Entre la niebla

Ursula Llanos · Capítulo 12 de 23

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Entre la niebla

Capítulo 11

Dormí mal esa noche. Una y otra vez me incorporé ansiosamente en la cama, asaltada por la misma persistente pesadilla. Me veía a mí misma corriendo por aquel sendero, mientras la niebla me iba envolviendo lentamente. Subía hasta mi cuello asfixiándome y, aunque intentaba gritar, ningún sonido se escapaba de mi garganta. Después aquellos ojos que me miraban. Eran unos ojos oscuros, profundos, que me observaban desde lejos, acercándose más y más. El viento gemía a mi alrededor, zarandeándome, y quería correr, quería huir de allí, sin conseguir que mis piernas me obedecieran, mientras un dolor agudo me oprimía, me atenazaba.

Me desperté de pronto con la frente perlada de sudor. El sol se filtraba por los resquicios de las cerradas contraventanas del balcón. Tenía la garganta seca y la cabeza pesada. Confusamente recordé los sucesos de la noche anterior. A Miguel en el sendero de regreso a la casa y la niebla, sí sobre todo la niebla, que me había ido acorralando poco a poco, hasta hacerme gritar enloquecida y a emprender después aquella desenfrenada carrera, chillando, sollozando. Debía haberme puesto completamente histérica, porque la bofetada de Raúl todavía me escocía. Enrojecí al recordarlo. ¿Qué pensarían ahora todos de mí? Pensarían que estaba completamente chiflada, como Raúl pretendía que creyeran. Y lo malo era que les había dado sobrados motivos para considerarlo así.

Con dificultad me puse en pie. La cabeza me dolía terriblemente y la escasa luz que iluminaba la habitación me hacía daño en los ojos. Alguien se aproximaba a mi dormitorio pues unas pisadas resonaban por el pasillo, cada vez más cercanas. Vacilante, me dirigí a la puerta para echar el cerrojo y luego me apoyé contra la hoja de madera. No quería ver a nadie.

Necesitaba esta sola para reencontrarme a mí misma y entenderme. Me tapé la cara con las manos y permanecí en esa posición unos segundos. Las retiré al oír que llamaban a la puerta con los nudillos y luego reconocí la voz de Leonor.

—Eurídice, ¿puedo entrar?

No contesté a su llamada ni a ninguna de las que se fueron repitiendo a lo largo de la mañana. ¿Qué me importaba mí que ese día fuera Navidad?

¿Qué me importaba que los Olavide nos esperasen en la Escollera para comer? Lo pasé encerrada en mi dormitorio, a ratos durmiendo y otros tumbada boca arriba con la vista clavada en el techo, sin hacer absolutamente nada. Mis habituales temores habían dejado paso a una total indiferencia. Imaginaba que hablarían de mí, lamentándose del estado en el que me encontraba, pero tampoco me importaba. Todo me daba igual.

Fue a la mañana siguiente cuando descubrí aquello. Me había levantado trabajosamente, sintiéndome débil después de un día entero de ayuno y me puse la bata sobre el camisón, para bajar a desayunar.

No estaba la mesa camilla dispuesta con las tazas y la cafetera en el cuarto de estar, por lo que me encaminé hacia el saloncito, esperando encontrar en esa estancia a tía Elvira. Desde el umbral lo vi. No sé qué fue lo que atrajo mi mirada en esa dirección, pero sentí como si un imán me obligara a clavar los ojos en el cuadro que pendía sobre la chimenea. Me llevé las manos a la boca para no gritar. Luego me quedé quieta, como paralizada, contemplando, sin querer creer lo que veía, el vendaval que se desencadenaba en el cuadro. El mismo lienzo que Leonor y yo habíamos encontrado inacabado en el torreón y que habíamos escondido en el desván, debajo de un sofá. ¿Pero cómo era posible? Ahora estaba terminado, aunque sin marco. Alguien lo había colgado del clavo de la pared por el bastidor, con la pintura aún fresca, porque podía percibir el olor a óleo y a aguarrás desde la puerta de la habitación.

Sentí que el corazón empezaba a latirme tumultuosamente. Como idiotizada permanecí agarrada al quicio de la puerta, mirándolo fijamente.

