Eterna tentación
Capítulo 14
14
Durante la siguiente hora me muevo por la estancia, charlo con la gente y degusto aperitivos, bebo más vino del que debería y lucho contra el irrazonable impulso de mandar a la sirena al cuerno de una patada. O, al menos, de derramarle una copa de vino tinto sobre el ceñido vestido plateado.
Cada vez que veo a Devlin, ella está a su lado, con una sonrisa en esa boca tan grande como la de Julia Roberts y con el pelo tan reluciente como si fuera un anuncio de champú. Sé que estoy frenética y también soy consciente de que no debería estarlo. No tengo ningún derecho sobre ese hombre, ni quiero tenerlo. Es un hijo de puta mentiroso que se fue sin decirme ni pío, que ha regresado sin disculparse y que quiere que lo odie.
Luego sí. Lo nuestro está más que acabado.
El jueguecito del aparcamiento solo fue eso: un juego, una estratagema para confundirme y hacer que me fuera. Pero no funcionó.
Y ahora supongo que su plan más reciente es usar a doña Sirena como barrera defensiva.
Estoy tan disgustada conmigo como con Devlin, así que dejo de mirar hacia donde están y echo a andar hacia el patio embaldosado. Acabo de aceptar una copa de vino blanco fresquito que me ofrece el camarero cuando Brandy se me acerca.
—Era él —dice—. Idiota.
Me abandonó hace unos quince minutos al ver a alguien que se parecía a Justin, un chico con el que había salido varias veces.
—¿Me vas a contar lo que pasó?
Encoge un hombro.
—Lo de siempre. Pensé que era uno de los buenos. Pero tan pronto como le dije que quería ir más despacio, se largó. Sé que la culpa es mía, pero…
—Tú no tienes la culpa —replico con firmeza, y cada palabra es sincera—. Que no te vayas a la cama con un tío a la primera de cambio no significa que él pueda…
—No pasa nada, de verdad.
—Bran…
—Lo digo en serio. No pasa nada, estoy bien. Es que me gustaría…
—¿Qué?
Se encoge de hombros.
—La verdad, no sé si quiero cambiar yo o cambiar a los hombres. Quiero hacerlo…, bueno, por lo menos creo que eso es lo que quiero. Pero voy muy despacio.
—Déjate de chorradas. Vas a tu ritmo. El hombre adecuado se quedará a tu lado. Luchará por ti, aunque eso signifique luchar contra sí mismo hasta que estés lista.
—No sé yo. Tal vez.
—Yo sí lo sé. Solo tienes que esperar a que aparezca el hombre adecuado.
—Lo sé. Es lo que haré. Estoy bien. — Me coge de la mano y me da un apretón—. En serio. Eres tú quien me preocupa.
—¿Yo? ¿Por qué?
—No seas lerda. No has vuelto aquí desde lo que sucedió con Alex. Y respecto a las relaciones sentimentales, eres tan torpe como yo.
Ha dado en el clavo. Me limito a acostarme con hombres. Pero no me encariño con ellos.
—El yin y el yang —replico—. Esas somos nosotras.
Vuelve a apretarme la mano.
—Has venido con Lamar. Interesante, ¿no crees?
—Qué va. Solo somos amigos, y lo sabes.
—Vale. Lo que tú digas. Pero todos los hombres son amigos para ti. ¿Has salido con alguien en Nueva York?
—¿En plan romántico? No —contesto. Brandy sabe cómo soy.
—Exacto. Lo que quiero decir es que Alex se fue, y teniendo en cuenta que ya han pasado más de diez años, creo que podemos afirmar que no va a volver.
—No sigo esperando a Alex Leto.
Brandy levanta las manos en señal de rendición.
—Te creo. Pero no estás haciendo el menor esfuerzo.
—Salgo de marcha.
Ladea la cabeza y me mira fijamente. Capto el mensaje.
—Una relación, Ellie. Date permiso para mantener una relación, aunque solo sea de amistad. ¿Has trabado amistad con alguien en Nueva York?
