Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 12 de 35

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Eterna tentación

Capítulo 12

12

 

 

« uerto y enterrado». M

Esas palabras me duelen más de lo debido, y me veo obligada a contener el impulso de suplicar respuestas. De implorarle que me cuente la historia para entenderla.

Sin embargo, sé que no lo hará, y no voy a suplicarle nada a este hombre.

Así que me limito a negar con la cabeza.

—Tal vez para el resto del mundo, pero Alex Leto no está muerto para mí. ¿Te gustan los jueguecitos, Devlin? Pues búscate a otra persona, porque yo no estoy de humor. —⁠Las palabras salen de mi boca como un torrente, y tengo que respirar para seguir hablando, pero no consigo detenerme, no a estas alturas. No cuando acabo de abrir las compuertas del dolor, del sufrimiento y del sentimiento de pérdida⁠—. Puedes cambiarte de nombre, incluso de aspecto. Me importa una mierda. Eres Alex Leto, y me dejaste hecha polvo cuando te largaste, Alex. Joder, me destrozaste. ¿Ya estás contento? ¿Es eso lo que quieres oír?

No estoy segura, pero creo que los músculos de su rostro se tensan.

—Pero ¿sabes lo que te digo? —⁠continúo⁠—. Que voy a perdonarte por todo eso. —⁠Me apoyo en el respaldo del sofá y cruzo los brazos delante del pecho⁠—. Porque vas a darme mucho a cambio. Vas a darme respuestas. Y tengo la impresión de que se convertirán en una historia increíble.

Lo veo ladear la cabeza, demostrando todavía esa calma tan irritante.

—Ah, ¿sí?

—Sé lo de mi tío Peter.

Se enfrenta a mi mirada hasta hacerme sentir incómoda. Después aparta la vista mientras bebe un sorbo de bourbon con una expresión tan plácida como la de un jugador de póquer.

—Voy a morder el anzuelo. ¿Qué sabes?

—Que no era un inocente atrapado en la red de un narcotraficante. También estaba metido en el ajo. De alguna manera, estaba vinculado a El Lobo. Has oído hablar de él, ¿verdad?

Cuando contesta, detecto cierta ironía en su voz.

—Me suena el nombre.

—¿A quién no? Y, teniendo en cuenta cuándo desapareciste, creo que estabas compinchado con mi tío.

—No.

Eso es lo único que responde. «No», punto. Y me cabrea, aunque espero que esté diciendo la verdad. Porque, aunque tal vez, solo tal vez, me creo capaz de enfrentarme a la idea de que mi tío fuera tan gilipollas, la visión que tengo de mi pasado cambiaría por completo si Alex también estaba involucrado en esa historia.

Sin embargo, no voy a permitir que la esperanza se interponga en el camino del sentido común, de manera que insisto, decidida a no dejarle la menor escapatoria.

—Sabes algo, ¿verdad? Sabes algo sobre quién mató a mi tío.

—Ellie, no hay historia. Si quieres hablar para el artículo sobre la fundación, podemos hacerlo. Pero eso a lo que te refieres no es una historia —⁠sigue⁠—. Solo eres tú tratando de inventarte respuestas.

—De inventarme nada. Lo que quiero es encontrarlas. Estabas al tanto de lo que sucedía. Estabas implicado. Y por eso me abandonaste.

En este momento, sonríe de verdad.

—No. Te abandoné porque soy un gilipollas. Ni más ni menos.

Resoplo.

—Eso mismo llevo diciéndome yo desde hace años. Empiezo a preguntarme si no debería cambiar de cantinela. —⁠Levanto el vaso y, al recordar que está vacío, lo suelto de nuevo⁠—. Ya te he avisado, por lo menos me ofrecerás una buena historia. El misterio que esconde Devlin Saint. Su pasado como integrante de una red de narcotráfico, su huida y su reinvención. El amado filántropo no es más que un traficante de drogas, posiblemente vinculado a El Lobo. La revista se venderá como churros. Será un golpe mortal para tu reputación y allí estaré yo, bailando tan contenta sobre tu tumba.

