Entre la niebla
Capítulo 12
—¿Qué has venido a hacer aquí?
Eurídice trató de soltarse de su mano, pero él la condujo bruscamente hacia el coche, obligándola a introducirse en su interior, y se sentó luego ante el volante.
—Estoy esperando tu respuesta.
Le miró de soslayo y al ver que los ojos de él estaban clavados en su semblante, desvió inmediatamente los suyos hacia la calle, caldeada por el pálido sol de diciembre.
De nuevo se sentía atenazada por la angustia que experimentara al salir corriendo de Montsalvatge y con la misma inquietante sensación de peligro.
Un miedo tan intenso que se quedó inmóvil, incapaz de reaccionar, con la vista fija en los chiquillos que jugaban en la acera a perseguirse unos a otros. También ella había jugado de niña a algo muy parecido con Raúl y en ese instante se dijo que no era posible que el hombre temible que tenía a su lado fuese aquel muchacho, con unos años más. Tenía que tratarse de otra persona.
—¿Qué, no piensas contestarme?
Le costó un esfuerzo ímprobo recuperar el uso de su voz.
—He venido a visitar a un amigo.
—¿Y para visitar a un amigo has tenido que descolgarte por el balcón?,
¿a quién has venido a ver?
Su tono era tan duro que no se atrevió a levantar los ojos hacia él y los posó en su pantalón vaquero, de color azul oscuro, del que sacudió un polvillo imaginario.
—A un amigo. Ya te lo he dicho.
La bondadosa y comprensiva figura del médico acudió a su memoria y le pareció oír sus tranquilizadoras palabras. De sus manifestaciones había deducido antes que cabía dentro de lo posible que se hubiera equivocado en sus conjeturas respecto a Raúl y que todo fuera consecuencia de su tensión emocional, pero en ese momento llegó a la conclusión de que eso era imposible. El tempestuoso paisaje que había encontrado esa mañana colgado en el saloncito, sobre la chimenea, no podía haberlo pintado ella, aunque era inexplicable que alguien lo hubiera encontrado en el lugar donde Leonor y ella lo habían escondido. Era incapaz de subir sola al torreón y no sabía pintar al óleo y mucho menos reproducir aquel vendaval que asolaba arrolladoramente Montsalvatge y que era obra de un genio.
Y tampoco podía haber realizado ella todo lo demás. En ninguna circunstancia se hubiera atrevido a registrar el desván para buscar la ropa de Marta y colgarla en el armario de su cuarto y mucho menos hubiera podido escribirse a sí misma la carta de Marta que había recibido poco antes de que Luisa se casara. En Segovia, cuando llegó la carta, aún no tenía conocimiento de la tragedia que había acaecido años atrás en Montsalvatge, por lo que le pareció natural que su prima le escribiera y que la invitara a regresar a la isla. No, esa carta se la había enviado otra persona. ¿Y quién podía haber sido sino Raúl?
De improviso sintió que una rabia sorda contra él se entremezclaba al miedo que le inspiraba. Raúl tenía la culpa de todo. De que ella estuviera medio desequilibrada, de lo sucedido dos noches antes con Miguel en el sendero del acantilado cuando la niebla había estado a punto de asfixiarla, de que se viera obligada a marcharse de Montsalvatge. Absolutamente de todo. Su irritación la impulsó a reaccionar agresivamente, por lo que levantó desafiante la barbilla.
—No sé por qué tengo que darte explicaciones, —objetó en un tono altanero, muy distinto del suyo habitual—. Soy mayor de edad y tú no eres mi padre ni mi hermano.
Raúl había puesto en marcha el coche y, atento a conducir por las estrechas y retorcidas callejuelas del centro, no la miraba, pero como si el enfado de ella le hubiese producido el efecto de un chorro de agua fría sobre su cabeza, dulcificó inmediatamente su gesto.
—Efectivamente no soy tu padre ni tu hermano, pero me parece que tengo derecho a una explicación. Después de todo…
—Después de todo, estoy en tu casa, ¿no? Tienes razón, pero no te preocupes, porque no pienso darte la lata por más tiempo. Esta misma tarde me marcharé.
La envolvió en una mirada tormentosa.
—No digas tonterías, Eurídice, y tratemos de razonar en lugar de pelearnos. Me has interpretado mal. No he querido decir que porque vivas con nosotros tengas que pedirme permiso para ir a donde quieras.
Simplemente es que me intereso por ti. Esta mañana, al no contestar a nuestras llamadas has conseguido asustarme muy seriamente.
Se volvió a mirarle, sorprendida de su repentino cambio de actitud.
Parecía pedirle disculpas, incluso paro haberse preocupado por ella, pero su expresión pesarosa le produjo el efecto contrario del que hubiera cabido esperar. La hizo crecerse más todavía.
