Entre la niebla

Ursula Llanos · Capítulo 10 de 23

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Entre la niebla

Capítulo 9

Encaramada a una escalera de mano, Leonor adornaba la lámpara del comedor de Montsalvatge con ramas de pino, mientras me comentaba las incidencias de la noche anterior.

Aunque el sol penetraba a raudales a través de los cristales de las dos ventanas, la habitación estaba fría y casi en penumbra. Las desmesuradas dimensiones de la estancia en la que nos encontrábamos, de techo artesonado y altísimo, contribuían a mantener la baja temperatura que las dos estábamos soportando en ese instante, en el que intentábamos darle a la habitación el aire navideño apropiado para celebrar la Nochebuena.

—¿Por qué te largaste anoche tan de repente de la casa de Marisa?, —

me preguntó con curiosidad, interrumpiendo su tarea para inclinarse hacia mí, que a sus pies le iba entregando las ramas—. Estuvimos buscándote un buen rato, hasta que Pedro regresó y nos dijo que te había traído a casa. Y

por cierto, no dejó de sorprenderme tu comportamiento con él. ¿Te flechó de repente?

Me encogí de hombros sin contestarle, arrebujándome en el grueso jersey, verde pálido, que vestía y que me había comprado el día anterior en Palma. Me sentía aterida, pero no solo por el frío reinante en el comedor.

Desde que me despertara esa mañana, la conversación que había oído en la biblioteca martilleaba obsesivamente mis sienes, sin que hasta el momento hubiera conseguido calmar la gélida sensación que las palabras de Raúl me habían producido. No le había visto todavía y tía Elvira me había dicho que había ido a buscar el árbol de Navidad con Juan, pero pese a ello me sobresaltaba en cuanto creía oír el más leve rumor en derredor mío.

—¿Te has quedado muda? —Leonor me observaba sorprendida. Sin duda me acababa de comentar algo que no había escuchado.

—¿Decías algo?

—Pues sí. Te he preguntado por el motivo por el que no te has querido poner al teléfono hace un rato, cuando Pedro te ha llamado.

Por lo visto, continuaba con el mismo tema, por lo que volví a encogerme de hombros. Como no sentía el menor deseo de explicárselo, repuse evasivamente:

—Te está quedando muy bonita la lámpara. ¿Pero no crees que aún lo estaría más con algo que le proporcionase una nota de color? En la quebrada, cerca del faro, crece un espino con unas bolitas rojas que haría buen efecto mezclado con el pino, pero tendríamos que ir a cogerlo y la verdad es que no tengo muchas ganas de darme esa caminata.

—Entonces iré yo, —se ofreció Leonor, iniciando el ademán de bajar de las alturas—. Continúa mientras tanto tú con las ramas de pino para no perder tiempo.

No me sentía con ánimos de quedarme allí sola, con el riesgo de que Raúl regresara en cualquier momento, por lo que meneé negativamente la cabeza.

—No, no. Soy una calamidad adornando lámparas. Mi sentido artístico deja mucho que desear.

—¿Pues no eres decoradora?

—Bueno, sí, —admití—. Pero no sé ni cómo llegué a obtener el título, porque era la peor de la clase. Hubiera preferido estudiar cualquier carrera, por ejemplo, Derecho como tú, pero tendría que haberme marchado a otra ciudad y…

—Y no tenías el menor interés en separarte de Luisa, —terminó ella con ironía—. Me pregunto si hay algo que consideres que eres capaz de hacerlo bien. No hay nada, ¿verdad? Te crees inútil e insignificante y me gustaría saber el motivo. Muchas chicas darían algo por parecerse a ti.

Me quedé silenciosa, sin ganas de discutir.

—¿En qué?, —le pregunté al fin, con la mirada perdida en los campos, aún húmedos bajo el sol, que divisaba a través de la ventana.

—Pues, por ejemplo, a muchas les gustaría tener tus ojos. Son como el mar, que no tiene color propio. Generalmente parecen azules, pero en este

momento son tan verdes como tu jersey. No me extraña que al pobre Pedro le hayas dejado fuera de combate.

—¿Porque mis ojos carecen de un color definido?

—Sí y porque toda tú eres preciosa. Anoche dejaste turulatos a unos cuantos, no solo a Pedro. ¿No te diste cuenta?

No recordaba la cara de ninguno y en cualquier caso me tenía sin cuidado. Leonor debió captar mi proceso mental, porque se echó a reír.

—Dejémoslo y tratemos de decidirlo de una vez. ¿Vas tú a por el espino o voy yo?

Antes de responderle, me acerqué a la ventana y desde allí oteé inquieta la inmensidad de terreno que se extendía ante mi vista.

—¿Por qué no vamos las dos?

—Porque andamos cortas de tiempo. Aún tenemos que colgar las bolas del árbol cuando lo traigan tus primos y luego ayudar a preparar la cena.

¿Qué es lo que te pasa hoy? Te encuentro más vaga que de costumbre.

Levanté los ojos hacia su expresivo semblante, dudando en referirle la conversación que había escuchado tras la puerta de la biblioteca, pero comprendí que no me creería. Confiaba demasiado en Raúl y acabaría por pensar que eran manías mías.

—Está bien, —me resigné—. Procuraré no tardar mucho.

