Flores para Sue

Dina Reed · Capítulo 4 de 33

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Flores para Sue

Cap�tulo 3

Capítulo 3

Después de tomarse un desayuno con huevos, beicon y tostadas, siguieron charlando animadamente, además Bradley quería aclararle a Sue un punto que le tenía bastante preocupado:

—Me gustaría pedirte disculpas por mis malas formas cuando entré a apagar el fuego.

Sue dio un manotazo al aire y replicó convencida:

—Era una situación de emergencia: tampoco ibas a entrar con unos modales exquisitos como si fueras a la casa del embajador.

Bradley negó con la cabeza, se puso muy serio y luego le explicó:

—Créeme que no me he comportado bien, pero es que contigo no sé qué me ha pasado que se me ha removido algo que creía que tenía muy controlado.

Sue le miró emocionada, porque Bradley parecía muy conmovido y le dijo:

—De verdad que lo siento. Y desde luego que por mí no te preocupes…

Estaba tan angustiada que he visto el cielo abierto en cuanto has aparecido, lo de tus supuestos malos modales: es que ni me he dado cuenta.

Bradley respiró hondo y decidió sincerarse con esa chica a la que no conocía de nada, pero con la que se sentía tan a gusto como si fuera una amiga de toda la vida.

—Verás, mi madre murió en un incendio —confesó Bradley con el corazón encogido.

Sue tragó saliva, se llevó la mano a la boca de la impresión y solo pudo musitar:

—Lo lamento de verás, Bradley.

—Yo apenas tenía 7 años, estábamos en la casa de la playa y mi madre estaba sola. Decidió prepararnos algo de comida, pero se despistó y salió ardiendo la casa entera.

A Sue se le llenaron los ojos de lágrimas y farfulló:

—¡Dios mío!

—Todo sucedió muy deprisa, la casa de la playa estaba en mitad de una isla, mamá llamó a los servicios de emergencias y luego a nosotros que estábamos bañándonos en el mar. Imagina el horror cuando mi padre vio esa llamada perdida y acto seguido recibió la del jefe de servicio de bomberos comunicándole que mi madre había fallecido. Ese día todos nos morimos un poco y yo me juré a mí mismo que sería bombero para espanto de mi padre…

Sue resopló y luego comentó porque lo entendía perfectamente:

—Comprendo que quisieras dedicarte a apagar fuegos y desde luego que también comprendo a tu padre.

—Mi padre es Richard Newman, el inversionista y empresario, no sé si te suena su nombre.

Sue puso una cara de pasmo total, porque precisamente días antes había estado leyendo un artículo sobre él en la revista Forbes.

—Por supuesto que me suena. Tú padre es uno de los grandes empresarios del país, le admiro muchísimo. Pero lo que me alucina es que el hijo de Richard Newman esté viviendo en Yonkers, en un edificio de departamentos pequeños y sencillos.

—Vivo solo. No necesito más. Y trabajo de Jefe de Bomberos en Yonkers. ¿Qué sentido tiene que viva en mi apartamento de Manhattan?

Sue sonrió porque eso sí que le encajaba más:

—O sea que tienes un apartamento de lujo en Manhattan.

—Regaló de papá. No pude negarme a aceptarlo después del disgusto que le di al hacerme bombero. Siempre pensó que se me pasaría y que trabajaría en la empresa familiar con mi hermano George, si bien siempre tuve claro que ese no era mi camino. Estudié Arquitectura, me especialicé en protección contra incendios y aquí estoy.

Sue se revolvió en la silla y comentó encantada:

—Yo también estudié arquitectura, trabajo en el estudio de William Dunkers.

Al escuchar ese nombre, Bradley se revolvió entero, si bien intentó disimular la repugnancia que le provocaba ese tío:

—¡No puedo creerlo! Dunkers diseñó la casa de Los Hamptons de mi padre, fue uno de sus primeros trabajos. Debe tener unos treinta y tantos años…

—Tiene 36 años y para mí es un honor trabajar con él —informó ella con orgullo.

Y a Bradley le dio una pena infinita que esa chica admirara tanto a ese hombre que era el ser más despreciable que había conocido en su vida. Pero no dijo nada, prefirió callar y hacer todo lo posible para no mostrar lo que estaba sintiendo al recordar lo que sabía de ese canalla.

