Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 21 de 35

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Eterna tentación

Capítulo 21

21

 

 

Cuando me despierto estoy sola y ruedo sobre el colchón para ver la hora. Son las tres y cuarto.

Me siento en la cama, aturdida, y echo un vistazo por la habitación esperando ver una rayita de luz por debajo de la puerta del cuarto de baño, pero está a oscuras. Después de la sesión de sexo, caí rendida y saciada. A pesar de que no me abrazó como un amante, se metió en la cama, a mi lado.

Me quedé dormida sabiendo que estaba conmigo. Y que la sensación me gustó más de la cuenta.

—¿Devlin?

Espero, pero no hay respuesta, así que salgo de la cama con el ceño fruncido y recorro la suite en su busca, pero está vacía. Frustrada, doy una vuelta completa mientras me pregunto dónde narices puede estar en plena noche.

Claro que esto es Las Vegas. Si tienes insomnio, seguramente no haya un lugar mejor.

Salgo al salón con la esperanza de encontrar una nota, pero no hay nada. Frunzo el ceño de nuevo al darme cuenta de que me molesta que no me haya informado. Algo que no tiene sentido, claro. Ya no somos Ellie y Alex. Y aunque el sexo ha sido más excepcional de lo esperado, no había nada más. Sexo.

Zanjar el tema.

Eso es lo único que quiero. Cualquier otra cosa es una complicación innecesaria y latosa. Y ¿quién necesita eso?

Así que no. No puedo quejarme de que no me mantenga al tanto de cada uno de sus movimientos. Salvo que cualquiera diría que al menos podría haber tenido la cortesía de dejarme una nota. Al fin y al cabo, se tomó la molestia de dejármela la otra vez, cuando se marchó para siempre. Supongo que una nota breve con un «Vuelvo enseguida» no habría supuesto mucho esfuerzo para él.

A riesgo de parecer pesada, lo llamo al móvil…, pero lo oigo sonar en la mesita de noche.

Adiós a ese plan.

Me pongo a pensar y decido llamar a recepción.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita Holmes?

—Acaba de hacerlo —le digo al hombre que me atiende ⁠—. Dado que me ha reconocido, supongo que está informado de que el señor Saint no se encuentra en la suite. ¿Eso significa que sabe dónde está?

—En el bar del vestíbulo. ¿Desea hablar con él?

—No, gracias, no es necesario.

Corto la llamada y se me pasa por la cabeza volver a la cama. Estoy segura de que Devlin no podía dormir. Pero la verdad es que no sé si yo podré hacerlo, y, si está tomando algo, yo también quiero. Al fin y al cabo, ¿no es la ventaja de estar en Las Vegas? ¿Beber cuando te apetezca?

Me pregunto asimismo por qué no se ha sentado en el salón sin más. La suite es cuatro veces más grande que mi estudio de Manhattan. Ni que fuera a molestarme al encender la luz.

Dado que sigo con el top y los pantalones cortos, voy a su armario a buscar una camiseta. Fui tonta y mayormente metí en la maleta ropa de trabajo y para salir de noche. Sé que no le importará. Estuve hablando con él mientras deshacía el equipaje y, cuando le comenté mi problemilla de vestuario, dijo que podía usar lo que quisiera.

Salvo que he abierto el cajón que no era. En vez de camisetas, me encuentro dos pantalones de deporte. Estoy a punto de cerrar el cajón cuando atisbo el ligero brillo de la luz ambiente al reflejarse en algo negro y conocido.

Se me encoge el estómago. Mi padre era policía. Yo he sido policía. Así que no me sorprende cuando aparto la ropa y veo una Glock negra.

Me quedo paralizada, con la mente convertida en un hervidero de pensamientos. ¿Por qué guarda un arma, si se puede saber?

Me doy media vuelta para controlar lo que tengo a la espalda, como si alguien fuera a atacarme por haber visto la pistola. Y después, con la misma rapidez, me digo que estoy comportándome como una tonta. Es un multimillonario. Viaja con frecuencia. Ha estado en el ejército. Y estoy segura de que tiene enemigos. Es lógico que disponga de un arma.

La cojo y deslizo la corredera lo justo para ver la recámara. Cargada. Frunzo el ceño y expulso el cargador. Lleno.

