Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 15 de 35

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Eterna tentación

Capítulo 15

15

 

 

Pensaba pasar el sábado con Brandy, pero después de que una de mis amigas de mi época de policía me devolviera una llamada, acabé en Santa Mónica almorzando con Millicent Kittridge y hablando de El Lobo.

—¿Cómo es que no me había enterado de esto? — ⁠me pregunta Millie después de resumirle lo de mi tío, Ricky Mercado y el cabecilla del hampa al que culpo de todo.

Me encojo de hombros.

—Seguramente porque nunca te hablé de Peter. Y me enteré ayer de su relación con El Lobo.

—Bueno, ¿en qué puedo ayudarte? —⁠Aunque es fin de semana, va impecable, con pantalones de pinzas, camisa de seda y americana negra.

—La verdad es que no lo sé. Pero trabajas en el departamento contra el crimen organizado, ¿no? Casi siempre en casos relacionados con el narcotráfico.

Fue policía antes de estudiar Derecho y ahora trabaja para la oficina del fiscal general en Los Ángeles.

—Sí, pero lo de El Lobo es anterior a que yo empezara en esto.

—Intento localizar a uno de sus lugartenientes.

—¿A cuál?

—A cualquiera, en realidad. Necesito un punto de partida para hacerme una idea mental de El Lobo. Con el tiempo, quiero averiguar cómo conectan los hilos con mi tío. Ya le he pedido a la plantilla de The Spall Monthly que busque todos los artículos relacionados con el tema y me los manden. Pero…

—Quieres un cara a cara —me interrumpe⁠—. Lo entiendo. ¿Qué me dices del compañero de celda de Mercado? ¿El que le contó al jefe Randall que Mercado cargó con la culpa en lugar de que lo hiciera el verdadero asesino?

Meneo la cabeza.

—Fue lo primero que se me ocurrió. Pero no tenía nada que ver con la organización de El Lobo. Compartió celda con Mercado por casualidad y, al parecer, a Mercado le gustaba hablar.

Millie asiente despacio con la cabeza.

—No puedo prometerte nada, pero le mandaré un mensaje de texto a mi jefe hoy mismo.

—¿Hoy sábado?

Se encoge de hombros.

—La justicia nunca duerme.

—Genial.

El resto del almuerzo lo empleamos en ponernos al día, lo que incluye varias preguntas sobre cómo le va a Lamar. Le digo que debería llamarlo y luego contengo una sonrisa al pensar que de repente mi amigo está recibiendo mucha atención femenina. Está bien. Me digo que Tracy y Millie pueden llegar a un arreglo entre ellas, y que en cualquier caso Lamar saldrá ganando.

Estoy de vuelta con Shelby, intentando recordar cómo llegar a la 405, cuando suena el móvil. Es Roger, y por un segundo me planteo no contestar. Luego me encojo por el sentimiento de culpa y acepto la llamada.

—Siento no haber podido hablar contigo la otra noche —⁠me dice.

—No, soy yo quien lo siente. Llamaba para ponerte al día y ni me acordé de la diferencia horaria. Oye, no puedo hablar ahora. Voy conduciendo con la capota bajada.

En realidad, llevo los auriculares y puedo oírlo sin problemas, pero no estoy emocionalmente preparada para decirle lo que he descubierto sobre mi tío.

—Saluda a Shelby de mi parte — ⁠dice, y me echo a reír.

Dado que no puedo permitirme una plaza de garaje en la ciudad, Roger guarda a Shelby en su gran casa en Rockland County. No la conduce —⁠nadie la conduce salvo yo⁠—, pero sé que espera que algún día rompa esa regla por él.

—Le diré que le mandas besos — ⁠le prometo⁠—. ¿Te llamo esta noche para ponerte al día del artículo sobre la fundación?

—No, no, niña. No te estoy controlando. Es que necesito que te ocupes de algo. Es para la web. En Los Ángeles, así que casi estás allí. Lo publicaremos mañana.

—La verdad es que estoy aquí. He estado almorzando con una amiga. ¿Qué ha pasado?

—El asesinato de esta mañana. Terrance Myers.

—Espera. ¿Qué asesinato?

Myers es un capullo forrado de pasta que secuestró y torturó a más de veinte niños en su mansión de Hollywood Hills durante dos años. Varios murieron, y los que sobrevivieron estarán tocados de por vida. Fue objeto de una persecución que duró tres días antes de que por fin lo atraparan, lo juzgaran y lo condenaran. Y ayer por la mañana fue puesto en libertad, ya que habían fallado a su favor en la apelación por un tecnicismo.

