Entre la niebla
Capítulo 7
Permanecí largo rato con el rostro hundido en la almohada, tratando de aclarar mis pensamientos. En dos ocasiones oí cómo Raúl llamaba con los nudillos, pidiéndome que le permitiera entrar, pero no atendí a su llamada.
Necesitaba estar sola para reflexionar. Me había comportado de una manera estúpida. Si les hubiese aclarado que yo no había descolgado el cuadro ni lo había escondido en mi armario, todos me habrían creído. ¿Por qué no lo había hecho? Con mi absurda reacción no había conseguido más que empeorar las cosas.
Me sentía embargada por una angustia infinita. ¿Qué pensarían ahora de mí? Recordaba la expresión de embarazo de Patricia y de Nora y el asombro que denotaba el semblante de Leonor, pero sobre todo la acusación que traslucían las miradas de todos, que habían removido dentro de mí un sinfín de sensaciones olvidadas. Traté de rememorar nuevamente las imágenes que en ese momento habían acudido a mi memoria, pero solo conseguí vislumbrar borrosamente la niebla. ¿Por qué la niebla me asustaba de esa forma?, ¿qué oculto significado tenía para mí?
Acabé durmiéndome, pero fue un sueño agitado, colmado de pesadillas.
Llevaba una muñeca en brazos y alguien trataba de quitármela. Sí, era Miguel que saltaba de roca en roca y luego la arrojaba al agua. La muñeca se hundía y yo gritaba intentando salvarla. Pero no era Miguel, era Raúl el que me zarandeaba por los hombros y me amenazaba con tirarme al mar a mí también. Llamaba entonces a Marta para que acudiese en mi ayuda, pero mi prima no contestaba a mis gritos. ¿Dónde estaba Marta? Tenía que rescatar a mi muñeca y la necesitaba. ¿Dónde estaba?
Me desperté de pronto y tardé un tiempo en darme cuenta de que me encontraba en mi cama y que las acongojantes sensaciones que aún me
angustiaban no eran reales. Al incorporarme sobre un codo, divisé a través de los cristales del balcón las oscuras siluetas de los pinos que crecían arracimados y se extendían hasta el acantilado. Había anochecido ya. ¿Qué hora sería? Comprobé que mi reloj de pulsera se había parado. Debía ser muy tarde. Seguramente nuestros invitados se habrían marchado ya a la Escollera. Imaginé los comentarios de Patricia, Nora y Leonor durante el trayecto y el asombro de Ramón.
—No es más que una histérica, —diría la muchacha—. Y a mí que me había parecido una chica normal… insignificante y aburrida, pero normal.
Y a su madre contestando.
—Sí, hija, sí. Desde que ha vuelto a Montsalvatge los tiene a todos en vilo. Claro que, tiene a quién salirle, porque su padre, el pobre, también estaba bastante trastornado. Es una verdadera lástima.
No conseguí imaginar lo que habría dicho Miguel. Recordaba con toda claridad su gesto de decepción. Seguramente habría permanecido callado, hosco.
Pasé una ardorosa mano por mi frente, luchando por aclarar mis ideas.
¿Estaría trastornada? ¿Habría hecho en realidad todas aquellas cosas absurdas, olvidándolas luego?
Pero no era posible. Yo había sido siempre una persona equilibrada.
Aburrida y tristona, pero equilibrada.
Vacilante me puse en pie y me dirigí al cuarto de baño para lavarme la cara y las manos y luego volví al dormitorio, deteniéndome indecisa junto a mi lecho. Un sonido levísimo me impulsó a volverme hacia la puerta. A la escasa luz que proyectaba la lámpara de la mesita de noche, vi como el tirador giraba lentamente. Permanecí inmóvil, contemplándolo como hipnotizada. Después la manilla recobró rápidamente su primitiva posición.
Ocurrió todo tan deprisa que llegué a preguntarme si no lo habría imaginado, pero no, el sonido de unos pasos sobre el alfombrado pasillo llegó claramente a mis oídos. Salvé la distancia que me separaba de la puerta y descorriendo el cerrojo la abrí. El corredor estaba desierto.
Permanecí unos segundos en el umbral, tratando de distinguir algo en la oscuridad. Ningún rumor se percibía ahora, solo un silencio total.
¿Pero qué era aquello? Al fondo del pasillo algo se había movido. Sí, una figura borrosa, cuya silueta se perfilaba en la oscuridad, se deslizaba sin ruido hacia el ala de la casa que se mantenía cerrada. Corrí tras ella.
Necesitaba saber… necesitaba averiguar… Avancé tanteando las tapizadas paredes del corredor para orientarme y abrí la puerta que comunicaba la parte de la casa que habitábamos con la que no se utilizaba. A mi izquierda se encontraba el cuarto donde jugábamos de niños en invierno y a continuación la sala de estudio en la que don Ambrosio nos daba clase, día tras día con asombrosa paciencia. En la oscuridad noté la dureza del pavimento bajo mis pies, calzados con zapatillas. El pasillo de esa ala de la casa no estaba alfombrado y palpé también la desnudez de las paredes.
Indecisa me detuve, tratando de orientarme. Ya no oía el sonido de las pisadas que me precedían. ¿Acaso aquella sombra se había detenido también para esperarme?
Un terror angustioso me atenazó y sentí la frente perlada de sudor. A tientas percibí el tacto de la madera y comprendí que me hallaba ante la puerta de la sala de estudio, que abrí cautelosamente, encendiendo la luz a continuación. Reconocí la inmensa estancia, cubierta de polvo, que continuaba idéntica a como la recordaba. Los pupitres, con manchas de tinta, en los que garrapateábamos de niños, seguían ocupando el mismo lugar y también la mesa de don Ambrosio, delante de la pizarra que colgaba de la pared, parecía aguardar la llegada de sus alumnos. El profesor acostumbraba a acumular libros y papeles sobre esa mesa, pero ahora estaba vacía, desmantelada, y con sus carcomidas patas invadidas de telarañas.
