Entre la niebla

Ursula Llanos · Capítulo 9 de 23

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Entre la niebla

Capítulo 8

Si el techo se hubiera desplomado sobre nuestras cabezas no me hubiera impactado con mayor intensidad que lo que don Ezequiel acababa de decirme. Evoqué los riscos del acantilado, agudos, afilados, y un estremecimiento me recorrió entera.

—¿Cómo ocurrió?, —inquirí, como atontada.

—No se pudo averiguar, porque estaba sola en ese momento. Raúl la encontró. —Hizo una pausa para mirarme compasivamente y luego añadió

—. Es de suponer que se resbalaría. Es un lugar muy peligroso, ya lo sabes.

Creí que tu tía no resistiría el golpe. Se culpaba por haberla permitido corretear libremente por la finca, pero es inútil atormentarse por las cosas que no tienen remedio. —Afectuosamente puso una mano sobre las mías—.

Cambiemos de conversación, Eurídice. ¿Has regresado para quedarte definitivamente en Montsalvatge? Sería magnífico para tu tía, que todos estos años te ha echado muchísimo de menos.

—Aún no sé lo que haré —articulé débilmente—. De momento he venido a pasar las Navidades.

—Uno de estos días me acercaré a visitaros, —me dijo el médico poniéndose en pie—. Ahora tengo que marcharme, porque mis pacientes me esperan. Saluda de mi parte a Totó.

Le seguí con la vista, hasta que se perdió entre la gente que deambulaba por la calle, agradeciéndole que me hubiera dejado sola. Necesitaba reflexionar, pero sobre todo regresar a casa para encerrarme de nuevo en mi cuarto. Quizás en la soledad de mi dormitorio consiguiese mitigar la dolorosa sensación de añoranza que experimentaba.

Ya volvía Leonor con expresión satisfecha.

—Todo solucionado, Eurídice. Tenemos ante nosotras la feliz perspectiva de una tarde compras. ¿Pero qué es lo que te pasa? Tienes una cara rarísima. —Se preocupó, mientras tomaba asiento frente a mí.

Tuve que hacer un esfuerzo para lograr que las palabras acudieran a mis labios.

—Me he encontrado a don Ezequiel, el médico del pueblo, ¿te acuerdas de él?

—Por supuesto que sí. Merece la medalla al mérito por la paciencia que tuvo que derrochar el pobre con todos nosotros. —Escudriñaba inquieta mi expresión e insistió—: ¿Te ha dicho él alguna cosa que te haya molestado?

—No, no es eso. Es que yo no lo sabía, ¿comprendes?, —balbuceé con dificultad—. No sabía que Marta murió en un accidente, que se resbaló desde lo alto del acantilado.

Leonor se quedó boquiabierta. También a ella le costó trabajo reaccionar.

—Yo tampoco lo sabía. Creo que… creo que tía Pat me dijo en una ocasión que había sido a causa de unas fiebres. —Me observó compasivamente—. Te habrá impresionado, claro. Tú la querías mucho.

—Sí, fue para mí… —Me resultó imposible expresarlo. Era difícil explicarle a la muchacha que tenía delante, mimada por todos desde su nacimiento, lo que Marta había representado para mí en la soledad de mi infancia.

—No te entristezcas, mujer, —me dijo con forzada animación—, desgraciadamente ya no tiene remedio. Lo que te conviene es distraerte, de modo que vamos a comprar los regalos que nos faltan y luego volveremos a escape a nuestras casas a arreglarnos para la reunión de los Serra. Anda, trata de no pensar en ello.

Durante las horas que siguieron procuró inútilmente distraerme charlando por los codos, mientras visitábamos tienda tras tienda. Me dejaba conducir a remolque, deseando únicamente que la tarde transcurriese cuanto antes para poder acostarme y dejar pasar el tiempo sin hacer nada ni pensar en nada.

Iniciamos el regreso a Montsalvatge cuando empezaba a anochecer. El automóvil recorría velozmente la carretera dejando atrás pintorescos

pueblecitos, enclavados junto al mar y campos solitarios que la luz del atardecer tornaba grisáceos.

—¿Estarás cansada, verdad?, —me preguntó Leonor, dirigiéndome una mirada de soslayo, cuando reparó en mi mutismo.

—Un poco, —reconocí.

—Perdona, ha sido culpa mía. Tengo una vitalidad terrible y termino agotando a todo el que tiene la desgracia de acompañarme. Si quieres, volveremos a Palma otro día y seré más comedida. Me gustaría saludar a un amigo de mis padres, al doctor Olea. Es un psiquiatra muy conocido al que visitan varias amigas de mi madre. No están locas, no vayas a creer, —me explicó riéndose—. Bueno, una sí que está como una cabra. Hacía unas cosas rarísimas y sufría alucinaciones. Cuando me enteré de lo que realmente le pasaba, no me lo podía creer.

—¿Qué le pasaba?, —inquirí, intentando demostrar interés.

—Pues que se drogaba. Se lo oí comentar a mi madre, escuchando detrás de la puerta. —Se rebulló inquieta en el asiento y volvió a mirarme de refilón—. Pensarás que no está bien. Seguro que tú nunca escuchas detrás de las puertas.

Me encogí de hombros, para darle a entender que la cosa no tenía tanta importancia como la que en ese momento le estaba dando.

—No, pero porque en mi casa no había nada que escuchar. Luisa es una persona muy clara, que siempre dice lo que piensa. Como además vivíamos las dos solas, no he tenido oportunidad.

—Pero bueno, en todo este tiempo habrás hecho algo más que estar con ella, —comentó perpleja—. ¿Nunca has ido a pasar unos días a la casa de alguna amiga?

Tardé en contestarle, porque lo cierto era que ni se me había ocurrido la posibilidad de prescindir de la compañía de mi madrastra, pero comprendí que a Leonor le extrañaría esa respuesta.

—No, hasta su boda no nos habíamos separado. Debe ser esa la razón por la que ahora me encuentro tan desorientada. Luisa se empeñaba en que me divirtiera, saliendo con unos y con otros, pero no me resultaba divertido.

Si seguía sus indicaciones era exclusivamente por no contrariarla.

Leonor disimuló un gesto de escepticismo. Noté que fruncía el ceño y luego se mordía los labios. Por su expresión intuí que deseaba preguntarme algo, pero que no se atrevía. Al fin se decidió.

—Dime una cosa. Aunque estés muy compenetrada con tu madrastra, supongo que habrá habido alguien más. Ya no eres ninguna niña. ¿No has tenido ningún amigo especial?