—Te he mandado los informes de las agencias de noticias por correo electrónico. En resumidas cuentas: alguien se lo ha cargado esta mañana de un disparo en un aeropuerto privado mientras embarcaba en un avión también privado con destino a México. Como era de esperar, el tío se largaba del país. Lo curioso es que el plan de vuelo no se había anunciado, seguramente porque temía por su seguridad.

—Alguien de las fuerzas de seguridad filtró su localización. Huele mal.

—Huele fatal.

—¿Y la historia es solo para la web?

—A menos que puedas identificar al misterioso francotirador, porque entonces la portada es tuya.

—Lo dudo. —Tomo aire—. ¿No hay ninguna pista sobre el francotirador?

—Si la hay, el departamento de policía de Los Ángeles no la ha hecho pública. Pero puede que lo haga en la rueda de prensa. Por eso quiero que la cubras tú. Es hoy a las tres de la tarde en la jefatura del departamento de policía de Los Ángeles.

—Debería tener tiempo de sobra para llegar.

—Esperaba que tus contactos pudieran conseguirte una entrevista con alguien del departamento de policía o de la oficina del fiscal. No será un artículo muy importante para nosotros, porque todo el mundo está cubriendo la noticia, pero quiero contenido exclusivo antes de publicar la historia.

«Mis contactos».

Roger parece creer que los policías somos colegas del alma y que nos conocemos todos. No me molesto en explicarle los pocos contactos que tengo. En cambio, digo:

—Hecho. —Y cuelgo.

Llamo a Lamar al tiempo que recalculo la ruta hacia el centro de la ciudad. Me contesta al primer tono y, después de explicarle la situación, me promete preguntar por alguien que pueda concederme una entrevista, pero no parece optimista. Al parecer, los dos únicos policías con quienes se relaciona en Los Ángeles están de vacaciones, así que no albergo muchas esperanzas.

La probabilidad de que yo conozca a alguien es mínima, pero mantengo los ojos bien abiertos al entrar en la sala de prensa del departamento de policía de Los Ángeles, por si veo a alguien a quien mi padre tratara o a un viejo amigo de Irvine que pidiera el traslado a la gran ciudad.

Sin embargo, cuando por fin la sala está llena y el subcomisario se sitúa tras el atril, no he visto caras conocidas.

Todo eso cambia cuando alguien se sienta en la silla vacía que tengo al lado.

Me vuelvo y me quedo sin respiración.

Devlin.

—¿Qué haces aquí?

Se lleva un dedo a los labios cuando el subcomisario Rayborn empieza a hablar, y me echo hacia atrás en la silla, frustrada. Rayborn lee un comunicado de prensa en el que resume cómo, alrededor de las seis y cuarto de esta mañana, un asesino ha matado a Terrance Myers de un solo disparo en la cabeza mientras se preparaba para embarcar en un vuelo privado con destino a México.

—En estos momentos, hemos determinado que el disparo se efectuó desde el edificio del banco Hastings, de ocho plantas, que está a algo más de kilómetro y medio del lugar donde murió Myers.

—Ostras —murmuro inclinándome hacia Devlin⁠—. Eso es un disparo y lo demás, tonterías.

Levanta una ceja al oírme y luego señala hacia el atril, y me callo, avergonzada. Teniendo en cuenta que mi padre me llevaba a la galería de tiro prácticamente desde que iba en pañales, estoy impresionadísima. Por supuesto, los tiradores militares consiguen disparos a gran distancia. Pero con todos los factores que influyen a la hora de acertar en un blanco a larga distancia —⁠el viento, la curvatura de la Tierra e incluso el efecto Coriolis⁠—, cualquier disparo a más de kilómetro y medio requiere mucha habilidad y formación. Lo que me lleva a pensar que el francotirador ha sido militar. O al menos que tiene adiestramiento paramilitar.

—… sin identificar —continúa el subcomisario, y me doy cuenta de que he perdido el hilo⁠—. Lo que sí sabemos es que el francotirador descendió haciendo rápel por el lateral del edificio vestido con un mono de limpiacristales, pero usando su propia cuerda.

Se oye un murmullo en la sala. El hijo de puta no solo es buen tirador, sino que encima los tiene muy bien puestos. No puedo justificar un asesinato, pero admiro su habilidad.