Frente a la puerta se abría el ventanal, desde donde se dominaba la extensión de terreno de la finca que se divisaba desde la parte posterior del edificio y, más allá, los montes cubiertos de retama y de pinos, pero ahora, las contraventanas herméticamente cerradas impedían su visión. Pasé un dedo por la superficie de la mesa y lo retiré negro de polvo. Disgustada, saqué el pañuelo del bolsillo de mi bata y me lo limpié cuidadosamente. No soportaba la suciedad.
Volví los ojos hacia el pupitre que ocupara antaño y entonces la vi, pero no sobre el mío, sino sobre el que había pertenecido a Marta. Una hoja de papel con un dibujo sin terminar. Una lámina sin rastro de polvo, que
alguien tenía que haber dejado allí no mucho tiempo antes. Lentamente me acerqué hacia el pupitre, como si el bosquejo me atrajese de una hora irresistible. También había un lápiz de dibujo y en el extremo superior del papel aparecía reseñada la fecha en la que nos encontrábamos.
Sin atreverme a tocarlo, lo contemplé fijamente, sintiendo los miembros agarrotados. Une escalofrío me recorrió la espalda al percibir nuevamente el sonido de los pasos que antes había oído en el corredor, aproximándose a la sala de estudio. No me atreví a volverme y permanecí de espaldas a la puerta, rígida, inmóvil. Se acercaban cada vez más, se habían detenido en el umbral. No conseguí girar la cabeza, por más que lo intenté. La lámina comenzó a danzar ante mis ojos. Después oí confusamente la voz de alguien que me llamaba por mi nombre y di un grito.
Como en sueños reconocí la voz de Raúl, pero provenía de muy lejos.
Unas manos duras me zarandeaban por los hombros, haciéndome daño y al abrir los ojos distinguí el alterado semblante de mi primo, inclinado sobre mí. Dejé vagar mi vista en derredor hasta recobrar la conciencia de lo sucedido. Estaba en la sala de estudio y sobre el pupitre de Marta permanecía aquella lámina. Entonces recordé el sonido de las pisadas que se me habían aproximado por detrás y me tapé la boca con la mano para no gritar de nuevo. Raúl parecía seguir el hilo de mis pensamientos porque empezó a zarandearme otra vez.
—Cálmate, Eurídice. No sucede nada.
Al levantar los ojos hacia él, le encontré pálido y desencajado y me desasí suavemente de sus manos.
—¿Qué me ha sucedido?, ¿me he desmayado?
Meneó negativamente la cabeza sin dejar de observarme fijamente.
—No. Un ataque de… de nervios. Te he encontrado aquí chillando como una loca, aferrada al pupitre y sin querer volverte hacia mí. ¿Qué es lo que te ha asustado tanto?
Le señalé la hoja de papel y mientras la contemplaba, le expliqué:
—Es de ella. Ella ha estado aquí y ha escrito la fecha de hoy sobre su dibujo. ¿No la ves?
Había levantado la voz y me hizo callar con un gesto.
—¡Chist! Están todos acostados y no se han enterado de nada. Me he quedado un rato leyendo en la biblioteca y le he dicho a Juanita que te subiera una bandeja con la cena antes de marcharse. Al parecer, no has querido abrirle, pero a continuación te ha visto salir de tu dormitorio y encaminarte a oscuras a esta ala de la casa. Entonces ha bajado a avisarme y te he encontrado aquí, gritando. Parece milagroso que los demás no te haya oído. Pero, dime ¿por qué te asustas de esta lámina? Yo no le veo nada de particular.
—Es de ella, —repuse débilmente—. Me he asustado al oír sus pasos aproximándose a este cuarto. Luego se ha detenido en el umbral a mirarme y, aunque lo he intentado, no he conseguido volverme.
El semblante de Raúl se oscureció.
—Tranquilízate y trata de contarme lo que te ha pasado con algo más de coherencia. No consigo entenderte.
Dudé en referírselo. ¿No lo tergiversaría después, como había hecho anteriormente, para hacerles creer a todos que no estaba en mis cabales?
Claro que en ese caso yo podría negar los hechos que él relatase y decir que se los había inventado.
—Creo que he dormido toda la tarde y me he despertado con una pesadilla horrible. Al poco rato he notado que alguien intentaba entrar en el dormitorio y he salido a ver quien era, pero no había nadie en el pasillo.
Entonces la he visto.
—¿A quién has visto?, —me preguntó Raúl con voz tensa.
Estaba muy oscuro, pero he distinguido una sombra que caminaba delante de mí. La he seguido sin hacer ruido, pero luego la he perdido de vista. Al tropezar con la puerta de este cuarto, he entrado a echar un vistazo y he encontrado la lámina que ha dibujado, con la fecha de hoy. Ella ha estado aquí hace un instante.
—¿Ella?, —inquirió, con sus oscuros ojos brillantes de inquietud.
—Sí, Marta. Después he oído sus pasos. Se ha acercado a esta habitación y se ha detenido en el umbral. Ha sido cuando he gritado.
Raúl giró la cabeza hacia la ventana para que no viera su expresión. Con dedos nerviosos extrajo un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió
uno. Cuando volví a verle la cara, oscuras ojeras circundaban sus pupilas.
Su voz sonó crispada.
—¿Dices que has visto a Marta?, ¿la has visto en realidad? Descríbeme como era.
—No, no he conseguido volver la cabeza en su dirección. Me he quedado como paralizada, pero sé que era ella.
