Flores para Sue

Dina Reed · Capítulo 2 de 33

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Flores para Sue

Cap�tulo 1

Capítulo 1

Eran las ocho de la mañana de primeros de diciembre y caía tal nevada en Jonkers, Nueva York, que Sue celebró que fuera sábado y que no tuviera que ir a la oficina.

Se levantó a darse una ducha caliente y luego decidió prepararse un desayuno con la intención de pasarse todo el día leyendo arrebujada en las mantas.

Abrió el frigorífico, sacó la leche y el zumo de naranja, y cuando se disponía a verterlos en sendos vasos sonó el teléfono.

Era su madre.

Sue respiró hondo para infundirse fuerzas porque cada vez que hablaba con ella se quedaba exhausta. Y es que ya no sabía qué hacer para conseguir sacarla del pozo en el que estaba…

—Buenos días, mamá. ¿Qué tal amaneciste? —preguntó con un tono de voz enérgico y entusiasta.

—Buenos días, hija. Pues mal… Hoy peor que nunca porque acabo de abrir una carta que me ha dejado por los suelos.

Sue sujetó el teléfono móvil con el hombro para tener las manos las libres y acabar de servirse el desayuno, y preguntó disimulando la preocupación que se estaba apoderando de ella de golpe:

—¿De qué carta hablas?

La verdad era que desde que hacía unos meses sus padres se habían divorciado todo eran sobresaltos, ya que su progenitor había dejado con su marcha una ristra de deudas que no hacían más que crecer y crecer.

—De una en la que un proveedor del negocio ruinoso que montó tu padre nos reclama 10.000 dólares.

A Sue estuvo a punto de caérsele el vaso de leche al suelo de la impresión de escuchar aquello:

—Tiene que ser un error. ¡Se supone que ya no quedaba nada más por pagar!

Hacía unos años, el padre de Sue montó un centro de lavado de coches en las afueras de la ciudad que jamás había logrado despegar tanto por su pésima gestión, como por su carácter hosco y huraño que no hacía más que repeler a los clientes.

—No es un error, Sue. Hay que pagar o nos embargarán…

Sue tragó saliva porque no tenía ni idea de dónde iba a sacar el dinero.

Ella ya había invertido todos sus ahorros en pagar una parte de la deuda, había pedido un crédito para la otra, su madre desde hacía dos años estaba desempleada y Patty su hermana pequeña tenía 18 años, estudiaba y trabajaba a tiempo parcial en una hamburguesería.

Estaban jodidas, pero muy jodidas… No obstante, saldrían adelante, algo se le ocurriría, por eso quiso tranquilizar a su madre diciendo:

—¡Eso no va a pasar, mamá! Te prometo que se arreglará todo y esta pesadilla acabará de una vez.

La madre de Sue rompió a llorar desconsolada y solo pudo farfullar:

—La culpa es mía y solo mía. Cometí el error de fiarme de él y poner ese negocio horrible a nombre de los dos. ¡Y además, no soy capaz de encontrar ni un maldito empleo!

—Ya lo encontrarás, mamá. Tú no tienes culpa de nada.

—Sí que tengo culpa, Sue. Cuando conocí a tu padre no tenía que haber dejado colgados mis estudios en la universidad, tenía que haber tenido mucha más ambición y buscarme una profesión con la que pudiera

mantener holgadamente a mi familia, y por supuesto tenía que haberme alejado de todo lo que tuviera que ver con los negocios desastrosos de tu padre. Porque mira dónde estoy y lo más terrible es que os estoy arrastrando a vosotras…

La madre de Sue se echó a llorar y a ella se le hizo un nudo en la garganta más fuerte todavía. No podía soportar verla romperse de esa forma… Y

además, ya de poco valían las lamentaciones, por lo que le recordó:

—Eres una gran madre y eso es lo único que importa. Saldremos de esta, como ya hemos salido de todas las anteriores. Ya lo verás, preciosa.

—Nadie quiere contratar a una mujer mayor de 55 años… He llamado a todas las puertas, he enviado infinitas solicitudes de empleo, ¡es que ya no sé qué hacer!

Sue tampoco, si bien estaba segura de que encontraría una solución, así tuviera que trabajar duro de sol a sol.