Con unas tijeras de podar y un gran cesto de paja salí a la terraza, mirando recelosamente en todas direcciones. La solitaria campiña mostraba sus más luminosos tonalidades en una infinita gama de ocres y de verdes bajo un cielo intensamente azul, que solo yo parecía estar en condiciones de apreciar, pues no se veía un alma por las inmediaciones. Pese a ello me encaminé a paso ligero hacia el faro, por el sendero, aún enfangado por la lluvia que había caído durante la noche, aspirando la brisa marina. Estaba el campo tan limpio, tan recién lavado, y el panorama que se extendía ante mi vista era tan hermoso, que por un momento me pregunté si mis sospechas de la víspera no serían producto de una nueva pesadilla. Montsalvatge era ciertamente un lugar único y en aquel momento me sentí casi feliz al sentir la cálida caricia del sol en mi rostro y la silenciosa quietud de los pinos en torno mío.

Acababa de divisar el faro al final del sendero, cuando oí a lo lejos el sonido de unos pasos que me sobresaltaron, por lo que me oculté tras el tronco de un árbol. Desde mi escondite vi a Miguel, que campo a través se dirigía hacia nuestra casa. No me había visto y no deseaba encontrarme con él. Seguía produciéndome el mismo indefinible temor de la noche anterior, por lo que, de puntillas, eché a correr hacia el faro, confiando en que los pinos del bosquecillo que atravesaba no le permitieran distinguirme. La vieja torre me pareció un excelente refugio y me dirigí apresuradamente hacia ella sin detenerme, hasta que entré jadeante en el recinto interior cerrando el portón tras de mí. Con la espalda apoyada contra la puerta oí distintamente las pisadas de alguien que se aproximaba corriendo y que luego se detuvieron al otro lado del portón. Seguramente se estaría preguntando dónde podría haberme metido, pero debió de desistir, porque oí como sus pasos se alejaban.

Respiré algo más tranquilizada. No sabía en realidad que es lo que temía, pero me repetí obstinadamente que no quería verle. Aunque por distintos motivos, me asustaba la presencia de los tres hombres con los que jugara cuando éramos niños. Si tenía que elegir, de los tres prefería a Juan, porque me parecía el más inofensivo, pero tampoco confiaba ya en él. Tenía gracia que aquella niña pelirroja que tanto se había burlado de mí y que tanta aversión me inspirara en el pasado, fuera en el presente la única persona con la que podía contar.

Rebulléndome entre la maleza que invadía el recinto, aguardé unos minutos. El silencio más completo se cernía en derredor del faro, pero no me decidí a salir. Antes averiguaría si él se había marchado definitivamente.

Cautelosamente comencé a subir los gastados peldaños que llevaban a lo alto de los ennegrecidos muros sin techumbre de la torre y asomé a medias la cabeza sobre el paredón para otear los alrededores. No se le veía por las cercanías. Sin duda, al no encontrarme, se había encaminado nuevamente hacia la casa, donde en esos momentos estaría charlando con Leonor. Fui a exhalar u suspiro de alivio cuando una voz a mi espalda me obligó a dar un respingo.

—¿Qué, se estaba bien ahí abajo? —Miguel, sentado a horcajadas en lo alto del muro, me miraba con cara de pascuas.

—¿Cómo… como has entrado?, —tartamudeé sobresaltada—. He cerrado la puerta con llave.

Me mordí los labios continuación por haberlo dejado escapar, mientras él se reía a carcajadas.

—Ya lo he notado, —manifestó con toda frescura—. Llevo un buen rato observándote desde estas alturas y te aseguro que valía la pena. Parecías un conejo agazapado en su madriguera.

—¿Cómo has subido aquí arriba?, —le pregunté, aparentando indiferencia, aunque me sentía profundamente humillada.

—Trepando por el muro, como hacíamos de niños, —replicó sin dejar de reír—. Es de lo más sencillo. En cuanto te he visto echar a correr y encerrarte dentro de la torre, he subido hasta aquí a averiguar lo que te ocurría y, por más que he oteado el horizonte, no he visto a ningún peligroso perseguidor de tu encantadora personita. ¿O es que estás jugando al escondite tú sola?

—No seas estúpido, —protesté sintiéndome en ridículo—. He venido a coger espino para adornar la casa para esta noche y corría, porque Leonor me ha dicho que no tardara mucho.

—¡Ah!, pues aquí dentro crece realmente ese espino con gran profusión,

—masculló con su mejor cara de inocencia—. Veo espino por todas partes.

Con un indignado resoplido, inicié el movimiento de descender de nuevo la escalera, pero me retuvo por la muñeca.

—Espera un momento, ¿dónde vas con tanta prisa? Anda, siéntate un ratito y hablemos como dos críos chicos, porque es imposible que hablemos como dos personas mayores.

—No quiero hablar contigo, —repliqué nerviosa, tratando de soltarme de su mano—. Ya te he dicho que tengo que ir a coger espino.

—Bueno, ahora lo cogeremos. No tengo absolutamente nada que hacer,

—manifestó muy satisfecho—. Y no pongas esa cara de espanto. Ya te he dicho que solo quiero hablar contigo.

Encendió tranquilamente un cigarrillo y luego me miró con guasa.

—Veo que sigues tan arisca como siempre. ¡Y yo que venía a jugar contigo…! —Terminó con gesto de inocencia.

—¿A… jugar conmigo? —No conseguí reaccionar y me quedé con la boca abierta.

—Sí, no sé por qué te extraña tanto. Tú no quieres ser mayor, ¿verdad?, pues yo tampoco. ¿A qué quieres que juguemos? ¿Organizamos una batalla? Podemos apedrearnos con piñas como hacíamos entonces y el que gane se queda con la fortaleza, ¿qué te parece?

—Eres… eres completamente estúpido, —tartamudeé cada vez más irritada—. No soy ninguna niña y hace mil años que no juego a nada.

—Vamos, vamos, —me interrumpió condescendientemente—. Sin ir más lejos, anoche jugábamos a cambiar una pregunta por otra. ¿Ya se te ha olvidado? Pues a mí no y como te debo una pregunta y cumplo siempre lo que ofrezco, pues…

—Ya no me interesa, —casi grité.

