Entre la niebla
Capítulo 14
Eurídice pasó cansadamente una mano por su frente.
—Lo siento, doctor, pero no consigo recordarlo, aunque le aseguro que lo he intentado. Ayer cuando discutí con Raúl en ese sendero, acudieron a mi mente algunas imagines borrosas, como desenfocadas, pero se desvanecieron en una especie de torbellino neblinoso antes de que pudiera precisarlas. Solo sé que él tuvo algo que ver en ese episodio, pero no he logrado determinar que ocurrió ni cual pudo ser su intervención. ¿Opina que debo preguntárselo?
—¿Se refiere a su primo?
—Sí. No sé si intentó arrojarme por el precipicio o si, por el contrario, impidió que me cayera, pero su presencia me aterroriza. He llegado a preguntarme, si no pretenderá quitarme de en medio para que no averigüe lo que sucedió. ¿Lo cree posible?
Olea se acarició pensativamente la barbilla.
—Su primo es médico, ¿verdad? ¿Por qué no le pide que venga a verme? Me facilitaría la tarea mantener una conversación con él.
—Pero doctor, necesito que me diga algo ahora. Ayer, cuando volví a casa y entré en el saloncito a saludar a mi tía, ya no estaba colgado sobre la chimenea el cuadro del que le hablé. El que vimos Leonor y yo en el torreón y plasmaba un vendaval asolando Montsalvatge. Lo ha pintado ella y ha debido esconderlo de nuevo para colgar en ese mismo lugar la marina que encontré dentro de mi armario. Creo que se ha confabulado con Raúl para hacerme creer que estoy mal de la cabeza. Todos deben pensarlo.
Incluso mi tía que ni tan siquiera me han recriminado por haberme escapado por el balcón ayer, para venir a verle a usted. Lo ha aceptado con
una naturalidad bastante sospechosa. La que se adopta para tratar con los niños y con los locos.
El médico disimuló una sonrisa.
—Bueno, bueno, no se preocupe. Tenemos mucho tiempo. Ahora me parece conveniente que pasemos a otro tema. Quisiera que me hablase de esa indiferencia que dice sentir por el sexo contrario.
Eurídice enrojeció, removiéndose inquieta en su butaca.
—Si me lo permite, le diré que ese asunto no guarda ninguna relación con el resto de mis problemas.
Por primera vez él perdió su aire de amabilidad y la miró adusto.
—Eso creo que debo decidirlo yo. ¿No le parece?
—Desde luego, pero no quiero entretenerle con tonterías, así que le anticiparé que no responde a lo que usted está pensando.
—¿A lo que estoy pensando? ¿Cómo sabe lo que estoy pensando?, le preguntó Olea recuperando su tono amistoso.
—Lo sé, porque no soy tan ignorante como supone. Luisa se empeñó en que leyera un libro gordísimo de Freud. Puedo asegurarle que mi libido está perfectamente y que no tengo complejo de Edipo ni de castración ni de ninguna de esas barbaridades que describía ese señor. Yo quería mucho a mi padre, pero lo veía como era realmente. Un pobre hombre, amargado por la muerte de mi madre y por sus complejos y manías.
Advirtiendo que el médico iba a interrumpirla, le atajó.
—Sí, ya sé que la imagen que se haya tenido del padre puede influir después en las relaciones con el otro sexo. También lo leí en ese libro. Eso y otros muchos disparates más.
—¿Disparates?, —repitió divertido, al verla tan enfurruñada.
—Sí, usted pensará, como es su obligación, que Freud era un genio, pero yo opino que era un maniático, obsesionado con una idea fija. No se ría, —protestó amoscada—. ¿Para qué darle tantas vueltas a lo mismo? Él enfocaba todas las cuestiones desde un punto de vista equivocado.
Calló unos instantes, estudiando la expresión de él. Luego continuó excitada.
—Tampoco es cierto lo que está pensando ahora.
Sin poder evitarlo, Olea se echó a reír.
—No pienso nada, se lo aseguro. Simplemente la escucho.
—Sí, está pensando que a mí no me atraen los hombres, porque…
porque sentía por Marta algo… Está muy equivocado, —replicó acusadoramente—. Para mí era… tan especial y estaba tan por encima de cualquier bajeza, que nunca hubiera podido mezclarla con una guarrada de este tipo, ¿qué se ha creído usted?
Al reparar en que él no efectuaba ningún comentario, bajó la cabeza, avergonzada de su explosión de ira.
—Perdone, me estoy comportando de una forma incalificable. Es que mi caso no tiene nada que ver con las teorías de Freud, pero ya le he dicho que no me gusta hablar de ello.
—¿Por qué?, —le preguntó Olea con sencillez—. ¿Acaso lo considera pecaminoso?