—¿Has tirado la puerta abajo?, —le preguntó con sorna.
Al oírla, se quedó desconcertado.
—No. He entrado en tu dormitorio por el mismo sitio por el que habías salido tú, por el balcón. Convendrás conmigo en que no es muy sensato que te hayas descolgado por la fachada.
—¿Y por qué no?, —replicó en el mismo tono hiriente—. Me parece una conducta que le cuadra perfectamente a una persona que se encuentra en mi situación.
—¿Qué quieres decir?
—Nada, —repuso sarcástica—. Después de mi gloriosa actuación de la Nochebuena, no creo que nada de lo que haga pueda sorprenderte ya.
Había enarcado las cejas como si tratara de entender el exacto significado de sus palabras.
—No sé a qué te refieres.
—¡Ah!, ¿no? Imagino lo que comentarías después, con Leonor y con Miguel.
Se dio cuenta de que lo que acababa de decir le había dolido a él y sintió una oscura satisfacción al ver su semblante ensombrecido. Raúl permaneció silencioso. Palma había quedado atrás y el automóvil recorría velozmente la
carretera, atravesando los campos que bajo el sol invernal mostraban sus más alegres tonalidades, exhalando un olor a tierra mojada. Cuando volvió a dirigirse a ella, lo hizo en un tono deliberadamente paciente.
—Habíamos quedado en razonar, Eurídice. Te comportas como una criatura y siempre a la defensiva. ¿Puede saberse qué es lo que te sucede?
Ella se echó a reír sin ganas.
—¿A mí? Si no lo sabes tú, que siempre lo sabes todo…
—¿Es esa la impresión que te doy?
—Más o menos. Es lo único que queda en ti del niño que fuiste, pero como no soy tampoco la niña que era, creo que no tengo que consultarte mis decisiones.
Le pareció a Eurídice que los músculos de la barbilla de él se atirantaban. Debía de estar haciendo un esfuerzo por dominarse.
—Nadie te lo discute, siempre que sean razonables. —Me alegro de que estemos de acuerdo, porque pienso volver todos los días a Palma, tanto si te parece bien como si no.
—Espero que en la próxima ocasión utilices la puerta, —replicó Raúl imitando mi tono sarcástico.
—Descuida que lo haré.
—Y… —Vaciló, antes de hacer la pregunta—, ¿puedes decirme quién es ese amigo por el que te has interesado tan repentinamente o consideras que mi curiosidad atenta contra tus libertades?
Levantó nuevamente la barbilla con altanería.
—Puedes preguntarlo, pero no pienso contestarte.
Un silencio pesado cayó entre los dos. A lo lejos comenzaba a vislumbrarse el mar, con el pueblecito enclavado al pie del promontorio y un poco más a la derecha, el camino que desde la carretera llevaba a la finca. Ante su proximidad, nuevos pensamientos la inquietaron. ¿Qué habría pensado tía Elvira de su escapada matinal?, ¿qué habrían pensado los demás? Tenía que haberles parecido a todos absurda a irrazonable, porque ignoraban sus motivos. Sin duda tía Elvira se habría llevado un buen disgusto. Ella no tenía la culpa de nada de lo que estaba sucediendo y tenía los nervios suficientemente alterados desde la muerte de Marta, como para que le proporcionasen una preocupación más.
—¿Se ha enterado tu madre?, —le preguntó a media voz.
—Sí, me he alarmado al no encontrarte en tu dormitorio y no se me ha ocurrido ningún cuento que contarle.
—¿Y Leonor?
—También. Estaba conmigo cuando hemos subido a llamar a la puerta de tu habitación.
—Entonces, ¿en la Escollera lo saben todos?
Al ver su gesto de asentimiento, Eurídice se rebulló inquieta en su asiento, imaginando sus comentarios. Si el espectáculo que diera en Nochebuena a causa de la niebla no les había bastado para llegar a la conclusión de que ella tenía la cabeza completamente grillada, ahora no albergarían ya ninguna duda. ¿Qué opinaría Miguel? Enrojeció hasta la raíz del cabello al evocar su rostro y la borrachera de aquella noche, No quería recordarlo y el afán de borrarlo de su mente le indujo a formularle una nueva pregunta a Raúl.
—Dime una cosa, ¿cómo has dado conmigo?
Una sonrisa irónica distendió sus angulosas facciones.
—No soy tan tonto como supones. Al ver que no estabas en tu cuarto y que el balcón estaba abierto, he cogido el coche y he salido en tu busca. He llegado a la carretera cuando tú tomabas el autobús y no he tenido más que seguirlo. Como verás, ha sido bastante sencillo.
La seguridad de su tono volvió a irritarla.
—Sencillísimo. Te agradezco el interés que me has demostrado y respetuosamente voy a pedirte que me dejes en paz.