¿Por qué iba a tomarse la molestia de cargar una bala en la recámara, expulsar el cargador, rellenar la bala que falta y volver a meterlo completo?

¿Y por qué no me ha dicho que había un arma en la habitación? Al fin y al cabo, soy policía, o lo fui, y no se puede decir que no esté familiarizada con las armas.

Claro que tal vez ese sea el motivo. A lo mejor cree que sigo tan comprometida con las fuerzas del orden que no aprobaría que la tuviera.

Carezco de respuestas, pero como voy a salir a buscarlo, le haré las preguntas a él en vez de seguir con mis suposiciones descabelladas.

Abro el cajón correcto, cojo una camiseta de un azul desgastado con el logotipo de la fundación y me voy a mi dormitorio a por las mallas que he traído para ponérmelas con una chaqueta negra a medio muslo y unos Jimmy Choo negros. Esta noche paso de los Jimmy Choo y me pongo mis bailarinas preferidas.

Veo a Devlin nada más llegar al vestíbulo, sentado a un velador en el bar del vestíbulo, junto a la entrada del casino. Sin embargo, no está solo; cuando me acerco, me doy cuenta de que lo acompaña Ronan Thorne, que ni siquiera sabía que se encontraba en la ciudad.

Thorne me ve antes que Devlin, pero en vez de saludarme, lo mira y asiente con la cabeza, como si lo estuviera poniendo sobre aviso. Devlin se vuelve, y capto algo fugaz en sus ojos, algo que podría ser fastidio, antes de sonreír e indicarme que me acerque a ellos con una mano.

—Siento haberte abandonado —⁠me dice⁠—. Creía que estabas durmiendo como un tronco.

—Tranquilo —contesto, aunque se me activa el sentido arácnido⁠—. Lamento interrumpir.

—No, no pasa nada. —Señala la silla libre y, mientras me siento, desaparece parte de la preocupación que me ha estado abrumando como un nubarrón.

Thorne me mira con expresión pétrea.

—Creo que debería irme —le dice a Devlin⁠—. ¿Todo bien?

—Supongo que ya lo averiguaremos, ¿no? Hablamos mañana.

Thorne se despide de nosotros con un gesto de la cabeza y luego echa a andar hacia la salida. Espero hasta que cruza la puerta y está fuera del edificio para comentar:

—No sabía que Ronan estuviera en Las Vegas.

Devlin se suelta el pelo y se pasa los dedos por los mechones antes de replicar:

—Sí. Ha llegado hace un rato.

—¿Qué ocurre?

—Solo son negocios.

—¿Negocios? Son más de las tres de la madrugada. —⁠Detecto el deje acusador en mi voz y me gustaría haberme tragado esas palabras.

—Por raro que parezca, es una hora muy razonable en otras partes del mundo. ¿Algún problema?

Pierdo fuelle y niego con la cabeza.

—No. Lo siento. El problema lo tengo yo. Me he despertado y no estabas. —⁠Lo miro a los ojos⁠—. Y eso no debería ser un problema.

—No —responde con voz firme—, no debería serlo.

Paso por completo del desagradable vuelco que me da el estómago. Al fin y al cabo, se supone que lo que ha sucedido en la habitación —⁠el hecho de llevarme a unas cotas de placer como nadie había logrado antes⁠— era para zanjar el tema. El golpe de gracia para acabar con un deseo ardiente.

—Pues no te preocupes —replico, molesta⁠—. No he bajado aquí porque echara de menos tu polla.

Levanta una ceja.

—¿No?

Me señalo la camiseta.

—Te la he cogido prestada.

—Vale, te queda mucho mejor que a mí.

—No lo tengo tan claro. —Me lo imagino, alto, moreno y delgado, con la fina tela pegada a sus pectorales y abdominales. Muchísimo mejor.

—¿Y eso te ha hecho bajar corriendo? ¿Creías que me iba a molestar? —⁠me pregunta⁠—. Te dije que podías hacerlo.

—Me ha parecido que podría importarte que haya encontrado tu pistola.

Levanta una ceja de nuevo, pero es el único cambio en su expresión. De hecho, por un brevísimo instante, ha sido como si se le quedara congelada. Luego menea la cabeza despacio.

—A menos que tengas pensado liarte a tiros, me da igual. ¿Por qué has creído que iba a importarme?

