Entre la niebla

Ursula Llanos · Capítulo 5 de 23

Páginas del PDF

Entre la niebla

Capítulo 4

Raúl y Juan se habían marchado ya a sus respectivos trabajos cuando a la mañana siguiente bajé a desayunar. Vagué después por la casa buscando a tía Elvira y al no encontrarla me encaminé nuevamente hacia el vestíbulo, donde había visto poco antes a la muchacha de sonrisa bobalicona, limpiando el polvo.

—Buenos días. ¿Sabe dónde está mi tía?

Hizo un ademán vago, mirándome con curiosidad. Me pareció que se fijaba especialmente en los pantalones azul marino que llevaba puestos y me pregunté si pensaría que me estaban demasiado estrechos. Me los había comprado Luisa, asegurándome cuando me los probé que me sentaban divinamente, pero yo no estaba muy segura de ella. Luisa siempre me decía cosas similares para animarme, aunque no siempre lograba convencerme de que sus apreciaciones eran las correctas.

—¿No sabe a dónde ha ido?, —insistí, parapetándome detrás de una butaca con la intención de ocultarlos de su vista.

—Salió hace un rato con la señora Olavide. Creo que iban al pueblo de compras. ¿Necesita usted algo?

Continuaba mirándome con aquel aire estúpido, pero ahora se estaba fijando en mi jersey. ¿Me estaría también demasiado estrecho u opinaría que su color blanco no me favorecía lo más mínimo?

—No gracias, —murmuré, mientras reculaba hacia la biblioteca para escapar de su campo de visión.

Estuve leyendo un rato, hasta que decidí salir a dar una vuelta por los alrededores. El día estaba muy nublado paro como no pensaba alejarme mucho, consideré innecesario subir a por el chaquetón.

Soplaba una brisa fresca, que zarandeaba suavemente las ramas de los árboles, desprendiendo de sus hojas las gotas de lluvia de la noche anterior y eché a andar sin rumbo fijo hacia el bosquecillo de pinos, donde tantas veces jugáramos tiempo atrás. Después de atravesarlo, me dirigí hacia el acantilado. Contemplé a mis pies la caleta de arena dorada, circundada por abruptos riscos grisáceos, y luego me encaminé hacia la vieja escalera de piedra para bajar a la playa. El lugar era escarpado y descendí con suma lentitud, por miedo a resbalar en los musgosos peldaños. Cuando noté bajo mis pies la blandura de la arena sentí el absurdo deseo de meterme unos metros en el agua, saltando de roca en roca para tocarla con las manos.

Estaba en cuclillas sobre un peñasco, cuando el sonido de unos pasos a mi espalda me obligó a incorporarme y a volverme bruscamente. Un hombre se me había aproximado por detrás sin que lo hubiese advertido hasta ese momento, y al notarle a mi espalda me sobresalté tanto, que estuve a punto de caerme al agua. Me sujetó a tiempo, ayudándome después a saltar hasta la arena y cuando me depositó en la playa sana y salva y me miró por primera vez, una expresión de absoluta estupefacción apareció en su moreno semblante en el que brillaban maliciosos sus ojos castaños.

—¡Eurídice!, ¿pero eres tú?

Le contemplé aturdida unos instantes. ¿Dónde había visto anteriormente a aquel muchacho de revuelto cabello castaño, que ahora me contemplaba sonriente?

Era alto y de complexión fuerte y vestía unos arrugados pantalones vaqueros y un jersey gris claro de cuello vuelto. Sobre la frente, tostada por el sol, le resbalaban unos mechones de pelo castaño que intentaba inútilmente retirar con los dedos. De pronto le reconocí y me llevé una mano a la boca para ahogar una exclamación de asombro.

—¡Miguel!, ¡qué… qué distinto estás!

Recordaba a un chiquillo zanquilargo y siempre despeinado que en nada se parecía al muchacho que tenía delante. Bueno, sí, los ojos eran los mismos y también su sonrisa burlona. Me miraba con una mezcla de ternura y sorpresa y sentí de pronto una intensa añoranza. ¿Cómo habría podido esperar encontrar a mi regreso lo que dejara a mi marcha? El tiempo había pasado inexorable sobre Montsalvatge y aquellos compañeros de juegos se

habían hecho hombres. Nada podría ser lo mismo ya. Ya no volveríamos a organizar violentos combates en el faro ni nos perseguiríamos entre risas y bromas por la caleta en las calurosas mañanas de verano. Aquello no podía volver.

Miguel parecía seguir el hilo de mis pensamientos, porque se echó a reír.

—¿Tan feo me encuentras como para poner esa cara tan acongojada?

No sé si podré recobrarme fácilmente de esta decepción.

Bajo sus burlonas palabras adiviné que él sentía algo parecido en aquel momento, pues también sus ojos brillaban con algo que se asemejaba mucho a la nostalgia.

—No seas tonto, —repliqué enrojeciendo—. Es que no esperaba encontrarte aquí y me has asustado. Luego… me ha costado reconocerte.

Has cambiado mucho.

—Tú, por el contrario… —Se interrumpió sin dejar de contemplarme, como si estuviera analizando la impresión que le producía—. Estás idéntica, aunque… no sé. ¿Eras antes tan intangible? Das la impresión de ser irreal…

¿Estás segura de que perteneces a este planeta?

