Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 26 de 35

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Eterna tentación

Capítulo 26

26

 

 

Aparco a Shelby frente a la casa de Devlin, un poco asombrada por haberla encontrado de nuevo. Solo he estado aquí una vez, cuando lo traje después de la rueda de prensa sobre Terrance Myers.

También era de noche entonces. Pero no tan tarde.

Miro el reloj del salpicadero y me doy cuenta de que son las tres de la madrugada.

En fin, joder.

Sigo un rato sentada sopesando si es mejor salir y aporrear su puerta o esperar a que amanezca. Estoy a punto de arrancar e irme cuando veo que se abre la puerta y aparece Devlin recortado contra la luz del vestíbulo.

Dudo, consciente de que debería sentirme asustada. Estoy al tanto de su secreto, y es peligroso.

Claro que por eso he venido, ¿no? Ha sido el motor que me ha impulsado.

Respiro hondo y salgo del coche. Me acerco despacio a él sin dejar de mirarlo en ningún momento mientras intento interpretar esa dichosa expresión estoica que tiene en la cara. Pero soy incapaz de hacerlo.

—Mándale un mensaje de texto a Brandy —⁠me indica⁠—. Dile que estás aquí.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

—Porque, cuando entres, voy a cerrar la puerta. Y quiero que sepas que estás segura.

Asiento con la cabeza, tras lo cual saco el móvil, le envío el mensaje a Brandy y después lo miro a los ojos.

—¿Ya?

Devlin asiente en silencio, pero atisbo la decepción en su cara. Gilipollas de mí, al instante me arrepiento de haberlo enviado. Sea ridículo o no, no creo que vaya a hacerme daño. He venido en busca de peligro, pero no físico.

No, el peligro al que me enfrento es del que hiere el corazón.

Me siento tan aturdida que no presto atención a la casa mientras lo sigo hasta un amplio salón. En la tele hay un canal de películas clásicas y están poniendo una en blanco y negro, aunque la ha silenciado. Veo un sofá con una mesa auxiliar delante. En ella hay una cubitera y una licorera medio vacía junto a un vaso en el que se derrite un cubito de hielo y en el que queda menos de medio dedo de licor ambarino.

—Has estado bebiendo.

—Ya te digo —replica—. ¿Quieres una copa?

Asiento con la cabeza y me acomodo en el sofá. Cojo un cojín y me lo pongo en el regazo mientras subo los pies para sentarme sobre ellos.

Devlin regresa con un vaso del mueble bar, situado en el otro extremo de la estancia. Pone un cubito de hielo, me sirve una buena cantidad de licor y me lo ofrece antes de rellenarse el suyo.

—Por los secretos —brinda y, joder, me hace gracia.

—Ni se te ocurra —digo, irritada con él y conmigo misma⁠—. No te tomes esto a la ligera.

—No lo hago. Te lo juro. —Extiende un brazo hacia mí, y retrocedo. Al hacerlo, veo que su expresión se endurece.

—Cuéntamelo —me dice—. Todo lo que sabes. Con quién hablaste.

Sopeso la idea de discutir, pero para eso he ido, ¿no? ¿Para enfrentarme a él?

—No revelaré mis fuentes —preciso⁠—. Ni siquiera a ti. Pero me dijo que El Lobo tenía un hijo que estuvo trabajando con Peter. Por sí solo, ese dato me habría servido de poco —⁠sigo al percatarme de que él guarda silencio⁠—. A ver, mi tío tenía muchos empleados en la ciudad. Pero también descubrí que había una tal Caitlyn Devline. Y, en fin, junté las piezas. —⁠Bebo un buen sorbo de whisky⁠—. Tengo razón, ¿verdad? Eres el hijo de Daniel Lopez. El Lobo.

Devlin apoya la cara en las manos, ocultando la mayor parte de la barba. Cierra los ojos y asiente con la cabeza.

—No quería que lo descubrieras de esta forma.

—¡Venga ya! —exclamo—. ¿Que no querías que lo descubriera de esta forma? ¡No querías que lo descubriera y punto!

Suelta una carcajada irónica.

—Pues sí, la verdad. —Toma una bocanada de aire⁠—. ¿Cómo has descubierto el nombre de mi madre?

—La vi. Y a ti también. Tenía tres años. Mi tío fue a una casa en Hollywood Hills. Ella abrió la puerta.

—¿Qué más sabes?

—Que tu padre te apartó de ella. —⁠Lo miro⁠—. ¿Lo recuerdas?

Devlin niega con la cabeza.