—Se cree que abandonó el escenario del crimen en un coche conducido por un cómplice. El equipo de limpiacristales real no debía ir a trabajar hasta una hora después.

Da más datos sobre el calibre del proyectil y el análisis preliminar de balística respecto al arma usada antes de dar paso a las preguntas. En cuanto lo hace, Devlin se marcha y, aunque estoy a punto de seguirlo, me quedo en la sala, con la mano levantada para preguntar cómo se fue el tirador y si la cuerda se quedó en el escenario del crimen.

—No —me contesta el subcomisario ⁠—. Y anticipándome a la siguiente pregunta, creemos que ancló la cuerda al pomo de una puerta cerrada que da acceso a la azotea y luego descendió usando una cuerda doble.

Asiento con la cabeza mientras me lo imagino. Un edificio de diez plantas tiene unos treinta metros de altura, así que el banco tendría unos seis metros menos. La cuerda típica de rápel tiene unos sesenta metros. La pasa por el pomo para usarlo como punto de anclaje, sostiene ambos extremos y desciende. Una vez con los pies en el suelo, tira de un extremo de la cuerda, la recoge y se va.

Habría sido más rápido no recogerla, pero hubiera dejado pistas.

Por supuesto, es posible que queden algunas. Por ejemplo, fibras de la cuerda, así que vuelvo a levantar la mano para preguntar si el equipo científico ha encontrado ese tipo de restos.

Al final no obtengo respuesta —⁠el equipo continúa trabajando en la zona⁠—, pero el subcomisario suelta la habitual cantinela de que están siguiendo todas las pistas. He visto bastantes ruedas de prensa para saber que no es verdad. No tienen nada. Y aunque hubieran hallado las fibras, seguirían sin tener nada. Seguramente el tirador compró la cuerda en una tienda de deportes como REI, que vende cientos de cuerdas parecidas todos los días, lo que la hace prácticamente imposible de rastrear.

Hay más preguntas, y a continuación termina la rueda de prensa. Me levanto y me vuelvo, pero luego frunzo el ceño al darme cuenta de que estoy buscando a Devlin. Aunque no lo veo por ninguna parte.

Molesta conmigo, saco el móvil del bolso para ver si Lamar me ha mandado algún mensaje. Lo ha hecho, y estaba en lo cierto. No tiene ningún contacto para mí. Lo que quiere decir que mi artículo será más aburrido que una ostra, con la información calcadita a la que van a ofrecer los demás periodistas que han asistido a la rueda de prensa.

Eso me cabrea, y me dirijo a la salida con la esperanza de que la inspiración me caiga del cielo. A lo mejor Millie conoce a alguien de la academia de francotiradores a quien pueda entrevistar…

Estoy sopesando la idea cuando salgo al pasillo y casi me choco con Devlin, que me coge del brazo para que no me caiga. Me zafo de su mano. No porque me moleste su ayuda, sino porque estoy cabreada conmigo. Estoy molesta con la intensa reacción por el repentino e inesperado contacto.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto, aunque mi voz destila más acusación de la que pretendía. Había decidido mostrarme tranquila y serena la próxima vez que lo viera. Ahora tengo la sensación de que me han arrebatado la oportunidad de demostrarle que me importa una mierda.

—La fundación ha colaborado para ofrecer terapia y ayuda a las víctimas de Myers —⁠me dice⁠—. La verdad, he venido para celebrar la muerte de ese cabrón.

—¿Celebrar? Alguien se ha tomado la justicia por su mano. No se puede hacer eso.

Me coge del codo y me guía por el pasillo hasta que doblamos una esquina, lejos de la multitud.

—Ese tío era un monstruo. Mató a niños y destrozó a los supervivientes. Créeme, he leído los informes. Conozco a los niños. Ninguno llegará a recuperarse de lo que les hizo ese malnacido. Por lo que a mí respecta, el tirador le ha hecho un favor al mundo.

No puedo negar la pasión de su voz…, ni la reacción emocional que me provocan sus palabras. Pero puedo negar la conclusión.

—Lo siento, estás hablando con alguien que ha sido policía, y los justicieros no cuelan.

—Supongo que tendremos que admitir que no nos pondremos de acuerdo en esto.

—Supongo. —Me apoyo en la pared y cruzo los brazos delante del pecho; cuando lo miro a la cara, el cabrón sonríe⁠—. ¿Qué?

Da un paso hacia mí, de modo que se queda a escasos centímetros.