—¿De verdad? Pues a mí me sigue interesando la respuesta. Debo ser un poco obstinado de más. Anda, si te sientas en el muro y dejas de mirarme con esa cara de odio, prometo ser formalito.

Obedecí, sintiéndome nuevamente en ridículo. Miguel aparentaba seriedad, pero sus ojos traslucían que se estaba divirtiendo de lo lindo haciéndome rabiar y procuré adoptar una actitud digna. Ya no asomaba a su semblante aquella expresión rara que tanto me había asustado. Al contrario, en ese momento me recordaba más que nunca al muchacho imperturbable y burlón que había sido y que antaño me tratara con aquella especie de aire protector.

—No he sido yo la que ha empezado con las miradas raras, —repliqué impulsivamente. Me arrepentí antes de haber terminado de hablar, porque él había enarcado las cejas y se reía de nuevo.

—Sí, no te rías tanto, —me enfadé—. Puede que a tu rubia le guste, pero a mí me molesta que me miren así.

—¿Así?, ¿cómo?

—Ya sabes cómo, —refunfuñé—. Si quieres que sigamos siendo amigos, tendrás que modificar tu manera de comportarte conmigo. A mí me asusta que… ¿Te enteras?

—De acuerdo, de acuerdo, —dijo levantando una mano como si pidiera una tregua—. ¿Cómo quieres que te mire entonces? ¿Con un ojo guiñado y

la ceja levantada o…?

—No te rías, —me enfurecí—. Has dicho que ibas a ser formal y que no me ibas a tomar el pelo.

—Lo último no lo he dicho, pero en fin, si te empeñas hablaremos con seriedad.

—Bueno, —asentí dignamente.

Miguel adoptó una actitud circunspecta y declamó en tono lúgubre:

—¿Qué te parece la teoría de la relatividad? ¿Qué te parece el principio de que el espacio no es un absoluto fijado a priori sino que…? —Se interrumpió al ver mi nuevo gesto de enfado—. ¿Tampoco te gusta ese tema?, ¡chiquilla qué difícil eres! La mayoría de las chicas no son tan complicadas como tú.

—Supongo que tendrás una enorme experiencia, —rezongué con sarcasmo— pero yo te conozco demasiado bien y no me impresionas, como a la lapa de anoche, —terminé puerilmente.

—¿A la lapa?

—Sí, a Marisa. Parecía una lapa y te miraba derretida de emoción.

—¡Vaya!, parece que estés obsesionada con las miradas, te molestan todas, —señaló—. ¿Tu reportero gráfico hablaba contigo con los ojos cerrados? No me dio esa impresión. De pronto te largaste con él a toda velocidad sin tan siquiera despedirte de Marisa. ¿No crees que estuvo un poquito feo? Marisa se quedó bastante sorprendida y tuve que contarle un bonito cuento, para no tener que decirle la verdad.

—¿La verdad? ¿Y cuál es la verdad?, —le pregunté algo inquieta, porque repentinamente había recobrado él la seriedad.

—Te la cambio por el motivo por el que te asustaste tanto, —me ofreció, riéndose de nuevo.

—Ya sabes cual es el motivo, —repuse malhumorada—. Y no quiero volver a hablar de ese asunto.

—Bien, te diré entonces cual es la verdad. Te asustaste y saliste corriendo, porque no eres más que una niña y no entiendes que alguien, por equivocación, pueda mirarte de otra manera. —Me atajó, viendo que iba a interrumpirle—. Te aclararé que todo fue producto de lo oscura que estaba la habitación, pero a esta tranquilizadora luz del día te veo como realmente

eres y te garantizo que no volverá a ocurrir. No eres más que una criaja y no soy un pervertidor de menores.

Le escuché con la boca abierta, sintiendo que la sorda irritación que experimentaba crecía de punto, aunque no entendía la razón. ¿No era eso lo que había deseado? Quizás obedeciese a que había herido mi incipiente vanidad femenina, recién descubierta la noche anterior, al comprobar que también podía gustar, como Leonor, con solo poner en práctica unas cuantas majaderías, o quizás lo motivara su tono despectivo.

—Pues mira, me alegro, —repliqué iracunda—. Porque no soporto que ningún hombre se me acerque más de la cuenta y tú menos que ninguno.

—Descuida, —me dijo totalmente inexpresivo—. No tengo la menor intención. Aunque dicho sea de paso, no me ha dado la impresión de que te resultara tan repelente, al menos, cuando enganchas una llantina. En dos ocasiones, que yo recuerde, me has empapado el hombro con tus lagrimones y no parecías tener el estómago revuelto.

Abrí mucho los ojos y luego la boca, sintiendo una rabia impotente.

—A lo mejor creíste que… Para que lo sepas, en las dos ocasiones me abracé a ti como si fueras mi madre, exactamente igual que si fueses ella.

¿Qué te has creído?

—Está bien, —replicó sin que variase su expresión, aunque pude leer en sus ojos que lo que acababa de decirle le había molestado de verdad y me alegré—. Procuraré de ahora en adelante mirarte como una hija, ya que, por lo visto, lo que necesitas en un padre. Desde luego, me niego a ser una madre, porque me resulta absolutamente imposible y como en este momento no siento el menor deseo de acunar bebés, me marcho.