Me encojo de hombros.

—Me ha sorprendido que la tengas, nada más. Supongo que es para defensa personal. Porque imagino que recibes amenazas.

Devlin hace un gesto al camarero y señala su copa antes de levantar dos dedos.

—La llevo conmigo cuando estoy en medio de una multitud o si voy a dar un discurso. Me parece prudente.

—¿Sabes manejarla? Pues claro. El ejército.

Se echa hacia atrás, y parece interesado.

—Quería preguntártelo antes. ¿Qué sabes de mi paso por el ejército?

—No mucho —admito—. Salió a la luz cuando te investigué… Bueno, cuando investigué a Devlin. Según el ejército, estuviste sirviendo y luego te licenciaron con honores. Fueron bastante parcos con la información. —⁠Claro que tampoco indagué mucho. En aquel momento supuse que averiguaría más a través de su persona. Al fin y al cabo, no tenía forma de saber que era un fantasma salido de mi pasado⁠—. Ronan mencionó que servisteis juntos —⁠añado⁠—. Pero admito que no estoy segura. ¿De verdad estuviste en el ejército? ¿O tu hoja de servicio es un invento, como Devlin Saint?

—Te aseguro que soy muy real, independientemente de mi nombre. —⁠Me recorre el cuerpo con descaro, con una mirada tan intensa que parece una caricia y que deja un rastro de deseo a su paso⁠—. No creo que un hombre inventado pudiera hacerte gritar así.

Se me seca la boca, así que cojo su bebida y me quedo con el último cubito de hielo.

—Y sí, mi hoja de servicio es auténtica. En cuanto al arma, puede que ahora sea un civil, pero no pienso descuidarme en cuanto a mi seguridad personal. No con la posición que ocupo. No estás preocupada, ¿verdad? —⁠Me mira con expresión guasona⁠—. ¿Asustada por tu seguridad? ¿Temes que pueda ser un peligro para ti?

Ha bajado la voz, y el tono sensual se me clava en las entrañas. Aprieto los muslos con fuerza con la esperanza de que la reacción no se me note en la voz.

—Desayuno peligro todos los días, ¿recuerdas?

Se acaricia la barba sin apartar los ojos de mí.

—Hay más cosas que puedes desayunar.

Levanto una ceja mientras me obligo a contener una carcajada.

—¿Hemos pasado de lanzarnos pullas a bromear con el sexo? Es increíble lo que puede hacer un buen polvo por el ánimo, ¿verdad?

—Sí —contesta antes de levantar una ceja ⁠—. Pero ¿solo bueno?

Ahora sí que suelto la carcajada.

—No busques cumplidos. Y no cambies de tema.

—No sabía que hubiera un tema.

—Lo hay porque se me acaba de ocurrir. —⁠Me inclino hacia delante y bajo la voz⁠—. En tu despacho, cuando hablamos del antiguo Alex y del nuevo Devlin, dijiste que el programa de protección de testigos no estaba involucrado. En ese caso, ¿cómo lo hiciste? Una cosa es adoptar una nueva identidad y no asomar mucho la nariz. Pero has tenido que ocultar muy bien tu rastro para alistarte en el ejército. ¿Te ayudó el Gobierno? A ver, ¿estuviste en una unidad especial o algo así?

—Digamos que creé la Fundación Devlin Saint con la mayor parte de mi herencia, pero que usé un buen trozo del pastel para crear mi nuevo aspecto. —⁠Se encoge de hombros⁠—. Entre otras muchas cosas, el dinero puede comprar la libertad.

El camarero llega con nuestras bebidas. Le doy un buen sorbo a la mía mientras sopeso su respuesta. No se equivoca. A juzgar por lo que he visto, el dinero es lo más parecido a la magia con lo que me he encontrado. Prácticamente, lo único que no puede conseguir es resucitar a los muertos.

Devlin coge su vaso, pero no bebe. En cambio, se dedica a hacer girar el licor observándome desde el otro lado de la mesa, hasta que me derrumbo y le pregunto en qué está pensando.

—Me preguntaba si confías en mí.

—Pues no. Ya te lo he dicho en la habitación. Que no se te olvide la parte en la que me desvirgaste y te largaste.

Al menos tiene la decencia de hacer una mueca.