—Estás en un error. Los pasos que has oído eran los míos. Todo ha sido imaginación tuya.
Le señalé nuevamente la lámina.
—¿Y esa fecha? Es la de hoy. ¿Es que no la ves?
Le echó una distraída ojeada y luego la arrojó sobre el pupitre.
—Dime una cosa, Eurídice. En todos estos años que has permanecido en Segovia, ¿alguna vez has creído verla o has mantenido con ella algún tipo de relación?
Me costó trabajo entender lo que me preguntaba, pero cuando alcancé a comprender su significado, meneé negativamente la cabeza.
—Claro que no. ¿Cómo iba a verla, si ella estaba aquí, en Montsalvatge? ¡Qué absurdo!
Raúl asintió pacientemente.
—Y aquí, en Montsalvatge, ¿has llegado a verla alguna vez?
—No, verla, lo que se dice verla, no, pero he sentido su presencia en muchas ocasiones. Tiene que ser ella la que hace todas estas cosas que no tienen sentido. ¿Quién si no? Piensa en lo que ha sucedido esta tarde. ¿Por qué iba yo a descolgar el cuadro del abuelo y a esconderlo en el armario?
—¿Y por qué habría de hacerlo Marta?, —inquirió él.
—Tienes razón. Aunque ahora que lo recuerdo… Marta detestaba ese cuadro. Decía que era horrible. ¿No te acuerdas?
—No, no me acuerdo.
Fruncí el ceño para rememorarlo con mayor precisión.
—A menudo decía que el abuelo estaba en ese cuadro hecho una facha y que cuando fuera mayor le pintaría un retrato mucho mejor.
—Pero nunca lo descolgó de la pared, que yo sepa.
—No, creo que no. Efectivamente no lo descolgó. —Lo medité unos instantes y al ocurrírseme un nuevo argumento levanté los ojos hacia él—.
¿Pero y esa lámina, Raúl?, —insistí señalándosela—. El dibujo es de ella y ha reseñado en el margen la fecha de hoy.
Me interrumpió con impaciencia.
—Eso no significa nada. Hay dibujos de Marta guardados en esta casa y cualquiera ha podido traerlo a esta habitación y dejarlo sobre su pupitre, después de escribir esa fecha. Escúchame con atención, Eurídice. Tienes que prometerme una cosa. No quiero que le refieras a nadie, absolutamente a nadie, lo que has creído ver esta noche. Ni siquiera a Miguel. ¿Me lo prometes?
Parpadeé desorientada.
—¿Por qué habría de contárselo precisamente a Miguel? Está enfadado conmigo, porque cree que todo esto es una broma mía. ¿Por qué le dijiste eso?
Recostado contra la pared, se encogió evasivamente de hombros.
—Pensé que era mejor que lo creyese así.
—¿Qué era mejor?, —repetí perpleja—. ¿Por qué?, ¿por qué no le dijiste simplemente que yo no había intervenido para nada en los despropósitos que estamos padeciendo?
Vaciló imperceptiblemente, como si no se decidiera a aclararme el verdadero motivo.
—Sería conveniente que dejásemos este tema para más adelante.
Siento… siento no ser un especialista en la materia.
Me irritó su actitud. Aunque me repetí a mí misma que no debía dejar traslucir la desconfianza que su comportamiento me inspiraba y que debía limitarme a estar sobre aviso, no pude evitar dar un paso en falso.
—No quiero dejar el tema. Quiero saber por qué no le dijiste la verdad a Miguel.
—¿La verdad?, —musitó apagadamente—. Me gustaría decírtela, pero no sé por donde empezar. —Nerviosamente tiró el cigarrillo al suelo y, después de pisotearlo, se volvió hacia mí—. Mira, Eurídice, en algunos casos… nerviosos, puede producirse una disociación de la conciencia y con ello pueden aparecer unos estados anormales que podrían calificarse de hipnóides, ¿me sigues?
—Desde luego.
Continuó, sin fijarse en mi gesto de desorientación.
—Esos estados abarcan desde una ligera somnolencia hasta el sonambulismo y desde el recuerdo total hasta la amnesia absoluta.
Le escuchaba ahora atentamente, sin imaginarme a donde quería ir a parar.
—¿Y esos… síntomas a qué causa obedecen?
Raúl vaciló de nuevo y me dirigió una mirada de soslayo antes de encender otro cigarrillo con unas manos que temblaban ostensiblemente.
—Corresponden a una actitud histérica, a una neurosis disociativa, ante la represión de un trauma grave. Al volver a un estado de consciencia normal, en ocasiones puede conservarse un recuerdo vago, como el que se tiene después de un sueño, que se va borrando después. Creo que ese es el motivo de que tú vuelvas al lugar donde has estado inconsciente anteriormente.
Me quedé sin habla. ¿Me estaba diciendo que había sido yo, en estado hipnótico o como quisiera llamarlo, quien había depositado el dibujo de Marta en su pupitre, reseñando además la fecha en la que nos encontrábamos? ¿Intentaba convencerme de que, ya despierta, había regresado al mismo lugar, porque conservaba un recuerdo vago de haber estado allí poco antes? En ese caso también debía pensar que había sido yo la que durmiera en el cuarto de Marta la noche de mi llegada, la que transportara su ropa desde el desván al armario de su cuarto y la que esa misma mañana había escondido el retrato del abuelo. Solo le faltaba decirme que el lugar adecuado para mí era el de un manicomio. Debió intuir lo que estaba pensando, porque intentó sonreírme forzadamente.
—No es tan grave como supones. Como te he dicho, el origen es la represión de un trauma que…
—¿De qué trauma?, —le interrumpí—. Me he llevado muchos disgustos en mi vida, pero no recuerdo ningún acontecimiento especial que merezca ese calificativo.