Ella le observó con sus inmensos ojos muy abiertos, que en ese momento eran de un color azul intenso.
—No, nada de eso. Paca me amenazaba a menudo con el infierno cuando era pequeña, pero no me preocupa demasiado.
—Entonces, ¿por qué no quiere hablar de ese tema?
Se encogió de hombros.
—Me duele. Hay cosas que duelen por dentro y al decirlas duelen más todavía.
—A pesar de ello, no debe guardárselas para usted sola, —repuso el médico con voz persuasiva.
—¿No se reirá?
—Le aseguro que no.
—¿Y no se lo contará a nadie?
—Por supuesto.
—Bueno, verá. —Cruzó las manos como si le costase un tremendo esfuerzo confesárselo—. La culpa de todo la tiene mi estúpido nombre.
—¿Su nombre? —Pese a la costumbre que tenía Olea de oír incongruencias, se quedó estupefacto, aunque intentó disimularlo ocultando su rostro tras un pañuelo que extrajo del bolsillo de su bata, como si estuviera acatarrado.
—Sí, si yo me hubiese llamado Pepita o Juanita, la gente no se hubiera extrañado, pero compréndalo. —Enrojeció hasta las orejas y continuó—: Cuando decía cómo me llamaba, todos… todos pensaban que era mucho nombre para una chica tan insignificante. Por su culpa nadie me ha querido nunca, —añadió pensativa—. Solo Marta y ella se murió. A ella no le importaba que me llamase Eurídice. Ya ve, hasta decía que era un nombre bonito.
—Dice que nadie la ha querido, —repitió Olea como un eco.
—Sí. Paca me repetía continuamente que fue lo primero que aprendí a decir. Paca era la criada, —le aclaró—. Ya estaba en casa cuando yo nací.
—¿Y no la querían por llamarse Eurídice?
La muchacha se encogió de hombros.
—Supongo que sería por eso, porque nunca di motivo para que no me quisieran. Creo que era una niña dócil y cariñosa, pero a mi padre no le importaba. Se pasaba la vida escribiendo aquel maldito libraco y yo estaba siempre sola, acunando a mi muñeca.
Se interrumpió, empalideciendo ostensiblemente.
—Doctor, —musitó con un hilo de voz—. Era la muñeca que ahora veo en mis pesadillas. Era esa.
—Tranquilícese, Eurídice. ¿Qué más recuerda?
Le contemplaba sin verle, con la mirada perdida.
—Me la regaló mi padre por Navidad. ¿Cómo habré podido olvidarlo?
—Se estremeció como si tuviera frío—. De todas formas no me gusta acordarme de ella.
Olea hizo un gesto de asentimiento.
—Continúe. Me decía que a causa de su nombre no la ha querido nadie.
¿No le parece una afirmación un tanto gratuita? Su padre la quería, a su manera, y también su tía Elvira, su madrastra, y ese muchacho, Miguel.
Eurídice sonrió con cierta amargura.
—De pequeña les deba lástima, ¿no lo entiende? Me veían tan poca cosa y encima cargada con ese nombre…
—¿Pero qué tiene su nombre de particular?
—Usted no entiende nada, —gruñó enfadada—. Un nombre así, requiere a una persona más… más… Ya podía usted ayudarme a decirlo, —
terminó furiosa.
—¿Quiere decir más bonita?
—Sí, —admitió la chica, como si se sintiera aliviada de un gran peso—.
Ya me ve usted, así que no creo que necesite que se lo explique.
Una sonrisa distendió las bondadosas facciones del médico.
—¿No se mira nunca al espejo?
—Claro que sí, —repuso desconcertada. ¿Por qué lo pregunta?
—¿Y cómo se ve?, ¿fea, larguirucha y con granos?
—Los granos ya me desaparecieron, —replicó disgustada—, pero tuve muchos, un auténtico montón.
—Ya. Y en las reuniones a las que asistía nadie le hacía caso, ¿no es eso?
—¿Cómo lo sabe?, —le preguntó admirada.
—A lo mejor, porque soy más listo de lo que imagina, —le contestó humorísticamente—. Corríjame si me equivoco. En esas reuniones, usted permanecía sentada y sola toda la tarde y los pocos que se atrevían a acercársele se alejaban espantados al enterarse de cómo se llamaba,
¿verdad?
Eurídice afirmó vigorosamente con la cabeza.
—Trataban de disimularlo, pero a la primera oportunidad salían corriendo.
—Pero de eso hará mucho tiempo, ¿o le sigue sucediendo?
Eurídice reflexionó.
—No lo sé, pero ya no me importa. Hace mucho que dejó de interesarme ese asunto.
—Claro, usted se revistió de una coraza y decidió pagarles en la misma moneda.
—No se ría, doctor, yo no lo encuentro nada divertido.