Sus ojos adoptan una expresión gélida.

—Puedes acusarme de lo que quieras, pero ni se te ocurra afirmar que estuve vinculado a ese hombre. —⁠Habla con voz seca y letal, y me quedo muy quieta en mi asiento, como si pudiera herirme con una simple palabra⁠—. No cometas el error de pensar que me conoces, Ellie. Han pasado diez años. Y te lo he dicho hace un rato: ya no soy el mismo.

Trago saliva. Definitivamente, he perdido la ventaja y me veo obligada a recuperar el control. Me pongo de pie y llevo el vaso de vuelta al mueble bar con la intención de ganar un poco de tiempo y reorganizar mi estrategia.

—Devlin, he venido para escribir un artículo. Y tengo la intención de hacer mi trabajo.

—Sobre la historia de la fundación, centrándote en la labor que desarrollamos en Nevada.

Él también se pone de pie y se acerca a mí, que estoy junto a las licoreras. Entre nosotros saltan chispas y me tenso, porque detesto el hecho de seguir reaccionando de manera tan visceral ante la presencia de este hombre.

Me quita el vaso de la mano para rellenármelo, tras lo cual me lo devuelve. Lo acepto, y en esta ocasión evito que nuestros dedos se rocen.

—Esa sí que es una historia que merece ser contada —⁠añade⁠—. Pero no vayas por ahí persiguiendo sombras. Es una pérdida de tiempo.

—Soy periodista. No voy a perder el tiempo.

—Joder, El.

—No me llames así —le suelto antes de poder evitarlo.

—Señora Holmes —se corrige, y debo reconocer que su intención de eludir ese nombre parece sincera. Sabe tan bien como yo que Alex es la única persona a la que le permití usar el diminutivo.

Ver el arrepentimiento en su cara disipa mi furia, aunque en contra de mi voluntad. Quiero aferrarme a la furia y al dolor, quiero sostenerlos delante de mí a modo de escudo contra este hombre y la dolorosa indiferencia que es el arma con la que me ataca.

—Fuiste tú quien me dijo que ya no eres Alex —⁠le recuerdo, luchando contra el impulso de abrazarme⁠—. Y, aunque lo fueras, Alex perdió el derecho a llamarme así cuando se fue.

—Tienes razón, por supuesto.

—Pues entonces cuéntamelo todo, joder. ¿Cuánto sabías sobre Peter y El Lobo?

—¿Estamos hablando de la fábula del pastor y el lobo?

—No seas idiota. Quiero la verdad.

Mira mi bolso.

—Saca tu móvil. Desbloquéalo y dámelo.

Estoy a punto de protestar, pero decido obedecer. Devlin inspecciona el teléfono y, tras comprobar que no estoy grabando la conversación, lo deja en la mesa, entre ambos. Supongo que ese es mi pie para continuar.

—¿Y bien? —lo presiono.

—Descubrí que Peter estaba traficando y que las drogas procedían de la organización de El Lobo poco antes de que lo mataran. Y llegué a la conclusión de que yo también estaba en el punto de mira. —⁠Habla con voz calmada, totalmente desprovista de emoción⁠—. Así que hui, tal como has dicho.

Flexiono los dedos de los pies dentro de los zapatos porque, si muestro cualquier otra reacción, él la verá.

—No te despediste.

—No.

—Solo me dejaste una puñetera nota.

—Sí.

—Ni siquiera me dijiste que me querías.

Mierda. Si pudiera borrar lo que acabo de soltar, lo haría, porque no tenía la más mínima intención de mencionarlo.

Me mira a los ojos y se enfrenta a mi mirada un instante.

—No —reconoce—. No te lo dije.