Le vi descender del paredón de un ágil santo y luego tomar a largas zancadas el camino de la casa, sin volver ni una sola vez la cabeza. Yo seguí sin moverme de mi observatorio hasta que desapareció de mi vista, experimentando una vaga decepción y una inexplicable soledad. ¿Por qué no podía ser yo como las demás? No era tan tonta como para no saber interpretar lo que significaba la noche anterior la mirada de Miguel y si hubiera reaccionado como cualquier otra chica, en lugar de echar a correr como un conejo asustado, quizás hubiera encontrado la solución de todos mis problemas. Podría marcharme con él de Montsalvatge, con lo cual me

libraría de la amenaza que representaba Raúl para mí, porque intuía que Luisa no llegaría a pedirme que volviera con ella.

Lo seguí meditando mientras cogía el espino y después, cuando cargada con la cesta volví a casa. No deseaba una pareja, pero si me veía obligada por las circunstancias, Miguel no me desagradaba. Era fuerte como Luisa y como en Luisa había algo en él de vital y electrizador. Bien pensado, no era ninguna tontería, porque al fin tendría a donde ir y donde descargar el peso de no saber como desenvolverme en un mundo tan hostil. Me gustaba su aire deportivo y sus ojos castaños siempre guasones. Además, como le conocía de toda la vida, no me llevaría con él grandes sorpresas. ¿Pero no me volvería a acometer la sensación de pánico de la noche anterior?

Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar su mirada en el solitario saloncito. No había sido la primea vez. Me vi a mi misma en un cine de Segovia ante una mirada parecida, y no solo en aquella ocasión. Rememoré la noche en la que paseaba con un chico por una oscura callejuela, a la salida de la academia, donde ambos asistíamos a clase. La lluvia se abatía sobre el paraguas y deslizándose por sus varillas iba a unirse a los regueros que corrían por el desempedrado pavimento. Una ráfaga de aire helado me azotó el rostro y me arrebató el paraguas de las manos. Me pareció volver o ir la risa de aquel muchacho y después… su expresión y aquel miedo absurdo, irrazonable… y la niebla que me envolvía como siempre, mientras corría y corría, huyendo de él y de los ojos que me seguían mirando entre la bruma.

Apreté los párpados con fuerza intentando borrar las imagines que veía con la mente. No podía recurrir a Miguel como solución. Aquello volvería a repetirse y me sentía incapaz de soportarlo. Claro que… en la reunión de los Serra se había producido todo de una forma diferente, porque no recordaba que la niebla hubiese invadido el saloncito, asfixiándome entres sus jirones. No. Solo había sentido miedo y tal vez si probase de nuevo… si lograse superarlo, entonces…

Más animada regresé a la casa, pero al tropezarme con Raúl en el vestíbulo su presencia cortó en seco el hilo de mis pensamientos. Estaba ayudando a Leonor a adornar con espumillón los cuadros de las paredes y al oírme entrar y volverse sonriente hacia mí, el frío intenso que había

experimentado durante la mañana se agudizó de tal forma, que me quedé como clavada en el umbral, imposibilitada de mover mis congelados miembros. Fue solo un instante. Casi inmediatamente recuperé el uso de mis piernas que, aunque agarrotadas, me permitieron dirigirme hacia la escalera.

Miguel y Juan transportaban en ese momento el árbol de Navidad para llevarlo al saloncito y no captaron mi fugaz expresión de pánico. Raúl, en cambio, enarcó sorprendido las cejas y miró a su espalda buscando la causa, sin hallarla.

—Pero chiquilla, ¿dónde vas con todo ese espino? ¿No pensarás subirlo a tu cuarto, verdad?, —me preguntó aún extrañado.

Sobresaltada, me detuve en el primer peldaño e inconscientemente di media vuelta. Miguel y Juan habían levantado también la vista hacia mí, pero el primero la desvió casi en el acto, y por lo bajo animó al otro a continuar camino hacia el saloncito, cargando con el tiesto. Leonor se me aproximó riéndose.

—Tienes que ayudarnos, Eurídice. Estamos trabajando como unos negros y necesitamos tu colaboración. Eso sí, te dejaremos elegir la tarea que más te guste. ¿Qué quieres hacer? ¿Instalar las luces del árbol con Miguel?, ¿colocar con Juan el Belén sobre la consola del saloncito o adornar con espino todas las lámparas con Raúl y conmigo? Nos haremos a la idea de que es muérdago. ¿Qué prefieres?

Las opciones que me ofrecía me parecieron tan pavorosos que, sin responder, le entregué la cesta, repleta de espino hasta los bordes, e inicié nuevamente el ademán de subir por la escalera, pero Raúl me retuvo por la muñeca.

—¿Pero qué tienes que hacer arriba?, ¿estás bien? Te encuentro un poco paliducha.

Los del árbol habían regresado ya al vestíbulo y todos me observaban atentamente. Raúl y Juan preocupados, Leonor sonriente y Miguel algo irónico.

—No me encuentro mal, —protesté—. Y a mí misma me extrañó que mi voz sonase normal, porque había llegado a pensar que, con la garganta congelada, no sería capaz de emitir ni una sola sílaba.

La risa de Leonor disipó en parte la violencia de la situación, aunque sus siguientes comentarios estropearon el efecto que había conseguido.

—Por cierto, Eurídice. Pedro ha vuelto a llamar y le he dicho que estarías en casa a la hora de la comida. Si quieres, te pones al teléfono y si no, ya le contaré cualquier cuento, porque si algo me sobra es imaginación.

De todas formas te recomendaré que en otra ocasión no te emplees tan a fondo, porque no creo que consigas despegarte a ese muchacho ni con agua caliente.

Enrojecí hasta la raíz del pelo, imaginando lo que estarían pensando los dos hermanos, que al oír a Leonor, que lo había comentado en tono intrascendente, se habían vuelto de espaldas a mí. Únicamente Miguel seguía mirándome con ironía, mientras silbaba por lo bajo.

