Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 24 de 35

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Eterna tentación

Capítulo 24

24

 

Me despierto con el aroma del café y me incorporo en la cama, cubriéndome con la sábana en un arranque de pudor, algo ridículo teniendo en cuenta lo que hemos hecho durante los últimos dos días.

—Buenos días —me saluda Devlin, que está sentado en el borde de la cama, y me ofrece una taza.

La acepto.

—Qué buena forma de despertarme —⁠le digo antes de beber un sorbo.

—Quería advertirte de que Anna está ahí fuera. Por si salías en albornoz. O sin albornoz —⁠añade con una sonrisa pícara.

—Me alegro de que me lo hayas dicho —⁠replico con alegría⁠—. Podría haber cedido a la tentación de hacerlo. Creo que hemos desgastado la cama. Seguramente sea hora de probar alguna superficie más resistente. Como una encimera.

Devlin tira de la sábana hacia abajo para dejar mis pechos a la vista. Acto seguido, me acaricia el pezón, derritiéndome y poniéndome a cien.

—Me estás tentando y deberías tener cuidado…

—Hablo en serio —le aseguro—. Además, lo que pasa en Las Vegas… —⁠añado con voz cantarina, arrancándole una carcajada.

Devlin se pone en pie.

—Sal si quieres o quédate aquí si te apetece. Ahora mismo necesito firmar un montón de papeleo y después tengo que encargarme de algunos problemillas.

Asiento con la cabeza y, cuando se va, decido adecentarme y salir. No sé por qué, pero me parece de mala educación no hacerlo, ya que es evidente que Anna sabe que estoy aquí.

Ella me mira cuando entro con la camiseta de la fundación que acabo de sacar del cajón de Devlin y unas mallas cómodas.

—Buenos días —me saluda con esa sonrisa deslumbrante ⁠—. Espero no haberte despertado con la conversación.

—En absoluto —le aseguro—. No os molestaré. Solo he venido a rellenar la taza.

La levanto y los rodeo para acercarme a la cafetera. Mientras lo hago, reparo en que la puerta de mi dormitorio está abierta de par en par…, y se ve la cama donde es obvio que no he dormido.

Eso significa que Anna sabe que comparto dormitorio con Devlin. Y a Devlin no parece importarle que ella lo sepa.

Y creo que eso quiere decir que no es algo tan inusual. Que llegue por la mañana a su habitación del hotel para ponerlo al día. Que descubra a una mujer en su habitación…, y en su cama.

La idea me sienta como un tiro, y murmuro que voy a ducharme.

—Ah, espera —me dice Anna, mientras Devlin me mira al tiempo que se acaricia la barba, un gesto que me he percatado que hace cuando reflexiona⁠—. Yo también me voy. Pero antes de que salgas, se me ha ocurrido algo. Ya que no pudimos cenar anoche, ¿qué os parece si volvemos a intentarlo esta noche, antes del vuelo?

—Es una idea estupenda —contesta Devlin sin darme tiempo a hablar⁠—. Pero he concertado una entrevista para el artículo de Ellie. Y después volveremos en coche. Todavía no hemos tenido la oportunidad de hablar en profundidad sobre cómo creé la Fundación Devlin Saint. Se me ha ocurrido que podemos hacerlo durante el trayecto de vuelta por carretera.

La sonrisa de Anna es demasiado deslumbrante, pero no detecto ni pizca de irritación en su voz cuando dice:

—Sin problemas. En fin, tengo prisa. Nos vemos abajo dentro de un rato —⁠le dice a Devlin, tras lo cual cierra la carpeta y se marcha.

—¿Ya habéis acabado? —le pregunto a Devlin cuando oigo que la puerta se cierra.

—No del todo, pero lo que falta podemos acabarlo abajo. Son casi las diez. Seguramente tiene un compromiso. Esa mujer maneja su agenda con puño de hierro.

—Hablando de agendas, ¿a qué entrevista te referías?

—Ah, a una muy profunda —me asegura al tiempo que se acerca y coloca las manos en la encimera, a ambos lados de mi cuerpo, para atraparme, tras lo cual me mira con expresión traviesa⁠—. Con oportunidades para traspasar los límites. Ahondar. Explorar territorios desconocidos…

—Parece el tipo de entrevista que merece el premio Pulitzer —⁠comento, arrancándole una carcajada.

Ha habido demasiados momentos como este durante los últimos dos días. Miradas cómplices. Risas compartidas. Y, gilipollas de mí, he atesorado cada uno de ellos. Nutren mi alma, aunque sé que nos estamos divirtiendo más de la cuenta. Porque lo único que vamos a conseguir es que el final sea más doloroso.

