aquí? Éstos no son mis…
Es que estaba borracho… y quería armar un poco de bronca. Los muchachos… saben que sólo…, ¡maldita sea!…, piensas en su bien.
Davies alzó las cejas sorprendido, luego frunció el ceño con gesto de sospecha y examinó a la multitud; pero las palabras de Venner habían sido suficientemente convincentes al menos para un pirata, que pegó un puñetazo en el rostro del aprendiz de amotinado.
–Cerdo traicionero – escupió mientras Venner caía sentado en la arena, brotándole sangre de la nariz. El hombre se volvió hacia Davies -. Tu palabra es mejor que la suya, capitán.
Davies sonrió.
–Trata de no olvidarlo, TOM – dijo con suavidad.
Al margen del gentío, Friend también sonrió: allí todo era mucho más sencillo que en el hemisferio oriental. Se volvió hacia Elizabeth Hurwood.
–Ahora ya podemos volver al fuerte – le dijo.
Ella le miró. – ¿Eso es todo? Bajas aquí corriendo tan deprisa que pienso que te va a reventar el corazón, ¿sólo para ver cómo un hombre vomita y luego le golpean?
–Quería asegurarme que no sucedía nada más – replicó Friend, impaciente -. Venga, vamos.
–No – respondió ella -. Ya que estamos aquí, quiero saludar a John.
Friend se volvió hacia ella, furioso, y luego se controló. Sonrió de soslayo y arqueó las cejas. – ¿El rascadillas y jefe de bribones? Creo que anda por aquí – dijo despectivo -, a no ser que lo que huelo sea un perro mojado.
–Vuelve al fuerte – respondió, cansada. – ¿P – para que puedas… tener a – ayuntamiento con él? – escupió Friend con la voz chillona por el desprecio. Le habría gustado poder hablar de temas sexuales sin tartamudear -. N – ni lo pienses, mi q – q – q… Elizabeth. Tu padre me dijo que no apartara la vista de ti ni un momento.
Asintió con gesto virtuoso.
–Pues haz lo que quieras, condenado retorcido – respondió ella con suavidad. Con una lucidez nada característica y nada agradable, Friend comprendió que la joven no utilizaba la palabra «condenado» como simple adjetivo enfatizarte -. Voy a hablar con él. Puedes seguirme o no.
–Te vigilaré desde aquí – afirmó Friend. Alzó la voz mientras ella se alejaba -: ¡Tranquila, no te seguiré! ¡No castigaré a mi nariz con la proximidad de ese tipo!
Ya finalizado más o menos el enfrentamiento junto a la hoguera, algunos piratas y prostitutas de los alrededores miraron en dirección a Friend, buscando más diversión…, y evidentemente la encontraron, porque hubo comentarios y risitas disimuladas tras las manos enjoyadas.
Friend gruñó y alzó la mano, pero ya sentía la tensión en la mente, así que la bajó y se conformó con gritar «¡Alimañas!», y alejarse hasta un otero cercano, con los brazos cruzados, observando a la hija de Hurwood. Esta había encontrado al tal Shandy, y juntos se alejaron una docena de metros para conversar.
«Despreciadme todos tanto como queráis… – pensó -, sólo os queda una semana para hacerlo.»
Por primera vez en años, Friend pensó en el viejo que le había iniciado en el… Se detuvo para saborear la frase: en el camino de la divinidad.
¿Cuántos años tenía Friend entonces? Unos ocho…, pero ya había aprendido latín y griego, ya había leído los Principia de Newton y el De Sagas Earumque Operibus de Paracelso…, y ya, recordaba ahora, la envidia de su intelecto y de su físico corpulento empezaba a hacer que la gente menos inteligente le temiese y se sintiera disgustada en su presencia.
Incluso su padre, que presentía y detestaba una grandeza que no podía esperar comprender, le había maltratado. Intentó que practicara inútiles ejercicios físicos y redujo su cuota diaria de dulces, que le proporcionaban el azúcar que su cuerpo necesitaba; sólo su madre había reconocido verdaderamente su genio, y se encargó de que no tuviera que asistir al colegio con otros niños. Sí, debía de tener unos ocho años cuando vio por primera vez al viejo apoyado en el escaparate trasero de la pastelería.
El viejo era a todas luces un retrasado mental, y se había visto atraído hacia la pastelería por el olor de las tartas de fruta recién horneadas, pero gesticulaba de una manera extraña, haciendo ademán de cavar con las manos, como si encontrara resistencia en el aire vacío; y, por primera vez en su vida, la nariz de Friend se vio irritada por un olor similar al del metal recalentado.
