Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 9 de 35

Páginas del PDF

Eterna tentación

Capítulo 9

9

 

 

Observo cómo desaparecen las luces traseras de su coche con una mezcla de alivio y sentimiento de pérdida.

Alivio por estar sola a fin de disfrutar del espacio que necesito para lidiar con mis desquiciadas emociones.

Sentimiento de pérdida por el hecho de que no insistiera en llevarme. Alex lo habría hecho. Pero ¿Devlin?

No lo sé. ¿Cómo voy a saberlo? Antes de esta noche no conocía a Devlin Saint. No de verdad.

Para ser sincera, no estoy segura de haberlo conocido. ¿Ha sido Saint quién me ha tocado? ¿Saint quién me ha seguido el ritmo en todo momento? ¿Quién se ha llevado lo que quería de la misma manera que yo pensaba hacer con don Gin-Tonic?

Debía de serlo. El Alex que recuerdo siempre fue tierno, incluso cuando nos arrancamos la ropa, desesperados por estar desnudos. Nos mostramos apasionados y desatados, pero no ardimos.

«Pero ay, Dios, esta noche he ardido», me digo. Y solo con la caricia de un dedo y el calor de sus labios.

Me recorre un escalofrío al recordarlo y me obligo a quitármelo de la cabeza. Esta noche he salido a por un polvo rápido y un orgasmo violento, pero lo esencial era que yo estaría al mando. Y lo más importante: luego me iría.

Saint me ha destrozado los planes.

Me ha arrebatado el control, ha hecho añicos mi voluntad, me ha obligado a desear a un hombre al que perdí hace mucho y luego me ha ordenado fría y firmemente que me fuera.

«¿Por qué?», me pregunto.

¿Por qué me ha venido a buscar si no se iba a quedar? ¿Por qué atormentarme con la idea de que el hombre al que quise en otro tiempo se ha estado escondiendo a plena vista todos estos años? ¿Por qué quitarse la careta cuando revelarse ante mí solo iba a suscitar más preguntas?

Ya puestos, ¿por qué ponerse la careta?

Y la pregunta más acuciante de todas: ¿por qué revelarse ante mí solo para ordenarme que me vaya?

Hago ademán de levantar las manos por la frustración, pero recuerdo la bolsa que me cuelga del brazo. Por primera vez se me ocurre que tal vez me haya dado algo que responda a todas estas preguntas. La abro presa de los nervios, pero solo encuentro los náuticos Sperry Top-Sider que me dejé en la playa.

Suelto una carcajada mientras me los pongo, abrumada por la absurda ironía. No soy Cenicienta. Alex lleva mucho tiempo sin ser mi Príncipe Azul, y, a juzgar por todo lo que he leído y experimentado, Devlin Saint tampoco aspira a ocupar el trono.

«No juegues con fuego», me ha dicho, y en ese momento he pensado que se refería a la pasión entre nosotros. Ahora creo que tiene algo que ocultar. Y lo que es más importante: que Devlin Saint acaba de ofrecerme la historia del siglo. ¿Un filántropo multimillonario con una nueva identidad y un pasado oculto? Sí, creo que en The Spall Monthly estarán encantados.

Cuando echo a andar hacia la cuesta, saco el móvil y llamo a Roger, segurísima de que dará el visto bueno a la historia. Por supuesto, se me ha olvidado por completo la diferencia horaria, de modo que la llamada pasa directamente al buzón de voz.

—Roger, soy yo. Escucha, no te lo vas a creer… —⁠Me interrumpo, ya que la realidad de lo que estoy diciendo me golpea de repente mientras la pregunta más importante regresa de nuevo a mi cabeza: «¿Por qué?»⁠—. Esto…, perdona —⁠sigo⁠—. Me he distraído un momento. Solo quería comentarte que no te vas a creer la faena que me han hecho hoy. Me han cambiado la entrevista con Saint. Pero sigo en ello. Todo va bien. Te llamaré cuando tenga más. Ya está. En fin, adiós.

Corto la llamada sintiéndome tonta, sin saber muy bien si he hecho lo correcto, como persona o como periodista. Pero no puedo echar a Alex a los leones. Ahora no. Todavía no. Porque, sea o no la historia del siglo, no estoy preparada para joderle la vida. Ojalá lo estuviera. Debería estarlo. Debería importarme una mierda que el foco que le plante delante de la cara brille tanto y con tanta intensidad que acabe derretido por su calor.

