Eterna tentación
Capítulo 31
31
¿Está pillado el soltero más codiciado del sur de California?
Ese titular y un montón de variantes nos gritan desde la pantalla del móvil mientras aterrizamos en el aeropuerto privado. Y, por si eso no fuera bastante malo, cada uno va acompañado de una foto. Devlin y yo delante de la caravana con una de sus manos entre mis piernas. Devlin y yo delante de la caravana con una de sus manos en mi pecho, mientras nos besamos. Algunos incluso han convertido las dos fotos en un gif, y hay uno en el que estallamos en llamas antes de que el minivídeo empiece de nuevo.
La mayoría de las publicaciones me mencionan como «desconocida». Sin embargo, una me nombra y me identifica como periodista de The Spall Monthly. No solo me revuelve el estómago, sino que hace que tenga ganas de darle un puñetazo a alguien.
El único respiro es que el aeropuerto cerca de Laguna Cortez es privado. Eso quiere decir que podemos meternos en el coche que Anna nos ha enviado —con unos maravillosos cristales tintados— y pasar a toda velocidad junto a la multitud que se ha congregado a las puertas, con el móvil en la mano.
En cuanto los dejamos atrás, Devlin pierde los estribos y golpea el respaldo del asiento vacío del acompañante que tiene delante. Hay una pantalla que insonoriza la parte posterior, pero tengo la sensación de que al chófer no le sorprende en absoluto el silencioso arrebato.
Lo cojo de la mano y él me da un fuerte apretón.
—Lo siento —dice—. Joder, lo siento muchísimo.
—¿Por qué? ¿Por besarme? Porque yo no lo siento en absoluto.
—Por esto. Por toda esta mierda. Y por haber ido al circuito de carreras.
—Esta mierda es eso, una mierda, pero forma parte de tu vida. Como si no lo supiera. Joder, intenté investigarte antes de venir. No fue fácil.
—Ellie…
—Y se pasará. Ya te han fotografiado antes con mujeres, ¿no? Solo soy una más.
Vuelve la cabeza a toda prisa y me mira fijamente, con la expresión más feroz que le he visto nunca.
—Lo soy —insisto—. Tú mismo dijiste que me iba a marchar, ¿no? Lo quiera o no. —Hablo en voz baja. Con una firmeza premeditada—. Anoche me advertiste que no estarías conmigo.
No replica, pero mira despacio hacia delante antes de inclinarse y enterrar la cara en las manos.
Lo observo mientras me devano los sesos para añadir algo, pero no me salen las palabras. He escrito miles y miles de ellas, pero ahora mismo no se me ocurre ninguna que sirva.
Por un instante me quedo sentada, presa de una sensación de impotencia, pero doy un respingo cuando oigo que me llaman al móvil. Es Roger, y aunque se me pasa por la cabeza dejar que salte el buzón de voz, contesto.
—Hola, niña —dice—. Menudo día, ¿no?
Me muerdo el labio. Al parecer, ha visto las publicaciones.
—Los he tenido mejores —admito.
—Sí, en fin. Espero que haya valido la pena, porque estoy a punto de empeorarlo. Voy a eliminar el artículo sobre la fundación.
Hago una mueca y todo el cuerpo se me estremece.
—Roger, por favor. Deja que…
—No quiero hablar del tema —me interrumpe—. Se acabó. Vamos, Ellie. ¿Qué más puedo hacer?
—Deja que lo reescriba. Que elimine las referencias a Devlin. Que me centre en el Proyecto Futuro y no en la Fundación Devlin Saint. Joder, no tienes ni que poner mi nombre como autora. Esas mujeres, esos niños… Se merecen que alguien cuente su historia.
—Sí —admite—. Se lo merecen. Pero de todas formas la historia no se va a publicar.
Devlin me mira, así que me vuelvo, porque no quiero que me vea la cara, consciente de que esto le parecerá otro puñal por la espalda.
—¿Me estás despidiendo?
—Digamos que estás a prueba. Y que necesito que regreses para encargarte de otro tema.
Trago saliva.
—¿Cuándo?