—Me enteré luego. Y de que la mató. La drogó. La sentó al volante de un coche. Hizo que pareciera un accidente.

Sus palabras me dejan boquiabierta. No tenía ni idea.

Lo veo frotarse las sienes.

—Era rica. Se distanció de sus padres antes de conocer a Daniel Lopez. Huyó de casa y acabó atrapada en su red. Se enamoró de ella, así que tal vez la suerte le sonriera en ese sentido. O quizá no. Después nací yo. Lo abandonó cuando yo tenía más o menos un año. Volvió con sus padres.

—¿Qué hay de tus abuelos?

—Murieron. Otro accidente. Justo después de que mi padre me llevara a Nevada. No puedo demostrarlo, pero estoy segurísimo de que también fue obra suya. Un castigo por haberlo apartado de la fortuna familiar. —⁠Sonríe con los labios apretados. Es un gesto letal⁠—. Su fortuna, que era enorme, se gestionaba a través de fideicomisos. Al final, el dinero de mi madre y de mis abuelos acabó en el fideicomiso que crearon para mí cuando mi madre me trajo de regreso a Los Ángeles. Blindado por completo. Sigue estándolo. El cabrón de mi padre intentó echarle el guante, pero nunca lo logró. —⁠Se encoge de hombros⁠—. Ese es el dinero del que vivo hoy. Dinero limpio amasado gracias a generaciones de arduo trabajo e inversiones sólidas.

—¿Y el dinero de tu padre? Mi…, mmm, fuente dice que lo heredaste. Que ahora diriges tu propia organización.

Eso casi le arranca una carcajada.

—Ah, ¿sí? Bueno, pues se equivoca, si con eso te quedas más tranquila. Acabé con el negocio de mi padre en cuanto lo heredé, hice todo lo que pude para destruir las redes y los tentáculos que había extendido, y para que sus esbirros acabaran en el punto de mira de las agencias de seguridad gubernamentales. —⁠Respira hondo, y su expresión se endurece⁠—. Yo no soy mi padre, y pobre del que se atreva a insinuar lo contrario. Me he pasado la vida intentando escapar de la sombra de ese hombre, intentando compensar parte de las barbaridades que hizo a tanta gente. —⁠Apura el whisky de golpe y estampa el vaso en la mesa antes de ponerse de pie⁠—. Así que no. No tengo ninguna organización criminal. A menos que quieras llamar organización criminal a la Fundación Devlin Saint, porque eso es lo único en lo que se ha invertido el dinero de mi padre. Pero el propósito de la fundación es ayudar a las personas. Intenta eliminar parte de la mierda que mi padre esparció por este mundo. ¡Joder!

Pierde el control y da una patada a la mesa. Actúo con rapidez para coger la licorera y llego justo a tiempo para que no se estrelle contra el suelo.

—Lo siento. Joder. Lo siento. —⁠Atraviesa la estancia para acercarse a los ventanales con vistas al cañón, desde los que se ve el montón de lucecitas de las casas situadas más abajo así como la titilante luz de las estrellas en el cielo. Veo su reflejo en el cristal y observo su expresión mientras añade⁠—: No soy el que conociste, Ellie. Por aquel entonces pensé que podría evitar el camino que me tenían destinado al nacer. Me equivocaba.

Se vuelve para mirarme, como si quisiera evaluar mi reacción, y hago lo posible para que no asome emoción alguna a mi rostro. No sé adónde quiere ir a parar, pero lo conozco lo bastante bien —⁠su entonación, sus gestos⁠— como para saber que es algo importante.

—Este hombre —sigue mientras se señala con desprecio ⁠—, este filántropo… No existe. Es un espejismo. Sacado de la chistera de un mago, como un conejo. Ellie, te aseguro que este cuerpo, esta sangre, están contaminados. Y siempre lo han estado.

Tengo el corazón en un puño y me veo obligada a contener el impulso de acercarme a él. De aliviar parte del dolor que irradia en oleadas.

—Me dijiste que la fundación es legal. Que gracias a ella blanqueaste el dinero sucio de tu padre.

Se ríe al oírme.

—Sí, bueno, supongo que es una manera de decirlo. Pero no creas que soy un santo. He hecho cosas de las que me avergüenzo. Muchísimas.

—¿A qué te refieres? ¿Estabas ayudando a mi tío? ¿Traficabas con drogas?

—No —contesta brusco, con sinceridad⁠—. Ese fue el límite que tracé con mi padre, y cedió porque estaba más interesado en que yo aprendiera el lado empresarial de la organización. Cómo falsificar los libros de cuentas y demás. En ese sentido, sí, colaboré. Pero nunca toqué las drogas, y nunca lo haré.