Repasé mentalmente la lista de mis compañeros de academia. Unos eran más simpáticos que otros, pero ninguno destacaba por alguna cualidad que a mí me pareciese esencial.

—No, ¿por qué? ¿Tú sí has tenido alguno?

—Claro, un montón, —repuso riéndose—. Pero nada serio. El primero fue un crío de catorce años que me esperaba a la salida del colegio y me llevaba caramelos.

—¿Y qué fue de él?, —le pregunté con total desinterés, haciendo un esfuerzo por seguir la conversación.

—No lo sé, no me he preocupado de averiguarlo. ¿A ti no te ha gustado nunca ninguno?

Me quedé silenciosa, meditando la respuesta.

—No, en realidad no necesitaba la compañía de las personas de mi edad. Con Luisa me encontraba a gusto. Ha sido… ha sido como una madre para mí.

Leonor me dirigió una mirada de soslayo.

—Bueno, sí. Una madre es muy importante, pero a la edad que tienes no es suficiente.

Me encogí evasivamente de hombros.

—Para mí sí. A su lado me sentía tan segura…

—¿Tan segura?, —repitió Leonor con extrañeza—, hablas como si aún fueras una niña.

Dudé en referírselo, pero parecía tan comprensiva…

—Bueno, he tenido que plantearme el futuro al darme cuenta de que lo de Luisa con su psiquiatra iba en serio. Tú no lo puedes entender, porque…

porque nuestras circunstancias han sido muy distintas y también lo son nuestros caracteres, pero resulta muy amargo no tener a donde ir y sentir que sobras en todas partes.

Aunque no me miraba, noté la extrañeza con la que acogió mis palabras.

—Tienes una forma muy particular de ver las cosas, —protestó después de unos segundos, en los que debió luchar por entender lo que yo había querido decir—. Te forjas las situaciones a tu gusto y hablas como si en realidad nadie te hubiera querido. En Montsalvatge todos darían algo porque te quedases definitivamente y te aseguro que no es por lástima. Y en el caso de que prefieras independizarte, ya eres mayorcita. Busca una casa preciosa donde vivir, ya que te sobra el dinero, y empieza a ejercer tu profesión, con lo que te sentirás realizada.

—Ya te he dicho que no lo entenderías, —objeté con pocas energías—.

Ya sé que a ti no te importaría irte a vivir sola a un piso, pero yo… yo no sabría… no sabría por donde empezar.

La otra me dirigió una rápida mirada de soslayo, antes de fijar de nuevo la vista en la carretera.

—Pero Eurídice, la niñez no es eterna, gracias a Dios. No es natural que pretendas vivir siempre a la sombra de tu mamaíta. ¿No lo entiendes?

Fruncí el ceño mientras reflexionaba.

—Claro que lo entiendo. No me hagas caso, es solo que estoy un poco aturdida. Primero la boda de Luisa y luego… Creía que al regresar a Montsalvatge… Ahora es todo tan distinto…

Sonrió como si mi respuesta le hiciese gracia.

—¿Qué esperabas? ¿Qué el tiempo no hubiese transcurrido desde tu marcha? Aquello no puede volver.

Aunque sabía que era así, no acababa de resignarme. La sensación que experimentaba era que todo lo que había conocido de niña se desmoronaba a mí alrededor sin que ningún asidero emergiese del cataclismo que había asolado lo que anteriormente me infundía seguridad.

Poco después, Leonor aparcaba el automóvil junto al poyete de la terraza. Cargadas con un cerro de cajas de distintos tamañas atravesamos el vestíbulo y tropezamos con tía Elvira que había salido a nuestro encuentro.

—¿Pero cómo venís tan tarde?, —nos regañó—. Sabiendo que tenéis una reunión esta tarde podríais haberos echado un rato después de comer.

¿Te acuerdas de los Serra, Eurídice?, —me preguntó volviéndose hacia mí

—. Marisa es mayor que vosotras, pero supongo que coincidiríais en alguna ocasión.

Distraídamente meneé la cabeza en sentido negativo. Me había olvidado de la reunión a la que habíamos sido invitadas, a la que, desde luego, no me sentía en condiciones de asistir y traté de hacérselo comprender a las dos, pero Leonor se obstinó en rebatir todos y cada uno de mis argumentos y en convencerme de que necesitaba distraerme.

Cansada de discutir, me vestí mecánicamente en mi dormitorio en su compañía. Para no perder tiempo había decidido ella no pasar por la Escollera y arreglarse en mi cuarto, aprovechando que esa tarde habíamos comprado todo lo que necesitaba para asistir a la reunión. En realidad, Leonor no necesitaba nada. Se cambió los pantalones vaqueros que llevaba puestos por otros, que yo hubiera asegurado que eran idénticos, y el jersey por otro verde pálido, a juego con el color de sus ojos. Luego eligió mi vestuario, que era igual que el suyo, solo que mi jersey era azul turquesa y me analizó después retirándose unos pasos.

—Preciosa, estás preciosa.

Ni siquiera me miré al espejo después, porque me tenía todo sin cuidado. Tampoco más tarde logré interesarme por lo que ocurría a mi alrededor. Durante el trayecto de Montsalvatge a la casa a la que nos dirigíamos, que recorríamos en el coche de Raúl, permanecí ajena por completo al ambiente de jolgorio que reinaba en el interior del vehículo y a las bromas de Leonor, que los dos hermanos coreaban con carcajadas.

Sentada en el asiento de atrás con Juan, miraba desfilar ante mis ojos el oscuro paisaje sin atender a lo que decían.

—¿Te acuerdas de Marisa Serra, Eurídice?, —me preguntó Juan—. No sé si coincidiste con ella de niños, porque es de la edad de Raúl y de Miguel. Estudió químicas y fue compañera de carrera de él. Ahora trabajan los dos en el mismo laboratorio en Palma. En realidad, Miguel ha conseguido este trabajo gracias a ella. Cuando quedó un puesto vacante de químico en el laboratorio, Marisa le habló a su jefe de Miguel, que entonces estaba trabajando en Madrid, y le llamaron. Como él estaba deseando volver aquí, igual que nosotros, no lo dudó.

Asentí con la cabeza. No conseguí evocar los rostros de los miembros de esa familia, pero sí la cala, colindante con la Escollera, donde se enclavaba la casa, edificada también en lo alto del promontorio.

