Flores para Sue
Cap�tulo 6
Capítulo 6
William sonrió porque aquello hasta podía ser divertido, Sue Adams, quién iba a decirlo.
Y eso que también tenía un carácter que le desquiciaba por completo, porque esa chica era demasiado… complaciente.
A veces su laxitud le ponía de los nervios, esa capacidad suya de adaptarse a todo, de hacer esfuerzos y sacrificios hasta extremos que rozaban ya la estupidez.
Siempre era la primera que pringaba para todo, siempre era la que estaba dispuesta a hacer la renuncia… Siempre era la primera que se apuntaba a las horas de trabajo extra, era la primera en llegar y la última en irse, era la que siempre se quedaba sin vacaciones...
Y como Sue estaba siempre ahí, para bregar con todo, como si aquello le gustara, la verdad era que nadie acababa valorando lo que hacía.
Y así no se hacía en absoluto respetar. Porque si ella no se daba su sitio, los demás no se lo iban a dar en la vida. Y más en la selva de la empresa, donde solo habitaban tiburones dispuestos a zamparse a tiernos pececillos como Sue.
Pero bueno, a él le convenía tener una asistente así, desde luego que jamás iba a encontrar a nadie como ella. Aunque muchas veces le desquiciara que fuera tan servicial, tan dócil, tan bienmandada y tan obediente…
Y es que a William le sacaban de quicio las mujeres así, él prefería a tías con fuerte carácter, con genio, que tuvieran las agallas de hacerle frente, si
bien en honor a la verdad tenía que reconocer que todas las mujeres así le habían salido rana.
Más que nada porque todas esas actrices y modelos llenas de ambición y de carácter, y unas malas pulgas de mil demonios, al final habían resultado una pandilla de interesadas arribistas que apenas tenían nada que aportarle más que disgustos.
Eran posesivas, vanidosas, exigentes, conflictivas… Nada que ver con Sue Adams.
Sin duda, ella como pareja tenía que ser una auténtica delicia, un bálsamo de paz y de dulzura en el que solazarse un guerrero como él.
¿Cómo no se habría dado cuenta antes del paraíso que tenía al alcance de la mano?
Y eso que su madre se lo decía siempre: “Cuida a Sue, que es lo único bueno que tienes”.
Y él se reía a carcajadas, porque la atolondrada Sue, la buena y dulce, la trabajadora hormiguita infatigable, era eso… una empleada más que jamás llegaría más lejos en la vida.
Y eso que como arquitecta era buena, tenía talento y olfato, pero le faltaba la mala leche que se necesitaba para triunfar en un mundo tan competitivo como el suyo.
Sue era un pan de Dios, una criatura casi celestial que solo valía para obedecer, servir y complacer.
Y él casi que a ratos la despreciaba por eso, no obstante esa mañana y después de tantas experiencias amargas con señoritas de lo más desagradables, empezó a verla con otros ojos.
Por eso sonrió ampliamente y, sin dejar de mirarla, dijo:
—Me alegro de que estés tan feliz, Sue.
Sue sonrió de oreja a oreja porque William parecía terriblemente sincero, se alegraba de su felicidad. Tal vez por eso aprovechó para plantearle el asunto que le quemaba ya en la lengua.
—Sí, bueno, estoy feliz… Aunque, verás, tengo otra vez problemitas económicos en casa.
William pensó que ese era otro clásico en la vida de esa pobre chica: la patética gestión que hacía su familia de la economía doméstica. Y como siempre, todo le caía ella, que sin rechistar se lo echaba todo a la espalda.
William resopló, agarró su magnífica pluma que debía valer una fortuna y le pidió:
—Tú dirás. Soy todo oídos.
Sue sintiéndose bastante avergonzada porque no le gustaba para nada pedir más favores al señor Dunkers que tan bien se había portado con ella, contó:
—Verás, ya sabes que mis padres se divorciaron, pues bien como él se ha declarado insolvente y el negocio estaba a nombre de los dos, estamos acribilladas a deudas. Mi madre sigue sin empleo, mi hermana trabaja en una hamburguesería, en fin… que soy yo la que debo hacer frente a una nueva deuda que ha llegado de diez mil dólares.