No conseguí interpretar su expresión. Un sinfín de emociones confusas asomaron a sus ojos en apenas una décima de segundo, de las que solo logré entresacar algo parecido al miedo. ¿De qué tenía miedo Raúl? ¿De que
estuviera chiflada o de que fuera demasiado razonable y no me dejara manipular por él?
—Un trauma grave produce esos efectos precisamente cuando es reprimido, o sea, olvidado, —murmuró apagadamente.
—¿Quieres decir que la persona que lo ha sufrido no lo sabe?
—No lo sabe conscientemente.
—Ya. A ver si lo he entendido. Según tú, he olvidado algo horrible que me sucedió. ¿No es eso?, —manifesté con mordacidad—. ¿Por qué entonces no me refieres ese espantoso episodio y me ayudas a traerlo a la memoria? Porque supongo que al recordarlo quedarán resueltos todos mis problemas. ¿O no?
Raúl hizo un gesto de cansancio.
—Es mejor que lo dejemos, Eurídice. Solo trato de que los demás no piensen… nada especial. Lo que te ocurre puede solucionarse con un sencillo tratamiento. Es preferible que, mientras tanto, los demás consideren que son pequeñas excentricidades tuyas.
Me pregunté si debería insistir, pero ya no estaba segura de cuales eran las intenciones de Raúl. No sabía si él verdaderamente opinaba que yo estaba trastornada o si, por el contrario, era esa la única explicación que se le había ocurrido darme para evitar aclararme la identidad de la sombra que desde mi dormitorio me había precedido por el pasillo hasta la sala de estudio. Pero si esa sombra pertenecía a Marta y esta no había muerto, ¿por qué la mantenía oculta en el ala de la casa que permanecía cerrada?
Maquinalmente cogí la lámina de dibujo y estudié los signos escritos en su margen derecho. Los números de la fecha habían sido reseñados por una mano que temblaba en el momento de transcribirlos y no se parecían a los míos, pero tampoco a los de ella. Al menos, no a los que recordaba de ella cuando de niña resolvía los problemas de matemáticas que nos mandaba don Ambrosio. Claro que eso no constituía una prueba decisiva, pues la escritura suele ir cambiando con el paso de los años.
—Dame ese dibujo, —me pidió Raúl en un tono tan imperioso que no me atreví a negarme.
—¿No puedo… no puedo quedármelo? No conservo ningún recuerdo suyo.
—Te buscaré una foto, —replicó arrebatándomelo. Luego lo estrujó en su mano y se lo guardó en el bolsillo—. Eurídice, ¿quieres dejar de darle vueltas a este asunto?, —se impacientó—. Ya te lo he explicado y te repito que tu… tu problema podría solucionarse si me permitieras ayudarte. Podría conseguirte cita para el lunes para consultar tu caso con ese psiquiatra del que te he hablado.
—Muchas gracias, pero no creo necesitar ningún tratamiento, —musité débilmente, intimidada por su tono autoritario—. Me encuentro perfectamente.
Noté que le irritaba mi negativa, pero no insistió y no volvió a aludir a ese tema durante el recorrido que efectuamos de regreso a mi dormitorio ni al despedirse de mí.
El día siguiente lo pasé en mi cuarto. Era domingo y cuando Juan vino a media mañana a interesarse por el motivo por el que aún permanecía acostada, pretexté una fuerte jaqueca. Lo que necesitaba era estar sola. Me hacía falta reflexionar y además no me sentía en condiciones de afrontar la conmiseración que, sin duda, traslucirían los semblantes de todos los que estaban presentes en el saloncito, cuando Juanita les comunicó a tía Elvira que había encontrado el retrato del abuelo dentro de mi armario.
La expresión de Juan denotaba tan solo preocupación por mi estado de salud e incluso procuró animarme con la perspectiva de una reunión a la que íbamos a asistir el lunes por la tarde. Desde luego, yo no pensaba asistir, pero no se lo dije para no desilusionarle. Estaba tan cansada… No me apetecía hacer nada ni ver a nadie, por lo que cuando más tarde acudió tía Elvira a traerme una bandeja con la comida, fingí estar durmiendo.
Durante toda la tarde permanecí acostada, dándole vueltas a lo mismo.
¿A dónde podría marcharme? Sabía sobradamente que carecía de los arrestos necesarios para enfrentarme sola con el enigma que albergaba Montsalvatge y no podía contar con nadie. Juan era un buenazo, pero, o bien conocía la existencia de la persona que la noche anterior había desaparecido de mi vista, ocultándose en el ala deshabitada de la casa, y tenía razones para no compartir su secreto conmigo, o, si lo ignoraba, no daría crédito a lo que yo pudiera referirle. Ni él ni ningún otro, porque de
demostrarles a todos que yo no estaba en mis cabales ya se había ocupado Raúl.
Cabía obra posibilidad. Que hubiera sido Juanita la que, confabulada con él, me precediera a oscuras por el pasillo y dejara la lámina de Marta en la sala de estudio para hacerme creer que sufría alucinaciones. Pero en este último caso, ¿por qué me había pedido Raúl que no le contara a nadie lo que había visto? ¿Le bastaba con que yo llegara al convencimiento de que estaba chiflada, aunque los demás no tuvieran conocimiento de mis supuestas “rarezas”?
Dando vueltas en la cama, debí dormirme, porque cuando me desperté a la mañana siguiente ya era muy tarde. No tenía tampoco intención de levantarme ese día y permanecí inmóvil mirando al techo, hasta que me pareció reconocer la voz de Leonor en el pasillo hablando con Juanita. De puntillas me aproximé a la puerta para escuchar lo que decían.