Ahora sí que me puse como un tomate. Parecía hablar en serio, pero sin duda me estaba tomando el pelo. ¿Sería a los pantalones que llevaba puestos a lo que se refería?

—Veo con satisfacción que al fin te hicieron efecto las espinacas, —

terminó con cierta guasa.

—Las espinacas… —repetí con comprender.

Se echó a reír al ver mi gesto de extrañeza.

—Sí, las que te hacía comer tu niñera en Segovia para que crecieras más deprisa. Entonces eras un comino que no levantaban dos palmos del suelo.

En cambio, ahora… ¿Cuánto mides?

—Un metro, setenta centímetros.

—Quién podría esperar que alcanzaras esa estatura Pero cuéntame, ¿qué haces en Montsalvatge?, ¿cuándo has vuelto?

—Anteayer. He venido a pasar la Navidad con ellos. —Repuse eludiendo el verdadero motivo. Al parecer, ni Raúl ni Juan se lo habían comentado, seguramente porque ninguno de los dos lo consideraban digno

de mención. Me estiré el jersey para que no notara lo estrechos que me estaban los pantalones y levanté la mirada hacia él—. Pero no sé por qué me dices que no he cambiado. Juan me encontró muy distinta, —añadí amoscada.

—¿Sí?, pues no me lo explico. Has crecido mucho y de lejos pareces una jovencita, pero en este momento tienes la misma expresión que aquella vez en que Juan y yo te cogimos prisionera y te atamos a una estaca. Lo que llorabas mientras bailábamos a tu alrededor la danza guerrera.

Me eché a reír al rememorarlo.

—Sí, Marta tuvo que librarme de vosotros a puntapiés.

—Ya me acuerdo, ya. Se puso como una furia. Luego pasó el resto del día consolándote, pero tú llorabas y llorabas.

—Es que me teníais atemorizada. No sabes cuánto me alegro de haberme hecho mayor, —mentí tímidamente—. Al menos ahora no podéis meteros conmigo.

—Bueno, ahora todo es distinto —comentó con seriedad—. Yo ya no me atrevería a atarte a una estaca y es una pena.

—¿Una pena?, ¿por qué es una pena?

Me miraba con una expresión extraña que no supe interpretar.

—Porque aquello no puede volver y lo siento. Nos hemos convertido en aburridas personas mayores, cargadas de responsabilidades. Hasta tú habrás cambiado, supongo.

—Si, —musité con cierta amargura, desviando los ojos hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo en una línea casi imperceptible—. Aunque a veces… a veces pesa. —Al advertir que me observaba intrigado traté de cambiar de conversación y de dar a mis palabras un tono ligero—. ¿Qué estudiaste, Miguel?

—Química. Soy un sesudo científico que trabaja rodeado de probetas y de tubos de ensayo. ¿A que nunca lo hubieras adivinado?

Abrí la boca para hablar, pero no llegué a decir lo que estaba pensando.

¿Cómo podría sorprenderme que él hubiera elegido esa profesión? Desde que era un chiquillo siempre había sabido lo que quería. De improviso me sentí retroceder en el tiempo y me vi a mi misma encaramada en el añoso manzano que crecía junto a la tapia de la finca, mientras un viento helado

zarandeaba sus ramas, como si pretendiese arrancarlas de cuajo. Me pareció oír la voz de Juan, que desde una rama cercana decía parsimoniosamente con la boca llena de fruta:

—Cuando sea mayor, seré funcionario, como papá.

Yo no me atreví a preguntar lo que era eso, porque solían acoger mis preguntas con un coro de risotadas, pero Marta sí se atrevió.

El chiquillo se había encogido de hombros y con toda la sabiduría de sus doce años, dijo enfáticamente:

—Los funcionarios son personas muy importantes, porque papá lo era, hasta que se murió. —Calló pensativo, quizás rememorando los escasos recuerdos que conservaba de él, y luego añadió—: Llevaba siempre una cartera llena de papeles y hasta tenía un despacho en Palma para él solo. Yo quiero ser lo mismo que él. ¿Y tú, Eurídice?

Yo había paseado entonces recelosamente mi mirada por los semblantes de ellos. Raúl comía distraídamente una manzana sin hacerme el menor caso, pero los otros tres aguardaban mi contestación. No me decidí a repetir que quería ser una mamá, rodeada de niños chiquitines para que no se burlasen de mí como el día de mi llegada, y me volví a Raúl.

—¿Y tú?

—Yo quiero ser explorador, —repuso en el acto.

—Sí, ¿y qué vas a explorar?

—Voy a explorar la Antártida. Por lo visto, fue un continente que se hundió en el mar y nadie sabe ahora donde ocurrió. Yo lo voy a descubrir, Me compraré un barco y navegaré por todos los mares.

—¿Y tú, Miguel?, —le preguntó Marta.

El chico no tuvo que meditar la respuesta. Pese a tener los mismos años que Raúl, parecía mucho mayor y tenía ya sus aficiones claramente definidas.