Me arranco un trozo de esmalte de uñas que se me ha astillado.
—Quedo con algunas personas.
—¿Como conmigo? ¿Con Lamar?
—¿Roger?
Pronuncio su nombre como si fuera una pregunta. Roger es genial, y es la persona de la que más cerca me siento en Nueva York, pero no podría catalogarlo como uno de mis mejores amigos. Ni por asomo. Brandy lo sabe tan bien como yo.
—Solo digo que necesitas abrirte. Conocer a más gente. Y darte permiso para mantener una relación.
Eso es como decir que debería darme permiso para apuñalarme el corazón. La verdad, no me apetece. Las relaciones se terminan. Te encariñas con las personas y corres el riesgo de perderlas. Aunque no se lo digo, claro. Si lo hiciera, tendría que confesarle que todos los días lucho contra el miedo a perderla a ella. O a Lamar. O incluso a Roger.
Debo admitir que es cierto que guardo las distancias. Porque, si no me entrego por completo, tal vez pueda burlar al destino y mantenerlos a salvo.
Estoy sola en la mesa de los postres cuando Lamar se me acerca.
Dejo de mirar los dulces para fijarme en él y, durante el proceso, me doy cuenta de que Devlin no está con la sirena. Pero lo mejor de todo es que nos está mirando.
—Ríete —le pido a Lamar, que se las arregla para parecer intrigado y confundido a la vez.
—¿Cómo?
—Que te rías como si acabara de decir algo graciosísimo.
Me mira con los ojos entrecerrados y me doy cuenta del momento exacto en el que se fija en Devlin. Su expresión se torna gélida y no hay ni rastro de una sonrisa cuando me pregunta:
—¿Qué ha pasado exactamente en su despacho?
—Nada.
Y es la pura verdad. Al fin y al cabo, Lamar me ha preguntado por el despacho. No por lo de anoche. Ni por mi pasado con el famoso señor Saint. Claro que, técnicamente hablando, no tengo ningún pasado con Devlin Saint. Y, por lo que él sabe, Alex Leto está muerto, al igual que tantas otras personas de mi pasado.
Lamar me mira con intensidad hasta el punto de incomodarme antes de añadir:
—Aléjate de él, Ellie. Conozco su reputación, y tú no eres de esas.
—¿Reputación? —Me doy media vuelta al instante y busco a Devlin con la mirada, pero ha desaparecido entre la multitud—. Antes me has dicho que era como un regalo de Dios para Laguna Cortez.
—Como ciudadano, no tengo queja alguna sobre él. Pero si hablamos de ti, las cosas cambian. No se toma en serio a ninguna mujer, y no quiero que te hagan daño.
Resoplo.
—¿Qué te hace pensar que quiero ponerme seria con él?
—A mí no me parece que vayas a hacerlo. Pero él…
—¿Qué?
—Te mira con esa cara de… —contesta Lamar—. Como si fuera una llamarada de feromonas a punto de abrasarte. Ya sabes a lo que me refiero. Es un tío casi irresistible.
—Ah, ¿sí? —replico con voz aguda.
Lamar se ríe.
—Bueno, no estoy ciego.
—No creía que fuera tu tipo.
—Por favor —dice—. Por supuesto que lo es. Ese hombre es testosterona andante.
Sé que Lamar no ha salido con muchos chicos, pero estoy al tanto de que ha habido algunos a lo largo de los años. Y todos podrían haber protagonizado una película de James Bond. En realidad, también podrían haber aparecido en ella las mujeres con las que ha salido.
Me atraviesa con la mirada.
—Mi problema es que él también es tu tipo.
—¿Y?
—Eres frágil, Sherlock. Tú lo sabes, yo lo sé. Él también lo sabe. Y aunque no sea la reencarnación del diablo, no me extrañaría que quisiera aprovecharse de la situación.
—Habla claro, si no te importa. He bebido mucho vino.
—Síguele el juego si crees que de ese modo conseguirás tu historia. Pero ten cuidado. Y no pierdas la cabeza.
Le sonrío.