Recordaba ahora haber visto a Marisa en una fiesta de disfraces que se celebró en el casino del pueblo. Tía Elvira aprovechó para ese acontecimiento unos trajes que guardaba en el desván y que nos arregló, pues aunque entonces no tenía problemas económicos, ya era muy ahorrativa. Marta parecía una bonita aldeana, con sus rubias coletas sobresaliendo del pañolón rojo que cubría su cabeza, y a mí me disfrazó de hada, con una ligera túnica blanca y un cucurucho de papel de plata, del que pendía un velo transparente que me llegaba hasta el borde del vestido. En esa fiesta sí que nos habíamos divertido. Nos atracamos de pasteles y participamos en el concurso de disfraces. A Marisa, que iba vestida de pirata, le dieron el primer premio y a Marta el segundo. A mí no me dieron ninguno, pero me pareció natural. Las dos eran rubias y a Marisa, que ya era una jovencita entonces, el cabello le formaba una aureola rizada alrededor de la cabeza. ¿Se parecería ahora a aquella chica tan bonita?

Intenté reconocerla poco después en aquel salón brillantemente iluminado, que estaba excesivamente concurrido por jóvenes, que en su inmensa mayoría vestían pantalones vaqueros y jerséis. Tampoco llegué a saber quiénes eran los dueños de la casa, entre el gentío que me fueron presentando. Leonor conocía a casi todos los asistentes y charlaba con soltura con unos y con otros, con la inimitable gracia que la caracterizaba.

En cambio yo me limitaba a saludarles aturdida, sin retener un solo rostro ni mucho menos un nombre.

En mi desorientación no reparé en el excesivo celo que demostró Raúl, al aproximárseme con un amigo bajito y regordete, con el que me dejó sola, en cuanto Juan consiguió llevarse apresuradamente a Leonor para unirse a un grupo que contaba chistes frente a la chimenea. Incluso tardé en darme cuenta de que el interés que demostraba por mí el amigo de Raúl, que se llamaba Pedro, era exagerado. Me sabía poco agraciada y sin embargo en los últimos tiempos la mayoría de los chicos que había conocido en Segovia parecían sentirse atraídos por mí de una forma bastante absurda. Pero la inclinación que Pedro manifestaba era excesiva. Preguntaba y preguntaba y

aparentemente bebía mis respuestas, aunque apenas si le contestaba con monosílabos.

Sentía la cabeza pesada, aunque solo había bebido un sorbito de sangría.

¿Cuándo llegaría la hora de volver a casa?, me pregunté. Si al menos consiguiera encontrar a Raúl… Tenía que hablar con él para que me dijese cual era el motivo de que me hubiese mentido respecto a la muerte de Marta. Las palabras de don Ezequiel seguían martilleándome obsesivamente en los oídos. Quizás si hablase con él, si me lo explicase, podría mitigar la angustiosa sensación que experimentaba y que me impedía entender lo que sucedía a mi alrededor. ¿Qué me estaría comentando aquel pesado? No parecía dispuesto a separarse de mi lado en toda la tarde e insistía en que le refiriese mi vida en Segovia y en que le contara cosas de Marta que no quería recordar en ese momento.

De pronto distinguí a Miguel entre un abigarrado grupo de muchachos que, en pie, hablaban al mismo tiempo y como estaba harta de aquel pelmazo, me levanté del sofá en el que estaba sentada con él y me dirigí a su encuentro. No me importó en absoluto su fría acogida, ni la extrañeza de la rubia que iba colgada de su brazo, tras la que me escondí para librarme de Pedro y de su aluvión de preguntas. Agazapada tras la chica, me aproximé lo más que pude al oído de Miguel.

—¿Has visto a Raúl?, —le susurré apurada, intentando impedir que la rubia se apartase y dejara de parapetarme, porque la muy boba estaba empeñada en averiguar qué estaba haciendo yo a su espalda y aquel aguafiestas aún seguía buscándome con los ojos entre la gente.

Miguel observaba con las cejas enarcadas mi mimética emulación de los movimientos de la rubia y de improviso su expresión hermética se distendió en una sonrisa irónica.

—Hace un rato que le he perdido la pista.

—Necesito encontrarle, —insistí, asomando a medias la cabeza por encima del hombro de la chica para localizar a mi perseguidor. La rubia, que seguía sin comprender el motivo de mi actitud, consiguió al fin volverse para mirarme de frente con sus claros ojos azules.

Ya venía Pedro hacia nosotros, aunque todavía no me había visto. Me oculté entonces tras la espalda de Miguel que parecía cada vez más

divertido y le tiré del jersey por detrás.

—Quiero encontrar a Raúl, —le repetí como si se me hubiera convertido en una idea fija.

—Está bien, te ayudaré a buscarle, —me dijo condescendientemente.

Luego se excusó con la desconcertada muchacha, que seguía mirándome con la boca abierta—. Perdona, Marisa, volveré enseguida.

Tomándome del brazo, me ayudó a sortear a los grupos que charlaban y reían y se apartó conmigo a un rincón junto a la ventana, en el que en un gran tiesto crecía una palmera de interior.

—¿Qué es lo que te pasa?, ¿no te diviertes?

No le había vuelto a ver desde el incidente del cuadro del abuelo y por su expresión intuí que seguía enfadado conmigo, pero creí captar en sus ojos una chispita burlona.

—Quiero irme a casa, —manifesté como si fuera una niña pequeña—.

No encuentro a Leonor ni a Raúl ni a ninguno. Quiero irme, —remaché.

Al girar la cabeza y divisar al pelmazo, que, desorientado, me buscaba entre la multitud, me escondí ahora detrás de la palmera.

—No puedo llevarte, Eurídice, acabamos de llegar. Espera un poquito y sal de detrás de ese matojo, ¿quieres?, ¿no puedes portarte por una vez como una persona mayor? —Me miraba con guasa, como si la persecución de mi supuesto admirador le divirtiera extraordinariamente—. Anda, sé buena y aguanta un poco más. Te libraré de Pedro, ya que parece fastidiarte tanto. De momento no nos ha visto.

—No hace falta que te sacrifiques, —repliqué amoscada, advirtiendo que no tenía ningún interés en cargar conmigo—. Además, tu rubia te está esperando.

—No es mi rubia y no hagas más niñerías, Eurídice, que todos se van a dar cuenta.

Aunque no le hice caso y me agazapé nuevamente tras la palmera, Pedro consiguió al fin localizarme y se acercó a nosotros con gesto de alivio.

—¡Vaya!, ¿dónde te habías metido? —me preguntó, demostrando una satisfacción bastante desproporcionada. Al reconocer a Miguel, le saludó con unas efusivas palmadas en la espalda, a las que el otro correspondió con

otros tantos trallazos. Después de su mutua paliza, incomprensiblemente se miraron muy sonrientes.