—La señorita Eurídice está indispuesta. Ya sabe usted…, —oí que le comentaba a la otra esta última.
—¡Bah!, no será nada. Un dolorcillo de cabeza, supongo, —le contestó Leonor.
Imaginé la expresión de la criada, cuando la escuché decir.
—Anteanoche nos dio un susto horrible al señorito Raúl y a mí. La vi salir de su cuarto con una cara muy rara y bajé a avisarle. Pero no le diga nada a la señora. La pobre bastante tiene. Es terrible para ella lo de la señorita. Un pariente mío empezó así y al final tuvieron que internarle. Una lástima.
La voz de Leonor sonó áspera.
—¿Y eso qué tiene que con la señorita Eurídice? A nadie le internan por salir de su cuarto con cara rara, creo yo. No tiene nada que ver una cosa con la otra.
—No, claro, solo por eso… no, pero…
Juanita parecía deseosa de seguir chismorreando sobre mí, pero Leonor no se lo permitió. Llamaba a mi puerta con los nudillos, por lo que eché a correr hacia la cama y me acosté de nuevo, cubriéndome con la sábana hasta la barbilla.
—¿Puedo pasar? Soy Leonor.
Pensé que lo mejor sería no contestar y hacerme la dormida, pero no contaba con el carácter impulsivo de la muchacha, que, al no oír mi respuesta, asió decididamente el picaporte y entró en el dormitorio, aproximándose a mi cama con desenvoltura.
—Parece que se te han pegado las sábanas, ¿eh? ¿Cuál es la gravísima enfermedad que te aqueja?
La luz que penetraba por las rendijas de las maderas del balcón me permitió distinguir su expresión risueña.
—Vamos, criatura, levántate de una vez, —me animó, tirando de mi brazo—. Me ha prestado Miguel su coche y lo tengo aparcado abajo. Vamos a ir a Palma a comprar tu disfraz y el mío, aunque no sé todavía de qué voy disfrazarme.
Su vitalidad resultaba contagiosa, pero, pese a ello, me resistí.
—Gracias, Leonor. Eres muy amable al tomarte tantas molestias por mí.
Había pensado… había pensado que después de lo del otro día, ya no…
Se echó a reír despreocupadamente.
—No digas más majaderías y vístete de una vez. A mí me tiene sin cuidado que escondieras ese cuadro. Lo he visto hoy al subir por la escalera y desde luego fuiste muy prudente al limitarte a ocultarlo. Yo lo hubiera tirado el cubo de la basura.
—No, si no fui yo, —protesté.
—¡Ah!, ¿no?, pues entonces no sé de qué te preocupas.
Me puso en pie, tirando de uno de mis brazos y a empujones me llevó hasta el armario para que eligiera la ropa que iba a ponerme. Con ella en la mano pasé al cuarto de baño, manteniendo la puerta entreabierta.
—Te interesa mucho la pintura, ¿verdad, Eurídice?, —le oí decir—. Lo noté el otro día, cuando examinabas con aire crítico el cuadro que cuelga sobre la chimenea del saloncito. Tienes aspecto de artista.
—Pues no lo soy, —repliqué a gritos mientras me duchaba—. La que pintaba era Marta.
—Sí, ya lo recuerdo. Vi un par de marinas suyas y me impresionaron.
Tenían una luminosidad muy especial. Claro que entonces éramos unas niñas y todo nos parecía bonito. Quizás si viese ahora alguno de sus cuadros opinaría de distinta manera. ¿Conservas alguno?
Rememoré en ese instante el que comenzara a pintar en la caleta el día en que Miguel se despidió de nosotros para irse con sus padres a Madrid.
Conservé durante un tiempo la esperanza de que se le pasara el berrinche y tomara nuevamente los pinceles para plasmar en el lienzo aquel mar tan azul y la playa con su arena dorada, pero ella se había ido. Ya nunca podría recuperarlo.
—No, y lo siento. Una vez prometió regalarme un paisaje, pero no llegó a terminarlo. No sé donde puede tenerlos guardados mi tía. Si quieres, podemos subir un día al torreón, porque allí solía pintar Marta y tenía el caballete y los cuadros que opinaba que valían la pena. Tú pintabas también muy bien, ¿verdad?
Hasta sus oídos llegó la alegre risa de la muchacha.
—Qué va. Son cosas de mi padre. Lo dejé, porque no podía compaginarlo con mis estudios y es más práctico ser abogado que pintora.
Además, nunca hubiera llegado a ninguna parte con los pinceles. Lo que sí puedo decirte, es que entiendo bastante del tema, porque ha seguido interesándome y he estudiado mucho la técnica de los más destacados. ¿Te gusta la pintura?
—Sí, sí, claro, —repuse sin ninguna convicción, deseando que pensara que era una muchacha culta.
Sin duda, al oírme creyó encontrarse en terreno conocido, porque a continuación me preguntó:
—¿Y qué opinas de la influencia de Van Goh y Gauguin en Picasso? ¿Y
de la del Greco? El alargamiento de las figuras de su época azul me parece que se manifiesta sobre todo en su cuadro “El entierro de Casagemes”. ¿No crees?
No conocía ese cuadro ni tenía una opinión formada sobre el ascendiente que en el pintor español hubieran podido tenido los impresionistas citados en primer término, por lo que abrí más el grifo de la ducha y fingí no oírla.
—Estoy acabando, —le dije a gritos—. No tardaré.
Me arreglé apresuradamente y cuando regresé al dormitorio vi que Leonor estaba junto al balcón, contemplando abstraída la extensión de terreno que se dominaba desde allí.
—Tienes una bonita vista, —me comentó, señalándomela apreciativamente—. Desde la ventana de mi cuarto, aquí en la Escollera, se ve la casa de los Serra. Sabes que vamos esta tarde a una reunión en casa de Marisa, ¿verdad?