—Nunca lo hago.
—Sí, bueno, pero tampoco pierdas el corazón.
—Confía en mí. Entre Devlin Saint y yo no hay nada.
—Bien —contesta Lamar—. Que siga así.
Es un buen consejo. Intento tomármelo en serio mientras Lamar desaparece entre la multitud y después me tenso al ver que Devlin me está mirando fijamente con una expresión fría como el hielo. Y, por supuesto, la sirena está a su lado.
Se me retuercen las tripas, y me odio por experimentar esa reacción. Ese hombre no me debe nada, y me recuerdo que, de todas formas, no lo quiero. Ya no. No después de lo que hizo.
«¿En serio?».
Paso de la voz de mi conciencia, porque se equivoca. ¿Me sigue atrayendo? Pues sí. De joven era guapo, pero el adulto está para morirse solo con mirarlo y exuda sensualidad. Por supuesto que me sigue atrayendo.
Sin embargo, lo que hubo entre nosotros no era real y se disolvió como el algodón de azúcar bajo la lluvia.
Ahora lo entiendo. Yo era joven e impresionable, y él era un imbécil. Esa es la verdadera historia. Fin.
Ojalá no me hubiera hecho tanto daño.
Respiro hondo para reubicarme y sacarme esas ideas de la cabeza, tras lo cual decido seguir moviéndome por la estancia. Al fin y al cabo, es una fiesta.
He hablado con algunas personas y estoy a punto de ir a la barra para que me rellenen la copa cuando me sorprendo mirando a mi alrededor y me doy cuenta de que busco a Devlin. Sin embargo, no hay ni rastro de él. A quien sí localizo es a la sirena…, que viene directa hacia mí.
Sopeso la idea de meterme bajo la mesa cubierta por un mantel en la que se encuentran todos los artículos que van a participar en la subasta silenciosa, pero no es mi estilo. Además, me está mirando.
De modo que sonrío cuando se acerca, con la esperanza de parecer una invitada simpática que está disfrutando de la comida, de la bebida y de las relaciones con los demás.
Se detiene a unos veinte centímetros de mí, esboza una sonrisa alegre y me tiende la mano, que acepto de forma automática.
—Anna Lindstrom —se presenta. Su sonrisa es sincera y amistosa, pero sigo sintiéndome intimidada. Tiene una voz sensual y, dada su altura, más los centímetros de los zapatos de tacón y esa belleza casi perfecta, me siento muy del montón. Muy del montón y baja—. Soy la asistente de Devlin —añade. Devlin, ha dicho. No el señor Saint.
—Ah, vale. —Carraspeo—. Yo soy Elsa Holmes. Ellie.
Se echa a reír.
—Lo sé. Siento mucho la confusión de ayer. Devlin me ha pedido que te haga un hueco en la agenda para el lunes.
—Muchas gracias.
—De nada. Si necesitas algo, no dudes en preguntar. Me ocupo de organizar todo lo relacionado con Dev.
«Ya —pienso—. Apuesto a que sí».
Es un pensamiento viperino, pero teniendo en cuenta que ha estado toda la noche pegada a él, creo entender a qué se refiere con ese «todo». Claro que, en el fondo, no es asunto mío. Ya no.
—Te lo agradezco —contesto con mi voz más educada.
—Ha sido un placer conocerte, Ellie. Voy a ver cómo van los del catering. Espero que disfrutes del resto de la velada. —Esboza de nuevo la sonrisa agradable, y consigue que vuelva a sentirme culpable mientras le aseguro que lo haré.
Al tiempo que Anna se pierde entre la multitud, veo que Lamar se acerca de nuevo a mí, aunque esta vez viene acompañado por uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida. De hombros anchos y rasgos cincelados, parece una especie de mítico dios nórdico. Podría decirse que es incluso más guapo que Devlin, aunque no me van mucho los rubios. Ya no, en cualquier caso.
Sin embargo, a falta de pan…
—Pasa de ella —me dice el guapísimo desconocido mientras señala a Anna con un gesto de la cabeza—. Eres periodista y estás husmeando en su casa.
