Entre la niebla
Capítulo 1
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Sí, ese era el portal, se dijo con un suspiro de alivio. Comprobó nuevamente la dirección en el papelito que llevaba en la mano y luego echó a correr escaleras arriba, oyendo vagamente al portero, que trataba de advertirle que podía tomar el ascensor. Jadeante alcanzó el tercer piso y en cuanto se aseguró por la placa de la puerta que correspondía esta a la consulta médica de la que le habían hablado, llamó al timbre. Le abrió una enfermera de mediana edad que la miró inexpresivamente.
—¿El doctor Olea?, —le preguntó la muchacha con voz insegura.
La enfermera hizo un gesto afirmativo y se hizo a un lado para dejarla pasar, encaminándose luego hacia una mesa, tras la que tomó asiento para consultar el ordenador.
—Su nombre, por favor.
Ella se lo dijo y la otra repasó en la pantalla la lista de pacientes con aire profesional, levantando la vista después hacia su rostro.
—¿Tiene usted cita?
—No, pero yo… yo necesito ver al doctor.
—Lo siento, señorita. Le daré hora para la semana que viene.
—¿Pero no puede recibirme? —Su voz tenía un matiz histérico—.
Necesito verle ahora mismo.
Sin que su semblante se alterase, la enfermera contempló con indiferencia la alterada expresión de la muchacha, que en pie frente a ella cruzaba y descruzaba nerviosamente las manos. Rondaría los veinte años y en su atractivo rostro destacaban sus grandes ojos azules que la miraban con aire desvalido. Sin saber por qué le recordó a un gato callejero que se hubiera perdido en una ciudad desconocida. Pese a ello le contestó con voz firme:
—El doctor está muy ocupado. Es preciso pedir cita para su consulta con anticipación.
La chica titubeó. No era propio de su carácter insistir cuando recibía una negativa, pero pese a ello se oyó decir a sí misma en tono más alto del necesario:
—Es muy urgente. No puedo esperar.
De espaldas a la puerta del despacho del médico, no vio salir a este del mismo ni cómo la miraba con el ceño fruncido desde el umbral, por lo que se sobresaltó al oír su voz.
—Hágala pasar, Julita.
—Pero doctor…
—Creo que podré atenderla. —Y dirigiéndose a la muchacha le indicó
—: Pase usted, por favor.
Le siguió ella al interior de un despacho bien amueblado, caldeado por el sol invernal que se filtraba por el amplio ventanal. Permitía ver a través de los cristales las ramas desnudas de los árboles de la calle, extrañamente silenciosa a aquellas horas de la mañana. El psiquiatra, un hombre de mediana edad, de corta estatura y de aspecto paternal, se acomodó en su sillón al otro lado de su mesa, señalándole una de las dos butacas que se encontraban enfrente.
—Bien, señorita, usted me dirá.
La muchacha tragó saliva antes de hablar. A la luz del sol que penetraba a raudales por el ventanal, tras la mesa del médico, sus inquietudes parecían perder consistencia, como si se hubieran ido desvaneciendo en aquel escenario tan luminoso para transformarse en conjeturas absurdas, imaginadas por una fantasía delirante. ¿Qué pensaría él de lo que había ido a consultarle? ¿Se reiría de sus temores? ¿Irritado le señalaría la puerta o creería que la angustiosa sensación que experimentaba se fundamentaba en un peligro real? Sus ojos castaños, tras los gruesos lentes, la animaban a confiarle las sospechas que la abrumaban desde que llegara a la isla y que habían alcanzado su cenit esa mañana, por lo que hizo un esfuerzo por inclinarse sobre la mesa y articular trabajosamente:
—He venido a verle, doctor, porque necesito ayuda. No sé a quién acudir y… Hace días que llegué a Mallorca a pasar las Navidades con mis
parientes y… —Tomó aire antes de concluir la frase—. Yo… creo que quieren volverme loca.
El médico no parpadeó siquiera. Continuó mirándola comprensivamente como si estuviera acostumbrado a que acudiesen a su consulta con manifestaciones semejantes y luego hizo un gesto de asentimiento.
—Vamos, cuénteme qué es lo que le pasa.
Cruzando y descruzando nerviosamente los dedos, ella musitó:
—Es que… la verdad es que no sé por dónde empezar.
—Empiece por donde quiera.
La muchacha tragó saliva de nuevo.
—Verá, doctor. Todo ha comenzado al regresar yo a Palma hace unos días. Ya de niña viví aquí una larga temporada en la finca de mi abuelo, pero eso no tiene importancia. Todo ha comenzado ahora, a mi vuelta. —Se interrumpió y juntó las manos, retorciéndoselas angustiada—. No entiendo las cosas que me están sucediendo, porque… porque todo parece indicar…
—Se interrumpió para observarle con sus claros ojos azules—. Dígame,
¿cree usted en los fantasmas?