—No estás sola, mamá. Yo estoy aquí, sabes que puedes contar conmigo.

—Ya, hija, pero tendría que ser al revés. Los padres son los que tienen que ayudar a sus hijos. Tú tienes 27 años, no puedes pasarte la vida entera con el lastre de nuestras deudas. Tendrás que crear tu propia familia…

Sue pensó que faltaba demasiado para aquello… Solo había tenido un novio, Matt, que la dejó en cuanto acabaron la universidad y después de él no había habido nada importante porque William lo ocupaba todo.

William era su jefe, del que llevaba enamorada en secreto desde el primer día que había empezado a trabajar en su empresa, un prestigioso estudio de arquitectura.

Y ya habían pasado cuatro años desde aquel primer día en que se presentó por primera vez en el despacho de William Dunkers y por poco no se murió ahí mismo de la impresión.

Y es que no solo era su sueño trabajar con uno de los mejores y cotizados arquitectos del país, sino que William tenía una presencia que quitaba el aliento.

El señor Dunkers era alto, fuerte, de unos intensos y ambiciosos ojos oscuros, nariz recta, poderoso mentón y una boca que era una invitación a todo tipo de locuras.

Destilaba carisma, talento y poder en todo lo que hacía o decía, era ese tipo de hombre que acapara todas las miradas, que es tan temido como admirado, pues lleva escrito en la frente que solo sabe hacer una cosa: ganar.

Y Sue había tenido la suerte de formar parte de su maravilloso equipo recién terminada la universidad.

Un lujo como profesional y desde luego que un quebradero de cabeza como mujer porque sin duda su jefe era el hombre de sus sueños.

Lo sabía y estaba segura de que jamás iba a encontrar a nadie que estuviera a la altura de tanta perfección.

Era William o nadie. Y ese era su drama porque William solo la veía como asistente, como su mano derecha, pero para nada que fuera más allá de lo meramente profesional.

A él le gustaban otro tipo de mujeres, modelos imponentes o actrices, con las que solía salir a cenar o a espectáculos de moda, y ella lo sabía bien porque era la que hacía las reservas, incluso hasta le había tocado comprarles flores o bolsos carísimos y escribir una nota de agradecimiento por la “inolvidable noche”.

Era horrible, pensó, y a Sue le entró tanta ansiedad de pensar en William y en las malditas deudas que decidió comer algo con la intención de tapar el agujero que sentía en la boca del estómago.

Abrió el frigorífico, sacó un huevo y beicon, y luego encendió un fuego para freírlo todo con abundante aceite.

—Todo se va a arreglar, mamá. Tú tranquila. Confía en mí —le repitió a su madre mientras rompía el huevo y lo echaba en el aceite hirviendo.

—Cariño, pero no es justo, no es justo que cargue sobre tus hombros esta tremenda losa. No puedes ni comprarte un capricho barato, vives una vida de sacrificios y renuncias, hija, eso no es vida. No lo es…

La madre rompió a llorar y Sue tuvo que morderse fuerte los labios para no hacer lo mismo. No podía permitírselo, no podía caer en la autocompasión o dejarse llevar por la tristeza, y por supuesto que no tenía más opción que ser fuerte. Por eso, insistió:

—La vida no es fácil para nadie, mamá. Y soy feliz dándolo todo por mi familia… Así que tranquila y ya verás cómo pronto esto tiene solución.

Sue se despidió, colgó, se giró para dejar el teléfono móvil en la mesita blanca que estaba detrás de ella y entonces sucedió…

Perdió de vista la sartén unos segundos y fue el tiempo suficiente para que el fuego saliera disparado hacia arriba, alcanzando la campana que también empezó a prenderse.

Sue, muy nerviosa, agarró con un trapo el mango de la sartén que ardía en llamas, con cuidado de no quemarse, y la dejó sobre las frías losetas blancas. Luego abrió el grifo del agua, llenó una jarra y vertió el líquido sobre la sartén, mientras la campana ardía casi entera.

La situación era tan angustiosa que a Sue no le dio tiempo a percatarse de que a través de la ventana su nuevo vecino había presenciado la escena y ya estaba aporreando la puerta, con un extintor en la mano, al grito de:

—¡Abre la puerta, maldita sea! ¡Vengo a apagar ese jodido fuego!

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