Flores para Sue
Cap�tulo 5
Capítulo 5
Llegó el lunes y Sue se dirigía a Manhattan en el bus exprés de primera hora de la mañana para estar a las siete en punto en la oficina.
Siempre era la primera en llegar…
Claro que ahora que le tocaba ir en bus porque su automóvil se había vuelto a estropear, debía madrugar más todavía.
Lo de su auto era otra ruina, lo último había sido un fallo en el sistema de distribución y la avería era tan cara que casi que le compensaba más comprarse otro de segunda mano, para cuando tuviera dinero.
Entretanto, tenía que ir en el bus, leyendo tranquilamente y sin dejar de pensar en lo pesados que se habían puesto últimamente todos con la cosa de que algún día tendría que formar su propia familia.
Hasta el vecino nuevo…
Ella no tenía prisa ninguna por casarse, ni por tener hijos, todavía tenía 27 años y eso en los tiempos modernos era casi ser una cría.
Vale que su abuela con esa edad ya tenía tres hijos, pero lo dicho… que ahora eran otros tiempos.
Además, por mucho que le dijeran no pensaba a sacarse a William de la cabeza ni del corazón. Más que nada porque era imposible, es que ya no podía... y lo más importante es que tampoco quería.
Así que con esos pensamientos y dispuesta a plantearle a su jefe que le permitiera también trabajar los sábados por la mañana para sacarse así unos ingresos extras con los que afrontar la nueva deuda, llegó a la oficina.
Lo de los sábados era la mejor opción que se le había ocurrido después de considerar miles de ofertas de empleo en las que pagaban bastante poco.
Nada que ver con lo que ganaba con Dunkers y además Sue sabía perfectamente que en el estudio tenían varios proyectos a la vista que exigían mucha dedicación.
Así que tal vez a William le interesara que echara unas cuantas horas más los sábados para asegurar la entrega en plazo.
Rezando para que le dijera que sí, abrió la computadora y comenzó a ponerse con los primeros asuntos del día.
Actualizó la agencia del señor Dunkers, respondió correos electrónicos, envió otros tantos y supervisó el plano de la próxima casa que iban a edificar, para que cuando William llegara a las ocho en punto, como todos los días, lo tuviera todo listo para empezar el día.
Hasta el café Pike Place grande con leche que Sue cada mañana iba a buscar así tronara, nevase o fuera coja por culpa de un esguince, como en su día le pasó.
Bien, pues cuando eran las ocho menos cinco y estaba abriendo la puerta de la oficina para ir a por el café, apareció un mensajero con un ramo de gerberas fucsias:
—Buenos días, traigo un ramo de flores para la señorita Adams. Sue Adams.
Sue se quedó perpleja porque en la vida nadie le había regalado flores y preguntó al chico que venía helado de frío:
—¿Estás seguro de que es para Sue Adams?
—Es lo que pone. ¿Está Sue Adams?
—Soy yo, pero me parece tan raro, que me temo que va a ser un error.
—No lo es. Aquí pone ese nombre y la dirección es correcta, lo que no puedo decirle es quién las envía por deseo expreso del remitente.
Sue sintió un pellizco en el estómago, casi feliz… ¡Tenía un admirador secreto! ¡Madre mía! Ella. ¡Ver para creer!
—Pensaba que estas cosas solo pasaban en las novelas románticas o en las películas —le confesó Sue al mensajero.
—Pues no señorita, se lo digo yo que llevo ya tres años trabajando para la mejor floristería de Manhattan…
Sue se quedó mirando el ramo más anonada todavía y preguntó:
—¿Son de la floristería de tres manzanas más allá? Es carísima. Yo cada vez que paso casi me mareo con los precios.
—Es cara porque tiene las mejores flores del mundo. Y sin duda estaría tres horas hablándole del negocio, pero tengo muchísimos pedidos pendientes. Así que ¿sería tan amable de aceptar el ramo y firmar aquí?