—Yo quiero ser químico, —manifestó con aplomo—. Cuando sea mayor, mi padre no podrá reñirme por hacer experimentos en el cuarto de baño. El otro día Raúl y yo armamos una zapatiesta…

Había asistido yo en otras ocasiones a tales experimentos y aún recordaba con espanto la humareda que estuvo a punto de asfixiarnos en la leñera, cuando explotó el conjunto de potingues que mezclaron. En otra

ocasión, hicieron el experimento en mi dormitorio. Aún se veía en la colcha de la cama la mancha que dejó el explosivo al derramarse del vaso de plástico, donde habían revuelto los componentes que habían estallado.

¿Cómo iba a extrañarme que Miguel fuera ahora químico? De todos nosotros era el único que al cabo de los años había realizado sus deseos.

Raúl que quería ser explorador, en el presente era médico. Juan no era funcionario, sino arquitecto y yo ya no quería ser una mamá cargada de chiquitines.

—¿Qué, no te ha resultado inesperado?, —me preguntó al verme sonreír con suficiencia.

—Desde luego que no. Ya entonces nos tenías a todos en vilo con tu manía de mezclar mejunjes. Supongo que ahora lo pasarás de miedo.

—Pues mira, sí, —afirmó muy satisfecho—. ¿Y tú a qué te dedicas?, ¿o no te dedicas a nada y eres una perfecta holgazana?

—Soy decoradora. Después de tres años de dibujar y dibujar, he obtenido el flamante título, pero aún no he empezado a ejercer.

—¿Dibujar tú?, —se admiró Miguel—, pero si se te daba fatal. Marta te hacía siempre las láminas que te mandaba don Ambrosio. Ella sí que era una artista.

Sentí un nudo en la garganta al evocar la imagen de mi prima en la sala de estudio, inclinada sobre el papel, mientras su mano iba trazando con precisión aquellas líneas y me volví de espaldas a Miguel para que no pudiera ver mi expresión. La visión de los grisáceos riscos que rodeaban la caleta me trajeron a la memoria los innumerables veces en las que trepara por ellos de la mano de mi prima y por un instante me dije que no era posible que se hubiese marchado para siempre, que en cualquier momento aparecería su rubia y despeinada cabeza detrás de alguna de las rocas, invitándome a reunirme con ella para jugar y sin darme cuenta aguardé expectante.

La voz de Miguel me sacó de mi ensimismamiento. Al principio me sonó lejana, pero poco a poco me hizo volver a la realidad.

—Ven, vamos a sentarnos allí.

Me indicaba unas peñas de superficie plana, donde nos acomodamos y contemplé su casa, que, desde el lugar donde nos encontrábamos, parecía

estar colgada sobre el mar.

—Es curioso, —comentó él como para sí—. En todos estos años en que he permanecido lejos de aquí, siempre he deseado volver. Y la misma especie de nostalgia han experimentado Juan y Raúl. ¿A ti no te ha sucedido lo mismo?

Miraba a lo lejos al preguntármelo y aproveché para observarle detenidamente sin que se diera cuenta. No entendía ahora como antes no le había reconocido. En ese momento, con su cabello castaño despeinado por el viento, tenía la misma expresión que el día en que se despidió de nosotros para marcharse a estudiar a Madrid.

Fue una tarde de septiembre. No soplaba ráfaga de aire alguna que refrescase los ardores del sol abrasador y Marta y yo habíamos bajado a la caleta, cargadas con el caballete y los tubos de óleo, pues mi prima quería pintar una marina. Yo me había sentado a la sombra de una roca y ella había comenzado a dar las primeras pinceladas. Unas pinceladas seguras, luminosas. Estábamos absortas en la tarea, cuando vimos descender por la escalera de piedra a los tres muchachos discutiendo muy acalorados. Habían crecido mucho aquel verano y apenas si jugaban ya con nosotras.

Solamente Juan nos acompañaba a veces, cuando los otros dos se marchaban al pueblo en bicicleta. La voz de Miguel, iracunda, llegó hasta nuestros oídos.

—Si pudiera encontrar el medio de impedirlo, te aseguro que no me iría.

—Desde luego es una faena, —gritaba Raúl.

—Pero tus padres tienen razón, —objetó Juan, el más tranquilo y razonable del grupo—. Nos estamos haciendo mayores y las lecciones de don Ambrosio están bien para esas dos crías, no para nosotros. No te desesperes, hombre, vendrás en vacaciones. Seguramente en Madrid también lo pasarás de miedo.

Levantamos la cabeza al verles aproximarse. A sus once años Marta era una chiquilla esbelta, que comenzaba a iniciar su desarrollo, aunque no parecería darse cuenta de ello. Yo, en cambio, apenas había crecido. Aún me servían los vestidos con los que llegara a Montsalvatge, aunque ahora eran de mi talla, y conservaba mi aspecto desamparado e infantil.

Mi prima había dejado a un lado los pinceles, interesada en el tema que discutían.

—¿Qué sucede, Miguel?

El muchacho, altísimo y excesivamente espigado, le propinó un puntapié a una piedra antes de contestar, como si tratara de descargar su furia con aquel inofensivo guijarro.

—Mis padres han decidido que nos larguemos definitivamente de aquí.

Él ha pedido el cambio de destino a Madrid y se lo han concedido. Me lo ha dicho esta mañana. Ya tienen media casa levantada y las maletas a medio hacer. ¡La repera, vamos!

Marta le observaba fijamente, con sus ojos azules muy abiertos.

