Entre la niebla

Ursula Llanos · Capítulo 18 de 23

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Entre la niebla

Capítulo 17

Si un huracán hubiera arrasado Montsalvatge en ese instante y hubiera arramblado con todo el entorno que les rodeaba, no habría producido en Miguel una conmoción mayor.

Sin embargo, se quedó inmóvil, sin que su moreno semblante trasluciese ninguna emoción, aunque le costó recuperar el uso de su voz.

—¿Cómo has dicho?

—Has oído bien.

—Pero eso es imposible. Ella la adoraba… Además, era una chiquilla.

¿Cómo iba a hacer una barbaridad semejante? La voz de Raúl sonó monótona, sin inflexiones. —Habían discutido esa mañana. Sabes que Marta tenía un carácter muy dominante. Por esa época estaba comenzando su desarrollo y, aunque anteriormente no se enfadaba nunca con Eurídice, cuando vine en Navidad advertí que se estaba convirtiendo en una adolescente y que también descargaba su irritabilidad con ella. Ese día me encontraba en la terraza, cuando las vi salir de la casa a las dos. Marta estaba enfurecida, porque la otra le había estropeado uno de sus dibujos al caerse sentada sobre la silla en la que lo había dejado. La increpaba en todos los tonos imaginables y, en un arranque de furor, le quitó de los brazos la muñeca y le dijo que iba a tirarla al mar.

—¿La muñeca que llevaba siempre a cuestas Eurídice? —Sí.

Recordarás que sentía un desmesurado apego por esa muñeca de trapo que había traído de Segovia. En esa muñeca se proyectaba, volcando en ella el cariño que hubiera deseado recibir de la madre que no había conocido.

Cuando Marta se la arrebató, echó a correr tras ella, llorando y pidiéndole que se la devolviera.

Las perdí de vista cuando abandonaron el camino principal, tomando el que lleva al acantilado. Como te he dicho, la niebla era muy espesa y ese lugar, ya de por sí es bastante peligroso. Corrí a toda la velocidad que me permitían las piernas y al bajar la cuesta oí un grito horrible. Aún me parece oírlo a veces por las noches. La niebla no me permitió distinguir nada al principio, pero luego vi surgir de entre ella a Eurídice, que venía hacia mí.

Parecía tranquila y hasta creo que tarareaba una canción. Horrorizado, me di cuenta de que llevaba en la mano un mechón de pelo rubio. Le pregunté por Marta, pero me contestó que no sabía dónde estaba. Más tarde, cuando comenzó a llover y se disipó la niebla la encontré destrozada entre los escollos. Aquella muñeca estaba también no muy lejos de ella.

Hizo una pausa como si le costra trabajo continuar.

—Juan me ayudó a llevar a Marta a casa y, aunque no le dije nada, creo que lo adivinó. Verdaderamente la mente humana es incomprensible. Marta era para nosotros como una hermana y lo natural hubiera sido que desde ese momento sintiéramos un inconmensurable rechazo hacia Eurídice. Sin embargo solo me preocupé de protegerla y Juan me secundó Ella no recordaba nada de lo sucedido y nosotros no lo comentamos con nadie, ni siquiera con mi madre. Para todos había sido un desgraciado accidente. Esa misma tarde llamé por teléfono a mi tío para que viniera a recogerla y la mantuvimos al margen de aquel espantoso barullo, hasta que llegó su padre y se la llevó esa noche. A todo el que nos preguntó por ella, le hicimos creer que se había marchado con anterioridad y mi madre y mi abuelo estaban demasiado trastornados para darse cuenta de nada. Llegué a pensar que nunca podría averiguarse. Imagina lo que sentí al verla regresar al cabo de los años, preguntando por Marta y luego… luego todo lo demás.

Calló, como si el esfuerzo de referírselo hubiera terminado de agotarle y Miguel no hizo el menor comentario. Simplemente le echó el brazo sobre los hombros y ambos permanecieron en silencio.

El aire frío gimió entre los árboles y las hojas secas danzaron a su alrededor. A lo lejos, el mar rugía indiferente bajo un cielo que iba cargándose de nubarrones. ¿Transcurrieron uno segundos o quizás horas enteras?

—¡Por una muñeca!, —articuló al fin Miguel con dificultad—. No lo puedo creer, Raúl. Marta era para Eurídice… No creo que después haya querido a nadie como la quería a ella.

—Tampoco lo creo yo, —musitó el otro—. Es todo tan absurdo…

—También yo te tiré una vez por la escalera del torreón, —rememoró Miguel abstraído.