Sin embargo, debo reconocer que sigo sintiendo algo por ese hijo de puta. Al menos por Alex. Por el hombre al que conocía.

Y hasta que no sepa por qué ahora es Devlin Saint, no puedo arriesgarme a embarrarle la vida. No sé si esto me convierte en una persona considerada o idiota, pero supongo que da igual. En el fondo, todo se reduce a que ahora tengo otra historia que investigar, aunque Roger todavía no esté al tanto.

Y hay algo más que no haré: no me iré de Laguna Cortez.

¿De verdad cree que lo haré? ¿Por qué? ¿Por qué Devlin Saint —⁠¡Devlin Saint en persona!⁠— me lo ha pedido? Ni de coña. Soy periodista, y eso significa que mi trabajo es averiguar la verdad. Además, nunca he sido de las que se achantan ante la autoridad. Me he codeado demasiado tiempo con la policía para saber lo inestable que es la autoridad.

O tal vez cree que me iré por el Alex al que conocía. En ese caso, ha metido la pata hasta el fondo. Alex me arrancó el corazón y se lo lanzó a los perros. Quizá fuera mi primera vez, pero eso no le confiere un poder mágico sobre mí. Aunque probablemente sí. Al fin y al cabo, me destrozó. Pero eso no hace que lo mire con buenos ojos precisamente.

Así que ya no hay que darle más vueltas. No tengo motivos para irme y sí muchos para quedarme. Brandy. Lamar. El artículo sobre la fundación. Y, sobre todo, mi tío Peter.

Solo tengo que olvidarme del pasado y tratar a Alex —⁠no, a Devlin⁠— como a cualquier otra fuente de información.

Puedo hacerlo.

Puedo hacerlo sin problemas.

Me cuesta respirar cuando acabo de subir la cuesta, pero me siento más centrada. Doblo la esquina y recorro la media manzana que hay hasta la casa de Brandy. Es un barrio muy oscuro. Silencioso, con pocas farolas y algunas casas lejos de la carretera.

Cuando llego al camino de entrada, se enciende una luz al otro lado de la calle, y me llama la atención. Es el brillo de alguien que mira su móvil dentro de un Tesla negro que está aparcado.

Mi determinación se hace añicos al instante. Alex no es solo una fuente de información ni una historia, y, por más que intente convencerme de ello, nunca lo será. Joder, el corazón me late a mil, y ni siquiera sé si el del coche es él. Aunque intento ver la cara a su ocupante, es inútil, porque la luz se ha apagado y la calle está demasiado oscura.

De todas formas, estoy segura de que es él, y un rayito de algo que se parece demasiado a la esperanza cobra vida en mi interior. Lo aplasto. En primer lugar, porque no sé muy bien qué espero. ¿Que se preocupe lo bastante por mí como para asegurarse de que llego bien a casa? ¿Que en realidad no quiere que vuelva a Nueva York? ¿Algo totalmente distinto?

Solo sé que he pasado diez años caminando por una cuerda floja de rabia y dolor, junto con el miedo de que estuviera muerto —⁠porque ¿quién había en mi vida que no lo estuviera?⁠—, y rematada por las fantasías de que volvería con una explicación perfecta. Una abducción por extraterrestres o la amnesia ocupaban los primeros puestos de mis fantasías.

Y lo más importante de estos diez años es que he intentado no odiarme. He intentado no pasar cada día recordando que era la única integrante viva de la familia Holmes. Que había sobrevivido cuando ellos no lo habían conseguido.

He intentado no creer que el universo me estaba castigando y que ese era el motivo de que Alex se hubiera marchado.

Sé que no es verdad. Sé que se trata del sentimiento de culpa del superviviente. Pero saberlo no sirve de nada. También sé que E=mc², pero sigo sin tener ni idea de lo que significa. Y, la verdad, tampoco sé qué significa que yo sea la única superviviente.

Así que no. Seguramente no sea Alex. Bien sabe Dios que esta ciudad está plagada de Teslas negros. Pero no voy a acercarme para salir de dudas.

Porque, mientras dude, la adolescente solitaria que llevo dentro puede seguir creyendo.