—¿Puedes hacerme un favor, Pedro? Atiende a Marisa mientras yo llevo a Eurídice a… —No se le debió ocurrir ningún sitio a donde llevarme y terminó dificultosamente—: a la terraza, para que vea la cala. Anda, ve a buscarla. Está allí en aquel corro, —le indicó señalándoselo.

—Pero es que… —intentó protestar el otro.

Sin dejarle concluir la frase, me cogió de una mano y tirando de mí me condujo hasta el salón contiguo, donde una multitud de parejas brincaban, contorsionándose al compás de una música ensordecedora. Me sentí incapaz de imitarles. Como decía Luisa, yo era “un pato mareado”, que carecía por completo de sentido del ritmo, por lo que me quedé indecisa entre el gentío y frente a él, observando aprensivamente las convulsiones de una morenaza, que se agitaba cerca de mí con verdadero frenesí como si estuviera sufriendo un ataque epiléptico. Por fortuna en ese momento cesó el estruendo que nos estaba atronando los oídos y empezó a sonar una música melódica, que me resultó vagamente conocida.

—¿No vamos a ver la cala?, —le pregunté.

—No, hace mucho frío.

Tampoco se me daba bien bailar “lento”, pero allí, inmóviles y de pie, estábamos llamando la atención. Nada más empezar a movernos enlazados, le solté un par de pisotones que aparentemente no acusó.

—Bueno, ya está, ¿contenta?

Comprendí que se refería a Pedro y no a los pisotones.

Pese a ello, enrojecí.

—Te lo agradezco, —repuse áspera—. Sé que te estoy dando la lata, pero en cuanto ese pelmazo nos pierda de vista, te relevaré de tu desagradable obligación.

Mis palabras parecieron divertirle aún más.

—No es desagradable, aunque sí me siento obligado a ocuparme de ti.

Me pregunto si alguna vez llegarás a hacerte mayor.

Fui a contestarle airadamente, pero desistí. En su lugar, levanté los ojos hacia su rostro para observarle en silencio y, al ver su imperturbable expresión, me pregunté como sería él en realidad. Me resultaba curioso

conocerle desde que éramos niños y sin embargo saber tan poco de sus intimidades. ¿Cómo se comportaría, por ejemplo, con la rubia que llevaba colgada del brazo poco antes? ¿La trataría con la condescendencia que me dispensaba a mí o pondría ojos de cordero degollado, como decía Leonor?

Habitualmente era un tipo guasón y también le había visto furioso en algunas ocasiones, pero nunca abatido, como a Raúl. A Miguel, sus emociones, si las experimentaba, no le asomaban al rostro. Traté de imaginar la expresión que trasluciría cuando murió su padre, pero no logré imaginármela y tontamente y sin venir a cuento se lo pregunté.

—Dime una cosa, ¿qué cara pones cuando te llevas un disgusto?

Me mordí los labios, fastidiada por haber dejado escapar aquella simpleza. No era eso lo que había querido decir y para colmo se estaba riendo a carcajadas.

—Pues mira, no lo sé, porque no llevo un espejo en el bolsillo, pero supongo que la misma que todo el mundo. ¿Por qué me preguntas esa tontería?

A duras penas logré reprimir un resoplido de exasperación.

—No te lo voy a decir si no dejas de reírte.

—Bueno, ya estoy serio. Desembucha.

Le observé con desconfianza, pero al asegurarme de que lo cumplía, le expliqué vacilante:

—No sé. Me estaba preguntando como serías tú en el fondo.

Me observó con desconfianza, como si no pudiera creer que fuera cierto lo que acababa de decirle.

—¿Es posible? La pequeña y egoísta Eurídice interesada por algo ajeno a ella misma y a sus innumerables problemas. Casi no me lo puedo creer.

—Yo no soy egoísta.

—¿Qué no? —Me miraba con cierta ternura indulgente al murmurar—: No lo pareces, desde luego. Cualquiera que te conozca menos que yo, pensaría al verte que eres una adorable mujercita, dulce y afectuosa, pero en realidad no has dejado de ser una chiquilla inconsciente, totalmente incapaz de darte cuenta de lo que sucede en torno de ti. Jamás has tenido tiempo ni ganas de averiguar si lo que haces puede herir a los que te rodean.

—Estás muy equivocado, —me defendí sorprendida—. Procuro no molestar a los demás. Si estás aludiendo al percance del retrato de mi abuelo…

—No me refería a ese incidente, hablaba en general. Si te interesa puedo darte detalles.

Agité mi oscura melena al menear negativamente la cabeza.

—No me interesa. Tienes una habilidad especial para desviar la conversación cuando versa sobre ti, ¿verdad? Me tiene sin cuidado que pienses que soy estúpida y egoísta. No me extraña, porque eres un engreído.

Te das unos aires como si fueras a comerte el mundo, igual que cuando eras un chiquillo, no creas que no me acuerdo. Ni una sola vez te he visto llorar.

—Bueno, quizás porque tú consumías todos los turnos, —apuntó socarronamente.

—No entiendes nada, —rezongué malhumorada—. Estoy intentado conseguir que me hables de ti, pero al parecer no te da la gana.

Le di otro pisotón que no apareció advertir, porque siguió mirándome con expresión beatífica.

—De acuerdo, hablaremos de mí. ¿Quieres que responda a un cuestionario o prefieres un elocuente monólogo? Pero antes, desfrunce el ceño. Te descubriré mis más íntimos secretos si decides sonreír un poquitín,

—bromeó—. ¿Qué quieres saber?, ¿cuándo lloré por última vez? Verás. —

Tomó aire y recitó de carrerilla—: Fue una mañana de primavera. Yo era un hermoso bebé de grandes ojos azules y…

—No seas pesado, —le interrumpí—. Te tomas a broma todo lo que digo.

—Es que es difícil hablar en serio contigo. —Hizo una pausa y añadió

—. También lo es el guardarte rencor. Ya ves, estaba furioso contigo por lo del otro día, pero al oírte ensartar bobada tras bobada, casi he llegado a olvidarlo.

Indignada abrí la boca, pero la volví a cerrar. Luego refunfuñé displicentemente:

—Lamento no estar a tu altura intelectual, que supongo será elevadísima, pero no todos tienen la misma opinión en lo que se refiere a mi conversación.

—¿Estás hablando de Pedro?, —me preguntó sin inmutarse por el nuevo pisotón que recibió.

—Entre otros, —puntualicé con altanería—. A lo mejor te crees que eres el único al que se le cuelgan las rubias del brazo.