—Es que tiene gracia, —comentó él como para sí—. Es curioso comprobar hasta qué punto podemos deformar las impresiones del mundo exterior. Usted es una muchacha preciosa, por la que actualmente todos los que la rodean se sienten atraídos. Lo sé a través de lo que me ha contado. Y
sigue empeñada en defenderse de un mundo que considera hostil, porque en
su niñez y en su adolescencia no era muy agraciada. Tiene usted complejo de…
—De fea, tiene razón, —admitió interrumpiéndole—. Pero, sobre todo, de nombre. No quiero hacerle perder el tiempo con esas tonterías, ya se lo he dicho. Tengo un saco de complejos con los que podría cargar un camión.
Gracias a ese tomo tan gordo que leí, estoy al cabo de la calle.
—¿Y no ha procurado remediarlo? Los complejos desaparecen en cuanto se asumen y son descargados.
—Eso es lo que dicen ustedes, los psiquiatras, —objetó hiriente—. Pero no es así. Desaparecerían si se pudiese modificar la causa que los producen.
Porque una chica descargue su complejo de fealdad, no se convierte en bonita. Lo del nombre… podría tener solución, pero es demasiado complicado.
Calló pensativa, rememorando la tarde anterior y la indiferencia con la que Miguel se había despedido de ella.
—De todas formas estoy dispuesta a hacerlo si me asegura que con otro nombre sería yo una chica como las demás.
Olea tabaleaba sobre la mesa con un lápiz. Parecía reflexionar sobre la conveniencia de explicarle el verdadero motivo. Finalmente se inclinó hacia ella sobre la mesa.
—Mire, Eurídice, en mi opinión, la raíz de su problema sexual es mucho más complicado y creo que reside en su desafortunada niñez.
Cuando en la vida de un niño falta su madre, suele sufrir el desarrollo de su vida emocional y por ello, más tarde, la vida amorosa.
Ella le escuchaba perpleja.
—¿Quiere decir que el motivo es que no haya conocido a mi verdadera madre?
—No es solo eso. Usted no encontró otro adulto que sustituyera a su madre y, cuando un niño no se sabe querido, se siente inseguro y tiene miedo. Todos los niños tienen miedo, pero entre el normal y el patológico haya una diferencia de grado. Los efectos del que hemos llamado miedo patológico suelen ser la inhibición del desarrollo anímico y el retroceso a grados de desarrollo anterior, lo que llamamos regresión. La regresión se
produce tanto más fácilmente cuanto más joven es el niño. Incluso en ocasiones puede llegar a alterar a inhibir el desarrollo corporal.
—Bueno, sí, de niña era yo muy bajita. Marta me sacaba la cabeza, aunque tenía mi misma edad. Pero después… después he crecido mucho.
Ahora mido un metro setenta centímetros y no porque me haya querido nadie. Bueno, quizás Luisa… Y tampoco he sido una niña retrasada. Paca decía que tenía un viejo en la barriga.
Olea sonrió ante la expresión.
—Una cosa no excluye la otra. En esos niños que le he descrito se da con mucha frecuencia una mezcla de puerilidad y precocidad de grado variable y el desarrollo neurótico evoluciona en ellos en íntima relación con el comportamiento del medio ambiente. Los que son inseguros y sensibles tiene una mayor predisposición. A menudo, la frigidez es consecuencia de neurosis infantiles profundas, por una fijación excesiva de la madre.
—Pero doctor, usted se contradice, —alegó sorprendida—. Si no he tenido madre, ¿cómo puede achacarme una fijación materna?
—Se lo explicaré de otra manera, —adujo el médico sonriéndole—.
Verá, si un niño se siente inseguro, una manera de aplacar su angustia es aferrarse a otra persona que le infunda esa seguridad que necesita. Si en su temprana edad una persona logra obtener sobre un niño una importancia primordial y partes esenciales de los sentimientos orientados hacia ella han sido reprimidos, el niño queda entonces ligado a esa persona. Esa necesidad de protección se confunde a veces con el amor. ¿Me comprende? En su caso no ha encontrado a otra persona que sustituyese a su madre. Por ello, su inmadurez sexual va unida a una inmadurez de toda índole, que le ha hecho permanecer en un estadio en el que las exigencias heterosexuales son escasamente vigorosas.
Eurídice le había escuchado atentamente, pero al terminar movió negativamente la cabeza.
—Usted no me ha entendido bien, doctor. Puede que ese sea el motivo de que yo no sienta lo que debería sentir, pero es que aún es peor. Me quedo como agarrotada, como paralizada cuando un chico intenta algo y después, al mirar sus ojos, siempre creo ver el odio reflejado en ellos. Y luego…
luego empiezo a percibir niebla a mi alrededor. Entonces me asusto tanto, que desearía echar a correr.