Vagamente advertí que la marina que colgaba anteriormente en ese mismo lugar había desaparecido, pero no conseguí recuperar el uso de mis miembros hasta que el rumor de conversación que provenía de la biblioteca

me obligó a reaccionar, apartándome del lugar en el que me hallaba, para dar media vuelta y a subir corriendo a mi dormitorio.

Una vez dentro de mi cuarto, me senté en la cama. Tenía que pensar algo deprisa. Tenía que ocurrírseme algo, porque si Leonor llegaba a ver el cuadro en el saloncito no dudaría en creer que había sido yo la que lo había colgado sobre la chimenea y ella era mi única aliada. Apresuradamente me dirigí hacia el armario, decidida a vestirme, pensando que lo mejor sería que, una vez arreglada, bajara cautelosamente y lo escondiera en cualquier lugar. Sí, eso sería lo mujer. Buscaría la marina que, quienquiera que fuese, había descolgado de la pared y la volvería a colocar sobre la chimenea.

Fue al remover las prendas que pendían de la barra del armario para coger los pantalones vaqueros que me había comprado en Palma, cuando la vi. La marina que había desaparecido estaba en el fondo, tras ellos, oculta detrás de mi ropa. Noté que me tambaleaba y dando traspiés reculé nuevamente hasta la cama, donde me caí sentada. Era inexplicable lo que me estaba sucediendo. ¿Cómo habría podido llegar el cuadro hasta mi cuarto, si no había salido yo de él desde que Raúl me propinara aquel tremendo bofetón?

Desorientada pasé una mano por mi frente y al notarla áspera me miré las yemas de los dedos. ¿Qué era aquello? Me aproximé al balcón para abrir las contraventanas y a la luz del día las examiné sin querer dar crédito a lo que veía. Si. No cabía duda, tenía las manos impregnadas de pintura. El olor de mis dedos a óleo y a aguarrás era inconfundible. ¿Pero cómo habría podido manchármelas mientras dormía?

Me invadió un infinito terror y di un salto estremecida al oír la voz de Leonor, pidiéndome que la dejara entrar. Si ella llegaba a ver mis manos, creería… sí, creería que yo había estado en el torreón acabando el lienzo que ahora estaba en el saloncito. Pero… si yo no había salido de mi dormitorio en veinticuatro horas…

Había sido una estúpida al emborracharme en la Nochebuena. Raúl lo debía tener todo planeado y habría aprovechado el momento en que subió a mi habitación y me hizo tomar un medicamento contra el mareo, para guardar la marina en el armario y dejar caer unas gotas de óleo sobre mis dedos. También podía haberlo hecho después, mientras yo dormía la mona.

A toda prisa me dirigí al cuarto de baño y me froté enérgicamente las manos hasta que desapareció todo vestigio del óleo. También me lavé la cara y el agua fría me aclaró algo la mente. ¿Pero quién habría podido pintar el lienzo? Raúl era una nulidad en ese terreno y el paisaje era la obra de un gran artista, aunque reflejaba una personalidad atormentada. La de alguien que veía el mundo asolado por un huracán que lo aniquilaba todo.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, al darme cuenta de que así era como lo veía yo. Entonces… Me quedé inmóvil, demasiado sorprendida para realizar el menor movimiento. Tenía que haber sido alguien que me conociera bien, que adivinara incluso y fuera capaz de plasmar en un lienzo las sensaciones que provocaba en mí la hostilidad de un mundo en el que me sentía sola. ¿Quién podía ser esa persona?

Aún seguía dándole vueltas a la pregunta, cuando respingué sobresaltada al oír a Raúl golpear la puerta amenazándome con tirarla abajo si no descorría el cerrojo.

Bruscamente tomé una decisión. Me vestí apresuradamente con los vaqueros y el holgado jersey blanco de la noche anterior y luego abrí cautelosamente el balcón. El campo, cubierto de pinos, se extendía solitario ante mis ojos. Nadie me vería si me descolgaba por la fachada, ayudándome con las ramas del árbol que crecía a mis pies. En innumerables ocasiones me había valido de ese pino para descender al suelo cuando era niña y sabía que era fácil. Ya no era una niña, pero pesaba poco y seguía siendo igual de ágil, por lo que me resultó muy sencillo abandonar mi habitación por ese procedimiento. Poco después corría por el camino que bordeaba el acantilado, volviendo de vez en cuando la cabeza para comprobar si alguien me seguía y no me detuve hasta que, jadeante, llegué a la carretera. Esperé impaciente el autobús que me llevaría a Palma y cuando unos minutos más tarde llegó a la parada y me subí al vehículo sentándome junto a la ventanilla, respiré con más tranquilidad.