—¿En los fantasmas?, —repitió el médico en tono interrogante.
Al afirmar ella vigorosamente con la cabeza, su larga melena, oscura y brillante, se agitó a su compás.
—Sí, ya sé que no cree en ellos y… y en realidad yo tampoco creía que pudiesen interferir en la existencia de los vivos. Por eso pienso que me están tendiendo una trampa. ¿Me entiende?
Impasible en apariencia, el psiquiatra esbozó un gesto de asentimiento, sin pestañear siquiera ante las confusas manifestaciones de la muchacha.
—Desde luego. Cuénteme esas cosas extrañas que le están ocurriendo.
Retrepándose en la butaca, ella le estudió, como si estuviese especulando sobre su capacidad de comprensión.
—¿No se reirá usted?
—Por supuesto que no.
—Es que nadie me cree por lo que le sucedió a mi padre, pero yo no tengo nada que ver con ello. ¿No le parece?
Olea hizo un gesto evasivo, sin que su expresión se alterase y la muchacha continuó incoherentemente:
—Estaba enfermo de los nervios y por eso todos creen que estoy loca, pero yo no he hecho ninguna de las cosas absurdas que él me atribuye.
Necesito que me conteste a una pregunta, —musitó apoyando las manos sobre la mesa y clavando sus ojos en él, como si esperara una respuesta negativa—. ¿Es posible realizar actos que después uno no recuerda?
El psiquiatra esbozó un ademán vago y luego le contestó con voz clara:
—En determinados casos, sí. ¿Es eso lo que le sucede a usted?
—Es lo que él dice, pero no lo considero posible y por eso he venido a verle. Solo usted, que es psiquiatra, puede ayudarme, porque ya no sé si es que estoy mal de la cabeza o si es que él lo ha urdido todo con el propósito de hacérmelo creer.
Sin perder su aire impasible, él la contempló en silencio durante unos segundos.
—Y usted está segura de no haber intervenido en esos… en esos sucesos, —afirmó, más que preguntó, estudiando detenidamente la expresión de su agraciado semblante. Parecía sumamente intranquila y dirigía constantes miradas a su espalda, como si temiera que irrumpiese en el despacho alguien que la hubiera estado persiguiendo.
—Claro que estoy segura, aunque… no sé. A veces he creído revivir despierta las pesadillas que me asaltan constantemente. Desde mi regreso a Mallorca sueño lo mismo noche tras noches… siempre con esa muñeca…
—¿Qué años tiene usted?, le preguntó Olea inexpresivamente.
—Veintiuno.
—¿Y se trata de una muñeca determinada?
—Sí, de una horrible de trapo.
—¿Y qué es lo que sueña?
La muchacha se estremeció visiblemente y se cubrió el rostro con las manos.
—Es algo espantoso, doctor. Me despierto siempre aterrada.
—Vamos, vamos, —le dijo tranquilizadoramente el médico—. Cálmese y cuéntemelo.
—Verá, no siempre sucede de la misma manera, pero la muñeca aparece siempre. La llevo en brazos y alguien me la quita y la tira al agua. Entonces corro intentando salvarla, pero se hunde, se hunde sin que pueda impedirlo.
Luego me doy cuenta de que un muchacho surge de las sombras y me mira.
Me mira de una forma que no puedo soportar y entonces me duele aquí. —
Se señaló el pecho con la mano—. Es un dolor muy fuerte, que siempre me despierta.
Nuevamente se tapó el rostro con las manos y empezó a llorar convulsivamente sin que Olea efectuase el menor movimiento. De improviso se tranquilizó y retirando sus manos de la cara le preguntó en tono normal:
—Le parece una tontería, ¿verdad? Soñar con una muñeca no tiene nada de aterrorizante. Muchas veces me lo he repetido de día, pero por la noche… por la noche es distinto. Y no es que tenga miedo a la oscuridad, no es eso. Es a ese sueño a lo que tengo miedo, aunque no sé por qué.
—Quizás jugara con esa muñeca en su infancia y la asocia con algo desagradable, —sugirió él.
—No, doctor, —le rebatió exaltándose—. No he jugado de niña a las muñecas, aunque mis parientes digan lo contrario. Pero el caso es que, el otro día, mi primo me enseñó una fotografía en la que yo llevaba esa muñeca en brazos y… y ahora acabo de recordar que, efectivamente, llegué con una muñeca como la de mis sueños a Montsalvatge. Pero de eso hace muchos años.
—No importa el tiempo que haya transcurrido. Cuénteme lo que le sucedió entonces, —replicó él acodándose en la mesa.
—Pero es que no quiero molestarle. Me he colado en su consulta sin haber pedido previamente una cita y…
Parecía avergonzada, por lo que Olea se apresuró a tranquilizarla.
—Ya le he dicho que no tiene que preocuparse por esa circunstancia.