William se revolvió en su asiento de piel blanca y replicó sin entender cómo esa chica no estallaba de una vez:
—Ya sabes que no tengo inconveniente en darte adelantos, que te conseguí un crédito a un interés muy bajo y que estoy dispuesto a hacer lo que me pides para ayudarte. Sin embargo, déjame que te diga que no debes pasarte la vida sacándole las castañas de fuego a todo el mundo.
—A todo el mundo, no. Es mi madre, es mi familia y mi deber es hacerlo.
—Está bien, sí, la familia es la familia. Pero tu madre debería espabilar y ponerse en serio a buscar trabajo.
A Sue no le gustó para nada que su jefe opinara así de su madre:
—Te equivocas, mi madre busca trabajo hasta debajo de las piedras. Pero es que dejó sus estudios colgados, luego nos cuidó a nosotras y solo tiene experiencia de vendedora en una tienda de artículos de regalo.
—Es decir que es una auténtica calamidad.
A Sue volvieron a ofenderle esas palabras tan duras de su jefe, pero William Dunkers era así. Duro, implacable, exigente y sin un solo pelo en la lengua… Tal vez por eso estaba donde estaba y era un auténtico triunfador, pensó Sue. Y luego precisó:
—Solo ha tomado unas cuantas decisiones equivocadas, pero sé que pronto va a encontrar un empleo. Mientras tanto, había pensado en que yo podía trabajar también los sábados sacando el muchísimo trabajo que hay pendiente en el estudio.
William se llevó el dedo índice a los labios que acarició de una forma tan sexy que Sue creyó que se le iba a parar el corazón.
No se podía ser más varonil ni más atractivo, pensó, mientras deseaba que ese dedo fuera su lengua…
Oh sí. Deseaba tanto besar a ese hombre, sentir su piel ardiendo sobre la suya, que se hundiera hasta el fondo dentro de ella, sin ninguna contemplación, duro y fuerte, tal y como él era.
Madre mía, pensó Sue, tragando saliva, y decidió que lo mejor era dejar de fantasear con William porque iba acabar orgasmando ahí mismo.
Y mientras ella estaba excitadísima, su jefe pensaba que iban fatal de tiempo con el residencial de Rochester y que no le vendría nada mal que Sue le diera un empujón.
Ella trabajaba como el mejor arquitecto de su equipo y encima podía pagarle mucho menos. Así que sonrió de oreja y le dijo:
—Se me ocurre que de momento podrías ponerte a agilizar el proyecto del residencial de Rochester. Tendrás que darle duro y echarle bastantes horas… No solo los sábados… Así que lo mejor será que trabajes en casa cuanto puedas, mañana mismo te enviaré uno de los computadores del equipo de arquitectos que se ha quedado un poco viejo, pero que va de maravilla. Con él podrás tirar de sobra para sacar adelante el trabajo. Y te pagaré bien, dos mil dólares extras en cuanto me lo entregues. ¿Qué te parece? Creo que las dos partes salimos ganando… —habló haciéndose el jefe enrollado y buena onda que obviamente no era.
Y es que lo cierto era que por el mismo trabajo pagaba a sus empleados diez o doce veces más. Pero si Sue no sabía pelear por lo que merecía, él tampoco iba a enseñarle.
No estaban ahí para eso, él se limitaba a pedir y si ella se lo daba, poco más podía hacer.
Y a Sue no solo le pareció estupenda la oferta de su jefe, sino que se emocionó de tal forma que se le llenaron los ojos de lágrimas:
—Me parece que eres demasiado bueno conmigo, William. Infinitas gracias por todo lo que estás haciendo por mi familia y por mí. Y te garantizo que voy a darlo todo para que tengas ese proyecto lo antes posible. Aunque me tenga que quedar sin dormir el tiempo que haga falta…
Y tras decir eso, William pensó que por esas cosas eran por las que Sue le parecía una dramática patética, pero bueno nadie era perfecto:
—Duerme que te necesito en la empresa en perfectas facultades y aquí sabes que se trabaja muy duro. Quítate el tiempo de tus horas de ocio…
Nada de lectura de esos libros románticos, ni de series, ni de paseítos por el parque… Aunque bueno —y entonces, a William se le ocurrió algo que tal vez tenía que haberle pedido a la buena de Sue hacía mucho tiempo antes y
lo lanzó así, de golpe—: lo que sí que me gustaría es que sacaras tiempo el sábado para cenar conmigo…
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