Flores para Sue
Cap�tulo 31
Capítulo 31
Sue entonces se percató de que a Bradley se le estaba hinchando un poco la mano por el golpe que le había propinado a ese impresentable, y fue a por hielos, los envolvió en una toalla y tras aplicárselo para que bajara la inflamación, él contó:
—Fue en la época en la que mi padre le encargó el proyecto de la casa de Los Hamptons. William se encaprichó de Diana, de mi novia de entonces, y no paró hasta que ella cayó rendida a sus supuestos encantos.
Sue se quedó atónita porque para nada esperaba escuchar algo semejante.
—Lo siento mucho, Bradley.
Los dos se sentaron en un precioso sofá de piel de cinco plazas que había en el despacho y Bradley siguió contando:
—Diana era muy joven y quedó deslumbrada por el arquitecto de éxito.
A mí me dolió muchísimo porque era mi primer amor, la amaba de una forma tan pura, tan de verdad…
—Tan tú —le interrumpió Sue con una cara de enamorada tremenda.
—Sí, pero jamás he estado enamorado de nadie como lo estoy de ti, Sue.
Lo nuestro no tiene parangón con nada…
—Te entiendo porque me pasa lo mismo.
Bradley respiró hondo, la besó y luego dijo:
—Somos muy afortunados. El caso es que déjame que termine la historia, Diana me dejó y empezó a salir con él. Si bien, la cosa no duró demasiado.
Desde el primer día de relación, William empezó a mostrar su verdadera cara y ella horrorizada regresó para pedirme perdón. Me contó cosas
feísimas de ese tío, que no paraba de humillarla y de despreciarla, pero lo peor llegó cuando al poco se quedó embarazada y le obligó a que abortara.
Sue se quedó mirándole perpleja porque lo de ese hombre ya no podía ser peor:
—¿Cómo puede haber gente tan miserable como él?
—Diana quería tenerlo, pero llegados a ese punto ya no quería saber nada de William. Es más, me aseguró que estaba muy arrepentida y que seguía amándome… Yo también la quería, la quería tanto que decidí volver y estar junto a ella durante el embarazo. Pero tristemente perdió a su bebé, fue un aborto natural… La apoyé en todo lo que pude, pero la relación poco a poco se fue desgastando. Empezamos muy críos y fuimos evolucionando en distintas direcciones, al final decidimos que lo mejor era separarnos. Ella se marchó a Europa a estudiar y en Roma conoció a un italiano con el que se ha casado y tiene ya dos hijos.
Sue con los ojos llenos de lágrimas, musitó muy emocionada:
—Conocía tu capacidad de amar, pero es mayor todavía de lo que pensaba. Después de todo lo que pasó no solo la perdonaste, sino que estuviste ahí, a su lado, a pesar de todo…
—No podía dejarla, Diana solo tenía una hermana en Australia, además… Estaba sola. Y yo seguía queriéndola… En fin... Esta es la historia, y quién me iba a hacer que años después iba volver a vérmelas con ese canalla.
—Ahora lo entiendo todo, por qué hablabas así de él… Madre mía, Bradley, siento tanto todo… Te prometo que aún hoy me pregunto cómo pude enamorarme de él.
—Es un narcisista perverso, puede engañar a cualquiera. Es un embaucador que sabe perfectamente cómo manipular a los demás para
conseguir lo que quiere. Y tiene tan perfeccionada su técnica que es imposible no caer no en su trampa.
Sue se frotó la cara con las manos y respiró aliviada de estar ya tan lejos de él:
—Menos mal que William Dunkers ya está fuera de mi vida. Y que soy tan feliz aquí, en mi estudio y sobre todo contigo.
Bradley apartó la toalla mojada a un lado, la cogió de la mano y algo nervioso confesó:
—Precisamente por eso había venido a verte tan pronto, y cómo me alegro de haberlo hecho.
Sue pestañeó deprisa y preguntó porque no entendía exactamente qué quería decir:
—¿Cómo dices?