—No hablaba necesariamente de sexo. En cuanto a nuestra última noche, no puedo decir nada para arreglarla.

Niego con la cabeza.

—No me lo creo. Creo que no quieres decir nada que pueda arreglarla. —⁠En cuanto pronuncio esas palabras, deseo no haberlas dicho. Porque al oírlas me doy cuenta de que no son una bofetada en la cara. Al contrario, son una rama de olivo. Básicamente acabo de decirle que imagino un mundo en el que tenía un motivo justificado para marcharse. Que hay un escenario en el que me cuenta la verdad y yo lo perdono. Así que me apresuro a añadir⁠—: Me hiciste daño.

—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no sé que jamás podré compensarte? Aunque te diga lo mucho que te deseo, cuántas veces he soñado contigo a lo largo de los años, eso no cambia nada, ¿verdad?

Meneo la cabeza de nuevo.

—Me entristece. Sobre todo porque sigo sin entender el motivo.

—¿El motivo? —repite—. Muy bien, te voy a decir el motivo. Me marché porque tenía que hacerlo. Porque sería capaz de cualquier cosa con tal de protegerte.

—Si es verdad, cuéntamelo todo. ¿Fue por mi tío? ¿Tú eras el siguiente?

—No son preguntas que pueda responder, Ellie. Como sigas, la conversación se ha acabado.

Por supuesto, eso solo hace que quiera insistir más en el tema. Sin embargo, le pregunto:

—¿Por qué me dejaste ver la verdad? La otra noche, en las pozas. Me saliste al paso. No llevabas las lentillas. Te aseguraste de que te reconociera. ¿Por qué?

Recorre el borde del vaso con un dedo y, cuando habla, lo hace con la vista clavada en la mesa.

—Porque, en cuanto me enteré de que eras tú quien iba a entrevistarme, supe que solo tenía tres opciones. Podía matarte —⁠dice al tiempo que levanta la cabeza y me mira a los ojos, sin el menor rastro de humor⁠—, podía mantenerte cerca o podía obligarte a que te fueras. —⁠Espera que diga algo, pero al ver que me limito a poner los ojos en blanco por la broma, añade⁠—: Matarte era la única forma de asegurarme de que no revelarías que fui Alex. Pero como te puedes imaginar, ese plan tenía algunos inconvenientes.

—Sí, desde luego.

—¿Mantenerte cerca? Eso es lo que quería. Dios, me moría de ganas. Pero te hice daño. Y hay más motivos por los que no puedo tenerte por mucho que te desee.

Se me acelera el pulso al oír el deje apasionado de su voz. Quiero pedirle que me explique cuáles son esos motivos, pero no me apetece interrumpirlo. Es más, sé que no me los va a contar.

—Obligarte a que te fueras también era peligroso. ¿Y si le contabas al mundo que Devlin Saint es una farsa? —⁠Bebe otro sorbo⁠—. Tengo secretos, Ellie. Y casi no confío en nadie. —⁠Me coge una mano, que me acaricia despacio con el pulgar⁠—. Pero una y otra vez confío en ti lo suficiente para dejarte marchar. En las pozas. Después de lo del aparcamiento. Después de la gala. Y, una vez más, te dejaré marchar cuando volvamos a Laguna Cortez, confiando en que guardes mi secreto con celo. Pero solo después de que nos hayamos saciado el uno del otro.

Tardo un momento en comprender lo que está diciendo y, cuando lo hago, me recorre un escalofrío.

Está diciendo que me desea.

Está diciendo que solo en Las Vegas.

Guarda secretos. Yo tengo mi trabajo. Además, pronto volveré a Manhattan.

Ha puesto la pelota en mi tejado. De momento, puedo tenerlo. Puedo follar con él hasta sacármelo de la cabeza o, al menos, hacer todo lo posible para lograrlo. O puedo negarme y los dos nos alejaremos sin más.

Por un instante, me limito a respirar mientras pienso en las consecuencias de ambas decisiones. Luego apuro el resto del bourbon, aparto el vaso y echo la silla hacia atrás.

—Lo que pasa en Las Vegas y todo eso, ¿no?

Despacio, esboza una sonrisa sensual y traviesa, con un puntito de alivio.

—Es tarde —dice—, pero realmente espero que no estés cansada.