Apenas presté atención al paisaje que discurría ante mi vista, ya que mi mente estaba concentrada en un solo pensamiento. Tenía que llegar a Palma y una vez allí buscaría en una guía de teléfonos la dirección del psiquiatra del que me había hablado Leonor. Aún recordaba su nombre. El doctor Olea

podría decirme sin estar influenciado por Raúl, cuál era mi estado mental, porque yo ya no sabía qué pensar.

El autobús me dejó en una soleada plaza, donde unos chiquillos jugaban a perseguirse unos a otros. Les sorteé, dirigiéndome a una cafetería donde pedí el listín de teléfonos y con la dirección escrita en un papelito, volví a salir a la calle, deteniéndome indecisa en una esquina.

Un hombre se me acercó para preguntarme si necesitaba algo. Llevaba una gorra de chófer en la cabeza y me explicó cómo podía encontrar la calle a la que me dirigía. Dándole las gracias eché a correr y no me detuve hasta que encontré el edificio y subí sin aliento hasta el tercer piso.

Eurídice terminó su relato, notando la garganta seca. Olea la había escuchado con atención, sin interrumpirla, tomaba notas en un cuadernito y al fin levantó los ojos hacia ella.

—Bien. Usted ya no está segura de no haber cometido esos…

llamémoslos actos, que le parecen absurdos.

Con sus grandes ojos azules muy abiertos, ella le observó sin pestañear.

—Estaba completamente segura hasta esta mañana, pero ahora ya no sé qué pensar. Cuando he visto el cuadro colgado sobre la chimenea… no sé cómo explicárselo, doctor, pero he creído que me iba a dar algo. Como ya le he comentado, soy muy miedosa y me considero incapaz de subir al torreón yo sola. Tampoco sé pintar, carezco por completo de aptitudes artísticas y sin embargo…

—¿Y sin embargo…? —repitió el psiquiatra en tono interrogante.

—Y sin embargo ese cuadro plasma el paisaje que se divisa desde el torreón de la casa como si el pintor hubiera sido capaz de introducirse dentro de mí y de verlo con mis ojos. Desolado, anegado por la tempestad.

¿Quién puede haber sido el pintor que ha logrado traducir con sus pinceles los sentimientos que experimento? Solo podría Marta y ella ya no está. Ella quería pintar el viento y en ese cuadro lo ha conseguido. ¿Cree que ha podido hacerlo desde el más allá?

Olea no le contestó. Impasible, tabaleaba con un lápiz sobre la mesa.

—Dígame, ese primo suyo, al que atribuye la intención de volverla loca,

¿qué ganaría con ello?

La muchacha hizo un gesto vago.

—Supongo que me heredaría su madre y con ese dinero él podría conservar la finca. Lo supongo, porque no tengo otros parientes. Raúl pretende que me reconozca un psiquiatra amigo suyo, al que seguramente habrá influenciado para que diagnostique que mi estado mental no es normal. Por eso he venido, para que usted me diga qué puedo hacer. Quiero saber si hay alguna posibilidad de que esté trastornada. —Al advertir su sonrisa, le aclaró—: Quiero decir si es posible que alguien realice cosas como las que le he contado, sin darse cuenta.

Esperó ansiosamente su respuesta negativa, pero no se la dio. El médico se limitó a retreparse en su butaca sin perder su aire paternal.

—Vamos a ver, analicemos los hechos. Todos esos actos, que usted ha calificado de absurdos, giran en torno a su prima. Usted la quería muchísimo y ella murió cuando ya había regresado a Segovia con sus padres. Como no sabía que había muerto, no se extrañó al recibir su carta y al llegar a Montsalvatge y enterarse de su fallecimiento fue cuando comenzó todo, ¿no es así?