—Eres digna hija de tu padre.

Jadeo, de pronto consciente de que lo tengo muy cerca.

—No conociste a mi padre.

—De acuerdo. —Lo dice con un tono de voz seco, y, por más que lo intento, no capto el menor atisbo de emoción en ella. A Alex Leto siempre se le dio muy bien controlarse, pero Devlin Saint ha convertido esa cualidad en un verdadero arte. Se me acerca un solo paso, y el ambiente crepita entre los dos⁠—. Pero te conozco a ti.

—Se acabó la conversación. — ⁠Intento parecer firme, pero la voz me sale temblorosa. Molesta, paso junto a él y vuelvo al pasillo principal a toda prisa.

No me gusta huir de él ni sentirme débil. Pero es muchísimo mejor que sucumbir a la descarga eléctrica que me corre bajo la piel cada vez que lo tengo cerca.

Entro en el aseo de mujeres, me aferro al borde del lavabo y me miro al espejo. He venido por trabajo, joder. Fui policía y ahora soy periodista de investigación, y no me derrito así como así.

Aunque tal vez sí lo hago.

Suspiro, frustrada, cuando la realidad me golpea. Porque acabo de dar la espalda a un enfoque de la historia más que interesante. Del tipo que podría depararme un artículo en la revista y no solo contenido de relleno en la web.

Mierda.

—Supongo que al fin y al cabo sí que lo necesito — ⁠le digo a mi reflejo antes de salir en busca de Devlin.

Cuando lo encuentro, está en el vestíbulo hablando con Ronan Thorne, que me mira a los ojos y me hace una señal para que me acerque a ellos.

—¿También has venido para celebrarlo?

—¿Cómo dices?

Devlin esboza una sonrisilla torcida, la misma que le vi insinuar a Alex infinidad de veces, y me abrazo el cuerpo mientras le explica mi reacción.

—Le he comentado que me alegro de que Myers esté muerto. Al parecer, la señorita Holmes no es fan de quienquiera que se haya tomado la justicia por su mano.

—Ah —contesta Thorne—. No, colaboré en la operación policial que entró en su casa, así que se me ha ocurrido venir, ya que estaba en la ciudad.

—¿Para qué? —Hago un gesto para indicar que no responda ⁠—. Lo siento, deformación profesional.

Se echa a reír intercambiando una mirada con Devlin.

—No te preocupes. Tenía que atar unos cabos sueltos esta mañana.

Estoy a punto de preguntarle a qué se refiere, si era un trabajo para la fundación, cuando Devlin interviene:

—Ronan podría ser una fuente de información. Háblale de la operación policial. Describe cómo fue para los niños. Lo que vieron los primeros agentes que llegaron. Es otro enfoque.

—Pues sí —digo, dándole la razón, sorprendida por la sugerencia⁠—. Gracias.

—Es una historia importante.

—Lo es. De hecho, iba a preguntarte si podías contarme lo que hace la Fundación Devlin Saint. Has mencionado que ayudáis a los niños.

Ronan y él se miran antes de que Devlin asienta con la cabeza.

—Puedo hacerlo.

Ronan se mete una mano en el bolsillo de los vaqueros para sacar la cartera. Rebusca un poco y luego me ofrece una tarjeta de visita. Al hacerlo, me fijo en la fea rozadura enrojecida que tiene en la palma de la mano derecha.

—Uf. ¿Qué te ha pasado?

—Una estupidez —contesta al tiempo que se encoge de hombros⁠—. Oye, a mí tampoco me importa hablar. Pero ahora tengo una cita. Si da tiempo antes de que entregues el artículo, llámame.

—No tengo que entregarlo hasta esta medianoche, así que lo haré. — ⁠Los miro a ambos⁠—. Os lo agradezco de verdad.

—La gente conoce la historia y sabe que es una tragedia —⁠replica Devlin⁠—. Pero no puede entender los horrores que cometió ese hombre a menos que le suceda en persona. Compartir algo más que los fríos hechos los acerca un poco más.

—Estoy de acuerdo.

Ladea la cabeza para indicarme la salida.

—Vamos. Tengo a alguien más con quien puedes hablar. Thorne, nos vemos luego. Y gracias por tu ayuda ayer.

—Cuando quieras, tío. Sabes que puedes contar conmigo.

—Siempre.

Se despiden chocando los puños, algo que, teniendo en cuenta lo elegantes que van, me hace más gracia de la que debería.

—¿Qué pasa? —me pregunta, mirándome de reojo.