Vamos, cuéntemelo.
La muchacha apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca y comenzó a hablar con voz monótona, mientras Olea, sin interrumpirla, tomaba notas en un cuadernito.
Fue una tarde de octubre. El automóvil, conducido por el chófer que me recogiera en el aeropuerto, había abandonado la carretera y ascendía ligero
por el serpenteante camino, que, dando vueltas y revueltas, bordeaba la cima del acantilado. Yo no había visto nunca el mar, había vivido siempre en Segovia, y me pareció un gigante enfurecido, que luchase contra la costa, arremetiendo contra los riscos para recuperar su libertad. Me dije entonces que apenas si guardaba alguna semejanza con el manchón azulado que vislumbrara desde el avión. Aquel era azul como el de los mapas que pintaba en el colegio, estático y anodino, pero este no. Ni siquiera era azul, sino verde oscuro, y no se agitaba rítmicamente en olas regulares. Se debatía contra sí mismo, se deshacía contra los escollos, cubriéndolos de espuma, como si su ingente extensión se sintiese oprimida en un recipiente demasiado pequeño.
El camino doblaba bruscamente hacia la derecha, dejando el mar a nuestra espalda y el vehículo enfiló una larga avenida, orillada de olmos gigantescos. Nunca los había visto tan altos ni de un color tan variado. El otoño comenzaba ya a despojarlos de sus hojas, que cubrían el suelo como una alfombra dorada, pero las que aún permanecían en los árboles mostraban una gama infinita de ocres y de rojos, que, contra el cielo plomizo, producían una sensación de irrealidad. Era como contemplar un cuadro demasiado bello para ser copa fidedigna del paisaje, plasmado por un pintor inmoderadamente colorista.
Pero era un paisaje triste, me dije, tras unos instantes de observación.
Adecuado para admirarlo desde la ventana de un hogar feliz, no desde la de un coche, que me llevaba a una casa desconocida, en la que no sabía cómo sería recibida. Podía divisarla ya al final de la avenida de olmos y entremezclada con ellos. Era gris como el cielo. Una bouganvillia morada trepaba por sus muros de piedra, para ir a apoyarse sobre el tejado de pizarra, como si estuviera cansada del esfuerzo. Tan cansada como me sentía yo, pues al descender del automóvil noté que las piernas me pesaban como un pesado lastre. También la angustia vaga que había experimentado durante el viaje dejó de serlo para trocarse en una ansiedad real que me oprimía las costillas y me atenazaba la garganta. El chófer me decía algo que no entendí y me tomó de la mano para atravesar la terraza. Se extendía todo a lo largo de la fachada y estaba bordeada de geranios en flor. Pero no los llegué a distinguir ni tampoco retuve en mi retina el menor detalle del
vestíbulo que crucé en su compañía, ni del saloncito en el que me introdujo poco después. Era como si caminase a tientas por un lugar en sombras y el único foco iluminara el semblante de la mujer que se había levantado, emergiendo de la oscuridad al entrar yo. Se dirigía a mi encuentro y su voz sonaba amable. ¿Pero qué era lo que me decía? El martilleo incesante de mi propio corazón no me permitía oír sus palabras. Noté, sí, que me abrazaba y que me conducía a un sofá que había surgido de improviso de las tinieblas, para sentarnos juntas.
—Soy tu tía Elvira, hermana de tu padre y creo que ya era hora de que nos conociéramos.
Me lo decía alegremente y asentí con la cabeza, que mantenía baja, contemplando fijamente la tapicería del sofá. Era de seda amarilla y brillaba haciendo aguas. Las seguí con los dedos, mientras ella seguía hablando y hablando, sin atreverme a levantar la vista hasta su rostro. Y eso que tía Elvira no era como la había imaginado. Su melena castaña enmarcaba un semblante apacible y afectuoso, en el que ninguna de sus facciones destacaba de forma especial. Debía de estar preguntándome algo, por lo que hice un esfuerzo por dominar mi timidez y buscar las palabras que se me habían perdido en algún rincón de la garganta.
—¿Cómo dices?
Me costó trabajo pronunciarlas y mi tía se echó a reír ante mi azoramiento. Pero no se reía de mí. Poseía yo una sensibilidad casi enfermiza y captaba certeramente la impresión que producía en los demás.
Se reía para quitar violencia a la situación e infundirme confianza.
—Te preguntaba si estás cansada del viaje, aunque supongo que a tu edad es una bobada el imaginarlo siquiera. Los niños disfrutáis de una vitalidad sorprendente. Y por cierto, ¿cuántos años tienes?
—Ocho.
Mi tía encendía un cigarrillo y al oírme interrumpió la operación para mirarme con mal disimulada sorpresa. Fue solo un instante e inmediatamente añadió:
—Claro, qué tonta soy. No sé por qué pensaba que eras más pequeña.