—La verdad es que ha sido muy simpática — le aseguro.
—Ah, ¿sí? —Esboza un gesto de incredulidad—. Todos los días se aprende algo nuevo.
—Lo siento, no nos conocemos. — Miro a Lamar.
—Perdona —se disculpa Lamar—. Elsa Holmes, Ronan Thorne.
«Buen nombre». Corrijo mi suposición anterior. Nada de dios nórdico. Pega más como estrella de cine o héroe de novela romántica.
—Encantado de conocerte —dice él, y caigo en la cuenta de que estoy aquí plantada en silencio, como un pasmarote—. Conocí a Lamar en la última fiesta de la Fundación Devlin Saint. Dice que pasasteis juntos por la Academia de Policía, ¿no?
—Pues sí. Pero colgué el uniforme después de dos años para dedicarme a escribir. Traicioné la tradición familiar.
—Su padre fue jefe de policía — le explica Lamar.
—Y ahora luchas armada con un teclado.
—Exacto —respondo, y decido que me gusta este tío—. Bueno, ¿de qué conoces a Anna? ¿Colaboras con la fundación?
—No como empleado. Soy lo que ellos llaman un embajador.
—¿Y eso significa…?
—Lo que ellos quieran que signifique. — Sonríe, pero me da la impresión de que no está bromeando.
—No lo entiendo.
—Básicamente, soy voluntario. Tengo un trabajo a jornada completa, pero siempre que puedo colaboro con la fundación. Además, cuando dispongo de tiempo y necesitan a alguien sobre el terreno, me desplazo para trabajar con las organizaciones a las que ayuda la fundación.
—Suena fenomenal. ¿Cómo te convertiste en embajador?
—Devlin me reclutó.
—Ah, ¿sí? —Me acerco a él al comprender que tal vez estoy hablando con uno de los amigos íntimos de Devlin, lo que significa que este hombre quizá ha compartido con él los años durante los cuales le perdí la pista—. ¿Cómo os conocisteis?
—Servimos juntos —contesta—. He visto los estragos que causan la guerra y la pobreza. Así que, cuando Devlin me pidió que me uniera, no me lo pensé.
—¿En qué trabajas normalmente?
—Soy asesor de seguridad autónomo. Eso me facilita las cosas.
—Supongo que sí. Buen trabajo, si puedes conseguirlo, ¿verdad?
—Tú eres periodista —replica—. También disfrutas de bastante libertad, ¿no?
—No si quieres una nómina mensual. Trabajo en una revista, así que me muevo con plazos y encargos. Si fuera por libre me resultaría más complicado.
Echo un vistazo a mi alrededor y me pregunto si Devlin se ha dado cuenta de que estoy conversando con su amigo, pero no lo veo por ningún lado.
—Lo han llamado —dice Thorne, cuando pregunto por él—. He estado hablando con él antes de que se fuera. Una emergencia.
—Qué pena. —Solo son las diez y, aunque la multitud se está reduciendo, la fiesta no termina hasta medianoche—. No se habrá puesto enfermo, ¿verdad?
—Está bien. Con el tipo de trabajo que hace, a veces surgen estas cosas.
—¿Puedo robarte unos minutos de tu tiempo? Estoy escribiendo un artículo sobre la fundación y me encantaría tu punto de vista.
—¿Te parece que quedemos para otro momento? Estoy a punto de irme.
—De acuerdo.
Espero no parecer tan ansiosa como me siento, pero la posibilidad de contar con una fuente distinta de Devlin hace que me dé vueltas la cabeza. Para ser sincera, no estoy pensando en el artículo. No, quiero saber más sobre Devlin Saint. El hombre en el que Alex se ha convertido.
Quiero hablar sobre el pasado. Adónde fue y qué hizo. Cómo creó la fundación.
Y en este momento se me ocurre que nadie más en este lugar sabe lo que yo sé: que el hombre que presta su rostro a esta organización es un invento. Y que me bastaría una sola palabra para derribar todo este castillo de naipes.