Sue cogió el ramo agradecida y luego firmó la entrega encantada porque aquello era lo máximo.
Era tan bonito recibir flores, se sentía tan especial que hasta lanzó un suspirito.
Luego, se despidió del mensajero y buscó un jarrón que había en la sala de reuniones para poner las flores y dejarlas en su mesa.
Claro que al retirar el papel que las envolvía se percató de que había una nota escrita con una preciosa letra de imprenta en la que ponía: Te admiro mucho, Sue. Que tengas un bonito lunes.
Sue volvió a suspirar como una boba y luego se llevó la nota al pecho porque aquello ya era demasiado.
Su supuesto admirador no solo había acertado con el color de la flor, porque adoraba el fucsia, y las flores, porque le encantaba esa variedad, sino que se había tomado la molestia de dedicarle unas palabras que no podían haberle impactado más.
Y ¿quién podía ser alguien con ese gusto exquisito, sensibilidad, delicadeza, elegancia y estilo?
Ella solo conocía una persona en el mundo que reuniera todas esas bondades y su nombre era William Dunkers.
¡Madre mía!
¿Estaría cambiando su suerte? ¿Por lo que fuera de repente habría empezado a verla de otra forma y pensaba conquistarla a lo clásico?
Sue se puso tan nerviosa que hasta tuvo que lanzar un gritito de lo más estúpido, puesto que apenas podía contenerse.
Luego, dejó las flores perfectamente colocadas en el jarrón y salió a buscar el café de su jefe que cuando regresó ya estaba como siempre sentado en su despacho.
Sue nada más verle sintió que se le iba a salir el corazón. Los ojos le brillaban tanto, estaba tan ilusionada y feliz, que hasta el señor Dunkers se percató de que le pasaba algo:
—Buenos días, señorita Adams, ¿acaso es tu cumpleaños que vienes tan exultante?
Sue se mordió los labios de la vergüenza, ya que la había pillado, pero no es que estuviera exultante, era mucho más que eso: estaba flotando a ochocientos metros por encima del suelo.
—No, no es mi cumpleaños —contestó Sue, con timidez.
Su jefe no sabía su fecha de cumpleaños, ella cambio lo sabía todo él, hasta la marca de bolsos favorita de su madre, a la que siempre le compraba el regalo. Pero qué más daba…
William era un genio y no tenía tiempo para perder con absurdos detalles como la fecha de cumpleaños.
—¿Entonces? ¿Por qué hoy estás tan… radiante?
Sue respiró hondo y respondió sin pensárselo dos veces:
—Es que me han enviado un ramo de flores… —confesó señalando el ramo que, como había dejado la puerta abierta, William podía ver perfectamente sobre la mesa de Sue.
William entonces pensó que qué delicia de mujer y más después del fin de semana de pesadilla que había pasado junto a la petarda de Sheila Fink, una modelo caprichosa y ridícula de la que no quería volver a saber nada en la vida.
La verdad era que no sabía qué hacía perdiendo el tiempo con mujeres como ella, que no le aportaban ya nada, más que un rato de sexo y poco más.
Casi todas eran unas descerebradas con las que no tenía nada en común y que solo se pegaban a él por puro interés.
Porque la verdad era esa…
Sin embargo, Sue era una chica tan pura que todavía se conmovía con un ramito de flores.
Igualito que las otras que solo se ponían al borde de las lágrimas si les ponía un reloj de oro y diamantes en la muñeca.
Sue no se parecía nada a ellas, gracias a Dios, se entendían con solo mirarse, le apasionaba la arquitectura tanto como él, era culta, con una cabeza bien amueblada, refinada, tenía un gusto exquisito, era generosa, esforzada, entregada y bueno… físicamente tampoco estaba nada mal.
No tenía un cuerpazo de modelo, pero…
William entonces se percató de algo… ¿por primera vez estaba viendo a Sue como algo más que su asistente?
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