Frenó él bruscamente, deteniendo el coche en lo alto del camino, a pocos metros del borde del acantilado.
—Eurídice, ¿quieres hacerme un favor? Baja del coche y demos un paseo para apaciguar nuestros nervios.
Sobresaltada dirigió ella una recelosa mirada en torno, para terminar clavando los ojos en el abismo, tan próximo a ellos y tan inquietante.
—¿Por qué paras aquí?
—Para hablar contigo con calma. No puedo hacerlo en casa delante de todos y tengo que decirte una cosa.
—Pues no quiero bajar, —se rebeló obstinada, sintiendo un miedo pavoroso al comprobar lo solitario que se encontraba el lugar en que se hallaban. Le resultaría tan fácil arrojarla por el precipicio de un empujón.
Después podría fingir que la había encontrado destrozada al pie del acantilado y a nadie le extrañaría. Pensarían que se había escapado de la casa para quitarse la vida. Incluso Leonor lo creería.
—Vámonos de aquí, —le dijo en un susurro, aferrándose con ambas manos al asiento—. Lo que tengas que decirme, me lo dices más tarde o no me lo digas nunca, lo dejo a tu elección.
Él había salido ya del vehículo y después de abrir la portezuela de ella, tiró de su brazo, intentando vencer su resistencia.
—Eurídice, ¿no puedes ser razonable por una vez? Tengo los nervios de punta y sabes que nunca he podido permanecer mucho tiempo quieto. Anda, sé buena chica y baja de ahí.
Aterrorizada al percatarse de que la estaba sacando en volandas, le empujó en cuanto logró poner los pies en el suelo y luego fue a parapetarse tras el automóvil, dispuesta a echar a correr si él iniciaba un solo paso en su dirección.
—Te escucho, —balbuceó, disimulando el miedo que experimentaba.
—Bueno, no es necesario que pongas esa cara de mártir ni que te escondas detrás del coche. Así no me facilitas precisamente la tarea.
Creyó captar un doble sentido en sus palabras y midió visualmente la distancia que la separaba de la casa. El sendero se extendía zigzagueante sobre la cima del acantilado, dando vueltas y revueltas. La alcanzaría él con seguridad antes de llegar a la casa, por mucho que corriera. No, tenía que aparentar que no sospechaba nada y aprovechar cualquier oportunidad.
—De acuerdo, ¿qué querías decirme?, —le preguntó en tono normal, dando la vuelta al vehículo y apoyándose contra la portezuela más alejada del abismo.
—Verás. La otra noche te vi hablar muy animada con Pedro Olmedo.
¿Le recuerdas?
—Por supuesto, —rezongó irónica, imaginando lo que se avecinaba, pero sin descuidar la guardia.
—Es psiquiatra y le he comentado… le he comentado lo alterada que estás últimamente. Soy cirujano y no entiendo demasiado de estas cosas, pero él podría ayudarte.
—¿Cómo?
—No te pongas a la defensiva, Eurídice, —replicó, perdiendo la paciencia—. Opino que te vendría bien hablar con él, porque puede solucionarte tus problemas.
—Y yo te repito que cómo. ¿Tal vez ingresándome en un manicomio?
—¿Por qué dices esa tontería? —El moreno semblante de él se había contraído visiblemente.
—No es una tontería. ¿Crees acaso que no sé lo que estás tramando?
¿Crees que no sé lo que maquinas? Hace mucho tiempo que salí del cascarón. Al principio me costó trabajo entenderlo, pero poco a poco he ido atando cabos.
¿Piensas que no sé lo que le sucedió a Marta? Sí, poco más o menos en este mismo lugar. ¿Acaso supones que no lo sé? Raúl se había ido quedando pálido como la cera conforme ella hablaba y hablaba, cada vez más exaltada.
Gesticulaba nerviosamente y se había aproximado al borde del precipicio para mirar a sus pies, como si todavía esperara encontrar entre los escollos el cuerpo de su prima.
—¿Qué es lo que sabes?, di. —La voz de Raúl había sonado tensa, alarmada.
Sin moverse, Eurídice desvió los ojos de los riscos y los levantó hasta el rostro de él. La miraba alteradísimo y de improviso un estremecimiento la recorrió entera. ¿Dónde había visto antes aquella misma expresión? Sí, eran los mimos ojos, los mismos ojos que la contemplaban entre la niebla, duros, amenazadores, cuando ella intentaba correr paralizada por el miedo. Su descubrimiento le produjo un dolor agudo y por un momento su vista se nubló. Se apartó del coche e intentó alejarse de él. Trató de asirse a algo y sus manos buscaron inútilmente a su espalda algo a lo que agarrarse.
Entonces se dio cuenta de que estaba al borde mismo del acantilado y dio un grito.
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