—¡Ah!, ¿a ti también se te cuelgan las rubias?

—Los rubios, —precisé indignada—. Y no se me cuelgan, porque no les dejo, ¿qué te has creído?

—Ya lo supongo, —replicó inexpresivamente.

Escudriñé su expresión para averiguar si se estaba riendo de mí, pero en ese momento estaba serio. ¿Qué estaría pensando?

—¿Qué es lo que supones?, —insistí sin poder dominar mi curiosidad.

—Que no les dejarás. A menos no de uno en uno y el ir del brazo de un ejército debe ser algo incómodo, —añadió con guasa. Me observó en silencio unos segundos—. Me gustaría saber… —Empezó a decir, pero no llegó a concluir la frase.

—¿Qué? —Hubiera deseado no preguntárselo y demostrar que me tenía sin cuidado lo que quisiera saber, pero nunca había podido resistirme a los puntos suspensivos.

—Nada, no me ibas a contestar.

—Pero yo quiero saberlo, —repetí obstinada.

—También a mí me gustaría conocer la respuesta.

—Pues pregunta.

—Solo si me prometes contestarme.

Observé su irónico gesto con desconfianza y luego negué con la cabeza.

—No me fío. A saber lo que estarás pensando.

—En cambio, yo sí sé lo que estás pensando tú. Desde que eras una criaja que no levantabas dos palmos del suelo…

—Es que eres muy listo, —le interrumpí con acritud.

—No, es que tú eres bastante transparente.

—Pues Pedro me ha dicho hace un rato que…

—¿Qué es lo que te ha dicho o qué es lo que te ha hecho? Me gustaría también saber por qué les has cogido ese asco. El pobre muchacho ha sido siempre un buenazo.

Que conceptuara así a aquel pelmazo me pareció el colmo.

—Puede que sea un buenazo, pero parece una máquina encuestadora.

Incluso me he llegado a preguntar si no sería un periodista, que me hubiera confundido con una estrella de cine.

Miguel se echó a reír.

—¿Y solo porque te ha parecido que te estaba haciendo una encuesta has echado a correr, dejando apabullada a Marisa al imitar con tanta exactitud sus movimientos? ¿O es que el pobre ha tenido la desgraciada ocurrencia de traspasar la distancia mínima que tú soportas?

No llegué a oír su última insinuación, porque me había quedado boquiabierta. ¿La rubia de Miguel era aquella jovencita que tanto admirara antaño? Casi no podía creerlo, y no porque hubiera dejado de ser bonita, sino porque había perdido el encanto tan especial que entonces la caracterizaba.

—¿Tu rubia es Marisa Serra?

—Sí, pero ya te he dicho que no es mi rubia. Y no me has contestado.

—¿A qué?, —le pregunté abstraída.

—No me has aclarado el motivo por el que te has escondido de Pedro.

Cuando te he visto venir corriendo con expresión de animal acorralado, he creído que el pobre hombre estaba corriendo el riesgo de recibir dos tortas y por eso he decidido echarle una mano.

—No seas majadero, —protesté—. No debí contártelo. Hablé de más bajo los efectos de la copa de aguardiente que me diste.

—De coñac.

—Bueno, pues de coñac, pero parecía aguardiente. Nunca bebo y por eso me fui de la lengua.

Me quedé meditabunda, mientras girábamos al compás de la música y le daba dos pisotones más. Al ocurrírseme una idea levanté los ojos hacia él.

—¿Sigue interesándote saber el motivo por el que quería librarme de Pedro?

—Sí.

—Te la cambio por la pregunta que has dejado a medio.

—¿Qué me la cambias…? —Por un momento se quedó perplejo, pero luego masculló—: Como si fueran cromos, ¿no? Te cambio el cromo de

Supermán volando sobre los rascacielos de Metrópolis, por el de Batman, cayendo fulminado por un puñetazo, ¿no es eso?

—Has dicho que querías saberlo, —repliqué muy digna.

Con la cabeza ladeada, estudió mi expresión de triunfo, como si se estuviera preguntando qué edad mental tendría yo. Finalmente se echó a reír.

—De acuerdo, te lo cambio, ¿qué es lo que te ha hecho?

—Nada, —manifesté, satisfechísima de que hubiera picado el anzuelo

—. No ha traspasado ninguna barrera. Me he largado, porque estaba harta de tanta pregunta.

—¿Y solo porque…? —Se interrumpió, esbozando un gesto de incredulidad—. Pobre hombre. Puede que sea un poco pesado, pero es posible que lo dé su profesión.

—¿El ser pesado?

—El hacer preguntas.

—¿Y qué profesión tiene? ¿Acaso es reportero y me ha confundido con Greta Garbo?, —le pregunté burlonamente.

—No. Trabaja en el mismo hospital que Raúl. Es psiquiatra.

—¿Psiquiatra? —De la sorpresa perdí el compás y le di otro pisotón que soportó con estoicismo.

Ahora lo comprendía todo. Era excesivo el interés que aquel tipo me había dispensado. Sin duda estaba de acuerdo con Raúl para examinarme sin que me diera cuenta, aprovechando que los dos habíamos sido invitados a casa de Marisa. Por esa razón se habían empeñado todos en que asistiese.

Miguel no debía de estar enterado del plan y acababa de descubrírmelo. No me extrañaba demasiado que Raúl hubiera echado mano de esa artimaña,

¿pero y Juan?, ¿y Leonor? Si al menos estos últimos me lo hubieran planteado claramente… Era obvio que todos pensaban que yo estaba irremediablemente chiflada. Los imaginé tramándolo y lo que comentarían mañana.

—Está como una cabra, —diagnosticaría Pedro—. De pronto escapó de mi lado, dejándome con la palabra en la boca y fue a agazaparse detrás de una palmera.

¿Qué le contestaría Raúl? Probablemente, que ya se lo había advertido de antemano. ¿Y Juan?, ¿y Leonor? Cabía en lo posible que esta última no estuviera compinchada con ellos y que me hubiera llevado a Palma a ayudarme a elegir el disfraz de la Nochevieja movida por su natural generoso, pero Juan no. Juan sí lo sabía. Rememoré el momento de nuestra llegada a la casa de Marisa y cómo había colaborado con Raúl para dejarme sola con Pedro, llevándose apresuradamente a Leonor a reunirse con otro grupo. Juan, en quien yo había creído poder confiar. Incluso era posible que tía Elvira hubiera intervenido también.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas y apoyé la frente en el hombro de Miguel para que no me vieran llorar las parejas que estaban próximas a nosotros, pero debió de interpretarme mal, porque le noté envarado y perdió el compás de la música. Luego se empeñó en ver mi semblante, pero me resistí.