Es que tengo una memoria fatal.
Se reía de nuevo, pero no me engañó. Estaba harta de constatar cómo se extrañaba la gente al enterarse de mi edad, porque mi estatura era muy reducida. Me sentí analizada por ella y enrojecí hasta la raíz del pelo, mientras reanudaba la maniobra de seguir con los dedos los brillos de la tapicería. Paca me decía en Segovia que era la más preciosa del mundo, pero yo sabía que no era cierto. Pese a que mantenía la vista baja, advertí como mi tía recorría mi menuda figurilla, desde mis lacias melenas oscuras, hasta la punta de mis zapatos, y me pareció oír el suspiro de conmiseración que no exhaló. Levantó en cambio suavemente mi barbilla.
—Estoy muy contenta de tenerte aquí, nena. Y ahora espérame un momento, que voy a buscar a tu abuelo para que venga a conocerte.
Se dirigió rápidamente hacia la puerta con movimientos ágiles y armoniosos. De espaldas su figura era la de una jovencita de mediana estatura. ¿Cuántos años podría tener? Sabía que era mayor que mi padre y, por lo tanto, debería andar cerca de los cuarenta, pero no los representaba.
Sus pasos se perdieron en el vestíbulo y deduje por el sonido de los mismos que ascendía por una escalera de madera. Apenas si se percibían ya en la planta superior y aguardé inmóvil, mientras dirigía una distraída mirada en torno. Al entrar, el saloncito me había parecido borroso, pero a medida que iba tranquilizándome, sus perfiles cobraban nueva consistencia, como si una mano invisible los fuera dibujando. El sofá, con dos sillones a juego, daba la espalda a un ventanal, que enmarcaba un cielo cargado de nubarrones. Se veía a través del visillo transparente, que se agitaba al compás de las ráfagas de aire que penetraban por las rendijas. Aventaba también los leños que chisporroteaban en la chimenea, esparciendo un olor a monte que aspiré con deleite. Siempre me habían gustado las chimeneas, pero en mi casa de Segovia no las había. Esta era bonita de verdad. De ladrillo rojo y rematada por una repisa de mármol verde, ponía una nota hogareña en aquella habitación demasiado lujosa. Sobre la repisa pendía una marina con un marco dorado. Estaba bien, pero el mar del cuadro no era como el que había visto desde el coche. No era grandioso e imponente. Era un mar azul, sin fuerza, sin la impetuosidad del verdadero.
Lo contemplaba absorta, cuando el sonido de unos pasos a mi espalda me impulsó a volverme hacia la puerta. Un muchacho de unos catorce años
y una niña más pequeña me observaban con curiosidad desde el umbral.
Ambos vestían unos sucísimos pantalones vaqueros y unos jerséis tan polvorientos, que resultaba difícil adivinar cual hubiera podido ser su color de origen. El chico, moreno y zanquilargo, me estudiaba con la cabeza ladeada y un gesto dubitativo y cuando se cansó de su silencioso examen me preguntó:
—¿Cómo te llamas?
Su aire me pareció tan insolente, que retrocedí cohibida apretando contra mi pecho a la muñeca que llevaba en brazos. Sí, era una muñeca de trapo, como la de mis sueños.
—Eurídice, —musité con un hilo de voz.
Volvió a mirarme de arriba abajo, extrañado de que tan altisonante nombre pudiera corresponderme a mí.
—¿De modo que eres tú? Sabíamos que llegarías hoy, pero te habíamos imaginado diferente. ¿Por qué estás tan asustada?
Abrí la boca para decir algo, pero no conseguí acertar con la respuesta y me abracé aún más a mi muñeca. La otra niña, rubia y con un semblante pecoso y agraciado, se me acercó con ademán protector.
—Yo me llamo Marta y soy tu prima. Estábamos deseando que vinieras, pero creíamos que eras mayor.
Intenté sonreír amistosamente, sin lograr otra cosa que esbozar una mueca tímida.
—Ya tengo ocho años. Los cumplí en marzo.
—¿Ocho?, —se escandalizó el chico, con carencia absoluta de tacto—.
Pues nadie lo diría. Has crecido bien poco.
Lo despectivo de su tono me conmovió e inicié un puchero, al tiempo que Marta le propinaba un codazo por lo bajo. Luego se volvió hacia mí.
—No hagas caso de Raúl, —me aconsejó—. Además de bruto es un metepatas. Yo también tengo ocho años y lo vamos a pasar en grande las dos, aquí, en Montsalvatge. Es una finca preciosa con montones de escondites, pero lo mejor de todo es el torreón. Subo allí arriba a pintar los días de lluvia, porque voy a ser pintora cuando sea mayor. ¿Qué quieres ser tú?
Me lo preguntaba con la misma naturalidad que si me conociera de toda la vida, por lo que hice un esfuerzo para ponerme a tono y aparentar desenvoltura.
