Eterna tentación

Julie Kenner · Capítulo 16 de 35

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Eterna tentación

Capítulo 16

16

 

 

— e gustaría saber más sobre el papel de la Fundación Devlin Saint —⁠le M

digo a Devlin⁠—. Tal vez algunos detalles sobre los otros niños; sin nombres, por supuesto. Y sobre cómo funcionáis. Para este artículo, pero también para el de la fundación. Me da la impresión de que la idea de lo que hacéis por esos pobres niños es similar al trabajo que llevasteis a cabo con las víctimas de la red de tráfico de personas de Nevada.

—En muchos aspectos lo es. — ⁠Titubea, y lo miro a la cara, frustrada porque no soy capaz de interpretar sus expresiones tan bien como antes⁠—. ¿Tienes que entregar el artículo de Myers esta noche?

Asiento con la cabeza.

—Hemos quedado para hablar el lunes, pero visto lo ocurrido, hay que cambiar de planes. ¿Has venido en coche?

Parpadeo por el brusco cambio de tema.

—Sí. ¿Por qué?

—Podemos hablar durante el trayecto de vuelta.

—¿No tienes coche?

Mira hacia la puerta de la comisaría.

—Iba a regresar con Ronan — ⁠me contesta, y me gustaría saber cómo habrá venido. Sin embargo, no le pregunto. Lo veo sacar el móvil en el que escribe un mensaje de texto. Me mira antes de enviarlo⁠—. ¿Te parece bien?

Estoy a punto de decirle que no me parece nada bien, porque no sé si podré soportar un trayecto de más de una hora en el coche con él.

Debo de titubear más de la cuenta, porque suspira mientras se pasa los dedos por el pelo, que hoy lleva suelto en torno a la cara y bastante alborotado.

—Tú quieres información para tu artículo. Yo quiero que se conozca el trabajo que está haciendo la fundación. Y, tal como espero que haya quedado claro, deseo que termines tu trabajo y vuelvas a Nueva York lo antes posible. Esto es pragmatismo, no un plan para torturarnos a los dos. Pero si prefieres volver sola, podemos vernos en mi despacho dentro de unas horas.

—¿Cómo vas a volver?

—Seguro que puedo arreglármelas.

Estoy a punto de decirle que lo haga, pero me muerdo la lengua. Han pasado diez años. Fue mi primer amor, mi único amor, y me destrozó el corazón. Pero ahora soy adulta. Y lo más importante, soy periodista, y me está ofreciendo una oportunidad única para llevar a cabo una entrevista larga y concienzuda.

—Vale —digo antes de cambiar de idea ⁠—. He aparcado en un hueco que he encontrado a una manzana de aquí. ¿Estás listo?

Devlin envía el mensaje de texto y luego me mira a los ojos.

—Vamos —contesta mientras yo espero no haber cometido un grave error.

—¿Has alquilado un coche? — ⁠me pregunta cuando nos detenemos en un paso de peatones.

No puedo evitar sonreír.

—No. He venido con Shelby.

Devlin abre los ojos por la sorpresa. Por un instante, vuelve a ser Alex.

—¿Todavía la tienes?

Me inunda algo parecido a la felicidad como reacción a la alegría que él demuestra. Al fin y al cabo, él me enseñó a conducirla.

A mi padre le encantaban los coches clásicos, y, aunque siempre tenía un par de ellos en distintas etapas de reparación en el garaje, el único que logró restaurar por completo fue un Shelby Cobra azul oscuro de 1965.

Trabajó con mi Shelby durante años, sacando horas de donde podía cuando no estaba en la comisaría. Yo me sentaba a la mesa de trabajo que ocupaba la otra mitad del garaje de dos plazas (el coche que usaba mi padre estaba aparcado en la calle) y hacía los deberes o le daba las piezas que me pedía, de manera que aprendía trucos y consejos para mantener un coche clásico en buenas condiciones.

Cuando lo mataron y me mudé con el tío Peter, me pasé meses sin acordarme de Shelby. No pregunté por ella. Solo tenía trece años y supuse que la habían vendido en la subasta que dio salida a gran parte de los recuerdos de mi infancia.

En aquel momento, no me importó. Estaba consumida por el dolor.

Sin embargo, cuando cumplí los dieciséis, volví a casa después del primer día de clase y me encontré a Shelby en el camino de entrada con un enorme lazo rosa en su curvilíneo capó.

Me eché a llorar. Por la felicidad, por la tristeza, por la angustia. No lo sé. Lo único que identificaba era el torrente de emoción que me abrumaba y que arrastró parte del sentimiento de pérdida al recordarme que, aunque el tío Peter era un tutor casi ausente, en el fondo me quería.