Debió de darse cuenta de mi desinterés, porque insistió.
—¿Qué pasa?, ¿no piensas ir? Pues la del año pasado fue divertidísima y no estoy dispuesta a permitir que te quedes en tierra. No quiero que eches de menos a tu pandilla de Segovia. Porque supongo que tendrías una pandilla.
Me encogí evasivamente de hombros.
—Bueno, en realidad… no. Salía casi siempre con Luisa, con mi madrastra.
—Sí, ya sé. Recuerdo lo que te compadecían tus primos y el mío por ese motivo. Te protegían como si fueses un helado que en cualquier momento se pudiese derretir. Y aún continúan haciéndolo.
—¿Tú crees?, —me sorprendí—. Yo diría que más bien se metían continuamente conmigo y me hacían rabiar.
—Eso también es cierto, —reconoció, mientras me ayudaba a hacer la cama—. ¿Pero de verdad no te dabas cuenta del mimo con el que te trataban? Marta y yo cobrábamos de lo lindo, en cuanto sacábamos los pies del plato. En cambio a ti… Si todavía me acuerdo de una vez que te llevamos prisionera a la gruta de la playa y Miguel te dejó escapar.
Me eché a reír al recordarlo.
—Sí, pero porque le amenacé con el infierno. Me había prometido anteriormente portarse bien conmigo.
Me pareció extraño sentirme tan a gusto con aquella chica a la que apenas conocía. Quizás obedeciera a que ella era también parte de mi infancia o quizás a la naturalidad con la que había acogido el hecho de que yo hubiera podido esconder el cuadro del abuelo. A diferencia de los demás, no me consideraba excéntrica o, si pensaba que lo era, le tenía sin cuidado. Animada por su comprensión, bajé con ella la escalera sintiéndome liberada de un gran peso. En ese momento hasta me apetecía asistir con ella a la reunión de Marisa, pero recordé a tiempo lo exiguo y poco apropiado del equipaje que había traído a la isla.
—Me temo que no dispongo de nada adecuado para esa reunión de la que me has hablado, —le comenté.
—Bah, por eso no te preocupes. A los jóvenes de hoy no nos gusta emperejilarnos y vamos a todas partes en pantalones vaqueros. La reunión de esta tarde es completamente informal. Como te he dicho, con unos vaqueros y un jersey de un color bonito que te siente bien, estarás estupenda. En cambio, en Nochebuena…
—¿Tendremos que emperejilarnos en Nochebuena?, —me preocupé.
Leonor afirmó vigorosamente con la cabeza agitando sus rizos rojizos.
—Sí, tu tía es muy tradicional. ¿No recuerdas las Navidades de cuando éramos niñas? Mi familia y yo veníamos a cenar aquí en Nochebuena y vosotros ibais a comer a La Escollera en Navidad. Elvira sigue colocando el árbol en el mismo sitio, lo adorna con las mismas bolitas y prepara una cena pantagruélica, igual que entonces. Como contraprestación pretende que nos arreglemos todos como si asistiésemos a una fiesta de la alta sociedad, así que tendremos que darle gusto. ¿No tienes nada bonito para esa noche?, —
me preguntó ya al pie de la escalera—. Estoy pensando que podríamos aprovechar para comprarnos algo en Palma.
—Pues… la verdad es que no me interesan demasiado los trapos, —
reconocí—. Y no porque tenga apuros económicos, simplemente es que soy un poco descuidada. Cuando en Segovia me invitaban a una reunión, tenía Luisa que prestarme alguno de sus trajes. A mí me parece absurdo gastar el dinero en esas bobadas, aunque comprendo que a una chica como tú le interese ir a la moda, porque eres muy bonita, pero yo… en fin, ya me entiendes, —concluí, enrojeciendo.
Estupefacta se volvió a mirarme.
—¿Y tú no… tú no te miras nunca al espejo?, —me preguntó incrédulamente.
—Claro que sí, ¿por qué lo dices?
—Porque no creo que tu aspecto deje nada que desear. Resultas tan absurdamente irreal… El otro día cuando te vi en la playa, me quedé observándote fijamente, porque me diste la impresión de que en cualquier momento te podías desvanecer en el aire. ¿No te han dicho nunca que no pareces pertenecer a este mundo?
Debí de ponerme como un tomate, porque se echó a reír.
—Bueno, está claro que, si te lo han dicho, no te has dado por enterada.
—De improviso recobró la seriedad y se mordió los labios—. Quiero decirte una cosa, Eurídice, pero no sé por donde empezar.
—Empieza por donde quieras, —la animé.
—No, vamos a despedirnos antes de tu tía. Te lo diré en el coche.
Poco después, cuando ya en el automóvil recorríamos la avenida bordeada de olmos que se extendía desde la terraza hasta la cancela de entrada de la finca, insistí:
—Bueno, desembucha ya. Me tienes intrigadísima.
Hizo un gesto de asentimiento sin perder de vista el camino que recorríamos y frunció los labios, buscando cuidadosamente las palabras.
—Lo que quería decirte es que… que la casona donde vives es terriblemente grande y sé que eres muy miedosa, porque me lo ha dicho Miguel. Si alguna vez te asustas de… si te encuentras sola, puedes contar conmigo. Yo no le tengo miedo a nada.
—¿A nada?
—Bueno, a casi nada. Supongo que todo el mundo se portará bien contigo y que nadie pretenderá meterte miedo.
Observé su agradable perfil, preguntándome si sabría algo más de lo que dejaba entrever. Las manos con las que sujetaba el volante denotaban ausencia de nerviosismo. Parecía preocuparse exclusivamente por mí.