Olea la observó atentamente.
—¿Y eso le ha ocurrido en todas las ocasiones?
Vaciló ella antes de contestarle, mientras sacudía de su pantalón un polvillo imaginario.
—Sí, solo con él no me pasó… al principio. Pero luego vi cómo la niebla avanzaba hacia nosotros. Por eso él se ha marchado, —terminó incoherentemente.
El médico se acodó en la mesa, intentando seguir el hilo de los pensamientos de ella.
—¿Se ha marchado porque vio usted niebla?
Eurídice se encogió de hombros.
—Supongo que le decepcioné. Cambió de actitud al darse cuenta de que no reaccionaba como las demás. —Hizo una pausa y añadió con amargura
—: No ha acertado al decirme que algunas personas me han querido. Paca me lo aseguraba, pero los domingos me dejaba en casa y se iba a la calle con un hombre gordo, que era su novio, sin importarle que me quedara sola.
A nadie le he importado y a él tampoco. Si yo pudiera sentir como todo el mundo, sé que me querría y yo daría algo porque eso fuese así.
Olea se acarició pensativamente la barbilla sin dejar de contemplarla.
—Descríbame las impresiones que experimentó esa noche con el mayor detalle posible. ¿Qué sintió en realidad?
Mientras lo meditaba, Eurídice fijó en el comprensivo semblante de él una mirada vaga.
—No lo sé. Había bebido tanto que me costó entender lo que me decía.
Creo que trató de insinuar que yo le gustaba, pero no estoy segura de que lo pensara realmente. Había intentado coquetear con él esa noche imitando a Leonor, porque pensé que con él podría marcharme de Montsalvatge. De niña me gustaba su compañía y ahora también, de la misma forma que entonces. Es absurdo, ¿verdad? No soy una niña y él tampoco es ya un chiquillo. Creo que pretendió hacerme entender que los dos nos habíamos hecho mayores, pero entonces fue cuando vi la niebla y cuando eché a correr completamente histérica. Desde entonces cambió en su manera de
comportarse conmigo y no es de extrañar, pero no llegué a saber si en sus ojos había odio, como en los de todos.
—Y esos ojos que ve, ¿de quién son, Eurídice?, ¿son de su primo?
—Sí, —reconoció abstraída—. Traslucen odio y siento deseos de morirme, porque me acusan y en el fondo sé que con razón.
Hablaba como para sí misma, como si se limitase a traducir las imágenes que se deslizaban por su mente, aunque no acabase de comprender su significado.
—¿De qué se siente culpable, Eurídice?
—¿Yo?, —se sorprendió—. No tome al pie de la letra lo que le he dicho. Sé que no lo soy, pero no puedo evitar el sentirlo. Eso también es absurdo, ¿verdad? Nunca le he hecho daño a nadie, al menos conscientemente. Al contrario, intenté hacer lo imposible porque todos me quisieran, pero no lo conseguí. Él me hablaba con cariño a veces, pero yo notaba que no me quería, ni cuando era niña ni cuando volví.
—¿Se refiere a su padre?
—Sí, —dijo sencillamente.
—¿Y son sus ojos los que ve en los de los chicos cuando la miran con cariño? ¿Lo traduce en odio, porque siente que no se lo merece?
Eurídice le miró extrañada.
—¿Por qué no me lo merezco? Ya le he dicho que nunca le he hecho daño a nadie.
—Pero subconscientemente no lo siente así. Los síntomas que me ha descrito corresponden a un profundo sentimiento de culpa.
La muchacha se quedó silenciosa, con el ceño fruncido. Luego musitó:
—Quizás se deba a que mi madre murió al nacer yo, pero no soy tan estúpida como para considerarme culpable por ello. No estaba en mi mano el haberlo evitado. —Hizo una pausa y después levantó ansiosamente sus ojos hacia el médico—. Dígame, ¿cree que puede residir en eso y solo en eso mi problema sexual? Si fuera así, no tendría más que liberarme de ese sentimiento de culpa. ¿No es eso?
Olea hizo un ademán evasivo.
—Esas consecuencias no suelen producirse por un solo motivo, sino con mayor frecuencia por un conjunto de ellos. Aún no sabemos qué es lo que le
sucedió en ese sendero y en ese incidente puede encontrarse también la respuesta. ¿Cuándo recibirá la carta que le pedí que me trajera?
Ella sonrió más animada.
—Espero poder traérsela muy pronto. No sabe cuanto le agradezco lo que está haciendo por mí. Yo necesito ponerme bien.
—Y se pondrá bien, ya lo verá. Ahora volverá a su casa y hará un esfuerzo por recordar. ¿Me lo promete?
En su semblante pudo leer Eurídice tanta comprensión, que se le humedecieron los ojos.
—Se lo prometo, doctor.
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