Lo que no hizo fue enseñarme a conducir el regalo aparcado en el camino de entrada. Se fue la noche anterior para ocuparse de sus negocios, así que supuse que uno de sus empleados lo había dejado allí. Como no contaba con la compañía de Brandy ni de Alex, me limité a sentarme en mi regalo mientras fingía que sabía conducir un coche con cambio manual y me imaginaba dando vueltas por la ciudad con un pañuelo en la cabeza, como Grace Kelly en una de las películas antiguas que tanto le gustaban a mi padre.

Sin embargo, pronto me aburrí y acabé saliendo de mi coche nuevo para ir a las pozas de marea. Allí fue donde Alex me encontró y, mientras rememoro el recuerdo, lo miro a la cara, diez años después.

—¿Recuerdas aquel día?

—Por supuesto.

Me acompañó de regreso a casa, y su alegría al ver el coche aparcado en el camino de entrada solo pudo rivalizar con la mía.

—Fuiste su primer conductor después de mi padre —⁠le recuerdo.

Aquella tarde le permití sacarla a dar una vuelta, y su forma de coger las curvas me encantó. Aunque me gustó aún más el sonido del motor y cómo reverberaba en mi cuerpo, algo que alteró mis sentidos hasta el punto de que todavía no entiendo cómo aquella noche me conformé solo con unos cuantos besos robados a pesar de saber que deseábamos devorarnos.

Bueno, sí que lo entiendo. Alex era demasiado caballeroso y yo todavía demasiado tímida e insegura como para presionarlo. Pero ¡joder, cómo lo deseaba!

Al día siguiente después de clase, salimos a conducir y continuamos haciéndolo todos los días hasta que se fue. Me enseñó a llevar un vehículo con cambio manual, y nos turnábamos para atravesar los cañones, disfrutando tanto de la velocidad como de nuestras largas e interminables conversaciones. Durante los fines de semana, buscábamos lugares apartados donde sabíamos que nadie nos encontraría y Shelby era la única testigo de nuestros besos y anhelantes caricias, que nos dejaban con ganas de más.

—Me pregunto si me recordará.

—Estoy segura de que sí. —Sonrío⁠—. Los coches son como los perros. Nunca olvidan a un amigo.

Me mira y sé que es una reacción a la palabra elegida. Me encojo de hombros.

—Siempre puedes enseñarle la mano y dejar que te olfatee antes de un movimiento brusco.

Se detiene en la acera.

—¿Eso es lo que debería haber hecho contigo?

Me meto las manos en los bolsillos de los pantalones, un poco descolocada por el tono ronco de su voz.

—No te odio. O a lo mejor sí. Da igual. Tú sí que pareces odiarme.

Tensa los hombros.

—No es odio.

Espero a que continúe, pero no lo hace.

—Vale. De todos modos, no importa. Ahora somos adultos. Es agua pasada, ¿verdad?

Echo a andar de nuevo.

Devlin me alcanza, pero no alzo la mirada hasta que pasamos al lado de un enorme todoterreno y Shelby aparece ante nuestros ojos. En ese momento lo oigo contener la respiración y, sin pensarlo, le doy la llave.

—Adelante.

Su mirada interrogante me atraviesa, y asiento con la cabeza.

—Te lo mereces. Tú la bautizaste.

Frunce los labios.

—El nombre no es muy original, ¿verdad?

—Quizá no, pero es perfecto.

Estuve ojeando un glosario de diosas mitológicas. Él solo tuvo que mirar a Shelby y supo al instante quién era. Siempre ha tenido ese don. Calar a la gente nada más verla.

Por lo menos le pasó conmigo. Ahora ya no sé.

Una vez me acomodo en el asiento del acompañante, él se pone tras el volante.

—¿Vamos a la fundación? —le pregunto ⁠—. ¿O a tu casa?

—A la de Brandy. Seguro que quieres ponerte manos a la obra. Me pillaré un viaje compartido desde allí.

—Qué tontería. No hace falta que… —⁠Dejo la frase en el aire cuando la realidad se abre paso en mi mente⁠—. Eras tú a quien vi aquella primera noche cerca de casa de Brandy. ¿Cómo sabías dónde me alojaba?

—Sé mucho sobre lo que pasa en Laguna Cortez. Además, ¿dónde más ibas a quedarte? Tu casa está alquilada.

Abro la boca con la intención de preguntarle cómo sabe que sigo siendo la dueña de la casa de mi infancia, pero no puedo hacerlo porque él sigue hablando.

—Y no heredaste la de Peter.