—De acuerdo, —admití vacilante, sintiéndome en el más humillante de los ridículos—. Cuéntale lo que se te ocurra y que, cómo he tenido que marcharme al Polo Norte, lo mejor que puede hacer es no molestarse en llamar más.

Raúl continuaba de espaldas y, aunque no podía ver su expresión, adiviné por sus movimientos que estaba nervioso. Acababa de desparramar por el suelo el espumillón que debía entregarle a Leonor, e intentaba recogerlo con manos torpes.

—¿Y eso a qué viene ahora, Eurídice?, —me preguntó sin levantar la cabeza del suelo—. Anoche me pareció…

—Lo que te pareciera, no me importa, —repliqué en un tono tan brusco, que hasta Leonor enarcó las cejas, extrañada.

Se hizo un silencio pesado. Me había aproximado a la otra muchacha para ayudarla, sintiendo que a su lado era donde estaba más segura, ya que no parecía oportuno que subiera en esos momentos a mi dormitorio. Miguel silbaba, aparentemente distraído en desenrollar los cables de las luces del árbol, secundado por Juan que, inquieto, entorpecía los movimientos del otro, y Raúl que había conseguido al fin recoger el espumillón, permanecía inmóvil, con los relucientes adornos en la mano y tal gesto de desorientación que en otro momento me hubiera reído. Pero no tenía ganas de reír, sino al contrario. El miedo que sentía se entremezclaba en mi interior con la humillación que experimentaba y que en medio de aquel

silencio iba acrecentándose. Afortunadamente la llegada de tía Elvira disipó en parte la tensión reinante. Venía de la cocina y parecía estar dándole vueltas a algo que le preocupaba, porque al verme dio un suspiro de alivio.

—Menos mal que ya has vuelto, hija, Tal vez consigas recordar dónde he puesto yo las bolitas del árbol. Todos los años las guardo en el mismo sitio, pero luego no soy capaz de volverlas a encontrar. Mi cabeza últimamente es un auténtico desastre.

—¿Últimamente, mamá?, —bromeó Juan, mirándola socarronamente

—. Yo diría que tu despiste se remonta a tiempos muy pretéritos.

Fingiendo enfadarse, su madre le amenazó con un dedo.

—Deberías tenerme un poco más de respeto, muchacho. En mis tiempos, no les dirigíamos la palabra a las personas mayores más que cuando nos preguntaban algo y además les hablábamos de usted.

—Pues no sé cómo conseguíais entenderos, —bromeó Leonor dedicándole un afectuoso guiño, mientras tomaba el espumillón de las manos de Raúl—. Si hubiera vivido en esa época, me habría muerto de aburrimiento, porque el permanecer todo el día callada, esperando que algún enlutado y respetable señor mayor se dignara darse cuenta de que no era muda, me parece el peor de los suplicios.

—Desde luego lo habrías pasado mal, porque eres una cotorra, —

corroboró Raúl—. En cambio hasta es posible que Eurídice se hubiera encontrado a sus anchas.

Se me había aproximado mientras lo decía y me pasó un brazo sobre los hombros, pero al notar como me estremecía bajo su contacto, volvió a enarcar las cejas, extrañado.

—¡Caramba!, ¿qué te pasa esta mañana que estás tan arisca?

Me lo preguntaba mirándome sonriente, pero en el fondo de sus ojos vi algo que no supe interpretar. Para colmo advertí la guasa con la que Miguel me observaba. Debía suponer que tampoco soportaba yo la cercanía de Raúl y nuevamente me puse de todos los colores.

—No me sucede nada, —repliqué hosca.

—¿De veras?, ¿es que no has dormido bien?, Si quieres, puedo darte…

—No quiero nada, —le interrumpí con acritud.

Mi tono áspero, tan diferente al habitual, sorprendió a Leonor que dejó por un instante su tarea del colocar el espumillón sobre el marco de la puerta del saloncito para inclinarse hacia mí desde la silla a la que se había encaramado, y estudiarme con curiosidad. También Juan parecía desconcertado y tía Elvira se había quedado atónita. Miguel se encontraba ahora de espaldas a mí, pero me dio la impresión de que se estaba riendo.

—Lo que me pasa es que estoy nerviosa, —alegué. Y como verdaderamente lo estaba, mi disculpa sonó sincera—. Aún no hemos adornado el árbol y ni siquiera sabemos donde estás las bolitas. Aunque ahora que lo pienso, deben de estar guardadas en el desván. Cuando éramos niños, en cuanto terminaban las Navidades, las subías allí arriba y las metías en una caja —le recordé a tía Elvira.

—Aún es temprano, —manifestó Raúl que se había acercado a Miguel para echarle una mano—. Y en cualquier caso, como hoy comienzan mis vacaciones, que me estaban haciendo muchísima falta, tengo toda la tarde por delante.

—¿De vacaciones? —Me sobresalté, sin que a ninguno de los presentes le pasara desapercibido el momentáneo gesto de espanto que no pude disimular. Era una noticia catastrófica, porque ahora Raúl permanecería todo el tiempo en casa y dispondría de mayores oportunidades para lograr sus propósitos.

Sorprendido de mi reacción, se había vuelto a mirarme como si se estuviera preguntado a qué obedecía mi extraño comportamiento.

—¿Qué pasa?, ¿no te alegras de que tenga una semana de vacaciones?

—Claro que sí, —mentí—. ¿Por qué no había de alegrarme?

—No sé, has puesto una cara como si…

Leonor, que de un salto había descendido de la silla, nos miró alternativamente.

—Me parece que tenéis hoy los nervios de punta, pero si es a causa de esas malditas bolas no os preocupéis que yo las encontraré. Soy un lince buscando objetos perdidos. Ahora mismo subiré al desván y antes de cinco minutos las tendréis aquí. Y tú, Eurídice, acompáñame y no seas vaga.