—Aún no lo sé. Pero sí, cuando sea mayor quiero ser una mamá.
—¿Una mamá?, —se burló Raúl dejando escapar una risotada—. Eso no es ninguna profesión.
Con una mirada aviesa, Marta le apartó de un empellón.
—¿Por qué no te callas de una vez? Tiene razón el abuelo cuando dice que te pareces a un antepasado nuestro que era memo. —Se volvió ahora hacia mí para explicármelo—. Por lo visto, es idéntico a un pariente que se murió hace mil años y que está retratado en la biblioteca. El abuelo lo repite siempre que se enfada con Raúl.
Esperaba que el chico se ofendiese ante una semejanza tan poco halagadora, pero comprobé sorprendida que parecía ufanarse de ello.
—Sí que me parezco, pero no era memo como te ha dicho Marta. Era un pirata sanguinario, que no tenía nada que ver con nuestra familia, y su retrato está colgado en la biblioteca porque sí. Marta lo confunde todo, —
me aclaró desdeñosamente—. Si pasas una temporada con nosotros te darás cuenta de que no suelde dar una en el clavo. Y por cierto, ¿has venido para mucho tiempo?
Fijé los ojos en la punta de mis dedos.
—Aún no lo sé. —Fui a añadir algo, pero noté que la voz se me quebraba y musité muy bajo—: Papá se ha casado.
Marta me contempló unos instantes en silencio, como si hubiera captado toda la angustia que latía en mis palabras. Mi aspecto debió resultarle tan patético que no consiguió acertar con la frase oportuna. Quizás porque no era fácil, Raúl acudió lleno de buena voluntad a meter la pata una vez más.
—Ya nos lo dijo el abuelo. Les puso a los dos de vuelta y media y se lamentó de la mala suerte que tienes. Has hecho muy bien en venirte con nosotros, porque tu madrastra será una petarda y te tendrá ojeriza. ¿A qué te tiene ojeriza?
—¿Pero te quieres callar, imbécil?, —le increpó Marta hecha un basilisco—. ¿No ves que es pequeña y que vas a conseguir hacerla llorar?
—No, si no lloro, —susurré, ahogando un sollozo—. No sé si Luisa me tiene ojeriza, porque solo la he visto dos veces y parecía joven y guapa.
Papá me ha mandado aquí, porque esta mañana salían de viaje de novios y no me podían llevar, pero en cuanto regresen me recogerán otra vez.
—Ya, —masculló Raúl, con un gesto despreciativo, dedicado a los recién casados—. Bueno, no te preocupes, —añadió compasivamente—.
Con nosotros estarás bien y se te pasará el tiempo volando. ¿Sabes jugar a los indios?
Denegué con la cabeza, agitando mis lacias melenas, sujetas con un gran lazo en el lado derecho de mi cabeza.
—No importa, ya aprenderás. Nuestro campamento está en un pinar, detrás de la casa y allí hemos dejado a nuestros enemigos bien atados, pero debemos regresar inmediatamente a ejecutarles, porque no son de fiar.
Escudriñó mi expresión con curiosidad, porque, espantada, había abierto desmesuradamente los ojos.
—Yo… yo no quiero jugar a eso.
—Pero si es muy divertido, —me aseguró Marta, tomándome del brazo y arrastrándome hacia el vestíbulo—. A Raúl y a mí nos ha tocado hoy ser rostros pálidos, pero mañana… ¿Qué es lo que te pasa?, —se extrañó, al notar que me desasía de su mano y me aferraba al brazo de un sillón, con la evidente intención de no moverme del saloncito.
—No me pasa nada, —le dije mohína. Y como me sentía en ridículo, busqué precipitadamente una justificación a mi actitud—. No puedo marcharme. Esa señora me ha dicho que bajaría enseguida.
—¿Te refieres a la madre de Raúl? No le importará que te hayas venido a jugar. Anda, vamos.
Entre los dos me hicieron atravesar el enorme vestíbulo, que se hallaba en penumbra y en el que apenas si distinguí otra cosa que la escalera de madera que comenzaba al fondo y por la que, sin duda, había ascendido tía Elvira poco antes, pero percibí su olor inconfundible. Olía a casa grande y confortable, a brisa marina y a geranios, en una mezcla confusa, de la que fui desentrañando sus componentes.
—¿Qué es lo que olfateas?, —se impacientó Raúl, empujándome por detrás.
No me atreví a confesarle que clasificar los olores era uno de mis entretenimientos predilectos, porque seguramente se hubiera reído de mí.
—Nada, no olfateo nada, —repuse a media voz.
—Pues entonces, date prisa. Parece que vayas pisando huevos. ¿Eres siempre tan calmosa?