—No, no lo hice.

Frunzo el ceño, y por primera vez entiendo por qué. Peter dispuso que la casa de mi padre se mantuviera en un fideicomiso para mí, y que el dinero del alquiler se usara para pagar la hipoteca y financiar mis estudios universitarios. Sin embargo, dejó todos sus bienes (el dinero, las propiedades e incluso sus objetos personales) a uno de sus primos del que yo nunca había oído hablar.

—Te estaba protegiendo —dice Devlin, que al parecer me acaba de leer el pensamiento⁠—. No te dejó nada en su testamento porque sabía que, si pasabas a ser dueña de algo suyo mientras él le debía dinero a El Lobo, habría sido…

—Peligroso —susurro al tiempo que siento cómo en parte desaparece la opresión que me atenaza el corazón desde hace años. Trago saliva y lo miro⁠—. ¿Siempre lo has sabido?

—No. Cuando regresé, investigué qué vínculos te seguían uniendo a Laguna Cortez. El testamento se verificó legalmente, así que no fue difícil encontrarlo.

—Miraste mis propiedades. ¿Por qué?

Devlin ni se inmuta.

—Estaba evaluando la probabilidad de que regresaras. Pensé que era baja, aun con la casa en alquiler. Al parecer, calculé mal.

—Joder, Alex…

—Devlin.

—Vale. Devlin. ¿Por qué? ¿Por qué es tan importante que no esté en Laguna Cortez?

—Las cosas han cambiado. Tú las complicas. No me gustan las complicaciones.

—Eso no llega ni a categoría de respuesta.

—Es lo mejor que puedo decirte.

Trago saliva.

—En fin, siento entorpecer tu trabajo. —⁠Agito una mano⁠—. ¿Podemos irnos ya?

Sus labios se mueven como si fuera a hablar, pero acaba acercando la llave al contacto.

—¡Espera! —Le cojo la mano y noto cómo me recorre una descarga eléctrica al tocarlo. Lo suelto al instante porque me siento imbécil, además de demasiado colgada de este tío⁠—. Perdona. Acabo de caer… Brandy.

Me mira con gesto impasible, y me pregunto si ha experimentado algo, además del roce de mi mano.

—¿Qué pasa con ella?

—«Ganó» una entrada para la gala.

—Ah, ¿sí? Espero que se lo pasara bien.

Ladeo la cabeza.

—¿Un premio tan cotizado a última hora? Me parece un poco desorganizado para una institución como la Fundación Devlin Saint, que funciona como un reloj.

—Me aseguraré de que mi gente se ocupe de eso.

—Venga ya, Saint. Reconócelo.

Casi se le escapa una sonrisa.

—La policía que llevas dentro acaba de asomar.

En un primer momento, no sé a qué se refiere.

—Devlin, quiero decir. Y tienes razón. —⁠Me crio un policía, fui policía y ahora soy periodista. Sí, uso los apellidos sin pensar⁠—. Estás eludiendo el asunto. ¿Por qué le diste una entrada a Brandy?

Se mueve en su asiento lo justo para mirarme de frente, y, aunque su expresión es serena, me parece atisbar una pizca de tristeza en su rostro.

—Creí que te vendría bien la compañía de una amiga. Por supuesto, eso fue antes de saber que ya tenías acompañante.

—Ah. —Me acomodo en el asiento, más complacida de la cuenta y sin molestarme en corregir la impresión que tiene de Lamar. Ya he pasado por eso⁠—. Ah, vale. Creo que deberíamos irnos.

Arranca a Shelby, pero antes de que pueda salir a la calzada, me vuelvo de nuevo en mi asiento.

—¿Devlin?

Me mira arqueando las cejas.

—Gracias.

Compartimos una sonrisa. Por un momento, por un brevísimo instante, tengo la impresión de que somos Alex y El otra vez.

Aunque estoy más que decidida a no acostumbrarme.

 

La mañana de domingo es preciosa, pero estoy en el interior de la sede de la Fundación Devlin Saint siguiendo a Tamra por la silenciosa estancia que conforma gran parte de la tercera planta. La sala de investigación está llena de mesas largas ocupadas por montones de cajas, hileras de estanterías desde el suelo hasta el techo y un sinfín de armarios archivadores en las paredes, de manera que podría rivalizar con cualquier biblioteca en la que he estado.

Me sorprende ver a alguien en una de las mesas. Un hombre de unos treinta años de cara enjuta, hombros anchos, pelo rubio y sonrisa amistosa. Está rodeado por cajas de archivadores y pilas de carpetas.

—¿Has encontrado algo? —le pregunta Tamra.