La obedecí en el acto, deseosa de alejarme de la presencia de Raúl, que seguía contemplándome con extrañeza, y mientras subía los escalones me

recriminé interiormente por no haber sabido disimular mis sentimientos.

¿Habría advertido el miedo que me inspiraba? Debía hacer un esfuerzo para no exteriorizarlo y no ponerle sobre aviso.

—¿Por dónde se sube al desván?, —me preguntó Leonor en cuanto alcanzamos el rellano de la planta superior—. Han transcurrido tantos años desde la última vez que estuve allí, que no me acuerdo.

—Ven, la escalera comienza al fondo del pasillo, en el otro extremo del ala de la casa que no ocupamos.

La precedí por el corredor. A la luz del día y acompañada por ella, el trayecto me pareció completamente distinto al de la noche en que lo recorriera persiguiendo a aquella sombra de la que todavía desconocía su identidad. No obstante, le cedí el paso cuando traspusimos la puerta por la que se accedía a la parte del edificio que permanecía cerrado. En el polvo del pavimento aún se veían marcadas las huellas de pisadas y Leonor me las señaló.

—Esto está asquerosito, —protestó—. Nos vamos a poner perdidas de polvo y aunque en tus vaqueros no se notará mucho, yo llevo los pantalones nuevos, los que me compré contigo en Palma. Miguel dice que no me sientan bien, pero es que el pobrecito no entiende. Está más anticuado que un fósil prehistórico. ¿No te parece?

Me sonrojé al darme cuenta de que la otra pretendía tirarme de la lengua, pero por fortuna caminaba delante de mí y no podía verme la cara.

—No lo sé. Yo creo que es una persona corriente.

—¿Corriente? Eso es precisamente lo que no es. Más bien le calificaría de psicópata furioso. Le oí anoche a Pedro describir los síntomas y me parece que los reúne todos. Claro que todo no es culpa suya…

Dejó la frase en el aire, esperando que hiciera yo algún comentario, pero acabábamos de llegar a la escalera, estrecha y desvencijada, y me limité a indicársela. Leonor comenzó a subir delante de mí, pero casi inmediatamente volvió la cabeza.

—Bueno, ¿no dices nada?

—¿De qué?

—De lo que estoy hablando, de Miguel.

—¿Qué quieres que diga?

—Pues algo. Después de todo, con quien está enfadado es contigo.

¿Qué es lo que le has hecho?

Tragué saliva. Imaginaba donde quería ir la otra a parar, por lo que repuse evasivamente:

—Supongo que me preguntas por lo que pasó la misma tarde en que tú llegaste. Le llamé por teléfono porque estaba asustada. No había nadie en la casa y alguien… alguien me había gastado una broma bastante pesada.

—¿Alguien?, ¿quién?

—No lo sé. Esa persona había vuelto a guardar en el armario de Marta su ropa de cuando era niña. Juanita se empeñó en decir que había sido yo y él la creyó. Pensó que había fingido el susto que me llevé para burlarme de él, ¿comprendes?

Sin moverse del peldaño, Leonor retiró de su frente sus rojizos rizos, como si el despejársela pudiera servirle para aclararle las ideas.

—Ni una palabra. Me parece una tontería mayúscula. ¿Cómo puede pensar nadie que tú has fingido un susto, si te asustas por cualquier memez?

Tragué saliva nuevamente.

—Es que le llamé, porque creí que había sido Marta la que había trasladado la ropa a su cuarto.

—¡Marta! —El asombro de Leonor alcanzó tal magnitud que incluso a mí misma me pareció mi explicación completamente absurda—. ¿Cómo iba Marta a pasearse por la casa con su ropa si ella… bueno, si ella ya no existe?

Vacilé en contárselo, pero decidí que sería mejor no hacerlo, porque no me creería.

—Estaba sola en la casa, —balbuceé—. Al verlos… ¿Qué habrías pensado tú?

—Pues cualquier cosa menos esa. Que a la tonta de Juanita le había entrado el capricho, que tu tía lo había ordenado así… ¡Qué sé yo! —

Permaneció pensativa unos instantes y luego me preguntó—. ¿Y por eso se enfadó Miguel?

—Sí, porque tuve un ataque de nervios y él me tranquilizó. Luego al enterarse…

—Ahora comprendo la escena del cuadrito, —murmuró como para sí—.

Supuso que era otra bromita similar. Pero dime, ¿fuiste tú o no?

—Claro que no, —protesté—, ¿me crees capaz de hacer algo semejante?

—Entonces… ¿quién…?

Dudé una vez en confiárselo. Parecía tan sincera, tan comprensiva…

¿Pero y si, como los demás, llegaba al convencimiento de que todo era producto de mis nervios sobreexcitados?

—No lo sé, —repuse cansadamente—. No comprendo nada de lo que sucede. Desde que he regresado a Montsalvatge noto algo raro a mi alrededor, algo que flota en el ambiente. Siento como si ese algo se fuera cerrando en torno mío, como si me estuviesen tendiendo una trampa.

—¿Una trampa? —Leonor se echó a reír con ganas—. Son imaginaciones tuyas, Eurídice. Todos te adoran en esta casa. Alguno más de lo que a mí me convendría.

—¿A qué te refieres?, —le pregunté sin comprender.

—No, a nada. Tú siempre has estado en la higuera. Perteneces a ese privilegiado gremio de personas por las que todo el mundo se siente atraído.

Es como si ejercieras sobre los que te rodean una especie de fascinación.

—¿De fascinación?, —me sorprendí, diciéndome que la otra debía de ver visiones.