—Quiero irme, —balbuceé con voz temblona, temiendo dar un espectáculo.

—¿Pero por qué? ¿Tampoco te diviertes conmigo? Y yo que creía ser una pareja tan extraordinaria, —bromeó. Ni siquiera me he quejado de tus pisotones, aunque me estás moliendo los pies. Anda, levanta esa cara. ¿Qué hay en el suelo que te interesa tanto?

Como era bastante testarudo, se obstinó en levantar mi barbilla y al ver los lagrimones que rodaban por mis mejillas se quedó consternado.

—¿Pero qué te he…?

Sin terminar la frase, me tomó de la mano y sorteando a las parejas que seguían bailando, me condujo a un solitario saloncito contiguo, que estaba en penumbra, haciéndome sentar junto a él en un sofá. Le había seguido con la cabeza baja, aguantando como pude, pero en cuanto desaparecí de la vista de aquel gentío, empecé a sollozar inconteniblemente.

—Pero criatura, ¿qué es lo que te he dicho? No… no lo acabo de entender.

Intenté explicárselo entre hipidos. La infinita amargura que sentía se me desbordaba por los ojos, pero no conseguía traducirla en palabras. Estaba tan cansada, tan dolorida… ¿Cómo decirle que los únicos parientes que

tenía se habían confabulado contra mí, porque creían que estaba completamente loca?

—No… no has sido tú, —articulé dificultosamente—. Es… ha sido él…

—¿Pedro?, ¿pero no me has dicho antes que no te había hecho nada?,

—se sorprendió.

Terminó por desistir de que se lo aclarara y en silencio me rodeó con sus brazos, mientras yo lloraba y lloraba. No sé cuanto tiempo estuve empapándole el jersey con mis lagrimones. Resultaba tan consolador poder apoyar la cabeza sobre el hombro de alguien… Otras veces había llorado aferrada a Luisa, que, como él, me dejaba desahogarme sin hacer preguntas y también en aquellas ocasiones me había sentido tan segura como en ese instante, en el que llegué a olvidar el motivo de mi llantina y lloré solamente por el gusto de llorar. Hubiera deseado poder detener el tiempo y permanecer indefinidamente así. Dejar que la vida siguiese transcurriendo para el resto de la gente sin verme obligada a participar, porque me encontraba demasiado sola.

De improviso experimenté una sensación extraña, como si el aire se hubiera enrarecido, impidiéndome respirar y retorné bruscamente a mi presente, apartándome turbada de Miguel, que me miraba con una expresión rara y con tanta fijeza que me asusté. Me removí inquieta en el sofá y luego intenté ponerme en pie.

—Espera, Eurídice.

Su voz me sonó distinta y también él me pareció de pronto un desconocido. Ya no me sentía segura a su lado y lo que experimentaba ahora era un miedo absurdo, que hacía temblar mis rodillas.

—Quiero irme con Leonor, —musité muy bajo—. No, espera.

No sé lo que intuí, pero eché a correr hacia el iluminado salón, tranquilizadoramente concurrido, huyendo de él. Alguien me invitó a bailar y acepté inmediatamente, con la mente confusa y las piernas aún temblorosas. Ni siquiera llegué a fijarme en la cara de mi pareja ni en las de los que después le siguieron, pero empecé a reírme de las tonterías que me decían y a fingir una animación que estaba muy lejos de sentir con tal de retenerles a mi lado y de no quedarme sola.

Notaba los ojos de Miguel fijos en mí. Nuevamente se le había colgado Marisa del brazo y ambos formaban parte de un ruidoso grupo que bromeaba a gritos, pero que me seguía con la vista a donde quiera que fuese. No le di oportunidad de acercárseme y cuando Pedro me localizó, le recibí con grandes muestras de satisfacción, decidida a no separarme de él durante el resto de la reunión. Ya no me fastidiaba su interminable rosario de preguntas. Podía preguntarme lo que quisiera con tal de que no se apartase de mí ni un momento.

Poco después se nos reunió Leonor, que parecía estar divirtiéndose de verdad y los tres fuimos a sentarnos a un sofá, cercano a la palmera tras la que anteriormente me había escondido. Tuve que contenerme para no hacer lo mismo otra vez, porque, curiosamente, el grupo de Miguel iba desplazándose al compás de nuestros movimientos, para ir a recalar cerca de nosotros.

—Pedro es psiquiatra, ¿sabes?, —le comuniqué a Leonor, sintiendo una oscura satisfacción ante el sobresalto que el pobre hombre experimentó al sentirse descubierto. Luego me volví hacia él—. ¿Cómo es que no me lo habías dicho antes? Tu profesión debe ser interesantísima, —murmuré, envolviéndole en una mirada admirativa que le dejó desconcertado.

No era tan difícil, después de todo, coquetear como lo hacía Leonor.

Todo consistía en abanicar rápidamente las pestañas y sonreír de medio lado y luego del otro medio. Lo ensayaría con aquel psiquiatra. Lo importante era conseguir que no se marchase de mi lado, porque Miguel no me perdía de vista, aunque aparentaba estar pendiente de Marisa.

—Dime, ¿no es espantoso vivir rodeado de locos?, —le pregunté a Pedro, tanteando cuidadosamente los efectos de la sonrisa de medio lado.

Él apreció la sonrisa y se llevó la mano a su inexistente corbata, como si repentinamente le oprimiese.

—Bueno, la palabra que has empleado está un poco pasada de moda. Ya no hablamos de locos, sino de enfermos mentales.

Ensayé ahora el abaniqueo de las pestañas y me sorprendieron sus fulminantes resultados. El pobre, medio ahogado por el cuello de la camisa, tartamudeaba de emoción.

—¿Te interesa de verdad ese tema? Pensaba que… una muchacha tan preciosa como tú… tan bonitas como sois las dos…, —se corrigió, incluyendo a Leonor, que asistía muda a mi sorprendente metamorfosis, mirándome con la boca abierta.

—Me interesa una barbaridad, —le aseguré—. ¿Hay alguna diferencia entre los dos términos?

Pedro carraspeó, embarazado ante tan selecto auditorio y al fin dijo con voz clara.

—Veréis, no existe el individuo completamente normal. Todos tenemos nuestros pequeños complejos, nuestras manías. Os asombraría saber la cantidad de psicópatas que andan sueltos y creo que pocas personas de las que los tratan a diario podrían decir de ellos que están locos.