—Esto es una mina de oro —contesta él al tiempo que golpea un cuaderno amarillo con la punta del bolígrafo⁠—. Ya he llenado tres de estos.

Miro primero a uno y luego a la otra.

—Lo siento. Creí que la sala estaba cerrada los fines de semana.

Durante el trayecto en coche de ayer, Devlin se ofreció a darme acceso hoy a la sala de investigación. También me ayudó a comprender la misión principal de la fundación de proteger, rescatar y ofrecer terapia a las víctimas, especialmente a los niños.

—Dibujamos un círculo alrededor del sufrimiento de una víctima — ⁠me explicó Devlin al principio de la conversación⁠—. Todo lo que quepa dentro de ese círculo, ya sea terapia o animales de peluche, acceso al teletrabajo, una ayuda económica para cubrir el sueldo perdido, investigación o asistencia con las autoridades…, corre por nuestra cuenta.

Después siguió explicándome cómo la fundación organiza sus recursos e identifica a los beneficiarios.

Me di cuenta de la pasión con la que hablaba de la fundación y de su trabajo y, durante la mayor parte del viaje, me olvidé de nuestro pasado y me dejé llevar por el conocido ritmo de hacer preguntas y oír respuestas, de pedir más detalles y de trabajar en la estructura de mi artículo mientras asimilaba la información.

Entre lo que me contó Devlin, el hecho de haber conocido a Laura y Sue, y los detalles de la operación policial que esperaba obtener de Ronan Thorne, sabía que tendría más que suficiente para dar un enfoque único a la historia de Myers. Así se lo dije a Roger en un mensaje de texto en el que lo puse al día sobre lo que había descubierto en Laguna Cortez hasta el momento.

Se mostró preocupado por mi reacción a la relación de Peter con El Lobo, pero le aseguré que estaba bien. Y ahora lo estoy, aunque sé que puede resultarme más difícil a medida que vaya descubriendo cosas.

Roger también se quedó impresionado con el enfoque que le estoy dando al artículo de Myers, y me dio hasta el domingo por la noche para entregarlo, más que nada porque Ronan tuvo que posponer nuestro encuentro. Me aseguró que le daría un lugar destacado en la página web a finales de semana. Un punto para mí por impresionar al jefe.

Después de la llamada, Devlin me dijo que me daría acceso a la sala de investigación el domingo por la mañana para que trabajara tanto en el artículo de Myers como en el de la fundación. Y lo mejor fue que me prometió disponerlo todo para que Thorne viniera con bastante tiempo como para incluir su entrevista en el artículo.

Sin embargo, no esperaba compañía. Tampoco es que me importe, pero pensaba que tendría el lugar para mí sola y me pregunto dónde voy a entrevistar a Ronan cuando llegue para no molestar a mi vecino.

—La sala de investigación solo se abre los fines de semana con cita — ⁠me explica Tamra⁠—. El señor Saint o yo somos los encargados de programarlas. Este es Christopher Doyle. Señor Doyle, le presento a Ellie Holmes.

El hombre se levanta y se inclina sobre la mesa, con la mano tendida. Acepto el apretón mientras trato de recordar dónde he oído su nombre, pero no me acuerdo y así se lo hago saber.

—No me sorprende. Hasta ahora solo he publicado un libro. Aún no soy muy conocido.

—El señor Doyle está investigando para escribir un libro de suspense —⁠dice Tamra.

—El argumento gira en torno a la reinserción de los miembros de a pie del crimen organizado.

—¿Miembros de a pie?

—Los chicos que trabajan en la calle. Plebeyos. Gente que ha nacido en el entorno o que ha llegado a él por los amigos, da igual. El problema es que ellos sufren las peores repercusiones.

Tiene razón. Los chicos de la calle son a los que normalmente acaba deteniendo la policía.

—¿Y es un libro de suspense? —⁠pregunto.

—Por supuesto. Estos chicos no quieren estar donde están, es como si el ejército los hubiera reclutado. Por eso la reinserción suele ser tan efectiva con ellos. Solo hay que empujarlos hacia el lado bueno, ¿verdad?

Asiento con la cabeza.

—Pero ¿qué pasa si alguno finge? Se ha reinsertado, y lo felicitan por hacerlo, pero es una bomba de relojería —⁠sigue él, que sonríe, emocionado por su idea.

—No está mal —lo admito—. Yo lo leería.

—Bueno, pues ya tengo una venta garantizada — ⁠responde, y los tres nos reímos.

Tamra me acompaña hasta una mesa, y me sumerjo en los archivos tanto de Myers como del material no confidencial sobre los niños a los que ha ayudado la fundación.