—¿Y tú qué has decidido?

Él la miró sin comprender. En los últimos tiempos parecían haberse alejado extraordinariamente de nosotras y no solían tener en cuenta nuestras opiniones.

—¿Qué quieres que decida? Les he repetido hasta la saciedad que puedo estudiar en Palma, que a fin de cuentas solo está a treinta kilómetros de aquí, pero no me han hecho ni caso. ¡Con lo bien que lo pasamos ahora en el pueblo! Tendré que marcharme a Madrid, como me llamo Miguel Olavide.

—¿Qué Miguel Olavide ni qué porras?, —masculló ella con desprecio

—. Eres un mendrugo que no es lo mismo.

—¿Un qué?, —se engalló Raúl. Había echado un brazo sobre los hombros de su inseparable amigo, como si contra aquel insulto tuvieran que formar un frente común.

—Un mendrugo, —repitió desdeñosamente Marta—. Si no quieres marcharte, pues no te marches y asunto concluido.

Estupefactos, nos volvimos todos hacia ella. El frente tardó unos instantes en reaccionar.

—Pues ya me dirás cómo puedo evitarlo, —replicó Miguel, sin disimular su perplejidad—. Busca tú una solución, ya que, eres tan lista.

—Eso, busca tú una, —le coreó Raúl como un eco.

—Es de lo más sencillo, —afirmó ella con petulancia. Sentía últimamente cierto resquemor contra ellos como si les culpase de estar

haciéndose mayores y no desaprovechaba la ocasión de demostrarles que no había tanta distancia entre su edad y la de ella, como suponían—. Si decides quedarte, podríamos esconderte en el torreón y nadie te encontraría, por mucho que te buscasen.

Raúl dio un incrédulo respingo.

—¡Valiente simpleza!, —opinó entre dientes—. Sabía que eras tonta, pero no creía que lo fueses tanto. ¿Qué iba a hacer Miguel encerrado en el torreón?

Humillada por su tono despectivo, Marta empezó a exaltarse.

—Le llevaríamos comida y cuando nadie nos viese podríamos venir aquí a jugar.

—No digas sandeces, —protestó calmosamente Juan—. Eso es un disparate. Miguel tiene que marcharse con sus padres.

—Claro, —corroboré tímidamente—. Sería espantoso para ellos.

Llorarían al no saber donde estaba.

—¡Bah!, —masculló despreciativamente Marta—. Así reaccionarías tú, que por todo sueltas el trapo. Os aseguro que nadie conseguiría sacarme a mí de Montsalvatge. —Nos miró desafiante, agitando sus rubias y despeinadas coletas—. Yo me quedaré siempre en Montsalvatge, —insistió.

Raúl dejó escapar una risotada.

—Me gustaría verlo. Si tuvieses padres o alguien que se empeñase, te largarías de aquí con la cabeza gacha, como hará Miguel. Verías que pronto se te bajaban los humos.

—¿Apuestas algo a que no?, —le gritó ella, levantando la barbilla en actitud de reto—. Espero poder demostrártelo algún día.

Él le hizo un gesto de burla.

—¡Bah!, no eres más que una cría tontísima y presumida.

—¿Tontísima yo?

Se lanzó como una fiera contra él, propinándole puntapiés y puñetazos y a los otros dos les costó trabajo separarles. Cuando lo consiguieron, Marta tenía en la mano un mechón de cabellos que le había arrancado a él y sangre en las narices.

—Estaos quietos de una vez, —vociferó Juan, bastante alterado—. Y tú, boba, deja de farfullar amenazas.

Marta se limpió las narices de un manotazo y paseó su mirada en torno, buscando algo donde desahogar su ira. Al fin reparó en el caballete y lo derribó de una patada.

—Ahí os quedáis, so majaderos. —Tronó a modo de despedida. Y se marchó escaleras arriba, sin volver una sola vez la cabeza atrás.

Cuando desapareció de nuestra vista, traté de salvar algo del estropicio, recogiendo el lienzo que, caído boca abajo, se había impregnado de arena.

—Tan bonito como era, —me lamenté entristecida—. Decía que me lo iba a regalar por mi cumpleaños.

—Ya te regalará otra cosa, —me consoló Juan—. Todavía falta mucho para esa fecha.

—Pero yo quería esta marina, —insistí—. Me la llevaré a casa y la guardaré. Seguramente querrá acabarla cuando se le pase el enfado.

—Pero si el lienzo ha quedado inservible, —objetó Raúl—. Lo mejor que puedes hacer, es tirarlo.

Juan me ayudó a trasportar el lienzo, al ver mi acongojada expresión.

—No te preocupes, mujer. Lo subiremos al torreón. Allí guarda Marta sus trastos y puede que un día se decida a limpiarlo y a terminarlo.

Me marché con él, olvidando despedirme de Miguel y no lo había vuelto a ver hasta esa misma mañana, pues no regresó al verano siguiente.

Solo pensaba en salvar el cuadro, por si a Marta se le pasaba el enfado, pero no volvió a querer saber nada de él y el día de mi cumpleaños me regaló un pañuelo con una E bordada en una esquina con puntadas muy desiguales.

Las palabras de Miguel me obligaron a regresar al presente.

—¿En qué piensas, Eurídice?