—Nada de nada. —Intento ocultar la sorna.

Sonríe, y es un momento bonito, porque sé que sabe en qué pienso. De la misma manera que siempre lo comprendía en el pasado.

Después aparta la vista y, en un abrir y cerrar de ojos, la conexión desaparece. Y, aunque sé que debería alegrarme, no puedo reprimir la sensación de que acabo de perder algo vital.

Devlin ya está casi en la puerta de salida, de modo que corro para alcanzarlo.

Salgo a la plaza justo a tiempo para ver que una niña delgada y rubia, con aspecto de ninfa mitológica, atraviesa la zona a la carrera para lanzarse a los brazos de Devlin. La niña lo abraza y se echa a reír mientras él la levanta en volandas. Al mismo tiempo, otra niña —⁠una versión de la pequeña unos cuantos años mayor⁠— se acerca y choca los cinco con él.

—Mamá está allí —dice al tiempo que señala con la cabeza a una mujer de aspecto frágil que está sentada en un banco de piedra, con los ojos hinchados por haber llorado, supongo, aunque ya no hay rastro de lágrimas.

Devlin se acerca a la mujer y yo lo sigo, consciente de que me ha invitado a esa reunión aunque ignoro por completo de qué va todo este asunto.

Se sienta junto a la mujer, con la niña aún pegada a él como una lapa.

—No te he visto dentro —le dice él.

—Creí que podría hacerlo. — ⁠La mujer menea la cabeza⁠—. No he sido capaz de cruzar la puerta. —⁠Lo coge de la mano⁠—. Pero me alegro de que esté muerto. No puedo… —⁠Aprieta los labios y se le tensan las facciones por el esfuerzo de contener el llanto.

—Mi amiga Ellie es periodista. Está escribiendo un artículo sobre la muerte de Myers. He pensado que si la gente sabe lo que le pasó a Sue, lo que pasasteis todas vosotras, lo entenderá mejor. ¿Hablarás con ella?

Ahora que estoy más cerca, me doy cuenta de que no es tan frágil como me ha parecido. Tiene un rostro fuerte y unos ojos inquisitivos. Después de pensárselo un momento, se vuelve hacia mí y asiente con la cabeza una sola vez.

—Gracias —le digo, aunque incluso esa única palabra parece una intromisión.

—Yo… En fin, he venido por Sue. —⁠La niña levanta la cabeza del hombro de Devlin al oír su nombre.

—Ven conmigo —dice la mayor—. Seguro que tienes que ir al baño.

—Pues no —protesta la niña.

—Pues yo sí. ¿Me acompañas?

Sue asiente con la cabeza y luego acepta la mano de la otra niña. Su hermana, supongo.

La mujer las observa hasta que desaparecen en el interior antes de mirarme con una sonrisa temblorosa.

—Me llamo Laura —se presenta—. Laura Tarlton.

—Ellie —respondo, aunque Devlin ya le ha dicho mi nombre⁠—. Encantada de conocerte. ¿Te parece bien que grabe la conversación con el móvil?

Asiente con la cabeza.

—¿A qué te referías con eso de que has venido por Sue? ¿Fue…? Quiero decir, ¿Myers…? —⁠Me interrumpo, incapaz de terminar la horrible idea.

Laura asiente de nuevo con el cuerpo tenso y le coge una mano a Devlin para darle un apretón.

—La retuvo durante seis meses. Creí que estaba muerta. —⁠Las lágrimas le bañan las mejillas.

—¿Estás segura de que quieres…? —⁠empiezo, pero ella me interrumpe con un asentimiento.

—Sí. Sí. Es duro. Pero cada vez es más fácil. —⁠Toma una honda bocanada de aire, y sus hombros suben y bajan con el movimiento⁠—. La gente debería saberlo, ¿verdad?

Pienso en lo que Devlin ha dicho hace un momento.

—Sí. La gente debería saberlo.

—Sue era muy alegre. Tenía amigos en el colegio. En el barrio. Montaba en bici, jugaba. Bailaba. Alexis también —⁠añadió⁠—. Es su hermana. Sacaba sobresalientes en todo y estaba apuntada a teatro. Hasta que apareció Myers.

Se estremece y se calla.

—¿Qué me dices de ti? —le pregunto⁠—. ¿Estabas en casa con las niñas? ¿Su padre juega algún papel?

