Entre la niebla
Capítulo 16
Miguel regresó a Mallorca al día siguiente y se dirigió directamente a Montsalvatge. En la casa encontró únicamente a Leonor, que leía un libro en la biblioteca con expresión malhumorada, pero al verle entrar dejó escapar un gritito de alegría y se puso en pie de un salto, echándole los brazos al cuello.
—Pero si es mi querido orangután que por fin se ha decidido a regresar,
—exclamó contentísima.
Impaciente, se la quitó de encima y la muchacha esbozó un mohín de disgusto.
—No vuelves muy cariñoso. ¿Te ha ido bien en Madrid? Me recuerdas… Se llevó cómicamente una mano a la frente como si estuviese pensando intensamente. —… sí, me recuerdas a un erizo con todos los pinchos de punta. ¿Puede saberse que te sucede o estás tan enfurecido que prefieres no contestarme? Deberías al menos peinarte un poco, porque con ese mechón que te cae sobre la frente pareces un galán de primeros del siglo pasado.
Se acercó a él con tal intención, pero Miguel volvió a apartarla con brusquedad.
—¿Dónde está Raúl?
—Pues no lo sé, —repuso Leonor, aparentando indiferencia—. ¡Ah!, sí, ahora me acuerdo que ha salido a partir leña hace un rato. Últimamente le ha dado por descuartizar leños con un hacha enorme, que me eriza nada más verla, aunque tiene una eléctrica en el cobertizo. En esta casa está todo el mundo de un humor insufrible. Eurídice y él se pasan la vida peleándose y a mí no me hace nadie el menor caso. Espero que para el fin de año se aplaquen los ánimos, porque, en caso contrario, iremos a un funeral en lugar
de a una juerga. —Y volublemente añadió—: Verás que vestido tan precioso voy a llevar. Daré el golpe con seguridad. El de Eurídice también está casi acabado.
Miguel cortó como pudo su incesante verborrea.
—¿Y ella donde está?
—En Palma, como todos los días. No sé a quien va a ver allí, porque no he conseguido sonsacárselo, pero mucho me temo que ese chico te esté haciendo seriamente la competencia. —No estoy para bromas, Leonor.
—No, si aquí nadie está para bromas y ya no encuentro a quien gastárselas. Hasta el buenazo de Juan se ha contagiado de la irritación general y entre pelea y pelea de Raúl y de Eurídice suele mandarme a hacer gárgaras. Sin ir más lejos, hace un momento me ha llamado alcornoque.
¿Qué te parece?
Esperó inútilmente a que él le preguntara el motivo, pero no debía interesarle lo más mínimo, porque, en su lugar, inquirió:
—¿Raúl y Eurídice se han peleado?
—Sí, él sigue empeñado en llevarla a visitar a su amigo loquero y ella se niega en rotundo. Entonces Raúl se pone furioso y, como no puede sacudirle dos tortas, se dedica a partir leña. Como esto siga así, no sé donde la vamos a guardar. La leñera está repleta y tendremos que empezar a apilarla debajo de las camas.
Miguel ya no la escuchaba. Había salido a largas zancadas al vestíbulo y ya en la terraza saltó el poyete y dio la vuelta al edificio, encaminándose hacia la fachada posterior. Allí los pinos crecían apiñados unos contra otros, entretejiendo sus ramas hasta formar un tupido techo, de un verde tan oscuro que a trechos parecía negro. Soplaba un vientecillo fresco cargado de humedad, que olía a monte y zarandeaba las ramas de los árboles, que goteaban sobre él, como último vestigio de la lluvia de la pasada noche.
Caminó abstraído propinando puntapiés a los guijarros que encontraba a su paso y tan absorto que no consiguió ordenar el cúmulo de preguntas que se agolpaban en su mente. Lo había intentado en el avión que le traía de regreso, sin conseguir otra cosa que un fuerte dolor de cabeza. Quizás cuando hablara con Raúl lograra entender lo que Luisa le había referido, pero pretendía sobre todo que este le aclarara en qué había consistido la
maldita trastada con la que aquel había traumatizado a la chiquilla hasta el extremo de que al cabo de los años ella se resintiera aún de sus efectos.
Encontró al otro en un claro del bosquecillo, descargando su hacha sobre el tronco de un árbol. A su espalda, el pequeño cobertizo donde tanto jugaran de niños, parecía haberse convertido en un ruinoso montón de ladrillos rojizos y piedras ennegrecidas y por un momento experimentó la desagradable sensación de que no era lo único que se estaba desmoronando en Montsalvatge. Raúl dejó su tarea al verle acercarse y aguardó a que se le aproximara, mientras se secaba el sudor de la frente con la manga del jersey.
—¿Qué, cómo te ha ido?, —le preguntó impaciente.
—Bien, —dijo lacónico.
Raúl parecía haber adelgazado desde que él se marchara y su expresión era sombría. Más aún, su aspecto era de total abatimiento.
—¿Has hablado con Luisa?
—Sí, y me ha contado algunas cosas que quisiera comentar contigo. En realidad, son tantas las que necesito que me aclares, que no sé por donde empezar.