Me sirvo otro vaso de whisky.

—¿Has matado a alguien?

Titubea y me mira a los ojos.

—Sí. En el ejército. Y… cuando mi padre me obligó.

Trago saliva y digo con voz temblorosa:

—No deberías contarme estas cosas. Es peligroso.

Me mira a los ojos.

—Ah, ¿sí?

De repente, me abruma la pasión. Pero no es de naturaleza sensual. Es distinta. Más profunda. Me humedezco los labios, sin saber qué pensar y mucho menos qué hacer. Sin embargo, al final formulo la única pregunta que me siento obligada a plantearle:

—¿Mataste a mi tío?

Devlin cierra los ojos y niega con la cabeza.

—No. Y, aunque no tuve opción, nunca me perdonaré haber huido de aquella manera.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Empieza a pasear de un lado a otro de la estancia al tiempo que se recoge el pelo en una coleta con una gomilla que se saca del bolsillo.

—Porque yo podría haber sido el siguiente. Porque vi una salida. Aquella noche hui de todo. De ti. De mi padre. De mi pasado.

—¡Ah! —Me humedezco los labios—. ¿No pudiste llevarme contigo?

—Podría haberlo hecho. —Me mira a los ojos mientras habla, y no sé si lo que veo en su rostro es dolor o arrepentimiento. Tal vez las dos cosas⁠—. Pero éramos tan jóvenes…

—Lo entiendo —le aseguro—. Pero ahora… —⁠Dejo la frase en el aire, porque no quiero parecer insegura. Pero si esto es lo que lo frenaba… ¡Joder! Si se marchó por este motivo, eso lo cambia todo entre nosotros.

Sin embargo, lo veo negar con la cabeza, y sé que me acaba de leer el pensamiento, como lo hacía entonces.

—No soy el mismo, Ellie. He visto demasiadas cosas. Joder, he hecho demasiadas cosas. La vida me puteó, y creé la fundación para conseguir un poco de paz. Atesoro cada momento que he pasado contigo, pero la fundación es mi amante y ahora mismo no quiero mantener una relación sentimental.

—No iba a…

—Sí. Ibas a hacerlo.

Siento una opresión en el pecho y suelto una carcajada rara.

—Sí. Tienes razón.

Se acerca a mí y, cuando me coge las manos, me invade el deseo de dejarme llevar por sus caricias.

—Me alegro muchísimo de que hayas vuelto. Al principio creí que me destrozaría, que nos destrozaría a los dos, pero sé que lo necesitaba. Que te necesitaba. Y me siento muy agradecido por el tiempo que hemos pasado en Las Vegas y por lo que hemos compartido. Pero ya es un recuerdo y debe quedarse como tal.

Asiento con la cabeza porque, aunque no me guste, es la realidad y lo entiendo.

—Pronto volverás a Nueva York.

—Sí —afirmo—. Mi vida está allí.

Se mete las manos en los bolsillos.

—Exacto. Allí está tu vida.

Asiento con la cabeza. Aunque pudiera quedarme, aunque él quisiera que lo hiciese, no sé si lo haría. Hay demasiados fantasmas en Laguna Cortez.

Me pone una mano en una mejilla.

—No voy a preguntártelo porque sé que guardarás mi secreto. Y sé que debes de tener más preguntas, pero ya son más de las cuatro y pareces agotada.

—Muchas gracias.

Lo veo sonreír.

—¿Quieres que te lleve a casa? Puedes dormir aquí, si lo prefieres. Tengo una habitación de invitados.

Asiento con la cabeza.

—Gracias.

Me trae una de sus camisetas para que me la ponga como pijama y me acompaña a la habitación de invitados. Acto seguido, me besa en la frente.

—Nunca quise que lo supieras. Pero ahora que lo sabes, me alegro.

Cierra la puerta al salir y me deja sola con mis pensamientos, mis miedos y los crujidos de una casa desconocida a las cuatro de la mañana. Me siento perdida y sola.

Intento dormir, pero es inútil. Y, aunque sé que él no quiere que lo haga, y lo único que necesito es consuelo, atravieso la casa en silencio hasta dar con su dormitorio.

Oigo su respiración lenta y uniforme desde la puerta y me acerco a la cama sin hacer ruido. Me deslizo bajo las sábanas y me coloco de espaldas a su espalda. En cuanto apoyo la cabeza en la almohada, me invade el sueño.

Lo último que siento antes de dormirme es el movimiento del colchón y la calidez de su cuerpo cuando se acurruca contra mí.