No repliqué, pero me dije que, por el contrario, él personificaba la imagen de la inquietud. Su semblante moreno y anguloso gesticulaba de continuo y su cuerpo, sumamente delgado, parecía albergar un manojo de nervios en perpetuo movimiento.
Acabábamos de salir a la terraza y el viento, saturado de humedad, zarandeó mis cabellos, esparciéndolos en todas direcciones. Se oía cercano el ruido del mar, pero no se veía desde allí. Un bosquecillo de pinos se interponía entre la casa y el lugar de donde provenía su sonido y precisamente en esa dirección corrían los otros dos, después de saltar limpiamente el poyete que remataba la terraza y caer sobre unos arriates de bien cuidados geranios. Se volvieron hacia mí para indicarme que les siguiera, pero no me atreví a saltar el poyete. Me preguntaba qué opinaría tía Elvira de la conducta de mis primos, mientras retrocedía hasta el portón de entrada, frente al cual se encontraba una escalera de tres peldaños por la que se ascendía a la terraza, y los bajaba para echar a correr luego tras ellos.
Mi padre, desde luego, me habría reñido y Paca habría refunfuñado durante horas, calificándome de “arrapieza desmañada”, que era su epíteto más desdeñoso. Mis primos, en cambio, se habían detenido a esperarme con el aire de resignación del que desprecia tales remilgos, por lo que al alcanzarles me sentí obligada a explicarme.
—Es que he tenido que retroceder para bajar por la escalera. Por eso he tardado un poco.
—Pues por eso nosotros saltamos el poyete, —replicó Raúl remedando mi tono.
—Pero es que las plantas…
—Son solo plantas, —me interrumpió con aspereza.
—¿Y a tu madre no le importa que se las estropeéis?, —me sorprendí.
—Tiene muchas, —repuso él evasivamente—. El abuelo sí grita cuando nos ve, pero no nos ve nunca, porque siempre está encerrado en la
biblioteca y, en cualquier caso, como grita siempre, pues lo mismo da.
—¿Y por qué grita tanto?, —me interesé, siguiéndoles a toda la velocidad que me permitían mis piernas, mucho más cortas que las de ellos.
—Porque sí, —contestó Raúl, sin aminorar la marcha—, porque es un cascarrabias y siempre está enfadado. Por suerte, mi madre no se le parece en nada. ¿Se le parece tu padre?
Atravesábamos ahora una pinada de árboles arracimados y los otros dos saltaban sobre los zarzales que les obstaculizaban el paso, pero como yo temía sus espinas y me veía obligada a sortearlos, me iba quedando rezagada, pese a mis esfuerzos.
—¿No me has oído?, —me gritó Raúl, que me llevaba varios metros de delantera.
—Sí, pero no sé si se le parece, porque aún no he visto al abuelo, —
repliqué, algo preocupada por no haberme quedado en el saloncito a esperarle—. Mi padre no suele enfadarse. Paca dice que está siempre en las nubes.
—¿Y quién es Paca?
—Es la criada. Entró en casa antes de que naciera yo y es la que se enfada cuando hace falta.
—Ya, —murmuró Raúl sin escucharme.
Nos aproximábamos a una especie de cobertizo, cuya puerta se balanceaba al compás del viento y su atención se hallaba concentrada en ese lugar. Traspuso el umbral con Marta pegada a sus talones y les seguí al interior de la cabaña, donde dos chicos, atados de pies y manos, se revolcaban entre un montón de aperos de labranza intentando inútilmente librarse de sus ligaduras. Un cintajo mugriento, con plumas de gallina ensartadas, coronaba sus cabezas y junto a ellos distinguí algo que se asemejaba bastante a unos escudos de cartón pintarrajeados. Permanecí indecisa, mientras Raúl y Marta saltaban a mi alrededor, profiriendo gritos victoriosos, sin saber cuál debería ser mi papel en el juego. Si me hubieran dado a elegir, habría optado por el de india camuflada de rostro pálido que conseguía introducirse en el campamento enemigo y liberaba a los prisioneros, pero como no me habían dado a escoger, avancé unos pasos vacilante hacia el que parecía mayor de los dos, un chicarrón algo más alto
que Raúl, de enmarañado cabello castaño. Me observaba sin disimulo desde que entrara en la choza y al cruzarse nuestras miradas me guiñó un ojo.
—¡Hola! Somos pieles rojas, ¿sabes?, —me explicó aprovechando que Marta y Raúl se habían alejado de nosotros para revolver unos sacos—.
Esos sanguinarios rostros pálidos nos han atrapado cuando regresábamos a nuestra guarida. Ahora seguramente nos ejecutarán.
Al ver mi expresión de pavor, frunció el ceño sorprendido.
—Es de mentira, chiquilla. ¿Es que nos sabes jugar a los indios?
No me atreví a confesarle que era la primera vez que me veía en tales lides e hice un gesto afirmativo.
—Sí, claro que sé.