—Más o menos.

—¿Más o menos?, ¿en qué me he equivocado? —Solamente en el enfoque. Lo dice usted de una manera que parece significar que al enterarme yo de que Marta había muerto, comencé a hacer cosas raras.

Olea se echó a reír.

—Bien, se lo preguntaré de otra forma. ¿Por qué no le escribió a su prima durante los años en que permaneció lejos de Mallorca? Me ha dicho que la quería muchísimo.

—Sí, es la persona que más he querido.

—Entonces, ¿por qué no trató de mantener una relación con ella?

El semblante de Eurídice expresó infinita sorpresa.

—No lo sé, doctor. Últimamente también me lo he preguntado yo.

Hubiera sido lo natural, ¿verdad?

—Yo diría que sí. ¿Acaso encontró otra amiga en la que volcara todo su afecto? ¿Su madrastra, por ejemplo?

—No, no he tenido nunca otra amiga, ya le he dicho que soy más bien reservada. En cuanto a Luisa… para mí ha sido lo más parecido a una madre.

—Y al encontrar a Luisa, se olvidó de Marta, ¿no?

—¿Olvidarla?

—¿Se acordaba de Marta?

Eurídice se mantuvo muy quieta, reflexionando.

—Yo… creo que no.

—¿Tampoco se acordaba de Montsalvatge?, ¿de su tía, de sus primos?

Acodado en la mesa, Olea captó la perplejidad que asomaba a las claras pupilas de la muchacha.

—Pues ahora que lo dice, creo que no.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Creo… creo que les olvidé. Que Montsalvatge se me borró de la mente.

—Y sin embargo, les recordó en cuanto se enteró de que su madrastra iba a volverse a casar. ¿No es así?

Eurídice tardó en contestarle. Parecía reflexionar intensamente.

—Pues… sí, les recordé, porque Luisa me habló de ellos y porque a continuación Marta me escribió. —Pasó cansadamente una mano por su frente y añadió—: Pensará que tengo muy mala memoria y no es cierto, aunque, como le he dicho antes, no sé por qué me marché de Montsalvatge ni puedo recordar el momento de mi despedida.

—¿No sería usted misma la que llamara a sus padres para que vinieran a la isla a recogerla?, —insinuó él—. Quizás tuvo algún disgusto con sus familiares…

Después de meditarlo, ella meneó negativamente la cabeza.

—No, no lo creo. Me sentía feliz en Montsalvatge. A Luisa no la conocía apenas y mi padre y ella nunca vinieron a verme. Estaban demasiado ocupados con su trabajo, ¿comprende? Recibí alguna cara de mi padre por Navidad durante esos años, pero nada más. Habían transcurrido ya cuatro desde que me mandaron aquí con mis parientes, por lo que comprenderá que para mí eran casi unos desconocidos.

Olea asintió y tomó unas notas.

—Bien, hemos quedado en que no recuerda por qué se marchó de Mallorca, pero sí los días que antecedieron a su partida.

—Sí, era Navidad y nos divertíamos de lo lindo. Juan y Raúl habían venido a casa a pasar las vacaciones y Marta y yo casi no les reconocimos por lo mayores que estaban. Me acuerdo de todo perfectamente, exceptuando el día en que me marché.

El psiquiatra se acarició pensativamente la barbilla.

—Me ha dicho que a su madre no la conoció y que con su madrastra se llevaba bien.

—Sí, nos apreciamos mutuamente desde el primer momento. Es una mujer muy alegre y cariñosa.

—Cuénteme algo de los años que ha pasado con ella.

Eurídice comenzó a hablar de nuevo, sorprendida de que las palabras fluyeran de sus labios con tanta facilidad. Quizás se debiera a la expresión con que la escuchaba Olea, paciente, comprensivo, como si para él el tiempo que iba transcurriendo no tuviese importancia y su única ocupación fuese permanecer acodado en su mesa, contemplándola. De la época de Segovia pasó sin transición alguna a referirle nuevamente los últimos sucesos acaecidos en Montsalvatge. Su voz denotaba ahora claramente su angustia.

—Todo fue a causa de la niebla. Ya sabe que me aterroriza.