El otro tomó asiento sobre el tronco que había estado partiendo con el hacha y esbozó una sonrisa escéptica.
—Eso es nuevo. ¿Qué te ha sucedido en Segovia para que se te haya desencuadernado el archivo que tienes por cabeza? Luisa te ha dicho…
—Lo que me ha dicho lo discutiremos luego, —le interrumpió Miguel, dominando a duras penas su irritación—. Antes tengo que hacerte una pregunta que desde hace unos días me tiene intrigado. Debo ser lo bastante estúpido como creer que tú y yo no teníamos secretos y he comprobado que estaba totalmente equivocado.
—¿A qué te refieres? —Le observaba con inquietud, mientras su amigo, de pie frente a él, encendía un cigarrillo con su calma habitual. Expelió una bocanada de humo y luego clavó sus ojos en su rostro, estudiándole con un detenimiento excesivo.
—Me refiero a Eurídice y voy a intentar preguntártelo todo por orden.
Al parecer, además de rarilla, nos está resultando un tanto traumatizada.
¿Qué le hiciste si puede saberse en ese maldito sendero? He imaginado varias posibilidades, pero prefiero que me lo aclares tú.
Raúl mantuvo su mirada unos instantes y luego la desvió hacia la lejanía, hacia los riscos de la costa, salpicados por el agua del mar.
—¿Por qué supones que yo…?
Se echó a reír y le palmeó la espalda con más energía de la necesaria.
—No me contestes con otra pregunta, como si fueras gallego, porque no lo eres. Eurídice ha olvidado un montón de cosas y tiene una memoria que es una calamidad, pero lo que sí ha recordado es que tú estabas en ese sendero, mirándola con cara de odio y desde entonces no soporta que la puedan mirar… de ninguna manera.
—Supongo que aquello ocurrió después de que yo me marchase de Mallorca, porque no tengo noticias de tal suceso. Así que, desembucha muchacho, ¿qué le hiciste?
Raúl inclinó la cabeza para mirar fijamente la punta de sus botas, manchadas de barro, como si hubiesen adquirido de improviso un interés extraordinario para él. Al fin articuló trabajosamente:
—Daría algo porque aquello no hubiese sucedido y porque ella no tuviese que volver a recordarlo, pero Pedro Olmedo asegura que es absolutamente necesario y yo… te aseguro que no sé qué hacer.
Miguel volvió a palmearle la espalda, pero su gesto no era totalmente amistoso.
—¿Quieres decirme de una vez lo que sucedió? Es lo bastante boba como para haberse asustado por cualquier estupidez. ¿Hiciste el fantasma, la ataste a una estaca y bailaste a su alrededor la danza guerrera o la amenazaste con quitarle su birria de muñeca?
Frunció el ceño al advertir que el semblante del otro, que continuaba silencioso, se ensombrecía todavía más.
—¿Qué?, ¿te has quedado mudo de repente? Vamos a ver si consigo adivinarlo. ¿Cuántos años tenías tú por aquel entonces? Dieciocho, más o menos, ¿no? Y ella debería andar por los doce. Ya eras un poco mayorcito para jugar con Eurídice a los indios. ¿A qué jugaste?
—No jugué a nada, —repuso roncamente—. Llevo varios días dudando en contártelo, sobre todo, porque he notado el interés que sientes por ella.
—Eres muy perspicaz, —comentó irónicamente Miguel—. Yo también he notado el tuyo, aunque te has guardado muy bien de decírmelo. Y
respecto a eso tengo que advertirte que esta vez va en serio, así que te aconsejo que te espabiles y trates de hacer la guerra por tu cuenta.
Raúl continuó silencioso.
—¿Qué, no piensas hacer la guerra? Luego no digas que no he jugado limpio.
—No es eso, Miguel, —murmuró cansadamente—. Eurídice no me soporta.
—¿No?, pues mira, me alegro, —bromeó—. Tú tienes la culpa después de todo. Si no le hubieses hecho entonces una perrería, ahora sería todo diferente.
Se sentó a su lado en el tronco del árbol, apoyando una mano en su hombro e insistió, haciendo un alarde de paciencia.
—Raúl, ¿quieres decirme de una vez lo que pasó? No puede ser tan terrible. ¿Te pusiste con una rodilla en tierra y ella salió corriendo, dando alaridos? La considero muy capaz.
El otro rehuyó su mirada, moviendo negativamente la cabeza.
Miguel dio de pronto un respingo y frunció el ceño.
—Oye… supongo que tú no… —No terminó la frase al ver la expresión de los ojos de Raúl.
—No, no es lo que estás pensado. Yo llegué después.
—¿Después?, ¿quién fue entonces el que llegó primero?, ¿Juan?
—No, Juan se había marchado aquel día al pueblo y regresó bastante más tarde. Él no llegó a ver nada, pero lo adivinó. —Cruzó nerviosamente las manos y carraspeó antes de hablar—. Solo lo sabemos él y yo y nunca se lo hemos dicho a nadie. Los dos pensamos que era mejor así y hemos hecho lo imposible por olvidarlo.
