Entre la niebla

Ursula Llanos · Capítulo 1 de 23

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Entre la niebla

Prólogo

Úrsula Llanos

Entre la niebla

ePub r1.0

Titivillus 07.09.2021

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Título original: Entre la niebla

Úrsula Llanos, 2013

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

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A mi hija Esther.

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El autobús se detuvo al llegar a la plaza y aún resonaba en el aire el chirrido de sus frenos, cuando aquella muchacha había saltado a la acera. El conductor la siguió con la mirada, mientras distraídamente encendía un cigarrillo.

Una bonita chica, se dijo. Y además de bonita, tenía un aspecto tan frágil, tan irreal…

Quizás fuese su aire etéreo lo que le había llamado la atención cuando había tomado ella el autobús en la carretera, a unos treinta kilómetros de Palma. O quizás fuese la circunstancia de que en aquella cruda mañana invernal vistiese solamente unos pantalones vaqueros y un jersey de color blanco. Pero no, se dijo. Se había fijado en ella porque le recordaba a alguien. El hombre frunció el ceño, buceando en su memoria. Desde luego no se parecía a ninguna otra muchacha que él hubiera conocido, de eso estaba seguro. De improviso cayó en la cuenta y chasqueó los dedos satisfecho de su descubrimiento. Estaba claro. Le recordaba a aquella hoja del almanaque, que tanto le impresionara de niño, en la que una gacela huía angustiada, perseguida por un grupo de cazadores que inexorablemente iban apretando su cerco en torno de esta. Sí, el angustiado semblante de esa chica tenía la misma expresión. ¿Qué podría sucederle?

Intrigado la vio entrar a toda prisa en la cafetería de la esquina y salir nuevamente a la calle poco después, mirando recelosamente en todas direcciones. El conductor también trató de atisbar inconscientemente al grupo de cazadores sin hallarlo y luego se rio de sí mismo por imaginar tales tonterías.

Eres un idiota, se dijo. La chica estará buscando, sin duda, a su novio, y estará preocupada al no dar con él. Y a fin de cuentas no era asunto suyo.

Su obligación consistía en conducir el autobús sin preocuparse por los problemas de sus pasajeros. Aún se lo repetía cuando descendiendo del vehículo se le acercó. Ella se había detenido en la acera con aire

desorientado y levantó hacia él unos ojos inmensos, de color aguamarina.

Brillaban en su rostro menudo con tal intensidad que desdibujaba el resto de sus facciones.

—¿Le ocurre algo, señorita?, —le preguntó amablemente.

Ella asintió con la cabeza y le mostró un papelito donde estaba anotada una dirección.

—No conozco bien Palma, —le dijo a media voz—. Necesito encontrar esta calle.

Su tono era tan acongojado y su gesto tan desolador que estuvo a punto de ofrecerse a acompañarla, pero recordó a tiempo cuales eran sus deberes y se limitó a indicarle el camino que debería seguir. Por suerte estaba muy cerca y no podría perderse, pero, pese a ello, la siguió con los ojos hasta que, siempre corriendo, desapareció al doblar una esquina.

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