Cruzo las piernas con la intención de que el movimiento oculte la herida que llevo en el alma.

—Quiero mi entrevista, Devlin. Sobre cómo comenzó la fundación. Sobre cómo funciona. Sobre el trabajo que ha realizado en Nevada luchando contra el tráfico de personas. —⁠Tomo una bocanada de aire⁠—. Quiero tener acceso a tu sala de investigación. Y no quiero más excusas ni más aplazamientos ridículos. Me hiciste daño, hijo de puta —⁠sigo, impresionada porque logro no alzar el tono de voz⁠—. Pero ya te he olvidado y vas a contármelo todo. Porque, si no lo haces, incluiré tu negativa en el artículo y no creo que eso te beneficie mucho, ni a ti ni a tu preciosa fundación.

Un tic nervioso aparece en una de sus mejillas, pero por lo demás sigue inmóvil como una piedra. Cuando habla, su voz es tan serena y modulada como la de un profesor universitario.

—Ni se te ocurra difamar a esta organización. Ayudamos a mucha gente.

—¿Y tú qué?

—Me gusta pensar que yo también ayudo a mucha gente.

Levanto una ceja.

—¿Y a ti sí puedo difamarte?

Devlin se ríe.

—Puedes intentarlo, desde luego, pero no creo que encuentres mucho. —⁠Me mira a los ojos⁠—. A menos que quieras darle un enfoque sexual, en cuyo caso puedo escribirte una lista de las mujeres a las que me he tirado.

Me obligo a no torcer el gesto. Intenta cabrearme, y me niego a morder el anzuelo.

—Probablemente tengas razón en lo de que no voy a encontrar mucho sobre ti —⁠admito⁠—. Me pregunto por qué…

—Pensamientos puros y una vida ordenada.

Suelto una inesperada carcajada y, cuando lo miro, veo una expresión risueña en sus ojos y una sonrisa en sus labios. Por un momento, compartimos una mirada, y retrocedo diez años, a aquellas noches en las que nos reíamos hasta altas horas de la madrugada. Por entonces confiaba en él.

Ahora ya no.

Carraspeo y bajo la vista, incómoda con la intimidad del momento. Cuando levanto la cabeza, su expresión también ha cambiado. Menos la de sus ojos. Tal vez sea producto de mi imaginación, pero me parecen tristes. Como si se sintiera un poco perdido.

—¿Por qué eres tan invisible? En las redes sociales, en la prensa. No lo entiendo.

—Soy reservado —contesta—. No me apetece que me vean. Y, si sabes jugar bien tus cartas —⁠añade al tiempo que ladea un poco la cabeza⁠—, con dinero se puede comprar mucha privacidad.

Asiento despacio con un gesto mientras asimilo sus palabras.

—Hubo un tiempo en el que me decía que entraste en el programa de protección de testigos después de que el traficante de drogas matara al tío Peter. Pensaba que tal vez solo te permitieron dejarme aquella nota. —⁠Observo su rostro con atención⁠—. Eso explicaría tu nuevo yo.

—Supongo que sí.

Me humedezco los labios.

—¿Tienes que teñirte la barba?

Levanta una mano para acariciársela. La lleva bien arreglada, seguramente sea de unos tres días. Le cubre la barbilla y la línea de la mandíbula hasta llegar al labio inferior, y se une al bigote. En las revistas la describen como barba hípster, y supongo que, junto con la melena recogida, encaja en esa imagen, aunque Devlin debe de ser el hípster más elegante y guapo que he visto nunca.

—Aunque te parezca raro, no. La tengo oscura. El pelo sí que me lo tiño. —⁠Se apoya en el respaldo de su butaca, cruza las piernas y me mira por encima de la nariz⁠—. ¿Algo más que quieras saber?

«Tantas cosas…», pienso.

—Tu nariz. Es más fina de lo que recuerdo.

—Me la rompí. Decidí usarlo como excusa para cambiarla.