—¿Vosotros también?, —comentó con sorna Miguel—. Esto parece una cofradía de desmemoriados, aunque la que gana el premio es Eurídice. Por lo que me ha dicho Luisa, ella estaba todavía en Montsalvatge cuando murió Marta y tampoco lo recuerda.
—Es cierto. —A Raúl parecía que le costaba un enorme esfuerzo expresarse—. Estaba aquí, pero ella no lo sabe. No recuerda nada en
absoluto, ¿entiendes? Aquello fue demasiado penoso y lo ha borrado por completo de su memoria.
—¿Quieres decir que padece amnesia?
—Exactamente y de eso se deriva todo lo que está ocurriendo desde su regreso. Sus nervios y… sus excentricidades, por llamarlas de alguna manera.
Miguel le contempló unos instantes, con el ceño aún más fruncido.
—¿Cómo las llamarías tú?
—No soy psiquiatra, pero las denominaría reacciones de tipo hipnótico, que provienen de la represión de ese recuerdo.
—¿Qué traducido al castellano, quiere decir…?
—Supone una evasión de la realidad para protegerse de las vivencias traumáticas desagradables. En ocasiones, se consigue una anulación completa del trauma anímico e incluso es posible vivir de modo ilusorio en esos estados todo tipo de realizaciones de deseos. Al despertar la conciencia normal, no se recuerda en absoluto el comportamiento extraño.
—Pero eso no tiene sentido, —replicó Miguel desconcertado—. Marta murió hace nueve años. Comprendería que ella reaccionase de esa manera entonces, pero no ahora, al cabo del tiempo.
—En el inconsciente no rige el tiempo y una persona puede responder muchos años después a un suceso traumático, como si se acabara de producir, si hay un motivo que desencadena esa reacción.
—Ya, —musitó el otro pensativo—. ¿Y ese motivo cual puede ser?
Luisa me ha dicho que Eurídice no recibió la carta de Marta y supongo que es a eso a lo que te estás refiriendo.
El semblante de Raúl no se alteró al oírle.
—No, lo esperaba. Imagino que cuando regresó a Segovia, llegó a olvidarse totalmente de Montsalvatge y de nosotros, porque se reacciona a veces ante esas vivencias traumáticas como si se encasillasen los recuerdos en compartimentos estancos. La carta de mi madre debió removerlos y, para no hacerse a la idea de que Marta ya no estaba aquí, se convenció a sí misma de que le había escrito y de que todo continuaba igual desde su marcha.
—Pero ella sabe que Marta ha muerto.
—Conscientemente, sí. Habrás observado que, aparte de seguir siendo una niña, parece una persona normal, si se exceptúa su fobia a la niebla.
—¿Y esa fobia a qué obedece?
Raúl se encogió de hombros con desaliento.
—El día en que murió Marta había una niebla muy espesa. Apenas se veía algo a un metro de distancia a aquellas horas de la mañana.
—Ya. —Miguel plegó los labios preocupado, hasta formar con ellos una línea recta—. ¿Y esa alteración nerviosa, o como queráis los médicos llamarla, tiene algún tipo de arreglo?
El otro asintió, pero su gesto era aún más sombrío.
—Normalmente, cuando el sujeto recuerda el trauma que ha borrado de su consciente y le hace frente, suelen desaparecer los síntomas reactivos. A veces es necesario un tratamiento… psicoanálisis…
Miguel se acarició pensativamente la barbilla.
—¿No bastaría con referirle lo que ocurrió?
—No. Es necesario que lo reviva y se enfrente conscientemente con ello. La noche que fuimos a la reunión de Marisa, convencí a Pedro Olmedo para que tratase de examinarla con disimulo, porque en cada una de las ocasiones en las que le había sugerido que visitara a un psiquiatra se había negado rotundamente. Ya le había puesto en antecedentes del caso. Esa misma noche, después de traerla a casa, me dijo al regresar a la reunión que es imprescindible que Eurídice se encare con la realidad, aunque yo…
aunque yo me siga resistiendo a aceptarlo como solución.
Miguel le observó intrigado.
—¿Por qué? Si tú no le hiciste nada, no comprendo el interés que tienes en ocultárselo. Se llevará un disgusto, desde luego. Si aquello fue tan desagradable como imagino, hasta puede que sufra un ataque de nervios, pero con el tiempo se le pasará y cuando deje de mirarnos a todos con asco, podremos hacer tú y yo la guerra. ¿No te seduce el plan?
Bromeaba como siempre, tratando de quitarle importancia al asunto, pero al mirar lo que traslucían los ojos de Raúl, su fingida despreocupación dejó paso a la inquietud. En ellos podía leerse un inmenso sufrimiento.
—¿Qué fue lo que pasó, Raúl?, ¿por qué…?
El otro le interrumpió con una voz tan ronca, que no parecía la suya.
—Porque creo que Eurídice mató a Marta. Fue ella quien la arrojó por el acantilado.
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