Abrí desmesuradamente los ojos, fingiendo una inquietud que no sentía.

—¿Y son peligrosos?

Hizo un gesto ambiguo.

—Unos sí y otros no. La mayoría no pasa de tener pequeñas rarezas sin mayor trascendencia. En diversas ocasiones, en las que he sido llamado a un peritaje judicial por intento de suicidio o de asesinato, sus propias familias han manifestado que el individuo en cuestión era una persona corriente.

Leonor se decidió a intervenir también, con expresión consternada.

—¿Quieres decir…? ¿Quieres decir que vivimos rodeados de anormales que cualquier día, sin venir a cuento, pueden descerrajarte un tiro, quedándose tan frescos?

—Tanto como sin venir a cuento, no. —Se interrumpió para mirarnos a las dos—. ¿De verdad no os aburre este tema?

Llegué a superar incluso el gritito de protesta de Leonor y volví a sonreírle admirativamente.

—¡Por Dios!, si es interesantísimo. Continúa.

—Bien, el tipo depresivo, por ejemplo, suele tener una marcada tendencia hacia el suicidio. Sus familiares te llaman un día acongojados y no pueden decirte de ese sujeto más que cosas sin importancia. “Sí, era una persona melancólica, no quería ver a nadie ni salir con nadie. ¿Por qué lo ha hecho, doctor?”. En todos esos casos, si hubieran acudido a tiempo al

médico, podrían haber evitado que se suicidara, pero es que ni él mismo ni sus parientes le consideraban loco. ¿Responde esto a tu pregunta?, —trató de averiguar, volviéndose hacia mí.

—Sí, pero nos dejas preocupadísimas, —replicó Leonor en tono ligero.

Aún no se había repuesto de la sorpresa de verme hacer mil monadas y seguramente no estaba dispuesta a permitir que Pedro la dejara relegada—.

Ya ves, siempre me he considerado una persona normal, un poquillo atolondrada pero normal. Ahora nadie me asegura que cualquier día no me dé por tirarme por una ventana.

—Estoy seguro de que no lo harías. Servía una verdadera lástima. —

Repuso él galantemente.

Por un momento temí que aquel hombre se olvidara de mí y se llevara a Leonor a bailar. Por eso di un suspiro de alivio cuando la otra, al ver a Raúl acercarse al grupo en el que se encontraba Miguel, nos dejó para reunírseles. Pedro no pareció sentirlo, al contrario. Aprovechó para continuar con su interminable cuestionario, hasta que pensé que no podría resistirlo ni un segundo más. Resultaba realmente cansado el jueguecito de los pestañeos y de las sonrisas y ya estaba harta. Le interrumpí en plena disertación sobre la personalidad de los neuróticos, al advertir que Miguel acababa de soltarse del brazo de Marisa, con la evidente intención de venir a acomodarse en el sofá en el que estaban nosotros sentados.

—¿Has venido solo, Pedro?, —le pregunté, disimulando la inquietud que experimentaba.

—Sí, ¿por qué?

—Me gustaría que me llevases tú a casa. —Subrayé el “tú” con aquella difícil sonrisa de medio lado y él accedió inmediatamente.

—No faltaría más. ¿Pero por qué tanta prisa?

No me entretuve en darle explicaciones y salí con él apresuradamente del salón, olvidando despedirme de los anfitriones. Caí en la cuenta ya en el automóvil, que recorría lentamente la corta distancia que nos separaba de Montsalvatge y me mordí los labios, fastidiada. En contra de la opinión que Miguel se había forjado sobre mí, no me gustaba molestar a nadie y mucho menos comportarme groseramente. Me consolé pensando que seguramente

ni tan siquiera se habrían dado cuenta de mi presencia. Había demasiada gente en la reunión y yo era demasiado insignificante.

A Pedro no debía parecérselo, porque, ya en la puerta de la casa, insistió con verdadera obstinación en que volviéramos a vernos al día siguiente.

Claro que no me engañó. Sabía que no era por mis escasos encantos personales por lo que demostraba tanto interés y no estaba dispuesta a seguirles el juego a Juan y a Raúl. En cuanto regresase este último, le obligaría a darme una explicación.

Me despedí de Pedro con un agotador esfuerzo de sonrisas y pestañeos y, cuando por fin me encontré en mi cuarto, me desnudé a toda prisa y me dejé caer exhausta en la cama. Pero no quería dormirme. Tenía que hablar antes con Raúl. Los puntiagudos riscos del acantilado volvían una y otra vez a desfilar por mi mente, entremezclados con la extraña mirada de Miguel que tanto me había asustado. Me sentía invadida por el intenso sentimiento de amargura del que casi había llegado a olvidarme durante el transcurso de la reunión para lograr mostrarme alegre y animada. ¿Cómo podría Leonor actuar así espontáneamente?

Notaba los párpados pesados. Me iba a quedar dormida de un momento a otro, pero no quería dejar mi conversación con Raúl para el día siguiente.

Estaba segura de que si la posponía me asaltaría de nuevo aquella espantosa pesadilla. De pronto caí en la cuenta de que ese horrible sueño se adueñaba de mi subconsciente siempre que me acostaba profundamente alterada y de que las noches anteriores a todos los sucesos inexplicables que habían acaecido en Montsalvatge había soñado lo mismo.

Me levanté de un salto y apoyé la frente en el cristal del balcón. La noche era oscura y apenas podía distinguir más que sombras, pero la frialdad del cristal me proporcionó cierto alivio. Poco después vi los faros de un coche que se aproximaban a la casa y me pareció reconocer el automóvil de Raúl, en el que los dos hermanos volvían de la reunión.

Me calcé las zapatillas y echándome encima la bata rosa que me comprara Luisa, descendí despacio la escalera. Raúl debía de estar en la biblioteca, porque se oía dentro de la habitación un leve rumor de conversación. Con la mano en el picaporte me detuve al reconocer distintamente la voz de Juan que pronunciaba mi nombre. En ese instante

rememoré la pregunta de Leonor: “¿Tú no escuchas nunca detrás de las puertas?” No, nunca lo había hecho y además no me parecía bien. Me lo repetí varias veces, pero no me moví.

—Entonces… ¿Pedro cree que es la única solución? —La voz de Juan sonaba apagada, como si también él estuviera mortalmente cansado.

—Sí, me lo dijo el otro día en el hospital, cuando le expliqué el síndrome. Yo lo siento tanto como tú, —le oí decir a Raúl.