—Sí, que me he plantado aquí a estas horas y con las flores porque como siento la misma felicidad que tú y quiero que sea para siempre… —Bradley entonces sacó una cajita de Cartier del bolsillo de su pantalón, clavó una rodilla en el suelo y así le pidió con el corazón latiéndole con muchísima fuerza y más nervioso y emocionado que nunca—: …me encantaría que te casaras conmigo. Si es que quieres, por supuesto…
Bradley abrió la cajita y apareció un anillo de oro blanco y diamantes en forma de flor que dejó a Sue boquiabierta:
—¿Es un anillo de compromiso? —masculló muy nerviosa, porque para nada esperaba aquello.
Bradley muy ansioso y temeroso de haberse equivocado en todo, con el momento, con el anillo, con la proposición, respondió:
—Si no te gusta, se puede cambiar. Y si no quieres que nos casemos ahora, pues podemos…
Sue le miró tan ilusionada y feliz que le mandó callar, llevándose el dedo índice a la boca y luego le tendió la mano asegurando con los ojos llenos de lágrimas:
—¡Es tan bello, pónmelo por favor!
Bradley cogió el anillo y, todavía sin creerlo, preguntó:
—¿Esto significa que te quieres casar conmigo?
Sue le agarró por el cuello, le dio un besazo espectacular en la boca y con dos lágrimas recorriéndole el rostro, exclamó:
—Sí, Bradley Newman, quiero casarme contigo.
Bradley muy emocionado le colocó el anillo y luego la besó en la boca con todo el amor que tenía en su corazón, y que era infinito.
—Te amo, Sue. Te amo…
—Y yo a ti, mi amor.
Bradley se sentó al lado de Sue otra vez, retiró con los dedos de la mano las lágrimas de Sue y luego le confesó feliz como nunca en su vida:
—Encargué el anillo hace un par de semanas y me comunicaron que estaría hoy a primera hora. He ido a por él y como siempre, con mi maldita impulsividad, me ha faltado tiempo para venir a verte, porque me quemaba ya en el bolsillo.
—De maldita, nada… Porque has llegado en el momento justo y no solo hemos espantado para siempre a ese malnacido, sino que me has hecho la mujer más feliz del mundo.
Bradley se mordió los labios y preguntó loco por escucharlo una vez más:
—¿De verdad?
Sue asintió con una sonrisa enorme y respondió sin dudar:
—Lo soy, como jamás ni siquiera soñé que lo sería.
Bradley respiró, profundo y feliz, y la abrazó con fuerza:
—Mi Sue, mi dulce Sue…
—Y todo empezó con unas flores que ni siquiera sabía que me las enviabas tú.
—Bueno, realmente todo empezó con un huevo frito… —le recordó él, risueño.
Luego los dos se echaron a reír y se abrazaron con ganas de todo.
—¿Nunca voy a dejar de desearte, Bradley Newman? —le preguntó ella mientras colaba las manos por debajo del jersey de cachemir.
—Yo me entreno duro todos los días, y no pienso dejar de hacerlo ni cuando me jubile. Ya es un hábito, así que imagino que tendrás un marido en buena forma hasta por lo menos los ciento y pico años… —bromeó divertido.
—Me gustas demasiado… —susurró ella, mordiéndole el cuello y acariciándole con ambas manos los pectorales tan duros.
Bradley negó con la cabeza y replicó con unas ganas infinitas de hacerle el amor:
—Nunca es demasiado, mi amor…
Sue le besó en la boca apasionada, un beso muy húmedo y muy intenso, y él con su impulsividad habitual, comenzó a desabrocharle los botones de la camisa, pero al tercero ansioso ya por dárselo todo la terminó rompiendo de un par de tirones:
—Te compraré otra… Ya sabes cómo soy…
Sue se echó a reír, a carcajadas, y replicó mirándole con el mismo amor con que él la miraba:
—Me encanta cómo eres, Bradley. Me encanta…
Bradley se quitó el jersey de un tirón, la abrazó con fuerza, sintiéndose bien la piel, se besaron como locos y luego se amaron como nunca, aquella mañana tan especial, que jamás olvidarían en la vida…
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