Flores para Sue
Cap�tulo 24
Capítulo 24
Después de aquella maravilla, se fueron a la ducha donde se metieron juntos…
—Todavía no puedo creerme que haya eyaculado, yo pensaba que lo del punto G era un mito y lo de la eyaculación femenina un invento del cine de adultos —confesó Sue, mientras Bradley le enjabonaba la espalda.
—Pues ya has comprobado que no, y si quieres podemos repetirlo ahora mismo.
Sue se giró y lo miró convencida de que le estaba tomando el pelo, pero Bradley deslizó la esponja hasta su pubis que apretó fuerte hasta hacerla gemir de nuevo.
—¡Dios mío, Bradley vas a matarme de placer!
Bradley sonrió y presionó fuerte la esponja contra la vulva mientras ella se retorcía de gusto.
Luego, introdujo dos dedos en la boca acogedora y cálida de Sue, hasta el fondo, y los metió de nuevo dentro de ella, en su sexo…
Sue gimió al aceptar de nuevo esa invasión, apoyó la cabeza en el hombro fuerte de Bradley y cerró los ojos, mientras el agua caliente de la ducha caía sobre sus cabezas.
Era todo tan excitante, además con el agua la piel estaba mucho más sensible a las caricias, el placer era más intenso, más estremecedor…
Y más cuando Bradley, que le clavaba la durísima erección contra las nalgas, volvió a estimularle el punto G y ella casi se quedó sin aliento.
Porque esta vez, la zona estaba tan sensible, que las caricias se volvieron mucho más electrizantes y el cuerpo entero se le convulsionó de puro placer.
—¿Te gusta, Sue? ¿Sigo?
Sue solo pudo gritar entre lágrimas que sí, que siguiera con aquello que estaba más allá de todo…
Porque llegó un punto en que un placer nuevo, un placer como jamás había conocido, lo invadió todo y se llevó todo por delante, el dolor en los pezones que Bradley no dejaba de castigar, en su vulva que estaba tan sensible, y en su interior tan dilatado por los dedos que no cesaban de hundirse en su interior con una contundencia implacable.
Pero daba lo mismo, porque aunque le dolía, quería más y para su sorpresa cuando Bradley más duro era con sus caricias, más y más le gustaba.
Tanto que llegó un punto en que sintió que ya no había vuelta atrás, el clítoris se endureció otra vez y Bradley entonces lo golpeteó fuerte con el pulgar hasta que ella se corrió de nuevo.
Un orgasmo muy fuerte que Bradley sintió cómo presionaba sus dedos…
—Cómo me gusta sentir cómo orgasmas, preciosa. Es un regalo para mí.
Acto seguido, Bradley sacó los dedos, y un líquido viscoso brotó del sexo de Sue, mientras ella no paraba de gemir.
Pero Bradley no quería que aquello terminara todavía, sentía que todavía podía darle más y comenzó a dar golpecitos con ambas manos sobre la vulva, hasta que Sue se estremeció otra vez.
Luego, le clavó los dedos hasta el fondo, presionó muy fuerte el punto G, y con el pulgar de la otra mano golpeteó el clítoris, hasta que ella sucumbió a un nuevo orgasmo.
Después, él sacó los dedos del interior y al hacerlo Sue se derramó entera, un chorro dulce y delicioso que cayó lento y cadencioso por los muslos blancos.
Exhausta, se abrazó fuerte a Bradley y lloró como una niña dejando que saliera todo lo que tenía dentro.
Y es que había sido todo tan íntimo, tan intenso, tan nuevo para ella que estaba desbordada por todo.
Era como si en ese acto ella se hubiera liberado al fin de todo lo que había reprimido desde siempre y por primera vez se hubiese permitido ser ella, tal y como era.
Y para su felicidad más absoluta, ahí estaba Bradley, abrazándola, queriéndola, apoyándola, y sin juzgarla por ser lo que era.
Ni más ni menos.
Con Bradley no había límites, ni temores, ni prejuicios, ni remilgos…
Con Bradley podía ser quién le diera la gana, sentir, gozar, gemir, disfrutar, gritar…
Y se sentía mejor que nunca…
—¿Estás bien? —le preguntó, después de besarla dulce en la boca.
Sue sonrió y luego respondió convencida:
—Soy feliz, Bradley. Profundamente feliz…
Sue entonces deslizó la mano hasta la durísima erección de Bradley, que apretó fuerte…
—Yo también lo soy, Sue…
Sue sonrió y sin dejar de presionar la dureza preguntó:
—Estás tan duro, ¿podrías otra vez?
Bradley sonrió porque claro que podía y más con ella que le excitaba como ninguna mujer lo había hecho en la vida.
Por eso le dijo con una voz ronca de puro deseo:
—Me muero por hacerte el amor, Sue. Y tengo un condón en la cartera, pero no sé si tú… Hemos trabajado muy duro tu sexo, no sé si te molestará que lo hagamos…
Sue solo sabía una cosa, así que dijo:
—Yo también deseo hacer el amor contigo.
Salieron de la ducha, se secaron con unas toallas blancas que olían a suavizante de fresa, y luego desnudos y de la mano fueron hasta el salón.
La calefacción central del edificio funcionaba muy bien y hacía una temperatura muy agradable, la justa para estar desnudos y besarse a conciencia.
Porque eso fue lo que hicieron besarse hasta que Bradley no pudo más, cogió el preservativo de la cartera y se lo enfundó con cuidado de que no se rompiera.
Después, agarró a Sue por las caderas, la levantó del suelo, ella le rodeó con las piernas y así cargando con ella la empujó contra la pared del fondo.
Sue tragó saliva porque en la vida había hecho nada semejante, estaba tan expectante como fascinada.
Y más cuando después de besarse con voracidad, él colocó el miembro en el sexo de Sue y se deslizó por completo hasta el fondo.
Sue se quedó mirándole con los ojos llenos de lágrimas, la fusión era tan perfecta, la experiencia era tan intensa que apenas podía hablar. Solo sentir, mientras Bradley le decía:
—Te amo, Sue.
Sue cerró los ojos y susurró que ella también, entonces él comenzó a moverse despacio, muy despacio, mientras el interior de Sue cedía poco a poco.
Las penetraciones eran lentas y profundas, Bradley estaba siendo muy cuidoso y Sue lo agradeció porque su cuerpo necesitaba adaptarse a esa
nueva invasión.
Así estuvieron un pequeño rato, hasta que Sue sintió que necesitaba más y se lo pidió…
Bradley entonces respondió incrementando el ritmo y la intensidad y aquello fue la locura.
Fundidos, sudorosos, haciendo el amor de una forma implacable, no dejaron de besarse hasta que Sue le sintió más duro que nunca.
Y gimió, desatada por las intensísimas sensaciones y pegando su espalda mojada contra la fría pared.
Entonces, se miraron a los ojos y Sue le pidió que se lo diera, que vaciara sus ganas por completo, que fuera hasta el final.
Bradley gruñó, la agarró más fuerte de las caderas todavía, la pegó todo lo que pudo contra él, y la penetró más fuerte y más duro que nunca unas cuantas veces más, jadeante y desesperado, muerto de placer, hasta que sucumbió a un orgasmo brutal que le dejó exhausto.
Luego miró a Sue, la besó suave en los labios y susurró aun a riesgo de parecer un loco:
—Eres la mujer de mi vida, Sue. Jamás he tenido una certeza semejante…
OceanofPDF.com