—Tiene que haber otro medio, —casi gritó su hermano—. Cualquier cosa, menos esa. No vamos a tirarlo ahora todo por la borda.

¿De qué hablarían? Sentía la cabeza tan pesada, que casi no conseguía razonar y la cama me estaba llamando a gritos, pero permanecí quieta con la garganta seca y los miembros agarrotados.

—Me temo que no haya otra solución, Juan. Es la única forma de resolverlo. Tú no entiendes nada de estos temas, pero piensa que Eurídice pasea sola muy a menudo y acude con frecuencia a ese lugar. No quiero ni pensar lo que podría suceder si de pronto lo recordase todo.

La voz de Juan sonó alterada.

—¿Pero tú crees…?

—Desde luego no puedo descartarlo. Por esa razón le he pedido a Pedro el favor de esta noche. Claro que, por charlar tranquilamente con Eurídice durante una reunión ni él ni nadie pueden dar un diagnóstico, pero ya le había puesto en antecedentes.

—¿Y…?

—Está totalmente de acuerdo conmigo. Me lo ha dicho cuando ha regresado a casa de Marisa, después de traerla a ella a casa. Eso, y que es la chica más encantadora que ha conocido.

—En eso estamos todos de acuerdo, —farfulló Juan en tono bajo—.

¿Pero no crees que bastaría con que ella se marchara? Tal vez, si volviera con Luisa podríamos ahorrarnos ese trago.

No le pareció a ella que Raúl necesitase meditar la respuesta, porque replicó instantáneamente:

—No, y en cualquier caso, aún no puede volver a Segovia, porque es demasiado pronto. No sé qué hacer. Hay demasiados lugares peligrosos alrededor de esta casa. Piensa en el acantilado.

Me tapé los oídos con las manos. De toda la conversación, lo único que había entendido era la última frase de Raúl y no quería oír más. Con aquellas palabras martilleándome en las sienes, subí precipitadamente la escalera y cerré la puerta del dormitorio con cerrojo.

“Piensa en el acantilado”. Un simple resbalón… un simple resbalón y Marta habían dejado de existir. ¿Cómo no lo había sospechado antes? Todos pensarían que aquel trágico accidente había vuelto a repetirse, porque yo estaba trastornada. ¿Qué otra interpretación podría darse a las cosas inexplicables que estaban ocurriendo en Montsalvatge desde mi llegada? La frente se me perló de sudor. Sería tan fácil… Un simple resbalón en la cima del acantilado y… ¿Acaso no le había sucedido lo mismo a Marta años atrás? La situación de Montsalvatge era angustiosa y la muerte de mi prima había venido a resolverla. Sería tan sencillo… Bastaría con invitarme a dar un paseo y una vez allí, con un simple empujón…

“Pobre muchacha”, dirían todos. ¿Quién podía figurarse que acabaría de una forma tan terrible? “Claro que estaba chiflada”. Pedro nos había dicho en la reunión que había un cierto tipo de sujetos, los deprimidos, que con frecuencia se quitaban la vida y yo poseía los síntomas que nos había descrito. Los demás pensarían que me había suicidado. Tía Elvira seguramente lloraría al principio, pero luego, cuando los apuros económicos de Montsalvatge hubieran quedado solucionados, volvería a sentirse feliz.

Repentinamente me vinieron a la memoria las palabras con las que Juan se había referido a la actitud de su hermano respecto a la finca, cuando estábamos encaramados a los paredones del faro: “Raúl sería capaz de cualquier cosa por conservar Montsalvatge”, me había dicho pocos días antes. “A cualquier cosa”.

¿Cómo habría podido ser tan estúpida? Había imaginado que pretendía hacer creer a todos que yo estaba loca para encerrarme en un manicomio, pero no que sus verdaderas intenciones fuesen arrojarme por el acantilado, simulando un suicidio, lo que era más sencillo y más rápido. Seguramente lo había planeado todo y una vez que consiguiera sus propósitos se casaría con Leonor y en alguna ocasión hablarían de mí.

“¿Te acuerdas de aquella prima tuya?, ¿aquella muchacha insignificante que pasó con vosotros las Navidades? Qué fin tan horroroso el suyo”.

Y Raúl le contestaría:

“Sí, fue una verdadera lástima. Era aburrida y sin gracia, pero todos la queríamos. La pobre estaban tan sola…”.

Intenté reconstruir el plan que había tramado. Primero me habría enviado la carta, imitando la letra de Marta y luego… Me senté en la cama para concentrarme mejor. ¿Cómo habría podido bajar la ropa de mi prima del desván? Él no estaba en casa aquella tarde… solamente tía Elvira y Juanita, pero eso no importaba, porque podía haberlo preparado de antemano, o quizás Juanita…

Ni siquiera Miguel se extrañaría demasiado al enterarse de mi suicidio.

Traté de imaginarme su expresión cuando le dieran la noticia. Se llevaría un disgusto, pero no le duraría mucho tiempo y acabaría casándose con aquella estúpida rubia que se le colgaba del brazo como una lapa. Sin saber por qué, ese desenlace me fastidió, pero no le di más vueltas porque tenía asuntos más importantes que plantearme. No permitiría que Raúl consiguiese sus propósitos. De improviso sentí unos intensos deseos de vivir. Estaría al acecho, mejor aún, me marcharía en cuanto se hiciese de día. ¿Pero a dónde?

No, aún no podía volver con Luisa, no, tenía que esperar. Quizás cuando finalizasen las Navidades… cuando hubieran transcurrido unas semanas…

Mientras tanto mantendría los ojos bien abiertos y no me separaría ni un instante de Leonor.

También podía contar con Miguel, aunque prefería no tener que acudir a él en busca de ayuda, porque aún me atemorizaba recordar su extraña mirada. Como si acabara de descubrirme de repente y como si… Tampoco quería pensar en ello.

Comprobé que el cerrojo estaba echado y luego corrí la cómoda, atrancando la puerta con ella. Faltaba el balcón. Era fácil entrar en la habitación por él, valiéndose de las ramas del pino que crecía a sus pies.

Afiancé herméticamente las contraventanas, corriendo después las cortinas.

Quedaba el cuarto de baño. Sudando de puro nerviosismo, cerré esa puerta y a continuación me metí en la cama. No se me había olvidado ningún detalle. Podía dormir tranquila.

Pese a ello no logré conciliar el sueño hasta muy tarde. Acurrucada bajo las mantas oí un rato después las pisadas de los dos hombres subiendo la escalera. Luego, nada. El silencio más absoluto envolvió Montsalvatge, pero me mantuve despierta hasta bien entrada la madrugada.

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