—Pronto. —Emite un sonido ronco—. Lo siento, niña. Sé que no lo parece, pero estoy de tu parte. Y para que esto se aplaque lo mejor es que vuelvas a la oficina. Solo soy tu editor, ¿recuerdas? También tengo ojos puestos en mí.
—Ya. —Me da la sensación de que expulso todo el aire del cuerpo—. Claro. Lo entiendo.
—Oye, lo siento. Y Devlin Saint parece un buen tío. Bien sabe Dios que su fundación hace muchas cosas buenas. Pero ya sabes cómo va esto, y la imagen tiene un papel muy importante en la credibilidad.
—Lo entiendo. —Suspiro—. Gracias, Roger.
—Por si te sirve de consuelo, por aquí te echamos de menos.
Me despido de él y corto la llamada.
—También te he jodido eso.
—¡Ya basta! —Las palabras salen con más dureza de la que pretendía—. Por si no te diste cuenta, te estaba devolviendo el beso. Y te juro que te habría follado allí mismo si no me hubieras sugerido que entráramos.
Suelta una carcajada.
—Y menos mal que lo sugerí. Estoy seguro de que los escalones estaban llenos de astillas.
Nos miramos a los ojos un momento, tras lo cual extiendo un brazo para acariciarle la barba primero y tirar de su mentón después para darle un beso.
—Todo saldrá bien —digo. Y casi soy capaz de convencerme.
—He puesto a Tamra a trabajar en un comunicado de prensa —anuncia Anna cuando llegamos a las oficinas de la fundación—. También podemos publicar un comentario en algunas de las cuentas y suponer que se compartirá. —Parece más alterada de lo que nunca la he visto, y sigue a Devlin a su despacho, sin detenerse—. El objetivo es, por supuesto, contener la especulación —continúa mientras Tamra se reúne con nosotros, tableta en mano—. La foto es más explícita de lo que los fotógrafos suelen conseguir, pero es básicamente lo mismo de siempre. Nada serio. Otra aventura más. Saint no es un santo, como indica su apellido; solo es un pecador. —Se ríe por el chiste que acaba de hacer, aunque los demás no nos reímos. Al cabo de un momento, carraspea.
Y entonces Devlin suelta un sencillo:
—No.
Me doy cuenta de que Tamra, que está a mi lado, baja la vista con una sonrisilla. Frunzo el ceño, porque aún no he captado el giro de la conversación.
—¿No? —repite Anna, que al parecer está tan desconcertada como yo.
—No —confirma él—. Nada de comunicados. Nada de declaraciones. Vamos a seguir como si nada.
—Pero los comentarios, la especulación, se podrían descontrolar.
—Que lo hagan.
Carraspea de nuevo.
—Devlin, no creo que estés considerando la imagen completa. No solo estás en el punto de mira de la opinión pública por la fundación. Tu fortuna te ha hecho famoso, aunque sea a regañadientes y no te prodigues mucho.
Devlin se acerca a su mesa, se vuelve y se apoya en ella. Me mira a los ojos y sonríe antes de fijarse de nuevo en Anna para contestarle:
—¿Crees que no lo sé?
—Bueno, es evidente que sí. Pero la prensa supondrá que estáis juntos. Todo se complicará. Desde un punto de vista publicitario, quiero decir.
—No es complicado —le asegura Devlin, pero sus palabras van dirigidas a mí, no a ella—. Estamos juntos.
Me quedo sin aliento.
—¿Cómo? —El corazón me late tan deprisa que casi no me doy cuenta de que Anna ha preguntado lo mismo.
—En fin, lo estamos, ¿no? —me pregunta Devlin mientras se acerca a mí. Se queda a pocos centímetros, tan cerca que siento su calor—. ¿No lo hemos estado siempre?
—Pero ¿anoche? Toda la charla sobre el peligro. Sobre estar en el punto de mira. ¿No es…?
—Ahora mismo ya da igual, ¿no te parece? —me pregunta—. La prensa ya ha hecho el trabajo sucio.
Trago saliva. Tiene razón. Por muchos comunicados de prensa que haga la fundación, me han expuesto a la opinión pública. Y, si a alguien le da por rascar un poco, encontrarán carnaza de sobra para justificar una relación desde que volví a Laguna Cortez. Y eso me diferencia de las demás mujeres que han aparecido con él en la prensa.
