Flores para Sue

Dina Reed · Capítulo 8 de 33

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Flores para Sue

Cap�tulo 7

Capítulo 7

Sue dudó de si había escuchado bien porque su jefe no podía estar pidiéndole salir un sábado por la noche… Eso era lo que hacía con actrices y modelos, pero jamás por alguien como ella. Por eso, replicó convencida de que no había entendido bien:

—Perdona, es que creo que no he escuchado bien…

William se echó a reír, pues en otro tiempo la inseguridad de esa chica le habría irritado por completo, pero ahora después de conocer a tantísima petarda con ínfulas, le pareció de lo más encantador.

—He hablado claro y alto. Quiero que vengas a cenar conmigo el sábado, si quieres por supuesto.

Sue parpadeó muy deprisa, tragó saliva y dedujo con un hilillo de voz:

—Supongo que para hablar de trabajo…

—Jajajajajajajajaja. Pues no, los fines de semana me gusta relajarme. Me gustaría que nos conociéramos un poco más. Así que si te parece bien reserva, a las nueve de la noche, en ese restaurante romántico francés que está tan de moda.

Sue solo podía pensar en que no podía estar pasándole eso a ella…

¿William Dunkers quería llevarla a cenar al sitio donde normalmente llevaba a sus conquistas despampanantes?

Pero si ella no era nadie, si era una chica del montón, que no tenía nada que ver que esas mujeronas.

¿Le habría cambiado el gusto de repente? ¿Por un milagro de la vida estaba empezándola a ver de otra forma?

Sue tragó saliva, respiró hondo y musitó:

—Me parece bien.

A William le pareció tan tierna la mirada y la voz de esa mujer que parecía una florecilla del bosque que hasta se puso duro.

Increíble pero cierto. Por primera vez, se ponía duro con la buena de Sue Adams…

Tantos años trabajando codo a codo y de repente se encendía la chispa. Y

a saber lo que vendría después, porque a saber qué misterios escondía el cuerpecito de esa mujer que estaba tan nerviosa que había entrelazado los dedos de las manos para que dejaran de una vez de temblar.

—Me alegro de que quieras venir conmigo —habló el jefe.

—Para mí es un honor, señor Dunkers.

—Sé que soy un jefe insufrible, pero creo que soy mucho más y me gustaría que tuvieras la oportunidad de conocerme fuera de la oficina.

—Sé que yo también te saco de tus casillas con algunos aspectos de mi personalidad, pero creo que también podría mostrarte otras partes de mí que podrían ser de tu interés.

William se quedó maravillado al escuchar aquello: así que la dulce Sue también estaba dispuesta a jugar y además fuerte.

—Me encanta escucharte hablar así, Sue Adams. Y ya estoy ansioso porque llegue el sábado y que muestres todo eso que debo conocer.

William habló de una forma tan seductora, su voz resultaba tan sugerente y excitante, que Sue tuvo que retirarle la vista porque ya no podía más y susurró:

—Así será…

—Perfecto. Pues dejemos de una vez la cháchara y vayamos a trabajar que para eso nos pagan…

Sue volvió a su mesa de trabajo feliz como no recordaba en su vida. Y no era para menos. Tenía una cita con el señor Dunkers… Un cita al fin…

Después de tantos años enamorada en silencio, ahora tenía la posibilidad de estar una noche a solas con él, que incluso podía ser el comienzo de algo.

¿Por qué no?

Eran demasiados los indicios, las flores, la invitación, la forma de mirarla que era completamente distinta, su interés en darse a conocer en otras facetas.

¡Madre mía! ¡Tenía una cita con el señor Dunkers! Ella, la asistente, el último mono de ese estudio plagado de arquitectos talentosos, la chica normalita que no tenía nada que ver con las modelos de piernas larguísimas y pechos como balones.

Caray es que le costaba tanto creerlo.