También me ofrece archivos con información sobre la red de tráfico de personas de Nevada de la que Devlin y yo hablaremos el lunes. Tengo la intención de revisar esas cajas en cuanto termine el artículo para Roger.

Después le preguntaré a Tamra si la fundación tiene archivos sobre El Lobo.

Estoy metida de lleno en la investigación cuando llega Ronan Thorne, que me sugiere que nos traslademos a la sala de descanso para que podamos tomarnos un café y no molestar a Doyle, que sigue haciendo anotaciones como un loco.

—No formé parte del grupo que asaltó la casa de Myers — ⁠me dice Thorne⁠—. Solo entraron las autoridades policiales. Querían que todo se hiciera de la forma más estricta posible para que no hubiera dudas sobre la cadena de custodia de las pruebas. Pero me quedé fuera por si necesitaban refuerzos, y cuando empezaron a sacar a esos niños… —⁠Deja la frase en el aire, y veo tal sufrimiento en su cara que siento un repentino dolor en el pecho.

—¿Ronan?

—Lo siento —contesta con voz ronca⁠—. Es duro. Cuando hay niños involucrados, me refiero.

—Lo es.

Carraspea, pero no habla. No sé si cree que hemos terminado o si no puede seguir por culpa de la emoción.

Justo cuando llego a la conclusión de que no va a decir nada más, continúa:

—Los niños. Eran como sombras de sí mismos. La fundación ha hecho un trabajo increíble ayudándolos, al igual que las organizaciones a las que apoyamos. Están recuperándose mejor de lo que esperábamos. Todos —⁠añade, y al recordar a Sue asiento con la cabeza⁠—. Pero lo que tuvieron que soportar… —⁠Cierra los ojos por un momento, se recompone y describe lo que vio cuando la policía acabó con el registro. La suciedad. El hedor. Me cuenta más de lo que quiero oír, pero es lo que necesito para que la historia sea lo bastante profunda como para hacer entender lo que de verdad les sucedió⁠—. Si hubiera podido —⁠confiesa al final⁠—, habría estrangulado a ese cabrón con mis propias manos.

Asiento con la cabeza y me estremezco. No porque lo desapruebe, sino porque entiendo lo que siente.

—Gracias —susurro—. Sé que ha sido difícil. A menos que tengas algo que añadir, creo que hemos terminado.

—Una cosa más. Es imposible que entendamos lo que es la tortura a menos que veamos algo semejante con nuestros propios ojos. Por eso espero que los lectores de tu artículo no lo entiendan.

Siento un nudo en la garganta, porque no puedo evitar pensar que con ese «algo semejante» se refiere a algo anterior al registro de la casa de Myers. Algo que es la fuerza impulsora de su empresa de asesoría y seguridad privada.

Por supuesto, no le pregunto nada, pero intentaré averiguarlo por Devlin. No porque sea una entrometida, sino porque, después de esta conversación, me ha acabado gustando este hombre que parece un dios nórdico con el alma herida.

Le doy las gracias de nuevo y nos ponemos de pie. Estamos a punto de salir de la sala de descanso cuando dice:

—Oye, otra cosa.

—Dime. —Saco el bolígrafo del bolsillo, lista para tomar notas.

—Es sobre Saint. Quiero asegurarme de que entiendes que necesita estar concentrado en este momento.

—No comprendo.

Suspira.

—A ver, Ellie. Me caes bien. Pero es mi mejor amigo, y tú eres una distracción.

—¿Cómo?

—Me contó que hace tiempo estuvisteis juntos. Lo que no me dijo fue que, cuando todo acabó, se quedó hecho polvo, pero es evidente. La conclusión es que lo vuestro acabó y que ya lo ha superado. No lo compliques.

Abro la boca para decirle cuatro cosas, pero decido que lo mejor es mantener la cabeza fría, así que contengo la ira. O lo intento. Estoy segura de que mi voz es tan fría como el hielo cuando contesto:

—Escribo un artículo sobre la Fundación Devlin Saint, así que ahora mismo tengo que estar pendiente de él. Si para Saint es una distracción, que me lo diga a la cara. Y créeme, no tengo la menor intención de complicar nada.

—Yo solo he dicho lo que quería decir. Ahora dejemos que las cosas caigan por su propio peso.

Con esas palabras se da media vuelta, sale por la puerta y me deja preguntándome qué narices acaba de pasar.

Y lo más importante: ha logrado que me pregunte si Alex sufrió tanto con su marcha como yo.

Si es el caso, ¿por qué no se deja de tonterías y me dice la verdad?