—¿Por qué lo dices?
—No, por nada. Es que Juanita me ha dicho que la otra noche… que la otra noche dabas la impresión de estar un poco asustada.
Rememoré el oscuro pasillo y la sombra que intenté perseguir. ¿Me creería si se lo contaba?
—No fue nada, —dije con voz apenas audible—. Debo de tener los nervios algo alterados. No sé qué es lo que me sucede desde que he regresado a Montsalvatge, porque a veces me siento distinta, como si fuera otra persona.
Me interrumpí, temiendo haberme ido de la lengua. Era imposible que Leonor admitiera que las sospechas que despertaba en mí Raúl tenían fundamento, porque saltaba a la vista los sentimientos que él le inspiraba.
—Dime una cosa, Leonor. Comentaste el otro día que estabas estudiando Derecho, así que imagino que lo sabrás. ¿Quién me heredaría a mí, en el supuesto de que me ocurriese algo?
—¿Quieres decir en el supuesto de que te murieses?
—Sí.
—Dependería de que hubieses hecho o no testamento. ¿Has hecho testamento?
Reflexioné disimuladamente para que no advirtiera que no estaba muy segura. Nunca me había interesado por las cuestiones legales ni por resolver mis propios asuntos. A decir verdad, no sabría por dónde empezar si en adelante me viese obligada a manejar el timón de mi propia existencia.
—No, no entiendo nada de esas cosas. Luisa se ocupaba de todo.
—¿Y no se ocupó de que hicieras testamento?
Fruncí el ceño para concentrarme mejor. Había ido muchas veces al notario en su compañía, pero no recordaba ninguna ocasión en la que hubiera sido ese el objeto de nuestra visita.
—No. Probablemente porque consideró que era muy joven aún para preocuparme por el después.
Con un gesto evasivo, Leonor pareció indicar que ella también lo veía innecesario en el momento presente.
—En ese caso, te heredaría tu tía Elvira, que es tu más próxima pariente, —me explicó con voz clara—. Pero si prefieres testar a favor de otra persona, de tu madrastra por ejemplo, no habría ningún inconveniente, porque no tienes herederos forzosos. ¿Pero a qué viene esa tonta preocupación? Lo mejor es que no te mueras y que te gastes el dinero en trapos. ¿Tienes mucho?
—Creo que sí.
—Pues estupendo. Podremos entrar a saco en todas las tiendas que merezcan la pena. Como te he dicho, lo adecuado para asistir esta tarde a la reunión de los Serra son los vaqueros, pero, como también te he recordado, a tú tía le gusta que en Nochebuena nos vistamos más elegantes. En cuanto al día de Navidad, supongo que también te acordarás que en la Escollera ese día tenemos que ir guapas, así que, convendría que te compraras dos trajes, si no has traído ropa apropiada.
Parecía estar encantada con la noticia de que dispusiera de una buena situación económica, pero yo seguía dándole vueltas al tema que me mantenía obsesionada.
—¿Y en el supuesto de que no me muriera, pero que me pasara algo?,
—le pregunté en tono intrascendente.
—¿Algo como qué?
—Que me chalara, por ejemplo.
Ajena por completa a la angustia que experimentaba yo, se echó a reír con ganas.
—Si te chalaras, no te heredaría nadie. Tu familia tendría que incapacitarte primero y el juez te nombraría un tutor que administraría tus bienes hasta que recobrases el sano juicio. Pero también es mejor que no te chales. ¿Para qué? Debe de ser aburridísimo.
En otro momento la hubiera imitado y me habría reído también, pero no tenía ganas de reírme.
—Pero yo casi no tengo parientes. ¿Quién podría ser mi tutor?
Leonor pareció encontrar mi pregunta graciosísima.
—Me da la impresión de que estás incubando una “depre”. Pero en fin, si tanto te interesa… Probablemente nombrarían a Raúl, aunque no te lo aconsejo como tutor. Se gastaría todo tu dinero en libros soporíferos y cuando recobraras la chaveta, te encontrarías con que no te quedaba el suficiente para adquirir más trapos. Y hablando de vestidos, tenemos que encontrar también tu túnica. Si no damos con ninguna tienda donde la vendan, al menos compraremos la tela. Yo soy una auténtica nulidad cosiendo, pero tía Pat se da bastante maña y te la confeccionaría encantada, porque te tiene mucho cariño. Claro que es natural.
—¿Por qué es natural?, —le pregunté—. Debió de formar muy mala opinión de mí por la desaparición del cuadro.
—Que va. Únicamente se preocupó por el mal rato que habías pasado, pero eso es todo. Es muy benévola juzgando a la gente y en tu caso lo es aún más.
Intrigada, abrí desmesuradamente los ojos.
—¿Por qué?
—Mujer, por lo que sucedió cuando era joven. —Me miró de soslayo—.
Ya sabes que tu padre y ella fueron novios, ¿o acaso no lo sabías?
—Sí, lo he oído comentar.
—Tu padre la dejó cuando se marchó a vivir a Segovia.
Y mira, ahí tenemos Palma, —me comentó señalándome las primeras casas que se veían a lo lejos—. ¿No dirás que no te he traído en un santiamén? Soy una experta corredora de bólidos, aunque Miguel no opine lo mismo. Me ha costado bastante conseguir que me prestara su coche, pero se lo devolveremos sin un rasguño.
Entretenidas en recorrer tiendas, la mañana transcurrió sin que nos diéramos cuenta y cerca del mediodía regresamos al automóvil, cargadas de paquetes.
—Tengo los pies destrozados, —me quejé.
Leonor me dedicó un cómico visaje.