Y así estuvo dándole vueltas y vueltas durante días, exultante de felicidad, hasta que el jueves se encontró en el centro comercial de Cross County a su vecino y se le aguó por completo la fiesta…

—¡Dichosos los ojos, mi vecina la señorita Adams! ¡No puedo ser más afortunado! —exclamó Bradley feliz, nada más verla con la nariz pegada en el escaparate de una tienda de ropa femenina carísima.

—Hola, Bradley. ¿Qué tal todo? —preguntó sonriente.

—Bien, todo bien. ¿De compras?

—No, exactamente. Estoy tomando notas de las cosas que se llevan y luego me pasaré por una tienda de ropa de segunda mano que está a la vuelta de casa a ver si encuentro algo parecido. Es que verás, lo que parecía imposible ha sucedido. ¡Tengo una cita con William Dunkers!

A Bradley toda la alegría que le había entrado al reencontrarse con ella de repente mutó en un enojo que no podía con él.

—Imagino que habrás declinado la invitación.

Sue se echó a reír y respondió con lo que era más que obvio:

—Llevo desde el primer día que pisé esa oficina, estoy deseando tener una cita con él. Como para rechazar su invitación… ¡Ni en sueños. Por supuesto que he aceptado!

—No entiendo nada. ¿No decías que ese tío te ignoraba por completo, que lo vuestro era imposible? ¿Entonces cómo es que ahora quiere ir a cenar contigo?

—Yo sé menos que tú, pero algo ha sucedido que ha cambiado todo. El lunes me envió flores, las primeras que me han regalado en mi vida, y encima acertó con la flor. Una cosa… Y me puso una nota tan bonita…

Bueno, no iba firmada pero yo sé que era suya. Le debe gustar jugar al admirador secreto y luego tuvo la gentileza de ofrecerme que me encargue de un proyecto que tenemos en Rochester en mis ratos libros y me lo va a pagar muy bien.

Bradley arqueó una ceja y no creyendo para nada en la bondad de ese tío tan cerdo preguntó:

—¿Ratos libres? Sue por favor si trabajas como una esclava…

—Ha sido tan gentil conmigo que me ha enviado una computadora vieja de los arquitectos que va como un tiro para que trabaje en casa. Ya no tengo que ir los sábados a la oficina y así además podré sacar ratitos por la noche y trabajar también duro los domingos.

—¿Y cuánto te paga por explotarte más todavía? —Mira que Bradley intentó reprimirse pero es que no pudo evitar preguntarlo, puesto que si había alguien en el mundo de quien no se fiaba era de William Dunkers.

—Dos mil extras a la entrega del proyecto.

—¿Y cuánto paga a un arquitecto por ese mismo trabajo?

Sue sabía por sus compañeros lo que pagaba su jefe por ese trabajo, entre otras cosas porque estaba rodeada de tíos muy vanidosos a los que les

gustaba jactarse de lo mucho que ganaban junto a la máquina del café.

—Pues bastante más…

—¿Cuánto más? —preguntó Bradley apretando fuerte los puños y con una cara de cabreo que no podía con ella.

—¿Se puede saber por qué te preocupa tanto lo que gane?

—Porque detesto a los tipos como él. No me gusta la gente que abusa de la generosidad de las buenas personas.

—A los arquitectos les paga unas diez veces más, pero yo no soy más que una simple asistente.

—Eres tan buena arquitecta como ellos, y lo sabes… Si no, no te encargaría el proyecto Y .te recuerdo que si eres asistente es porque él abusa de ti cuanto quiere.

—No soy tan buena. Y de verdad que no conoces a William, es una buena persona a la que debo muchísimo. Me da adelantos cuando los pido, facilitó que el banco me concediera un crédito a un interés casi ridículo y bueno ahora me está echando este cable. ¡Mi gratitud hacia él es total!

Bradley, loco porque esa chica abriera los ojos de una vez, solo pudo farfullar:

—¡Por Dios, Sue, espabila ¡Ese tío no te conviene para nada!

A lo que Sue repuso bromeando:

—No claro, me convienes mucho más tú.

Y entonces Bradley se puso muy serio y afirmó:

—Pues sí, muchísimo más.

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