—Y yo a ti desde lo alto del faro, en aquella ocasión en que jugábamos a luchar y nos enfadamos tanto. No te pasó nada, pero podía haberte pasado. En los dos casos hubiera sido un accidente, porque ninguno de los dos tuvimos intención de hacer daño. Pero dime, Miguel, puesto que según dices eres capaz de razonar siempre y de ver las cosas como son, ¿qué pensarías o qué sentirías si ahora te enterases de que habías matado en tu niñez “por accidente”?, ¿qué es lo que sentirías?

El otro no le contestó. Un pliegue apareció en su frente mientras miraba, sin ver, a lo lejos. Evocaba la menuda figurilla de Eurídice, de niña, en la caleta con aquella muñeca en brazos y en el torreón y encaramada al añoso manzano donde se atracaban de fruta. Luego la visualizó en su mente corriendo por el sendero, perdida entre la niebla, con sus lacios cabellos zarandeados por el viento. La vio correr detrás de Marta y alcanzarla al fin junto a los riscos grisáceos y puntiagudos que orillaban el camino y luego forcejeando por la muñeca y a Marta caer al abismo, pero no pudo imaginar a Eurídice arrojándola por el precipicio. Lo intentó una y otra vez con el mismo resultado negativo. Aquellas figuras infantiles se desvanecieron de improviso como si un golpe de viento hubiera cruzado por su mente. Veía ahora su expresión en la noche en la que se había asustado de la niebla y en ese instante entendió lo que sentía. Y se dio cuenta también de que el misterio que parecía emanar de ella no era otra cosa que la amargura de lo olvidado y su lucha contra el recuerdo. Un recuerdo que en cualquier momento podría abrirse paso entre la bruma del pasado y entonces… ahora veía claramente su gesto de horror, de espanto de sí misma.

Encendió un cigarrillo con manos torpes.

—Fue un accidente Raúl. Solamente era una niña y no era responsable.

¿Crees que si lo recuerda, como Pedro Olmedo pretende, volverá a ser una

persona normal? Así es un poquito extraña, pero si lo recuerda, no será ni siquiera una persona.

—Pedro dice que acabará por asumirlo, —repuso el otro cansadamente.

—Pues yo opino lo contrario. Si Eurídice hubiese madurado en estos años… Pero es que sigue siendo una niña. A mí me parece un disparate.

—¿Y qué solución se te ocurre? —El tono de Raúl parecía indicar que a fuerza de meditar sobre ese problema, había llegado a la conclusión de que no existía ninguna.

—¿Y si ella se marcharse de aquí?, —sugirió Miguel—. Luisa me dijo que durante todos los años en que han vivido juntas, su comportamiento ha sido absolutamente normal. Tal vez si se marchara, si cambiara de ambiente, todo pudiera volver a su cauce. En Segovia su única rareza era su indiferencia por los chicos y eso, contrastado con lo demás, deja de tener importancia.

Raúl levantó la cabeza y le miró con gesto interrogante.

—¿Estás pensando en que vuelva con Luisa?

—No, —dijo Miguel sencillamente.

El otro le observó unos instantes en silencio.

—¿Y eres tú el que razonas siempre con la cabeza? Eso es un desatino y no debes sentirte obligado. Yo también lo he pensado, pero Eurídice no soporta ni que me acerque a ella. Supongo que porque me relaciona con lo que sucedió, aunque ni ella mismo lo sabe. ¿Te soporta a ti?

—Solo hasta cierto punto, —reconoció Miguel en voz baja—. Se empeña en creer que aún somos niños los dos, pero espero que con el tiempo se dé cuenta de que hace mucho tiempo que dejamos de serlo. Tú, que eres médico, sabrás mejor que yo las posibilidades que hay de que esto ocurra. ¿Qué es lo que tendría que hacer yo?

Sin dejar de observarle, Raúl se encogió de hombros.

—No lo sé, porque no sé cual es la causa, pero piénsatelo bien. Si fuera consecuencia de ese trauma, quizás después de que lo recordara pudiera solucionarse con un tratamiento. Me refiero a unas sesiones de psicoanálisis.

—¿Y si no llegara a recordarlo y aquello fue el motivo?

—Entonces, posiblemente no llegaría a ser una persona normal, sexualmente hablando. Utiliza también en este caso tu cabeza cuadriculada, porque me da la impresión de que, por una vez, te has olvidado de hacerlo.

Miguel se echó a reír.

—No lo creas. Como has dicho antes, los sentimientos de los seres humanos son totalmente absurdos. No puedo explicarme lo que he visto en ella. No es más que una criaja, egoísta y boba, pero a lo mejor es por eso.

Lo que sí voy a aconsejarte es que lo medites tú también, con la cabeza o sin ella, porque en esta ocasión no estoy dispuesto a echarlo a suertes.

Le palmeó nuevamente la espalda y luego se alejó sin prisas.

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