—¿También decidiste cambiarte la voz?

No le digo que me gusta. Es más grave y un poco ronca, y, aunque trato de no hacerlo, me lo imagino susurrándome en la oscuridad.

—No lo hice a propósito. Daños en las cuerdas vocales.

—Ah. —Frunzo el ceño—. ¿Qué te pasó?

—Una lesión en el cuello —contesta con un tono de voz que insinúa que no voy a descubrir más al respecto.

—Vale. ¿Y la cara? ¿Cómo te hiciste esa cicatriz?

Esa cicatriz que le atraviesa el lado derecho de la cara y que le da un aspecto de canalla y de malote. Tengo que saber cómo se la hizo.

—Me coloqué en el lado afilado de un cuchillo de caza.

Levanta la mano para recorrer la cicatriz, comenzando por la ceja y descendiendo por el ojo y el pómulo, hasta llegar a la delgada línea que le recorre la zona del bigote y le roza el labio superior.

Me veo obligada a luchar contra el impulso de abrazarme, porque, por más que quiera odiar a Devlin Saint en este momento, soy incapaz de desearle a nadie una herida semejante.

—¿Es cierto? ¿O pasaste por el bisturí estético? Para camuflarte, digo.

—Es cierto. No estoy en el programa de protección de testigos, Ellie. Nunca lo he estado.

Me humedezco los labios.

—No, supongo que no. Difícilmente podrías haber vuelto si lo estuvieras. Y desde luego no podrías dirigir una institución tan conocida como la Fundación Devlin Saint.

—Eso también es cierto.

—Sería una historia estupenda.

Levanta la ceja marcada por la cicatriz.

—¿Es una amenaza?

Trago saliva, deseando convertirme en la mujer capaz de amenazarlo de esa manera. Pero niego con la cabeza.

—No.

—Bien.

—¿Por qué? Te conocía, Alex. Y nunca me habrías abandonado sin tener una razón de peso.

—Ah, ¿no?

Siento el escozor de las lágrimas en los ojos y me odio por desear una respuesta con tanta desesperación.

—No —le contesto—. No lo habrías hecho.

Une las yemas de los dedos e inclina la cara, de manera que casi da la impresión de estar rezando. Sin levantar la cabeza, dice:

—El Alex Leto que conocías era un crío. Un crío ingenuo que pensó que podía…

—¿Qué?

Levanta la cabeza.

—Jugar con fuego. Sin quemarse.

—¿Se supone que debo compadecerme de ti?

—No. Pero tampoco se suponía que volverías a verme.

La ira y la tristeza se enfrentan en mi fuero interno. No sé si quiero acercarme para que me abrace o abofetearlo. No hago ninguna de las dos cosas. En cambio, le pregunto:

—¿Por qué estableciste la sede de la fundación en Laguna Cortez, si se puede saber?

Da un respingo, como si fuera una pregunta inesperada. Luego suspira.

—Porque pensaba que jamás regresarías.

Trago saliva, deseando que su respuesta no me duela tanto como lo hace.

—Pero he vuelto. Y tú también.

—Es un inconveniente que tendremos que superar. —⁠Se pone de pie⁠—. Y ahora me temo que tienes que irte. Le pediré a Anna que te reserve un hueco para el lunes. Debo repasar mi discurso antes de bajar.

Quiero protestar. Quiero suplicarle que me dé más respuestas; joder, que siga hablando conmigo. Quiero ver el más mínimo atisbo del hombre al que conocí.

En cambio, me encamino hacia la puerta, que se abre mágicamente cuando me acerco, seguramente porque Devlin ha pulsado algún botón.

—Espera —me dice justo antes de que la cruce.

Me doy media vuelta.

—Nunca quise que me odiaras —⁠confiesa⁠—. Pero es bueno que lo hagas.

Y, con eso, las dos hojas de la puerta se cierran despacio.