Aunque no quiero pensar en eso ahora mismo.

—¿Y lo de volver por carretera?

Se encoge de hombros para restar importancia al asunto.

—Me imagino que, si alquilo el coche en Las Vegas, entrará en la categoría de jurisdicción extraterritorial, así que seguiremos en Las Vegas hasta que lo devolvamos. Por tanto, nuestro trato se mantendrá en pie.

—Qué retorcido eres. Supongo que buscarás un coche de alquiler con un asiento trasero cómodo y tal…

Bebo un sorbo de café mientras él resopla.

—Mujer de poca fe. Voy a alquilar una furgoneta —⁠me dice, y a punto estoy de escupir el café.

Compartimos una sonrisa y casi cedo a la tentación de decirle que no quiero que esto termine. Pero sé que es lo que él desea. Mejor dicho, ha expresado que tiene que terminar.

Además, pronto regresaré a Manhattan. Como dice el refrán, todo lo bueno se acaba.

—Te has puesto pensativa de repente —⁠comenta, y me obligo a volver a la realidad.

—Me estaba imaginando todas las posibilidades que nos ofrece una furgoneta. Y pensando en que este estado de ánimo te sienta muy bien —⁠añado, tras lo cual le tiro de la barba para acercar su boca a la mía⁠—. Es sibilino —⁠añado antes de besarlo.

—Sibilino —repite él después de besarme con pasión ⁠—. ¿En qué sentido?

—Me da la sensación de que no mucha gente ha visto esta faceta de tu carácter.

Se pone serio casi de inmediato, y me arrepiento de mis palabras.

—Pues no —dice—. No la ha visto mucha gente.

—Devlin, yo…

Me silencia poniéndome un dedo en los labios.

—No pasa nada. Solo estamos tú y yo.

Asiento con la cabeza, agradecida por qué me diga la verdad, pero también triste por la certeza de que se contiene con todos los demás.

Y sé muy bien que esa es una forma muy solitaria de vivir.

Cuando salgo de la ducha, me encuentro con una llamada perdida de Brandy y pongo el manos libres para devolvérsela mientras me visto.

 

—¿Cómo van las cosas por Las Vegas?

—Increíble —le contesto.

—Ajá. Y ¿cómo van las cosas con Devlin?

—Las cosas van muy bien —respondo con voz cantarina⁠—. No voy a entrar en detalles ahora porque tengo que prepararme para una entrevista.

—Vale, vale. Pero cuando me dices que las cosas van bien, ¿lo dices en serio?

—Sí —le aseguro, aunque la verdad es que las cosas solo van bien de momento. Porque, por más que quiera mantener la cabeza enterrada en la arena, sé que acabaré hecha polvo cuando esto llegue a su fin.

—En ese caso, las dos tenemos algo que celebrar — ⁠replica Brandy, logrando que todos mis pensamientos depresivos vuelvan a ocultarse en un rincón oscuro.

—¿Qué ha pasado? ¡Cuéntame! ¿Está relacionado con el tío ese al que le preparaste los muffins?

—Ajá. Y resulta que te conoce…

Me siento en el borde de la cama en sujetador y bragas.

—¿En serio? ¿Quién es?

En un primer momento se me va la pinza y creo que es Ronan. Devlin puede decir lo que quiera, y en el fondo sé que probablemente tenga razón, pero no puedo olvidar la sensación de que hay gato encerrado.

No es Ronan, por supuesto. Y no estoy preparada cuando me dice que ha estado saliendo con Christopher Doyle.

—Es increíble —le digo—. En realidad, no lo conozco. Casi no hemos hablado. Pero parece agradable, y no puedo criticar a otro escritor, claro.

—Precisamente por eso empezamos a hablar de ti. Me dijo que en el libro para el que está investigando aparece un personaje femenino que es una periodista y que se está armando de valor para entrevistar a una mujer a la que conoció en la sala de investigación de la Fundación Devlin Saint. Sabía que tenías que ser tú.

—Y le dijiste que lo ayudaría, claro.

—Bueno, sí. Necesito ganar puntos, ya sabes.

Ella se ríe y la acompaño. Le digo que no estoy segura de cuándo volveré —⁠en el fondo, espero que el trayecto de vuelta a casa nos lleve unos días⁠—, pero que la veré pronto.

Después de colgar, termino de vestirme y regreso a la cama con el portátil y los diarios de mi madre. Sé que debería estar preparándome para la llamada, pero esta es la primera oportunidad que tengo para ojear los diarios que metí en el bolso porque llegaron el día que viajamos a Las Vegas, y desde entonces me moría por echarles un vistazo. En este momento estoy todavía más ansiosa por hacerlo, ya que puede haber algo en ellos que me sea útil para la entrevista.