—Respecto a esa cuestión, hemos quedado en que de niña no le inspiraba ningún miedo y que la primera vez que lo experimentó fue al regresar a Segovia. ¿Tal vez relacionado con algo particularmente penoso?

Eurídice parpadeó, manifestando cierta desorientación.

—No, no que yo sepa. Comenzó a aterrorizarme de pronto, porque sí.

No he presenciado nunca ningún accidente ni tampoco ninguna catástrofe.

Como le he dicho, mi vida ha sido aburrida y monótona. Me he llevado disgustos, como todo el mundo, pero no espectaculares, si es a eso a lo que se refiere.

—¿Está segura?

—Sí, completamente.

Tomó él nuevas notas y luego fijó nuevamente los ojos en su rostro.

—Volvamos al tema de sus pesadillas. Me gustaría que me las refiriese de la forma más detallada posible.

La expresión de Eurídice se alteró visiblemente. Tuvo que hacer un esfuerzo para que su voz no temblara.

—Ya le he contado las que guardan relación con la muñeca. Cuando Leonor me regaló una muy parecida a la que veo en sueños, pensé que el corazón se me detendría dentro del pecho y por un momento creí estar soñando despierta. Esa misma sensación la he experimentado también otras veces. Sí, cuando Juanita dijo que había subido yo al desván y todos pensaron que había sido la que había revuelto los baúles guardados allá arriba para buscar la ropa de Marta y colgarla en el armario de su cuarto, sentí algo parecido. Y también cuando esa chica afirmó que había sido yo la que había escondido el cuadro de mi abuelo. Le parecerá incomprensible, doctor, pero no puedo defenderme cuando alguien me acusa. Me quedo como paralizada.

—¿Como paralizada?

—Sí, siento un terror absurdo, un terror del que no llego a determinar la causa ni a qué va dirigido, aunque… ahora me doy cuenta de que en parte revivo esas pesadillas. Suelo ver una niebla espesa a mi alrededor y algunas imagines difusas que se desvanecen antes de que pueda darles formas. Es verdaderamente angustioso.

—Lo comprendo.

—¿Y no le parece que es estúpido? Si en esas ocasiones me hubiese explicado, todos me habrían creído. ¿Pero qué se puede pensar de una persona que sale corriendo y se encierra en su cuarto? Me digo a mí misma que mi manera de comportarme carece de lógica, pero no lo puedo evitar, como no puedo evitar aterrorizarme ante la niebla. ¿Opina que lo que le estoy diciendo tiene sentido?

—Desde luego que lo tiene.

—Entonces, ¿ha llegado ya a alguna conclusión?

—Sería un tanto prematuro, ¿no cree?

—Pero es que necesito saberlo, doctor. Necesito que me dé una explicación de lo que me ocurre.

Olea sonrió.

—Se la daré, pero no tan precipitada. Ahora sea buena chica y cuénteme qué es lo que ve en sus pesadillas.

—Es que es todo muy confuso.

Se inclinó él sobre la mesa, animándola a continuar.

—Vamos, cierre los ojos y trate de verlo con la imaginación.

Descríbame todo lo que pase por su mente.

La muchacha obedeció, apoyando la cabeza contra el respaldo. Su semblante empezó a empalidecer conforme iban perfilándose las siluetas borrosas entrevistas en sus sueños.

—Me veo a mí misma en un sendero bordeado de maleza. La niebla difumina las siluetas de los árboles y sé que corro detrás de alguien, aunque no distingo quién es, tratando de alcanzarle. Después… noto un dolor muy agudo en el pecho. También una angustia enorme y deseos de gritar. Luego un terror inmenso, infinito.

Abrió los ojos asustada.

—Es horrible, doctor, es algo espantoso. No quiero pensar en ello.

La voz del médico sonó tranquilizadora.

—Vamos, vamos, cierre de nuevo los ojos y sea una buena chica.

Hemos quedado en que corría por un sendero. ¿Puede verse a sí misma?

Descríbame la ropa que lleva.

Aún estremecida por el miedo, Eurídice obedeció.

—Sí, —musitó con voz débil—. Hace frío y llevo un anorak azul heredado de Marta y unos pantalones que se le han quedado pequeños. En la cabeza llevo un lazo muy grande. Yo… soy una niña.