—En nada. Recordaba el día en que te marchaste de aquí. Cuanto tiempo ha pasado, ¿verdad? —Dejé vagar mi nostálgica mirada por la azulada superficie del agua—. A veces me siento por dentro como una vieja. Todo es tan distinto ahora… no sé qué haré en adelante y… y ella ya no está, —terminé bajito.

Asintió comprensivamente.

—Sí, sé cuanto la querías, pero el mundo no se ha acabado. Imagino que Marta no será la única persona importante para ti.

Había puesto afectuosamente su mano sobre la mía, pero al oírle la retiré bruscamente.

—No digas tonterías. Yo no sabía que ella había muerto. Por eso he podido soportar que Luisa se casara, pero ahora que sé que no va a volver, yo…

Me interrumpí al ver su gesto de extrañeza.

—¿Cuántos años tienes, Eurídice?

—Veintiuno. ¿Por qué?

—Porque oyéndote, cualquiera pensaría que aún no has cumplido los diez. Y no te enfades. Un amigo, o en tu caso una prima, puede ser muy importante, pero no lo es todo y menos todavía cuando han transcurrido ya nueve años desde que murió.

—Sí, pero es que ella se ha casado, —insistí con la tozudez de una niña que se siente incomprendida—. No acabo de entenderlo, —musité como si hablara conmigo misma—. ¿Por qué tenía que casarse?, ¿no nos bastábamos la una a la otra?

—¿La una a la otra?, —repitió Miguel en tono interrogante. Parecía hacer esfuerzos desesperados por seguir el hilo de mis pensamientos—.

Pero criatura, por lo que me ha dicho Raúl, tu madrastra es joven y es lógico que haya querido rehacer su vida. Supongo que lo que te sucede es que te sientes un poco abandonada.

¿Un poco? Hubiera deseado poder expresar con palabras lo que experimentaba desde mi regreso. Primero la alegría de haber vuelto por fin a Montsalvatge a reencontrarme con ella y casi a la vez la nostalgia del pasado para dejar paso a aquella aterradora soledad, a aquella sensación de absoluto desamparo. Pero, claro, no era fácil que Miguel lo comprendiera.

Seguramente él no necesitaba a nadie y, en cualquier caso, tenía a donde ir.

—Digamos, un mucho, abandonada. Es eso, ¿verdad? Bueno, no sé cuál sería mi reacción si mi madre decidiera volver a casarse, pero ya eres un poco mayorcita para pretender vivir siempre agarrada a las faldas de tu mamá. ¿No crees?

—Ya voy teniendo edad de independizarme o de buscarme una pareja,

¿no es eso? Es lo que siempre me repetía Luisa, que ya era hora de que me plantease independizarme.

—¿Y por qué no?, —me preguntó sorprendido al verme tan enfurecida.

—Pues porque no. Los hombres son todos unos pelmas.

—¡Vaya!, muchas gracias.

—No lo digo por ti, que conste.

—Me quitas un peso de encima, —replicó irónico.

—No te rías, —protesté cada vez más enfurruñada—. Cuando hablo de los hombres, no os incluyo a vosotros tres. Nunca os he visto como hombres.

—Es natural, porque entonces no lo éramos, —puntualizó con guasa.

—Pero ahora sí y tampoco os incluyo, —insistí con aspereza—.

Vosotros sois otra cosa.

—Me gustaría saber dónde nos catalogas, —comentó tratando de aparentar seriedad—. ¿Acaso en un género neutro?

Le miré recelosamente sin saber si me estaba tomando el pelo.

—Sí, algo así. —Crucé y descrucé nerviosamente los dedos, tratando de explicarme—. Lo que quiero decir es que, aunque todas las mujeres se pirrien por los hombres, a mí me tienen sin cuidado.

Miguel se inclinó hacia mí para mirarme con atención, haciendo esfuerzos por no reírse.

—¿Quieres decir que no te gustan los hombres?

—No, no es eso, —dije enrojeciendo—. No te vayas a figurar que yo…

—No me figuro nada, continúa.

—Pues eso, me gustan como género, pero no de uno en uno, —terminé incoherentemente—. ¿Me entiendes?

—Ni una palabra, —repuso guasón.

—Pues está muy claro. No siento ningún deseo de casarme ni de emparejarme y convertirme en una señora de esas que van a la compra y cuidan un montón de niños. Pensaba… pensaba que cuando regresase a Montsalvatge todo sería igual que entonces.

—Acabáramos. Lo que pensabas es que encontrarías aquí a Marta y volverías a jugar con ella a las muñecas, ¿no es eso?

—Yo no he jugado nunca a las muñecas, —protesté mohína. Recordé de pronto la fotografía que Juan me habría mostrado en el desván y me mordí los labios.

—¿Qué no? Pues todavía me acuerdo de una horrible de trapo, que estuvo a punto de costarme una pulmonía.

—¿De trapo?, —repetí clavando mis ojos en él.

—Sí, de trapo, una completa birria. ¿Pero por qué pones esa cara tan rara?

—No, por nada, —repuse débilmente, desviando la mirada hacia la lejanía—. Es que una muñeca como la que has descrito aparece siempre en mis pesadillas.

—No me extraña que te produzca pesadillas. Era un espanto de muñeca.