De todas formas, necesito que esté muy seguro.
—¿Qué estás diciendo?
Devlin señala la puerta con la cabeza. Anna parece alterada, pero Tamra capta el mensaje y la coge del codo para llevársela. Poco después, las puertas se cierran.
—Devlin —insisto mientras el corazón me atruena los oídos hasta el punto de que apenas oigo mi propia voz—. ¿Qué está pasando aquí?
—Quiero que te quedes —contesta.
Niego con la cabeza.
—Sigo sin entenderlo. Solo estoy en peligro si se revela tu identidad. Así que ¿en qué cambia esto las cosas?
No puedo creer que esté abogando en contra de quedarme, pero es que no lo entiendo. Sí, cualquiera que investigue un poco el tiempo que hemos pasado juntos aquí, en Las Vegas y en el circuito puede montar una historia muy jugosa, pero ¿qué más da? Ni que supieran de nuestro pasado. Si vuelvo a Nueva York, el runrún se apagará, como ha sucedido cada vez que lo han fotografiado con una mujer, y estaré a salvo.
Sin embargo, cuando se lo digo, se pasa una mano por la cara y niega con la cabeza.
—Joder, El, ¿no lo pillas? Te quiero porque sí.
—¡Ah! —exclamo; es un sonido insignificante al lado de todo lo que siento, pero necesito entender qué está pasando. Preciso saber qué ha cambiado—. ¿Por qué? —le pregunto mientras intento que no me tiemble la voz para que no se dé cuenta de la esperanza que me abruma—. A ver, lo hemos pasado bien, sí. Pero… Vuelves a llamarme El, y el corazón se me llena cada vez que lo oigo, Devlin. De verdad que sí. Pero ya no soy esa cría. Así que si esto va de lo que tuvimos…
—¿Sugieres que soy un crío? Porque no lo soy, y lo sabes, joder. —Su voz tiene un deje acerado, así que asiento con la cabeza, aunque no replico—. El hombre que soy ahora no querría a aquella cría.
—Claro. —Quiero encerrarme en mí misma al oírlo —. Lo entiendo.
—No, no lo entiendes —me contradice al tiempo que me coge una mano—. La muchacha que eras lo fue todo para Alex Leto. Eras su sueño, su fantasía, su salvación. Eras su mejor amiga y su único amor. Y, aunque no te lo creas, algo en él murió cuando se marchó, sobre todo porque sabía que lo odiarías.
No replico. Solo dejo que me envuelvan las palabras.
—Pero Alex Leto está muerto. Ahora soy un hombre distinto, y la mujer que eres fascina a Devlin Saint. Te quiero, El. Por tu mente aguda y tu rápido ingenio. Por tu lealtad y tu perseverancia, y por tu irrefrenable curiosidad. Y te quiero por todo lo demás. Por tus miedos y tus inseguridades, y por cómo las ocultas al coquetear con el peligro. Te quiero por lo que eres al completo, El. Por cada parte de ti. —Cambia de postura, me coge también la otra mano, y me derrito por sus palabras mientras sigue mirándome con expresión intensa y tierna a la vez, sin apartar la vista de mí—. ¿No lo entiendes, nena? Quiero abrazarte porque eres una llama viva y, si puedo hacer eso, puedo hacer cualquier cosa.
—Devlin.
—Eres escritora, joder. Escribe desde aquí. Si a The Spall Monthly no le gusta, escribe un libro. Joder. Escribe un libro sobre lo que viste en Nevada. Escribe otro sobre Peter. Pero quédate, Ellie. Sé que no será fácil…
Me echo a reír, y es un sonido increíble y maravilloso por lo liberador que me resulta.
—A la mierda lo fácil. Lo fácil me aburre.
Da un paso hacia mí.
—Así que ahora me toca a mí preguntar. ¿Qué dices?
—Que yo también te quiero — contesto mientras noto en los labios el regusto salado de las lágrimas que me corren por la cara—. Y que quiero quedarme más que nada en el mundo.