—Sí, hija, sí. Y lo más gracioso es que ni siquiera te das cuenta. —

Reanudó el ascenso delante de mí y de espaldas me comentó—: Cuando te preguntaba qué le habías hecho a Miguel, no me refería a lo que me has contado, sino a lo que sucedió en casa de los Serra. Cuando volvimos a la Escollera estaba de un humor de perros.

—¿Y por qué supones que yo…?

Leonor se volvió a medias para pellizcarme la mejilla.

—No me chupo el dedo, ¿sabes?, ¿qué le hiciste?

Azarada, tropecé al levantar el pie para subir otro escalón.

—Me marché sin despedirme de Marisa. Estaba tan cansada, que se me olvidó.

—Ya lo noté, ya, —comentó socarronamente—. Demostraste una prisa enorme por largarte con tu psiquiatra. Lo que me extrañó fue verle regresar

tan pronto, pero en fin, si no me lo quieres contar, no insistiré.

Acababa ella de alcanzar la puerta del desván y me esperó para que le indicara donde estaba la llave de la luz. Cuando la única bombilla que colgaba del techo se iluminó, esparciendo una claridad mortecina sobre los cerros de trastos que estaban amontonados por doquier, dejó escapar una exclamación.

—¡Caramba! ¡Si esto es peor que un almacén de objetos perdidos! Un año necesitaríamos para buscar las bolas del árbol entre tanto chisme.

—No lo creas. Aunque tía Elvira es muy distraída, siempre guarda las cosas en los mismos sitios. Verás.

Aparté de mi camino un polvoriento colchón que, enrollado, se tenía en pie de milagro, y un par de sillas carentes de asiento y rebozadas en telarañas y me dirigí hacia una roñosa estantería de madera que, junto a la pared de nuestra derecha, soportaba en sus estantes un cerro de cajas de cartón de diversos tamaños. Me disponía a comenzar a retirar las que me impedían alcanzar la que me interesaba, cuando un sonido sobre nuestras cabezas me impulsó a levantar la cabeza hacia el techo.

—¿Qué… qué ha sido eso?, —tartamudeé con un hilo de voz.

La otra se había quedado inmóvil, aguzando el oído, pero no parecía preocupada.

—Ha sonado como se hubieran abierto una ventana en el Torreón.

Habrá sido el viento, porque Juanita estaba en la cocina cuando hemos subido y tus primos, abajo con tu tía.

—¿El viento?, —me alarmé con los ojos desmesuradamente abiertos—.

No sopla ni una ráfaga de aire esta mañana.

—Vamos, no te asustes, —me recomendó en tono ligero—. Por lo que me ha dicho Raúl, el torreón es la parte más antigua de este edificio y tiene un montón de años. Puede que alguno de tus antepasados, que esté aburrido, haya decidido abrir una ventana para tomar el fresco. Podemos echar un vistazo.

Reprimí a duras penas un estremecimiento.

—No, no. Nos están esperando para adornar el árbol.

—Pues que nos esperen. Unos minutos más no les harán daño. —Me miró traviesamente—. ¿O es que tienes miedo?

Por supuesto que lo tenía, pero sin contestarle permanecí quieta, esperando que el sonido que habíamos percibido volviera a repetirse.

—No debes tener miedo, —insistió—. ¿Qué crees que haría yo si nos encontrásemos arriba con un fantasma envuelto en una sábana, arrastrando unas largas cadenas? Pues le saludaría educadamente y luego, si era un fantasma guapo, intentaría ligar con él. Con tal de ligar, soy capaz de coquetear hasta con las apariciones de ultratumba. Pero no te quedes ahí con esa cara de pavor, —se rio—. Ven que la aventura nos espera, —añadió melodramáticamente.

Con paso decidido, se encaminó hacia el fondo del desván y abrió la puertecilla por la que se accedía a la escalera de caracol que llevaba al torreón, que rechinó tenebrosamente sobre sus goznes.

—Estupendo, —aprobó satisfecha la alegre muchacha—. Chirría como debe chirriar. ¿Cómo es que no utilizábamos de niños este antro tan romántico para jugar a los aparecidos?, —me preguntó mientras comenzaba a ascender ágilmente por la escalera de caracol, que olía a humedad, a rancio y a miedo. Sobre todo a miedo.

—Sí jugábamos aquí en alguna ocasión, —le expliqué con voz temblona, siguiéndola—. A Marta le gustaba mucho el panorama que se domina arriba a través de las ventanas y subíamos cuando llovía y no podíamos corretear por el campo. ¿Qué?, ¿se ve algo ya?

—Aún no. Está oscuro como boca de lobo, —la oí decir desde unos peldaños más arriba.

De haber podido elegir, hubiera retrocedido sobre nuestros pasos, siempre que la otra me hubiera acompañado, pero como sabía que sería inútil intentar persuadirla de que regresásemos al desván, continué subiendo tras ella.

¿Qué íbamos a encontrar en el torreón? Ya no mantenía tan viva la esperanza de que fuese Marta la que vagaba por la casa como una sombra, aunque en el fondo de mi ser me resistía admitir que ella se hubiera marchado para siempre. Don Ezequiel me había dicho que cuando la encontraron había quedado irreconocible. ¿No sería posible que no fuera mi prima la chiquilla que había encontrado Raúl? Pero en ese caso, ¿por qué se deslizaba como un fantasma por el edificio sin dejarse ver a la luz del día?

Tanteé cuidadosamente con los pies los últimos peldaños, notando que la oscuridad que nos envolvía iba aclarándose. Leonor me había sacado algo de ventaja y debía estar ya a punto de alcanzar el rellano superior de la escalera, donde se encontraba la puerta del torreón.