Como Raúl y Marta seguían revolviendo los sacos sin prestarnos atención. El indio aprovechó la ocasión para sugerirme:
—¿Por qué no nos desatas sin que se den cuenta? Mira, acaban de salir de la cabaña y no te verán.
—Pero es que me parece que soy de su bando, —objeté indecisa, después de comprobar que efectivamente los dos estaban al otro lado de la puerta, de espaldas a nosotros.
—¿Y qué? Si te pasas al nuestro, te nombraremos jefa india y serás tú la que des las órdenes.
Aunque no tenía el menor deseo de ascender a jefa, me sentía angustiada ante la idea de que les pudiesen ejecutar, por lo que asentí confusa.
—Bueno, pero que ellos no se enteren, porque…
Aunque no le expliqué el motivo, el chico sonrió como si fuese obvio y cuando al fin consiguió ponerse en pie, libre de sus ligaduras, me miró con algo de guasa.
—Más vale que escapes detrás de nosotros, porque a los traidores se les liquida sin juicio previo.
—Pero yo no soy una traidora, —me defendí cohibida—. Tú has dicho que podía pasarme a vuestro bando.
—Pero eso es una traición y bien gorda, —sentenció el otro chico, que era algo más bajo y se asemejaba extraordinariamente a tía Elvira—.
Cuando Raúl se dé cuenta de que nos has liberado, se pondrá como una
furia y seguramente te soltará un guantazo. Y por cierto, ahí vuelve con Marta.
Di un respingo al oír sus últimas palabras, al tiempo que los dos indios me empujaban tras la puerta de la choza, y me agazapé temblorosa junto a ellos. No acababa de entender aquel juego, pero sobre todo no me gustaba nada el cariz que estaba tomando. Lo mejor sería que regresase a la casa y que les dejase seguir haciendo el bestia sin mí.
—Oye tú, —musité, tocando la espalda del que parecía ser el jefe.
—¡Chist!, —me susurró este sin volverse—. Ya están aquí. En cuanto entren les atacaremos. Vosotros dos arremetéis contra Marta, que de Raúl me encargo yo.
—Pero…
No tuve tiempo de formular mi objeción, porque en ese instante mis primos entraron en la cabaña y los dos pieles rojas saltaron sobre ellos, derribándoles al suelo. Durante unos segundos apenas distinguí otra cosa que un revoltillo de brazos y piernas agitándose en el aire. Marta consiguió encaramarse a horcajadas sobre su adversario y arengaba a Raúl, que, bajo el chico guasón, se encontraba en una situación precaria. De pronto mi primo me divisó acurrucada en un rincón y me llamó a gritos.
—¡Ven a ayudarnos, corre!
A caballo sobre su contrincante, que estaba tendido de espaldas en el suelo, Marta volvió también la cabeza hacia mí.
—Sacúdele a Miguel un tortazo para que suelte a Raúl. ¿Pero qué te pasa?
Absolutamente perpleja, mi prima se olvidó del piel roja al que mantenía reducido bajo su cuerpo y se quedó mirándome con la boca abierta. Por fortuna su enemigo reaccionó de idéntica manera, al seguir la dirección de su mirada y verme convertida en un mar de lágrimas.
—¿Pero qué te sucede? ¿Es que te hemos hecho daño? También los otros dos cesaron en sus forcejeos al verme hipar inconteniblemente y, de rodillas sobre el mugriento pavimento, intercambiaron una mirada de desconcierto.
—Seguramente le habremos soltado una patada. —Opinó Raúl dirigiéndose al jefe indio, como si se hallaran solos en la cabaña y yo no
estuviera presente.
Su interlocutor se encogió dubitativamente de hombros.
—Puede ser, pero yo diría que ni siquiera la hemos rozado.
—Pues por algo llorará, me parece a mí, —insistió Raúl, rascándose el cogote.
—A lo mejor llora, porque es una llorona.
Marta abandonó a su adversario para venir a sentarse junto a mí y pasar un brazo sobre mis hombros.
—Nos seas tonta y no gimotees más. ¿Qué es lo que te ha pasado? ¡Con lo que nos estábamos divirtiendo!
Sin responder dejé escapar un nuevo hipido. Los sollozos no me lo permitían, pero, aunque me lo hubieran permitido no habría sabido explicarme. Lloraba porque… porque sí, sin ninguna razón específica que fuese capaz de analizar. Porque no me estaba divirtiendo en absoluto, porque me había convertido de improviso en una traidora sin imaginarlo siquiera, porque Raúl me iba a soltar una torta en cuanto se enterara, porque me sentía ajena a aquel absurdo juego y por un sinfín de motivos más.
Quizás Marta intuyera alguno de ellos, porque no insistió. Se limitó a abrazarme como si fuera una niña pequeñita y les indicó con un gesto a los demás que se abstuvieran de importunarme.