Aterrada, abrió los ojos y empezó a temblar.

—Vamos, vamos, —la tranquilizó el médico con voz persuasiva—.

Cierre de nuevo los ojos y apoye la cabeza en el respaldo del sillón. ¿Está mejor?

—Sí, —admitió ella obedeciéndole.

—Dígame ahora cómo es ese sendero.

Tardó ella en volver a tomar la palabra.

—No lo sé, está muy borroso. El mar está muy cerca, porque lo oigo arremeter contra el acantilado. —Se levantó bruscamente de la butaca con

las pupilas dilatadas por el espanto—. ¡Oh, doctor!, es el sendero de Montsalvatge, el que bordea la cima del acantilado.

Olea se había puesto también en pie y sorteando la mesa, le puso paternalmente una mano sobre el hombro.

—Vamos, tranquilícese y tome asiento de nuevo.

—No quiero, doctor, no quiero, —se resistió, temblando como una hoja.

—Eurídice, no sea niña y trate de recordar. Haga un esfuerzo. La zarandeó nuevamente hasta que recuperó el dominio sobre sí misma y se dejó caer cansadamente en la butaca.

—No sé, creo que no hay nada más.

Acurrucada en el sillón, se asemejaba a una criatura que se encontrase al límite de su capacidad de resistencia. Luego se incorporó para clavar en él sus inmensos ojos azules.

—Dígame, ¿qué opina de todo ello?

Olea se encogió evasivamente de hombros.

—Ya le he dicho que no puedo darle un diagnóstico tan prematuro. Si le parece bien, continuaremos mañana. Y no se preocupe que resolveremos su problema. Estoy aquí para ayudarla.

—Pero doctor, no puedo esperar. Me he escapado de casa y no tengo a dónde ir. Necesito que usted me ayude.

—Y lo haré, Eurídice, se lo prometo.

—Entonces, dígame qué es lo que me ocurre. No puedo volver con mi familia sin saberlo. Raúl está allí y tengo miedo. Tampoco puedo regresar a Segovia, porque para Luisa sería un estorbo y yo sola… sola no soy capaz de ir a ninguna parte, compréndalo.

—¿Por qué no? Ya es mayor de edad y no tiene problemas económicos.

¿Por qué no?

Una niña que se hubiera perdido en una ciudad desconocida no tendría una expresión muy diferente a la que traslucía la muchacha que Olea tenía sentada en frente.

—Porque no, —refunfuñó.

—Bien, le repito que sería prematuro hacer un diagnóstico. Puedo decirle, eso sí, que presenta usted una inmadurez afectiva importante, como consecuencia de lo abandonada que se ha sentido en su infancia. No es

extraño, puesto que no ha conocido a su madre y su padre no ha podido ocuparse mucho de usted. Por esa razón se ha refugiado en la imagen de su prima, mitificándola, como una defensa contra un mundo que le parece hostil. Creo también que hay un recuerdo de su niñez especialmente penoso que ha tratado de olvidar sepultándolo en su subconsciente y que aparece en sus pesadillas. Los traumas psíquicos intensos provocan con cierta frecuencia la aparición de una amnesia. Sobre todo en las personas que, como usted, son demasiado sensitivas.

Eurídice le escuchaba atentamente, con los ojos muy abiertos.

—¿Amnesia? Pero yo… yo tengo muy buena memoria.

—No lo dudo. La amnesia se refiere solamente a un pequeño período de su vida. A algo que le ocurrió en ese sendero y que no quiere recordar.

Ella meneó vigorosamente la cabeza.

—Le aseguro que sí quiero. ¿Por qué no habría de querer recordarlo? Le aseguro que no me ha ocurrido nada en ese sendero. Es solamente una pesadilla.

Olea disimuló una sonrisa, como si estuviera acostumbrado a reacciones similares en otros pacientes.

—Eso es lo que quiere creer, pero no es así. Es el mecanismo habitual.

Constituye una reacción lógica del subconsciente para borrar un sufrimiento demasiado intenso, la forma de lograr un equilibro psíquico. ¿Me entiende?

—Sí, pero entonces… las cosas raras que están sucediendo en Montsalvatge… —alegó ella con inquietud creciente.