—¡Leonor!, —le grité—. Espérame, ¿has…? Una exclamación resonó alarmante sobre mi cabeza. ¡Leonor!, —repetí inquietísima, salvando el último tramo de escalones—. ¿Qué te pasa?, ¿te ha ocurrido algo?

No obtuve respuesta y como una tromba llegué al descansillo. La puerta del torreón estaba entreabierta y terminé de abrirla de un empujón. La muchacha se había detenido a pocos pasos del umbral, de espaldas a mí, y a la luz de día, que penetraba por las cuatro ventanas de aquella estancia circular, contemplaba como hipnotizada algo que tenía delante y que su cuerpo me impedía ver. Bruscamente la aparté de mi camino y, al distinguir lo que la mantenía en suspenso, me llevé ambas manos a la boca para no gritar.

El recinto estaba completamente vacío, si se exceptuaba el caballete que, montado en el centro del mismo, sostenía un lienzo a medio pintar. La paleta, cargada de colores, reposaba en el suelo con los pinceles ordenadamente colocados junto a ella.

Intercambiamos una mirada de incredulidad. Luego Leonor se aproximó al lienzo y lo tocó con un dedo.

—Está fresco, —murmuró, mostrándomelo manchado de pintura.

Después se me quedó mirando aturdida.

—Eurídice. ¿Tú no…? Claro que no, qué tonterías digo. Serías incapaz de subir aquí tu sola. Pero entonces, ¿quién ha estado hace poco pintando aquí?

Nos volvimos a la vez a contemplarlo. En el lienzo, su autor había reproducido el paisaje que se divisaba desde las alturas en que nos encontrábamos con bastante exactitud, pero lo que difería era el colorido con el que lo había plasmado. Bajo el cielo, de un azul plomizo, la masa grisácea de los pinos del bosquecillo se agitaba tumultuosamente, impulsada por un huracán devastador, que encrespaba embravecida la oscura superficie del mar con una fuerza inmensa.

—¡Qué vendaval!, —susurró Leonor boquiabierta.

No conseguí que las palabras acudieran a mis labios y me quedé quieta, mirando el cuadro como alucinada, rememorando aquella tarde tan lejana y su voz afirmando enfáticamente: “Hoy pintaré el viento, ya lo verás”.

Lo había cumplido. Quizás desde el más allá, pero lo había cumplido.

—¿Qué te parece?, —inquirió Leonor, dándome un codazo—. Como ya te comenté, entiendo algo de pintura y yo diría que es genial.

—Sí, es genial, —corroboré con un enorme esfuerzo.

Desconcertada, la otra pasó una mano por su frente.

—No sé, creo que hubiese preferido encontrarme al fantasma, porque por un momento he pensado… —Se echó a reír forzadamente—. No te lo vas a creer. ¿Qué supones que se me ha ocurrido cuando al entrar he visto el caballete con el lienzo y la paleta en el suelo? Que había sido la propia Marta la que había estado pintando aquí. No me extraña que vivas tan sobresaltada, porque esta casa excita la imaginación de cualquiera. Le preguntaré a Raúl a qué amigo le ha prestado este torreón como estudio.

La retuve por un brazo, antes de que pudiera dirigirse hacia la escalera.

—No, no le preguntes nada.

Ante su mirada de extrañeza me vi obligada a explicárselo.

—Prefiero que no lo sepa. Él cree… él creería que he sido yo la que ha subido aquí a pintar.

Se echó a reír, esta vez alegremente.

—¿Tú? Hace falta ser idiota para pensar una cosa así. Aunque ahora que recuerdo… —Frunció el ceño, reflexionando—. Su actitud cuando desapareció el cuadro de tu abuelo me chocó bastante. Parecía como si creyese que tú…

Terminé la frase por ella.

—Que estoy completamente chiflada, ¿no es eso? —Fui exaltándome conforme hablaba—. Eso es precisamente lo que trata de conseguir, que todos lleguéis a ese convencimiento. Por esa razón le pidió a Pedro que me examinara ayer durante la reunión de los Serra.

—¿Qué le pidió a Pedro…?

—Sí, por eso no quiero ponerme al teléfono cuando me llama. No necesito un psiquiatra. Lo que necesito es que, sea quien sea el que se

dedica a pintar en esta habitación, a transportar la ropa de Marta y a dormir en su cama, me deje en paz.

Por primera vez Leonor pareció preocuparse.

—Pero no lo entiendo, Eurídice, no lo entiendo. ¿Por qué había de querer alguien amargarte con esas… llamémoslas bromas? —Recapacitó durante unos segundos y al no ocurrírsele ningún posible motivo, terminó por encogerse de hombros. Luego brilló en sus pupilas verdes una chispita de travesura—. Ya sé lo que vamos a hacer. Vamos a devolverle la broma a tu bromista particular.

—¿Qué quieres decir?

—Que vamos a esconder el lienzo y el caballete en el desván sin decirle una palabra a nadie y tal vez así consigamos averiguar quién es el gracioso.

Seguramente se sentirá desasosegado y acabará por descubrirse. ¿No te parece un plan magnífico?

—Sí, supongo que sí, —admití sin ninguna convicción.

—Pues venga, ayúdame a bajarlo todo al desván y ten cuidado con el lienzo para no estropear la obra, porque, de lo que no cabe duda, es de que tu bromista fantasma es un artista de primera fila.

Cargadas con los útiles de pintura, regresamos al desván donde los escondimos todo debajo de un polvoriento sofá.

Aquí no los encontrarán en la vida, —manifestó Leonor muy satisfecha

—. Y de ahora en adelante, ya sabes. Cuando te suceda cualquier cosa extraña, me llamas y si es posible la esconderemos también aquí sin decirle una palabra nadie. Lo que nos vamos a divertir.

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