—Claro, es uno de nuestros grandes arquitectos —disimuló—. Pero háblame de ti… ¿Qué haces exactamente en el estudio? Imagino que diseñarás edificios elegantes y fabulosos.

Sue negó con la cabeza y explicó con más orgullo aún, porque para ella no había nada mejor que trabajar codo a codo junto a ese genio:

—En cuanto salí de la carrera, él me contrató para formar parte del equipo de arquitectos. Sin embargo, al poco su asistente personal se jubiló y

me pidió que ocupara su puesto.

A Bradley no le sorprendió en absoluto, porque se esperaba cualquier cosa de ese sinvergüenza, pero con todo disimuló otra vez y preguntó:

—¿Y cómo es que aceptaste cambiar tu puesto de arquitecta por el de secretaria? Perdona es que no lo entiendo…

Y Sue, como se sentía tan a gusto en la cocina de su casa, hablando con su vecino mientras fuera seguía nevando copiosamente, decidió responder con la verdad y solo con la verdad:

—Fue por amor.

A Bradley aquello le sentó como una patada en sus partes, ¿esa chica había pronunciado la palabra amor?

—¿Cómo que amor? ¿No me has dicho que no tienes novio?

—Lo mío con mi jefe fue un flechazo, un amor a primera vista. Me idioticé nada más verle… Así que me tomé su propuesta como la oportunidad perfecta para pasar más tiempo con él. Además soy mucho más que una simple secretaria, no solo le llevo la agenda, también colaboro con él en los proyectos, tanto en las fases de diseño como en las de ejecución.

De hecho, los planos de su último proyecto, la casa de una cantante muy famosa, los he diseñado yo.

Bradley tras escuchar aquello, se sintió mal, incomprensiblemente mal; pues después de todo esa chica tenía derecho a enamorarse de quien le diera la gana.

No obstante, de un impresentable como William Dunkers de verdad que le dolía en el alma. Aparte de que se estaba aprovechando vilmente de ella, como podía deducirse del relato que acababa de hacer Sue:

—Pero los proyectos los firma él… Imagino que tú no apareces por ninguna parte —dedujo Bradley.

—Los firma el estudio. Trabajamos en equipo. El ego nos lo dejamos colgado en el perchero cada mañana. Esa es una de las primeras cosas que aprendí de William Dunkers…

Y ahí ya sí que Bradley no pudo contenerse más y soltó:

—No será de su ejemplo, porque jamás he conocido a un tipo con tanto ego.

—No creo que le conozcas demasiado, porque no harías ese comentario.

William para ser alguien tan grande es muy humilde.

Bradley resopló porque desde luego que sabía lo suficiente de ese tío como para rebatirle durante tres horas el argumento, pero otra vez calló y prefirió preguntar:

—¿Y sigues enamorada de él como el primer día?

Sue sonrió, con una sonrisa que Bradley encontró irresistible, y confesó toda emocionada, porque estaba enamorada hasta las trancas de su jefe:

—Cada día más. Y aunque él pase de mí, me ignore como mujer y jamás me vea como algo más que su asistente, me da lo mismo. Con solo estar a su lado cada día, me basta.

Bradley bufó y, sintiendo un coraje tremendo porque estaba convencido de que ese cabrón de Dunkers estaba jugando con los sentimientos de esa chica que no podía ser más dulce, replicó:

—De momento, pero llegará un día en que necesitarás tener una pareja que esté de verdad, alguien con el que compartir la vida, alguien que te ame como mereces.

—Solo sé que amar es dar. Y yo soy feliz estando junto a él, ayudándole en todo lo que puedo, trabajando duro para el estudio de arquitectura. No me planteo nada más.

—¿No te planteas despertar junto al hombre que amas? ¿Tener planes de futuro? ¿Tener tu propia familia? —insistió Bradley haciendo de Pepito

Grillo.

—No soy el tipo de mi jefe, tengo clarísimo que jamás pasará nada entre nosotros. Pero bueno… lo tengo tan metido dentro, estoy tan enamorada de él, por muy estúpido que suene, por muy tonta que te parezca, que poco más puedo hacer más que seguir queriéndole en silencio.

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