Sé que debería empezar por el principio, pero no me queda mucho tiempo antes de la llamada. Además, ¿qué importa en qué orden los lea, siempre que encuentre las partes importantes?

Así que, en vez de empezar por el principio, ojeo los diarios hasta encontrar el primero que menciona el embarazo. Me obligo a no leer, pero paso las páginas disfrutando de la vista de mi nombre con la letra de mi madre mientras busco las palabras «Peter» o «hermano».

Lo encuentro un par de veces, pero nada parece relevante hasta que llego casi al final del diario.

Estoy en Los Ángeles para ver a Peter porque ha venido a California por un tema

de trabajo. Se suponía que iba a llevarnos a almorzar a Ellie y a mí, pero ha tenido que detenerse y hace un rato que lo esperamos en el camino de entrada de una preciosa casa en Hollywood Hills. Me ha dicho que está «trabajando», pero no me hace ni pizca de gracia que me haya dejado en el coche. Ellie está aburrida y de mal humor.

Y no solo eso. Cada vez me tiene más preocupada. Dice que no entiendo el mundo

de los negocios, y a lo mejor tiene razón, pero a veces pienso que no está en el «mundo de los negocios». O al menos que el mundo en el que está no es el más adecuado para que le hable de él a la mujer de un jefe de la policía.

Pero eso también me da esperanza. Porque si estuviera haciendo algo indebido, no

me habría dicho que lo acompañara, ¿verdad? Ahora mismo, yo… ¡Ah, me voy! Me hace señas para que me acerque a la puerta de la casa.

Estoy de vuelta. Qué día tan raro. Una mujer muy guapa llamada Caitlyn Devline

abrió la puerta de la casa, pero no quiso hacer lo mismo con la puerta exterior de cristal, y parecía nerviosa. Un niño unos años mayor que Ellie se aferraba a su pierna y Ellie se entretuvo saludándolo con la mano. Peter le dijo a la mujer que Daniel lo sentía mucho. Que quería resolver algo y que ambos debían mostrarse razonables.

Cuando por fin fuimos a almorzar, le pregunté a Peter qué estaba pasando, que por

qué me había pedido que me acercara a la puerta y que por qué había presentado a Ellie como su sobrina. Me contestó que quería que Caitlyn nos viera para hacerla entender que él quería a su sobrina y que nunca pondría en peligro la vida de un niño. Que solo quería ayudarla a ella y al pequeño Alejandro.

Me explicó que Caitlyn era la exmujer de su jefe y que estaban enzarzados en una

batalla legal por la custodia del niño. Que se llevó a Alejandro quebrantando los términos del acuerdo y que esperaba que ella entendiera que debían encontrar una solución porque, de lo contrario, su jefe sacaría la artillería pesada. Muchos abogados, supongo, que tratarían de arrebatarle a ese niño tan precioso.

Me pasé el resto del almuerzo abrazando a Ellie con fuerza, pensando en lo horrible

que sería perderla si alguien se la llevara.

Leo esa parte una y otra vez, hasta analizar todas las palabras. ¡Mi madre me quería! Siempre lo he sabido, claro, pero verlo escrito me reconforta el alma.

En cuanto a lo demás, podría ser una forma de confirmar la relación de Peter con El Lobo. Si Caitlyn era la exmujer de El Lobo o de alguien que formaba parte de su séquito, eso significaría algo, ¿no?

Algo que no me gusta ni un pelo.

Sigo reflexionando al respecto cuando la alarma del móvil me avisa de que es casi la hora de que me llamen de la cárcel. Teniendo en cuenta la incompetencia de las administraciones gubernamentales, espero que la llamada se retrase y me sorprende mucho cuando el teléfono suena a la hora exacta.

Cornwell tarda unos minutos en ponerse, pero no tengo que esperar mucho antes de oír un brusco:

—¿De verdad eres la sobrina de Peter White?

—Sí. Viví con él desde los trece hasta los diecisiete años.

—¿Fue entonces cuando lo quitaron de en medio?

—Sí.

Parpadeo, sorprendida por las lágrimas. Al fin y al cabo, me esperaba estas preguntas. Me sorbo la nariz y doy un respingo, segura de que Cornwell me ha oído, aunque espero que mi sensiblería no lo empuje a poner fin a la llamada.

Sus siguientes palabras me sorprenden por su ternura.

—Era un buen hombre, tu tío. Conocí a tu madre. Por casualidad. Peter no la quería en ese mundo. Además, con lo de tu padre y eso…

Cierro los ojos y me doy cuenta de que estoy sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Había empezado a hablar caminando de un lado para otro de la habitación. Pero mi cuerpo parece haber procesado la verdad mucho más rápido que mi mente.

