Flores para Sue
Cap�tulo 2
Capítulo 2
Con una ansiedad tremenda y sin parar de toser, Sue abrió a la puerta y se encontró a un joven que parecía sacado de un calendario de tíos buenos.
Camiseta blanca a punto de reventar por culpa de unos pectorales de infarto, jeans marcando un bulto importante, alto, guapo, pelo castaño, ojazos verdes, dentadura perfecta… y lo mejor dada la coyuntura: con un extintor en la mano.
—¡Alabado sea el cielo! ¡Gracias por llamar a mi puerta! —exclamó Sue.
El joven gruñó, la apartó a un lado con muy malos modos y corrió hasta la cocina, mientras exigía a gritos a Sue que se quedara en el salón:
—¡Ni se te ocurra pasar a la cocina, que ya la has liado bastante por hoy!
Sue no le hizo caso, y se quedó bajo el umbral de la puerta, mientras ese tío se empleaba a fondo para apagar el fuego que ya trepaba también por una de las estanterías blancas.
—Es que ha sido de repente, me he dado la vuelta para dejar el teléfono en la mesa y… —se excusó Sue, y él al percatarse de su presencia: la fulminó con la mirada.
—¿No te he dicho que te quedaras en el salón?
—No puedo quedarme de brazos cruzados, mientras te estás jugando la vida por mí.
El joven no replicó nada, hasta que terminó de sofocar el maldito incendio y luego con una cara de enojo tremenda, le advirtió:
—Espero que sea la última vez. ¿Estamos? Jamás vuelvas a ponerte a parlotear con el novio mientras estás friendo algo. ¡Nunca hay que dar la
espalda a un fuego!
Sue tenía unas ganas tremendas de llorar, es más la forma en la que ese tío le estaba hablando, le estaba haciendo sentir como si fuera una imbécil integral.
—Te repito que solo han sido unos instantes…
—El tiempo suficiente para que hubiera sucedido una desgracia, si no llego a verlo todo desde mi ventana.
Sue arrugó el ceño y preguntó sin entender nada, porque no había visto a ese tío en su vida:
—¿Tu ventana?
Y es que la ventana de la cocina de Sue daba a un patio oscuro y pequeño, así que ese tío solo podía ser un vecino.
El joven dejó el extintor en el suelo y le tendió la mano para presentarse:
—Soy Bradley Newman, tu nuevo vecino de enfrente. Apenas llevo una semana en el edificio y soy bombero. Has tenido suerte.
Bradley entonces sonrió, con una sonrisa preciosa y Sue, aunque seguía muy nerviosa, se relajó un poco:
—Soy Sue Adams y de verdad que lamento que nos hayamos conocido de esta forma.
Sue apretó la mano, grande y fuerte, de ese hombre sudoroso por el esfuerzo de apagar las llamas y sintió cómo un latigazo la recorría por completo.
Un latigazo incomprensible, que Sue achacó al estrés de la situación…
Lo que ella no podía imaginar era que Bradley había sentido algo parecido al apretar la mano suave y delicada de esa pelirroja menuda, de preciosos ojos vivos y boca jugosa, que había estado a punto de liarla bien gorda en el bloque.
—Lo importante es que estás bien… —dijo Bradley con el corazón rugiéndole con fuerza.
—Muchas gracias por venir. Si no llegas a aparecer, se me habría quemado la casa entera.
—Para eso estamos. Estaba preparándome el desayuno y me he percatado del destello de las llamas…
Mintió. Mintió porque antes de las llamas llevaba mirando un buen rato a su vecina pelirroja a la que había fichado desde el primer día que había llegado al edificio.
Pero no se lo dijo para no parecer un pervertido o algo peor…
—¡Menos mal! —exclamó Sue—. Yo es que no conozco mucho a los vecinos… Solo a la señora Sánchez, la mexicana del tercero, la verdad es que paro poco en casa, me paso el día trabajando en Manhattan y los fines de semana suelo ir a casa de mi madre, con la que hablaba cuando sucedió todo —precisó.