—Trabajaba como editora a tiempo parcial desde casa —⁠me contesta⁠—. Ben era gerente en una tienda. Él… Él vigilaba a Sue aquel día mientras montaba en bici en el camino de acceso a la casa. Entró para coger un refresco y, cuando salió, había desaparecido. Sin más. —⁠Se le quiebra la voz y suelta la mano de Devlin para entrelazar las suyas en el regazo, con fuerza.

—Lo siento muchísimo —susurro.

—Yo había ido a comprar. Volví a casa. El mundo no tenía sentido. No podía asimilar lo que había pasado. Y después, al ver que no la encontrábamos, cuando la policía dijo que era otra víctima de un loco que estaba secuestrando niños… Ben, en fin, Ben…

Se detiene y menea la cabeza.

—Ben se ahorcó —me informa Devlin, con voz neutra, pero con un deje tierno.

—Seis meses —sigue ella—. Nunca abandoné la esperanza, pero al mismo tiempo me convencí de que todo estaba perdido. Es una sensación horrible, esperar cuando estás segura de que no hay esperanza. Y luego…, la policía entró en la casa de ese cabrón.

Devlin la coge de la mano y le da un apretón.

—Secuestró a veintitrés niños a lo largo de dos años. Sobrevivieron siete. Sue es uno de ellos. No te contaré lo que hizo y tampoco permitiré que Laura lo haga. Ya le han dado mucho bombo a esa parte.

Asiento con la cabeza. He leído los artículos y se me revolvió el estómago por las descripciones. No puedo ni imaginarme cómo sobrevivió Laura a esos espantosos y larguísimos meses.

—Lo siento mucho —repito.

—El asunto es que los finales felices no son como te los cuentan. Todos esos niños… Y mi Susie. Mi familia. Hay mucho que sanar. No me quejo —⁠sigue⁠—, pero no es como en las películas. Después también hay una parte dura. Al principio estás perdida y asustada. Después estás asustada y tienes que pelear.

—Pero ganaréis —le dice Devlin, y ella asiente con la cabeza.

—Sí, vamos a ganar. Se lo debo a mis niñas. Tengo que enseñarles a ser fuertes.

—Esto es lo que hace la Fundación Devlin Saint —⁠me explica él⁠—. Al menos, parte de lo que hacemos. Proporcionamos apoyo a las familias como la de Laura. Tienen un largo camino por delante, pero están dispuestas a trabajar y a aceptar ayuda, y lo lograrán.

—Sí —confirmo—. Lo lograréis.

Tomo aire, asustada por la idea de que debo ser lo bastante buena para hacer justicia a esta historia. Solo puedo volcar toda mi alma y mi dolor en las palabras y esperar que quien lea el artículo sienta una mínima parte del dolor y del sentimiento de pérdida que parece emanar de cada poro de esta mujer.

—Sobreviviremos —dice Laura—. Mejoramos día a día. Ayer llevamos a Sue al parque. Incluso se subió a uno de los columpios. Al menos unos minutos, antes de que viera a los padres que había cerca. La asustan…, los hombres. Si Alexis o yo no estamos a su lado, los hombres la aterran. —⁠Esboza una sonrisa trémula mientras mira a Devlin⁠—. Tú eres el único que no le da miedo.

—Pero al principio sí —le recuerda él⁠—. Los primeros días me tenía miedo.

La mujer se seca una lágrima mientras asiente con la cabeza.

—Pero ya no.

—No —repite él en voz baja—. Ya no. Dale esto de mi parte. — ⁠Se mete la mano en el bolsillo de la cazadora deportiva y saca el conejito de peluche más feo que he visto en la vida, haciendo que Laura estalle en carcajadas, aunque sigue llorando.

—Le va a encantar.

—Es una broma entre los dos —⁠me aclara Devlin⁠—. Del primer día que Sue me dirigió la palabra.

Asiento con la cabeza y mantengo los ojos muy abiertos intentando no llorar.

—No sabía que te implicabas tanto en los proyectos de la fundación —⁠le digo después de que Laura entre en la comisaría de policía para recoger a sus hijas.

—Participo en todos. Algunos son más personales que otros.

—Sí —respondo—. Lo entiendo.

No me pregunta qué pienso ahora del francotirador, y me alegro. Pero mientras me siento en el banco del que Laura acaba de levantarse, no dejo de pensar que, aunque no apruebo que alguien haya decidido por su cuenta librar al mundo de Terrance Myers, tampoco puedo negar que me alegro muchísimo de que esté muerto.