—Es por la falta de costumbre, porque yo estoy tan fresca, aunque me preocupa no haber comprado aún el regalo de Nochebuena de Raúl ni el tuyo. Quiero que sea una sorpresa. Se me ha ocurrido una cosa que estoy segura de que te va a gustar. Al menos cuando eras niña te gustaba mucho.
—¿Qué es?
—No, no pienso decírtelo. ¿Sabes lo que podríamos hacer? Nos quedaremos a comer aquí, en Palma, y así podremos seguir de tiendas esta tarde.
—¿Pero qué dirán en casa?, —me preocupé.
—No dirán nada, porque voy a llamarles ahora mismo por teléfono para advertirles.
—¿Crees que les parecerá bien?
—¿Y por qué no? Ya somos mayorcitas. Mira, comeremos en ese restaurante de la esquina, que tiene buen aspecto. Lo malo es que… que creo que me he dejado el móvil en la Escollera cargando. ¿Has traído el tuyo?
Meneé negativamente la cabeza.
—No tengo móvil.
Leonor me contempló estupefacta.
—¿Qué no tienes móvil?, ¿y cómo es que no tienes móvil? Todo el mundo tiene móvil.
Me encogí de hombros evasivamente.
—Yo… no…, nunca lo he necesitado.
—Bueno, da lo mismo, seguramente en el restaurante tendrán teléfono.
Me cogió del brazo, haciéndome caminar hacia el local que me había indicado.
—Espérame aquí, —me dijo cuando me dejó sentada en una mesa cubierta con un mantel de cuadritos blancos y azules—. Voy a telefonear por ti a Montsalvatge. Estoy segura de que, si lo hicieras tú, tu tía acabaría convenciéndote de que regresaras inmediatamente, porque tienes menos arrestos que un pajarillo anémico. Anda, sé buena chica y ve mirando la carta mientras tanto.
Se alejó hacia la cabina y me quedé sola, acodada en la mesa, mirando distraídamente a mi alrededor. El restaurante se encontraba bastante concurrido y la puerta giratoria daba continuas vueltas en ambos sentidos, impulsada por los que entraban y salían. Un hombre de mediana edad, con abrigo y sombrero, llamó mi atención. Se había acercado a la barra y hablaba animadamente con una camarera que acababa de entregarle algo.
Me puse en pie al reconocerle.
—¡Don Ezequiel!, ¿no me recuerda?
Me miró sorprendido a través de sus gruesos lentes y su rostro expresó perplejidad.
—Soy Eurídice, don Ezequiel. Usted me atendió cuando pasé las paperas en Montsalvatge, hace un montón de años.
Me contemplaba aturdido y al fin su semblante bonachón se distendió en una sonrisa. Me cogió las manos como si tratara de convencerse de que era yo misma.
—¡Eurídice!, ¿pero eres tú? ¡Pero qué cambiada estás! Entonces eras un monicaco que no levantaba dos palmos del suelo.
—¿No quiere usted sentarse?, —le pregunté, señalándole una silla a mi lado—. Estoy esperando a una amiga, que ha ido a llamar por teléfono.
Seguramente la recordará. En aquella época la llamábamos Totó.
El médico se echó a reír con ganas.
—Claro que la recuerdo. Una chiquilla pelirroja y pecosa. ¡Menudo mordisco me atizó en una ocasión en que pretendí mirarle las amígdalas!
Esperaré contigo a que ella vuelva, pues tengo algo de prisa. He entrado solamente a recoger mi lotería de Navidad. Juego todos los años. Pero, dime
¿cómo siguen en Montsalvatge? El otro día acudió tu tía a mi consulta con Juanita, pero la muchacha no tenía el tobillo fracturado como temían. Era solo una torcedura.
Recordé el incidente y enrojecí a mi pesar, como si sintiera nuevamente las miradas de mis parientes y la de Miguel fijas en mí, tras la explicación de Juanita manifestándoles que se había caído en la escalera cuando me había seguido al verme subir al desván.
—Aún cojea un poco. ¿Y a usted cómo le ha ido en esos años? Raúl me ha dicho que ha vuelto al pueblo, aunque anteriormente se había trasladado aquí, a Palma.
—Sí, me vine hace tiempo. Poco después de que tú te marcharas, cuando sucedió lo de tu prima.
Sentí una dolorosa punzada en mi interior.
—Debió ser horrible para todos.
Don Ezequiel asintió pesarosamente.
—Sí que lo fue. Creí que tu tía no la sobreviviría. Poco después me ofrecieron aquí un puesto en un hospital y me vine a la ciudad, pero echaba de menos a la gente del pueblo y a aquella tranquilidad.
Jugueteaba yo con la servilleta de papel, plegándola y desplegándola entre mis dedos.
—Me han dicho que usted la atendió entonces. Quiero decir, que atendió a Marta en su enfermedad.
—¿A qué te refieres? —En su rubicundo rostro podía leerse la extrañeza
—. Tú no estabas ya en Montsalvatge, ¿verdad? Al menos no recuerdo haberte visto cuando ocurrió aquello.
—No, me marché poco antes. Pero dígame, doctor, ¿ella no sufriría…?
Movió negativamente la cabeza.
—Pobre criatura. Tan bonita como era y quedó irreconocible. Pese a haber visto en mi profesión un sin número de casos traumáticos, no he podido olvidarlo. Era un diablillo, pero todos la queríamos. Recuerdo que
siempre que bajabais al pueblo pasaba a saludarme. No, no sufrió. Debió morir instantáneamente.
Aturdida, levanté los ojos hacia él.
—¿Instantáneamente?
—Sí, se rompió el cuello contra los riscos.
—¿Contra los riscos?, —balbuceé sin comprender.
El médico me miró compasivamente.
—Sí, Marta se despeñó desde lo alto del acantilado. ¿Es que no lo sabías?
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