Continué hablando, sin hacer caso de su tono de burla.

—Le conté el sueño a Raúl y no le gustó nada, pero no me lo quiso explicar.

—Cuéntamelo a mí.

—Tú no entiendes nada de sueños, —rezongué despectivamente.

—Qué afirmación más gratuita. Soy una completa enciclopedia y entiendo de todo. Anda, cuéntamelo.

—Si es una tontería. No sé por qué me asusta tanto. La muñeca se caía al agua y yo lloraba. Me la devolvía un muchacho horrible, que me miraba con cara de odio.

Se echó a reír, tratando nuevamente de peinarse con los dedos el cabello que le caía sobre la frente.

—Muchas gracias por lo de horrible, pero no recuerdo haberte mirado con odio, aunque desde luego te lo merecías.

Le observé con suspicacia.

—¿Por qué dices eso?

—Porque lo que me has contado ocurrió realmente y el muchacho horrible era yo. Me tiré al agua como un idiota para coger la muñeca y que dejaras de llorar de una vez.

—¿De veras?, —me sorprendí—. No lo recuerdo. Supongo que me colgaría de tu cuello, agradecidísima.

—Tú nunca te has colgado de mi cuello. Eras bastante arisca. Ni siquiera me diste las gracias y eso que estuve a punto de coger un buen catarro. Claro que todavía estás a tiempo de enmendar tu desagradecida actuación. —Me dijo con una chispita de malicia brillándole en los ojos.

—No digas tonterías, —repliqué, enrojeciendo de nuevo—. Hemos crecido muchos los dos para esa clase de manifestaciones.

—Tienes razón. Olvidaba que no te gustan los hombres de uno en uno,

—comentó riéndose—. ¿Cómo te gustan entonces?, ¿en formaciones de diez o las prefieres más numerosas? Aunque, por otra parte, teniendo en cuenta que yo pertenezco, según tú, a un género neutro…

Se volvió hacia mí, pero no llegué a oír sus últimas palabras. Acababa a de descubrir algo en lo alto del acantilado que me dejó paralizada de terror.

—¿Qué es lo que te pasa?, —me preguntó inquieto, después de seguir la dirección de mi mirada y no distinguir nada alarmante.

—Me parece… me parece que empieza a levantarse niebla.

Pronuncié la última palabra en un susurro y él enarcó las cejas con extrañeza.

—Bueno, ¿y qué? Encontraría la escalera con los ojos cerrados.

—No es por eso. Es que a mí… a mí me espanta la niebla, no la puedo soportar.

Sorprendido, escudriñó atentamente mi semblante y advirtió como me temblaban las manos, por más intentos que hacía por dominarme.

—¿Es que te ha molestado lo que te he dicho antes? Era solamente una broma.

—No, ya te he dicho que la niebla me aterroriza sin saber por qué.

Vámonos corriendo. Tal vez podamos llegar a lo alto del acantilado, antes de que nos alcance.

—Eurídice, ¿no te parece que eso es una niñería?

Pero ya había echado yo a correr por la arena y sin detenerme atravesé la playa y comencé a subir a toda prisa por la escalera. Me alcanzó cuando me encontraba a media altura y me agarró por un brazo, tratando de retenerme. Aunque extrañado, parecía estar divirtiéndose.

—¿Quieres que hablemos como dos personas mayores?, —me dijo ligeramente guasón—. No es serio que huyas como un conejo de unos cuantos jirones de niebla.

Me desasí con brusquedad de su mano y continué precipitadamente el ascenso, hasta que, jadeante, llegué a la cumbre. Entonces me detuve a

mirar en derredor y al advertir que la bruma, como un blanco manto de algodón, parecía alejarse hacia la escollera, di un suspiro de alivio.

—Bueno, me has ganado la carrera, —masculló francamente enfadado

—. Ahora, a lo mejor te dignas darme una explicación.

—No hay nada que explicar, —repuse, atisbando sobre su hombro la dirección que seguían aquellas aterradoras ráfagas blanquecinas—. Ya te he dicho que me asusta la niebla. Me ha ocurrido siempre, pero no me parece que sea motivo para que te pongas tan furioso. ¿Es que tú no tienes miedo de nada?

—De cosas absurdas, no. ¿Desde cuándo te sucede? De niña, no te preocupaba la niebla lo más mínimo.

—No sé desde cuando, pero no es ninguna estupidez, como pareces pensar tú.

—¿No?, ¿entonces qué es?

—Luisa lo llamaba una fobia y se empeñaba en que fuera a contárselo a su psiquiatra.

—¿Y lo hiciste?

—Claro que no. Todo el mundo tiene miedo de algo. A tía Elvira, por ejemplo, le dan pavor las cucarachas y en cuanto ve una, se pone a dar gritos.

Pensativo se rascó el cogote.

—Y esa fobia, o como quieras llamarlo, ¿cómo se cura?

Me encogí de hombros.

—Es demasiado complicado para explicártelo. Luisa decía que las fobias se basan en conflictos instintivos reprimidos y que, al averiguar cuál es el conflicto, desaparece el problema. Pero no yo recuerdo nada especial que guarde relación con la niebla.

—Pues es una lástima, —refunfuñó por lo bajo.

—¿Decías algo?