—Así que mi tío formaba parte de la organización de El Lobo. —⁠Es una suposición lógica, porque ya sé que Cornwell sí que estaba en ella.

Lo oigo resoplar con desprecio.

—¿Que si formaba parte? Sí, podría decirse así.

—Vale. —Respiro hondo.

Se produce un silencio que dura un minuto y luego Cornwell dice:

—Oye, chica. ¿Te encuentras bien? Mi abogado me dijo que querías saber quién lo mató. Creí que ya estabas al tanto de que se sentía muy unido a Danny.

Tomo una bocanada de aire y asiento con la cabeza en silencio.

—Sospechaba, o supongo que sabía, que estaba traficando en Laguna Cortez. Pero no sabía que estaba tan implicado.

—En ese caso, siento haberte dado esa patada en los ovarios.

—¿Cómo es que nunca le has contado esto a nadie?

Casi lo oigo encogerse de hombros.

—¿El qué? ¿Delatar a un colega? Y una mierda. Si te lo he dicho es porque ya ha pasado mucho tiempo y porque debes saberlo. Si no me lo hubieras preguntado, no te lo habría contado.

Continúa diciéndome que El Lobo y Peter se conocieron de jóvenes y que Peter ascendió rápido en la organización.

—Creo que quería dejarlo. En parte, esa fue la razón por la que se mudó a Laguna Cortez. Se suponía que iba a echar una mano a su cuñado con su hija. Eras tú, ¿verdad?

—Sí.

—En fin, Peter solo quería ser un tío normal, ¿sabes? Dedicarse a eso de la construcción y la gestión. Según me contaron, Danny lo dejó salir. Eran amigos, ¿vale? Pero sin las ganancias que sacaba de la organización, no le llegaba. No quería renunciar a su elegante mansión. Así que volvió a los negocios, pero también se lo montó en paralelo. Quería sacar más tajada, ¿me entiendes?

—El Lobo lo descubrió —digo sin la menor inflexión en la voz. Me siento aturdida.

—Chica lista. Lo descubrió y decidió que había llegado la hora de poner fin a la amistad. —⁠Se ríe, y yo me estremezco.

—¿Sabes quién lo hizo?

—Ni idea —contesta Cornwell, aunque no sé si creerlo ⁠—. Sé que él se lo buscó —⁠añade⁠—. ¿A quién se le ocurre hacer el gilipollas de esa manera cuando tenía al hijo de Danny viviendo prácticamente con él?

Siento un escalofrío, como si hubiera entrado en una habitación llena de fantasmas.

—¿A qué te refieres?

—El Lobo tuvo un hijo. Alejandro. Te juro que ese muchacho era la única debilidad de Danny, pero el niño tenía poco de débil. Lo entrenó como a un soldado. Se lo arrebató a su madre. Eso fue lo que menos me gustó. Yo quiero mucho a mi madre. Y también tengo un hijo. El caso es que Peter se habría salido con la suya de no haber sido por el muchacho. Pero El Lobo estaba muy atento, ¿sabes?

—¿Qué…, qué le pasó a su hijo… después de que mi tío muriera?

—Ni puta idea. El Lobo lo quitó de en medio, supongo. No pregunté. Lo único que tengo claro es que algún capullo que trabajaba para el Gobierno mató a El Lobo poco después.

—No sabía que hubieran identificado al asesino de El Lobo.

Detecto en su voz que se ha encogido de hombros cuando dice:

—Me llegan rumores. El caso es que el chico heredó lo que el Gobierno no pudo reclamar. Supongo que se dedicará a gastarse el dinero y a pasárselo bien, o a lo mejor se ha labrado una nueva vida dirigiendo los negocios de papá desde México o sabrá Dios desde dónde.

—Yo… Gracias, señor Cornwell. —⁠Tengo el cuerpo helado y siento que voy a vomitar⁠—. Ha sido…, me ha dado más información de la que esperaba. —⁠Me obligo a hablar para pronunciar las palabras.

—De nada, oye. Siento lo de tu tío, chica. La cagó, pero supongo que eso no te importa mucho.

—No. No mucho.

Me despido con las formalidades habituales, sin saber bien lo que digo. Ni siquiera sé lo que estoy haciendo hasta que me doy cuenta de que he preparado el equipaje y voy camino de la puerta.

Es el hijo de El Lobo.

Alejandro. Alex. El niño arrebatado a su madre. Al que enviaron a trabajar con mi tío.

Alex Leto, Devlin Saint, es el hijo de El Lobo.