—Aún no puedo darle una respuesta. Podrían ser consecuencia de su tensión emocional, pero también podría tener usted razón al sospechar de ese primo que obtendría un beneficio económico si le nombraran su tutor al incapacitarla.

—O al heredarme, —apostilló, aunque últimamente se inclinaba más bien a considerar que Raúl prefería internarla, a cometer con ella un acto de violencia.

—Sí, también en ese caso.

Desorientada. Eurídice se retiró la melena de su rostro.

—O sea, que aún no podemos descartar ninguna de las dos posibilidades, ¿no es así?

—Efectivamente.

Se retrepó ella en la butaca con la mirada fija en la punta de sus dedos.

Parecía estar recapacitando sobre las consideraciones que le había efectuado el médico y tardó en levantar sus ojos hacia él. Cuando lo hizo, su expresión era tímida.

—Piensa usted entonces que podría haber realizado yo todas esas cosas absurdas sin saberlo, aunque me horrorice la oscuridad y consciente sea incapaz de subir sola al desván. Y no digamos al torreón. Me moriría de miedo. Pero de haber sido yo, tendría que estar rematadamente chiflada.

El médico sonrió, divertido por el énfasis con el que se expresaba.

—Cabe dentro de lo posible que haya sido usted la autora de esos hechos, pero aun así no habría motivo para considerarla loca. Muchas personas, antes que usted han padecido síndromes similares y han quedado completamente curadas.

Se quedó unos instantes pensativa, como si estuviera rememorando todos y cada uno de aquellos incidentes inexplicables.

—Dígame, en el supuesto de que hubiera sido yo la que hubiera cometido esas… esas cosas absurdas y que ese comportamiento fuera consecuencia del trauma que me atribuye, ¿qué tendría que hacer?, ¿cómo podría remediarlo?

El médico sonrió paternalmente.

—Verá. En el caso de que el suceso traumático que está relacionado con esos actos pueda ser reconocido y expresado abiertamente, de modo que llegue a hacerse plenamente consciente y sea elaborados y descargado intrínsicamente, desaparece el estado anormal que ha provocado. Ya le he comentado que las personalidades sensitivas, como la suya, se hallan particularmente en peligro de sufrir conflictos internos bajo la influencia de vivencias desagradables, porque las suelen reprimir con más frecuencia que las demás personas.

Con los ojos muy abiertos, intentó ella seguir la explicación que le estaba dando.

—¿Y qué consecuencias puede producir todo eso?

—La evasión hacia la inconsciencia para conservar la tranquilidad anímica, por medio de autoengaños que no llegan a hacerse plenamente

conscientes.

Se interrumpió al ver la expresión de perplejidad de ella.

—Perdone. Los médicos tenemos la mala costumbre de expresarnos en una jerga incomprensible para el paciente. Creo que no ha entendido ni una palabra. ¿No es así?

Ella hizo un gesto afirmativo.

—Nada en absoluto.

—De acuerdo. Se lo diré de una forma más sencilla. Bastará con que recuerde lo que le sucedió en ese sendero y le haga frente, por muy penoso que sea para usted. Y tenga presente que, pase lo que pase, puede contar conmigo. Le ayudaré a traerlo a la memoria.

—Pero…

—Y ahora debe regresar a Montsalvatge. Le daré mi número de teléfono por si me necesita. Y no tenga miedo. Si vuelve a sucederle alguno de esos pequeños absurdos, comuníquelo inmediatamente. En cualquier caso, ya sabe que la espero mañana.

Cuando la puerta de la consulta se cerró a su espalda, Eurídice bajó la escalera sintiéndose liberada de un gran peso. Olea no se había sorprendido ante su relato, sino que, por el contrario, se había mostrado comprensivo y la había estimulado con su actitud. Volvería al día siguiente y seguiría al pie de la letra sus instrucciones.

Respiró hondo al salir a la calle y notar la caricia del sol sobre su rostro, pero su euforia se desvaneció en el acto, Un hombre alto, vestido con ropa deportiva, acababa de bajar de un coche aparcado delante del portal y acercándose a ella la tomó rudamente del brazo. Sobresaltada reconoció a Raúl.

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