Ya elegante y seguro de movimientos pese a lo que los demás pensaran sobre su mole, Friend trepó silenciosamente sobre una caja situada tras el viejo para ver a través del escaparate… y lo que vio hizo que su joven corazón latiera a toda velocidad. Una tarta recién horneada se movía en el aire hacia el cristal, y sus titubeos y trompicones se correspondían
exactamente con los gestos del anciano. La chica de la tienda estaba en el rincón opuesto con las manos sobre las rodillas, demasiado ocupada con unas violentas arcadas como para advertir el vuelo de la tarta. Y cada pocos segundos el viejo hacía que ésta se detuviera mientras, entre risitas, recurría a otros ademanes para levantar las ropas de la muchacha.
Muy emocionado, Friend bajó de la caja y se escondió. Minutos más tarde siguió al viejo, que se pavoneaba alegremente con su tarta robada. El chico fue tras el anciano durante todo aquel día, observando cómo se procuraba comida y cerveza, y cómo hacía que las faldas de las chicas bonitas les volaran por encima de la cabeza, todo con simples gestos y susurros. Y la respiración del pequeño Leo Friend se aceleró cuando se hizo evidente que ninguna de las personas que sufrían los robos o los abusos del viejo vagabundo, sonriente y gesticulante, comprendían que era él el responsable. Aquella noche, el anciano rompió el cerrojo de una casa abandonada, y entró bostezando estrepitosamente.
Friend estaba ante la casa a la mañana siguiente, paseando de arriba abajo con la tarta más impresionante que había podido comprar con el dinero que su padre guardaba para el alquiler. Era una visión que despertaba la lujuria en cualquier amante de los dulces, y el chico había tenido buen cuidado de arreglar todos los desperfectos causados por sus manipulaciones.
Tras una hora y media de paseos, mientras los gruesos brazos le dolían cruelmente por la tortura de sostener la pesada tarta, el pequeño Friend vio por fin como el viejo salía, otra vez bostezando, pero ahora vestido con una chillona chaqueta de terciopelo con forro de tafetán. Friend alzó un poco más la tarta mientras caminaba, esta vez pasando de largo, y se sintió exultante cuando unos calambres repentinamente inducidos se apoderaron de su estómago, y la tarta flotó, alejándose de sus manos.
Los calambres hicieron que el chico se doblara sobre sí mismo y cayera al suelo, pero se obligó a abrir los ojos a pesar del dolor y observó el pastel levitante; se alzaba en el aire, luego giró un poco y fue a descender al otro lado de la casa. El viejo volvió a entrar y el calambre de Friend se relajó. El chico se puso en pie con un esfuerzo, se dirigió hacia la puerta y, con gran sigilo, entró.
Oyó como el viejo se comía el pastel ruidosamente en otra habitación, y Friend aguardó en el vestíbulo polvoriento hasta que terminaron los sonidos
de masticación y empezaron los gemidos. Entró con osadía en la habitación contigua, y vio como el viejo se retorcía por el suelo entre muebles cubiertos por sábanas.
–Tengo la medicina escondida – dijo el chico con voz aflautada -. Dime cómo haces la magia y te la daré.
Tuvo que repetirlo algunas veces en voz más alta, pero al final el viejo le entendió. A trompicones, con abundantes gestos allí donde le fallaba su mal vocabulario, el viejo había explicado al chico la base de intercambio que era la brujería, tan simple como un concepto, pero tan poco evidente como la utilidad de un aparejo, un motor y una polea para incrementar sustancialmente la fuerza de impulso. El chico comprendió la noción con rapidez, pero insistió en que el anciano le enseñara a mover cosas a distancia antes de entregarle el antídoto; y cuando el joven Friend consiguió lanzar un sofá contra el techo con fuerza suficiente como para resquebrajar el enyesado, el viejo le suplicó que pusiera fin a su dolor.
Friend se lo concedió entre carcajadas, y luego volvió corriendo a su hogar, dejando que los inquilinos de la casa encontraran a su vuelta el cadáver destrozado.
Al madurar, al estudiar los informes sobre la antigua magia – ¡todos tan tentadoramente consistentes de cultura en cultura! – , llegó a la amarga comprensión de que la auténtica brujería, la casi divina, había ido haciéndose imposible a lo largo de los milenios. Era como si la magia hubiera sido en otro tiempo una fuente con la cual el hechicero pudiera colmarse hasta los topes y de la que ya no quedaran más que unas pocas gotas que extraer, y aun ésas con dificultad.., o como si existiera una escalera hacia el cielo, pero éste se hubiera expandido, acrecentando la distancia entre los peldaños, de manera que aunque los antiguos magos habían podido ascender por ellos con un pequeño esfuerzo, ahora hacía falta toda una vida para pasar de uno a otro.
Aun así, trabajó con lo que quedaba, y para cuando tuvo quince años era capaz de hacer todo lo que quería; podía obligar a la gente a ejecutar virtualmente cualquier acción, incluso contra su voluntad… Luego, intentó dar acceso a su madre, la única que había tenido fe en él, al secreto que había descubierto. Nunca consiguió recordar qué había sucedido exactamente…, pero sí supo que su padre le había golpeado, y que él había huido de la casa familiar para no volver jamás.