—No, nada. Te acompañaré a tu casa. Después de comer tengo que ir al aeropuerto a recoger a Leonor que viene con sus padres, a pasar las Navidades con nosotros, como todos los años. ¿Te acordarás de ella, verdad?

Meneé negativamente la cabeza.

—¿Leonor?, no. Recuerdo a una prima tuya que se llamaba Totó. Una chiquilla horrible, pelirroja y llena de pecas.

—Esa es Leonor. Hace tiempo que dejó de ser horrible y de las pecas no le queda ni rastro. La verdad es que no sé cómo se las ha arreglado para conseguirlo.

Caminábamos ahora por el sendero que desde el acantilado llevaba hasta la casa. Estaba cubierto por un manto dorado de hojas secas que crujían bajo nuestros pies al compás de nuestras pisadas. Era un sonido agradable. Casi sentí llegar tan pronto a la terraza, donde me volví para despedirme de él.

—¿Vendrás luego?

—Supongo que sí. No olvides decirle eso a Raúl.

—¿El qué?

—Lo de Leonor. Se alegrará bastante.

—¿Tú crees?, —me sorprendí—. Por lo que puedo recordar, tu querida primita era bastante inaguantable. Raúl no la podía soportar.

Miguel se echó a reír y me dedicó un guiño significativo.

—De eso hace mucho tiempo. Podrás comprobar lo mucho que han variado las cosas.

Se alejó sin prisas hacia la Escollera y ya dentro de la casa tropecé con tía Elvira, que llevaba en los brazos un enorme ramo de flores.

—¿Dónde has estado?, —se interesó, con una seña de que la siguiera a la cocina, donde comenzó a distribuirlos en la hilera de floreros que vi sobre la mesa de mármol blanco.

—En la caleta. Me he encontrado allí a Miguel, que me ha dicho que esta tarde irá a Palma a recoger a su prima Leonor y que Raúl se alegraría mucho al enterarse. ¿Tú crees que se alegrará?, —le pregunté escépticamente.

—Supongo que sí, aunque los jóvenes de hoy no sois como los de mi época. Entonces actuábamos con más lógica, pero, pese a todo, imagino que acabarán por casarse.

—¿Es que Raúl…? —Sorprendida no terminé lo que iba a decir, que, por otra parte, era una tontería, pues él tenía edad más que suficiente.

—¿Por qué te extraña? Sería natural que algún día sentara la cabeza. —

Estudió con curiosidad mi expresión de aturdimiento y luego me preguntó

—: ¿No has dejado tú en Segovia algún chico…? Algún pretendiente, quiero decir.

—Ya no se llaman así, tía. Es una expresión anticuada, —objeté, eludiendo la respuesta.

—Bueno, pues un amigo más especial que los demás. ¿No has dejado allí ninguno?

—No. He salido últimamente con un par de antiguos compañeros de curso, pero no me gustaban.

—¿Por qué no?

No lo sé. Imagino que porque se reían de simplezas a todas horas y no decían más que tonterías.

Mi tía me pellizcó cariñosamente la mejilla.

—No te vendría mal una persona alegre, Eurídice, —opinó—. Has sido siempre demasiado seria, demasiado melancólica. Todavía recuerdo el disgustazo que te llevaste cuando se murió aquel gatito que te regaló Marta por Navidad. No sé de donde lo sacó, pero estaba lleno de pulgas. Estuviste llorando durante una semana seguida.

Comimos las dos solas en el cuarto de estar, porque sus hijos la habían avisado de que no regresarían de Palma hasta por la tarde, y cuando terminamos, ella subió a echarse la siesta. No tenía yo costumbre de dormirla, pero me encontraba cansada y, cuando me aburrí de bostezar sola en la biblioteca, decidí echar una cabezadita. Cuidadosamente retiré la colcha de la cama y me acosté vestida, mirando a través de los cristales del balcón, que tenía las cortinas descorridas, el amenazador aspecto del firmamento, en el que se agolpaban los plomizos nubarrones amenazando con descargar de un momento a otro.

Debí de quedarme dormida, porque me desperté de pronto dando un grito, notando que me latía desacompasadamente el corazón. Tardé unos segundos en percatarme de que la angustia que experimentaba obedecía exclusivamente a lo que había soñado, a la misma pesadilla de las noches anteriores. Pasé una mano por mi frente para borrar las imágenes que aún persistían en mi mente y dejé vagar mis ojos por el dormitorio. El silencio

era absoluto, pero sí, ahora que estaba totalmente consciente continuaba experimentado la extraña sensación de que había alguien más en mi cuarto.

La lluvia batía monótona contra el cristal del balcón y la luz difusa que penetraba por él poblaba la habitación de sombras. Me incorporé sobre un codo y agucé la vista, pero no conseguí distinguir nada alarmante.

Dificultosamente me puse en pie y avancé vacilante hacia la cómoda, tratando de escudriñar en la semioscuridad la silueta del intruso.

—¿Quién anda ahí?, —musité con voz trémula.

No obtuve respuesta. Los cortinones de seda pendían inmóviles, enmarcando el balcón y los aparté bruscamente. Después me agaché a inspeccionar debajo de la cama y revisé todos los lugares donde podía ocultarse una persona. No encontré a nadie y sin embargo…

Súbitamente me dirigí hacia la puerta de la habitación y abriéndola asomé la cabeza al pasillo. Nada, estaba desierto. Volví a cerrarla cuidadosamente, diciéndome que todo aquello debía ser imaginación mía.