A Bradley se iluminó la mirada porque eso solo podía significar que:
—Entonces ¿no hay novio? —Y al darse cuenta de que su comentario no procedía en absoluto, enseguida puntualizó—: Bueno, quiero decir que me disculpes por mi comentario de antes…
—En cuanto a lo del novio, no tengo. Y respecto a tus disculpas, de verdad que no hacen falta. Tienes razón. No tenía que haber quitado la vista del fuego, no tenía que haberme puesto a cocinar hasta terminar la llamada.
Pero es que tenía hambre, la ansiedad me da hambre y la llamada de mi madre me agobió bastante.
Sue se mordió los labios porque sintió que estaba hablando más de la cuenta con ese tío al que no le importaban nada sus problemas.
Lo que Sue no sabía es que Bradley no tenía ninguna gana de salir de la casa de su vecina, de la que quería saberlo todo.
Y no es que él fuera un cotilla, es que esa chica le despertaba curiosidad.
Curiosidad y mil cosas más, porque tenía algo que le hacía sumamente sexy…
No sabía si era su pelo, a él le encantaban las pelirrojas, con esas ondas rebeldes, o la boca jugosa, o esa mirada de chica buena pero a la vez con un punto de locura, de arrojo, de valentía, de agallas.
O tal vez era su cuerpo menudo, pero con las curvas suficientes como para soñar y bien largo…
O el cuello… Tenía un cuello largo precioso…
O tal vez era esa forma de morderse los labios, tan tierna y sensual a la vez.
No sabía, y por esa razón quería precisamente saberlo todo:
—Espero que esté todo bien en casa… —aseguró Bradley, invitándola a que se desahogara.
—Pues no es que estén demasiado bien, pero todo se arreglará con trabajo duro. Se trata de deudas. Mis padres se han divorciado hace poco y él nos ha dejado con unas cuantas facturas por pagar.
Sue hablaba con tanta determinación y fuerza que Bradley estaba seguro de que esa chica podría hacer frente a todo obstáculo que se le pusiera por delante. Y le gustó.
—De verdad que lo lamento. Pero seguro que todo saldrá bien —opinó él.
—Sí. Pienso lo mismo. Ya veré cómo lo hago para conseguir ese dinero… Haré más horas extras… Aunque a este paso voy a tener que mudarme a la oficina.
Bradley sonrió, pero Sue para nada estaba bromeando porque ya estaba haciendo las doce horas de trabajo diario.
—Espero que no —musitó Bradley y no fuera a ser que la chica se tomara de forma extraña su comentario, añadió—: Quiero decir que en la vida también necesitamos descansar y divertirnos.
—Yo no sé lo que es eso. Jamás me he tomado vacaciones… —confesó Sue encogiéndose de hombros.
Y a Bradley le dio tanta pena que esa chica tuviera esa carga tan grande encima que no podía ni tomarse unos días libres, que le salió sin más ofrecerse para:
—Mira, ya sé que nos acabamos de conocer, pero tengo algo de ahorros.
Si quieres, podría…
Sue puso los ojos como platos porque para nada esperaba que su vecino tuviera ese arranque de generosidad. Aunque bien pensado, tampoco era tan extraño si no se lo había pensado dos veces para salvarla del apuro en el que estaba.
Con todo, replicó agradecida:
—Ya has hecho demasiado por mí. ¡Has sido mi salvador! De las deudas ya me encargo yo. Me gusta mi trabajo, me gusta trabajar duro, no pasa nada por esforzarme un poco más.
Si algo tuvo claro Bradley en ese instante, fue que a medida que pasaba más tiempo con esa chica, le gustaba más y más. Por eso, y porque para nada quería volver de nuevo a su departamento, le preguntó:
—¿Tú no tenías mucha hambre? Si quieres hazte ese dichoso huevo, que yo me quedo aquí vigilando por lo que pueda pasar…
Sue se echó a reír, se fue derechita al frigorífico y preguntó a su vecino con el que se estaba sintiendo muy a gusto:
—Tú también te has quedado con el desayuno a medias, si quieres preparamos algo para los dos.
A Bradley se le iluminó más todavía la mirada y solo pudo replicar:
—Por supuesto que quiero…
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