—Es mi prima, ¿sabes?, —le comunicó al jefe indio, que se nos había aproximado con curiosidad—. Ha llegado esta tarde a Montsalvatge y se va a quedar con nosotros una temporada.
El chico, que era algo más alto que Raúl y de complexión más fuerte, poseía unos guasones ojos castaños y una pelambrera del mismo color que se empeñaba en resbalarle sobre la frente, por más esfuerzos que hacía para retirársela. Me observó unos instantes en silencio y, cuando se percató de que mis sollozos amainaban, decidió presentarse.
—Me llamo Miguel, ¿y tú?
—Eurídice.
—¿Eu, qué?
Como estaba más que acostumbrada a que la gente se extrañase al oír mi nombre, se lo deletreé pacientemente.
—Eu–rí–di–ce. Creo que así se llamaba una ninfa griega.
—¿Y una ninfa que es?, —se interesó el otro piel roja, aproximándose también.
Marta le dedicó un visaje desdeñoso.
—Eres un ignorante, Juan. Las ninfas eran las diosas de los bosques, de los arroyos… El otro día nos lo explicó Don Ambrosio, pero como tú nunca te enteras de nada. —Luego se volvió hacia mí para aclararme su identidad
—. Juan es primo tuyo también, porque es hermano de Raúl. Tiene doce años y está siempre en las nubes. Nunca se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor.
Al enterarse del significado de mi nombre, Raúl le había echado un brazo a Miguel sobre los hombros y señalándome le comentó, como si yo fuese sorda y no pudiese oírles.
—Pues tiene bien poco aspecto de ninfa, ¿no crees? Más bien recuerda… recuerda… —Lo meditó mientras me recorría con los ojos, desde mi lacio cabello oscuro, que, sujeto con un gran lazo, pendía sobre mis hombros, hasta mi vestido de lanilla de cuadritos blancos y morados, que casi me llegaba a los tobillos—. Ya sé, —exclamó súbitamente inspirado—, recuerda a un gato asustado. Tiene los mismos ojos que los gatos. Casi no le caben en la cara. ¿A que tengo razón, Miguel?
El otro asintió muy serio, mientras luchaba nuevamente por apartarse de la frente su enmarañado cabello y me sometía a un atento escrutinio.
—La verdad es que ese nombre tan horroroso no te cuadra en absoluto,
—continuó Raúl haciendo gala de su falta de diplomacia—. ¿Quién fue el gracioso que te lo puso?
Marta se puso en pie de un salto y le propinó un sopapo.
—¿Por qué no cierras el pico de una vez? A mí me parece un nombre precioso y desde luego mucho más bonito que el tuyo, que no es de ninfa, ni de nada.
Sin enfadarse, él se echó a reír.
—¿Y qué haría yo con un nombre de ninfa? Me quedaría divino.
—Déjala en paz, —replicó la otra con aspereza—. Se lo pusieron sus padres porque les dio la gana. ¿A que sí?, —me preguntó.
Denegué tímidamente con la cabeza.
—No, fue solo cosa de papá, que es profesor de historia. Mamá murió antes de que yo naciese.
Una nueva risotada de Raúl me obligó a enrojecer hasta la raíz del pelo.
—¿Cómo iba a morirse tu madre antes de que tú nacieras? Hasta un tonto sabe que eso no puede ser.
—Pues sí, —afirmé avergonzadísima—. Se murió cuando yo nací de una cosa que no sé cómo se llama.
—Sería de parto, —apuntó Juan, deseoso de entrar en la conversación y de demostrar que entendía de ese tema.
—¿Y no sabes lo que es un parto?, —se extrañó Marta—. Aquí estamos hartos de presenciarlos, porque la gata de los guardeses tiene gatitos muy a menudo.
Me encogí de hombros evasivamente. ¿Cómo explicarle que mi vida en Segovia no tenía ningún punto de contacto con la que ellos llevaban en Montsalvatge? Ni siquiera había oído antes esa palabra y estaba segura de que ninguna de las niñas de mi clase conocía su significado. Tampoco jugaba con ellas a los indios, sino a la gallina ciega y procurando no manchar nuestros uniformes. Aquellos chicos, en cambio, no parecían en absoluto preocupados por el muestrario de manchurrones de todos los colores que ostentaban en sus ropas e incluso se atrevían a destrozar los arriates de geranios que circundaban la terraza. En mi casa solo había un tiesto, que Paca cuidaba como a las niñas de sus ojos, y hubiese puesto el grito en el cielo si lo hubiera rozado con la punta de mis dedos.
Tímidamente levanté la vista, deseando cambiar de conversación y vi que Raúl se había apartado con Miguel junto a la puerta del cobertizo, donde discutían algo muy acalorados. Algunas de sus palabras llegaron a mis oídos y me rebullí inquieta, sospechando lo que se avecinaba.