Decidí peinarme y bajar luego en busca de tía Elvira, que seguramente se habría levantado ya y crucé de nuevo el dormitorio para entrar en el cuarto de baño. En el umbral me detuve sobrecogida. La puerta de enfrente, la que comunicaba con el dormitorio azul, estaba abierta, aunque se hallaba cerrada cuando me acosté, estaba segura de ello. Se balanceaba bajo los efectos de la corriente de aire que provenía del cuarto contiguo.

Avancé unos pasos en esa dirección. Todo mi ser luchaba por alejarse de allí y correr escaleras abajo. Sentía un terror absurdo, como cuando de niña me despertaba asustada, al verme envuelta en la oscuridad. Algo más fuerte que yo me impulsó a continuar adelante. Empujé levemente la puerta y me detuve sin llegar a transponerla, abriendo desmesuradamente los ojos al divisar el balcón, que estaba abierto, y por el que penetraba la lluvia a raudales. Tenía que haber permanecido así largo rato, pues el agua formaba un charco que llegaba hasta la cama, cubierta por la colcha.

No había nadie en el dormitorio azul, que ofrecía el mismo aspecto que la noche de mi llegada, si se exceptuaba la cristalera abierta. Iba a cerrarla, cuando algo llamó mi atención. Las puertas del armario de roble, que ocupaba casi toda la pared frontera al lecho, estaban ligeramente entreabiertas.

Las observé con fijeza durante unos segundos y al fin fui aproximándome lentamente, como si me atrajeran de una forma irresistible.

Puse la mano sobre el tirador dorado y las abrí de golpe.

Permanecí inmóvil, contemplando como alucinada su interior. Sentí unos deseos inmensos de gritar, pero ningún sonido se escapó de mi garganta. Notaba las piernas paralizadas y tuve que realizar un tremendo esfuerzo para salir de mi inmovilidad, alcanzar la puerta y salir corriendo al pasillo.

Descendí febrilmente la escalera, saltando los escalones de dos en dos, y crucé corriendo el vestíbulo, medio iluminado por la pálida luz del atardecer, que penetraba a través de los ventanales que daban sobre la terraza. Tenía que encontrar a tía Elvira, pero no estaba en el saloncito, ni tampoco en la biblioteca, ni en el comedor, ni en el cuarto de estar. La casa entera parecía estar desierta y el eco de mis pisadas resonaba por todos los rincones.

Corrí nuevamente hacia el vestíbulo y allí me detuve para tomar aliento, mirando angustiada en todas direcciones. Percibí la sombra de una figura en un rincón y estuve a punto de emitir un grito. Pero no, era solamente una estatua de bronce que me contemplaba impasible desde su pedestal.

¿Dónde podría haberse metido mi tía? Tal vez estuviese en la cocina y, aunque así no fuera, quizás encontrase allí a la muchacha de sonrisa bobalicona. Apresuradamente me dirigí hacia la puerta, ubicada bajo el hueco de la escalera y la abrí bruscamente, pero en la cocina no había nadie.

Los blancos azulejos de las paredes reflejaron distorsionada mi figura.

—¡Tía Elvira!, ¡Juanita! —grité.

No obtuve respuesta a mi angustiosa llamada y por un momento me sentí tentada a dejarme caer al suelo y taparme la cabeza con las manos.

¿Dónde estaban? ¿Acaso se habían marchado todos, dejándome sola? Sola con un fantasma, porque ahora estaba segura. El espíritu de Marta estaba allí. Lo había sentido muy cerca al despertarme y después, en el dormitorio azul había podido comprobar su presencia. Incluso me pareció oír su voz desafiante, repitiendo lo que le gritara a Raúl aquella tarde de septiembre en la caleta:

—“Yo nunca me marcharé de Montsalvatge. Yo permaneceré siempre aquí. Algún día podré demostrártelo”.

Me tapé los oídos con las manos, como si con ese gesto pudiera evitar que sus palabras continuasen martilleando en mi cerebro, insistentes, obsesivas.

Nuevamente regresé al vestíbulo, atenazada por el pánico. ¿Qué podía hacer? Dirigí mi mirada enloquecida hacia lo alto de la escalera. Allí, en el rellano, había creído percibir un ligero rumor y me quedé quieta, esperando a que se repitiera, pero no capté otra cosa que un absoluto silencio.

De pronto tuve una idea y eché a correr hacia el saloncito. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Llamaría a Miguel. Sabía que esa tarde tenía que ir a recoger a su prima al aeropuerto, pero quizás hubiese regresado ya.

En el saloncito encontré el listín de tía Elvira y marqué el número con dedos temblorosos, sin dejar de vigilar a mi espalda. Poco después oí su voz a través del hilo.

—Miguel, ¿eres tú?, —sollocé histéricamente. Ven inmediatamente.

Estoy sola en casa y algo horrible acaba de suceder. ¡Ven inmediatamente!

La voz de él sonó alarmada.

—¡Eurídice!, ¿qué es lo que te sucede?

—¡Por favor, ven! ¡Ven deprisa!

OceanofPDF.com