Gente nocturna

Barry Gifford · Capítulo 1 de 96

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Gente nocturna

1. Gente nocturna

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GENTE NOCTURNA

 

La mujer es impermeable a la maldad.

WILLIAM FAULKNER

APACHES

 

Big Betty Stalcup besó a Miss Cutie Early en el lóbulo de la oreja derecha mientras Cutie conducía. El cosquilleo hizo que Cutie desviara bruscamente el Dodge Monaco negro hacia la derecha al rascarse ese lado de la cabeza.

—Mierda, no me hagas eso cuando conduzco, Bet.

Big Betty rió y dijo:

—Somos como primas, ¿no? Hay veces en que no puedo ni quiero contenerme. Eso de «seguridad ante todo» nunca ha sido mi lema.

Cutie enderezó el coche y sonrió irónicamente.

—Hace tiempo que lo sé —dijo.

—¿El qué? ¿Que somos como primas?

—No, lo otro. Eso de la seguridad. Siempre has sido una persona imprevisible, Bet, incluso de niña.

Big Betty y Miss Cutie habían pasado unos días en Nueva Orleans y luego el fin de semana en Gulf Shores, Alabama, y ahora regresaban a Perdido Key, en el estado de Florida. El golfo de México estaba liso como el cristal en aquella mañana de febrero soleada y sin brisa.

—¡Cristo Bendito, Cutie! ¡Si mañana es San Valentín!

—Bueno, ¿y qué?

—Habría que pensar en algo especial.

—El año pasado por estas fechas estábamos encerradas en Fort Sumatra, todo el día fregoteando sábanas manchadas de sangre y de meados.

—No puedo creer que aguantáramos tres años y pico en aquel infierno.

—Afortunadamente te tuve a ti, Bet. De no haber estado tú para protegerme, aquellas tiarronas me habrían utilizado como papel higiénico.

Big Betty maniobró su corpachón de metro setenta y noventa kilos de peso para ponerse de cara a Cutie Early. Cutie, con veinticuatro cumplidos, era doce años más joven que Betty, y sus ciento cincuenta y tres centímetros de esbelta figura engendraban en Big Betty un sentimiento genuinamente maternal. Eran amantes desde el día en que Miss Cutie entró de puntillas en la celda que Big Betty ocupaba en el Centro de Rehabilitación para Mujeres Fort Sumatra, a mitad de camino entre México Beach y Wewahitchka

(Florida), dentro ya del huso horario central[1]. Los pelirrojos rizos de Cutie, su cara pecosa, sus ojazos negros y sus finas facciones eran justamente lo que Betty Stalcup había estado esperando encontrar. Fue como si el sistema penitenciario del estado de Florida le hubiera servido su pedido en bandeja. Big Betty echó hacia atrás con la mano izquierda su melena castaña, larga hasta los hombros, y acarició suavemente con la otra el pecho derecho de Cutie.

—Tú siempre serás mi guisantito pecoso —dijo Betty—. Mientras pueda evitarlo, jamás nos separaremos.

—Por mí, encantada.

—Verás, Cutie, tú y yo somos un par de apaches que cabalgan como locas por aquel camino olvidado que cantaba Hank Williams.

—No sé de qué canción me hablas…

—Viajando vamos sin hogar, razón de ser o sitio donde dormir; eso es lo que significa estar en el camino olvidado. En general, la gente no sabe lo que quiere, pero es que la mayoría ni siquiera sabe eso. A veces les parece que sí lo saben pero es porque se les está quejando el estómago, el coño o la polla. Entonces comen, o folian, y vuelta a empezar. Ya sabemos que el dinero los vuelve más despreciables que la mierda. No hay mejor excusa que el dinero para hacer una putada. Pero yo creo que nosotras lograremos que esos hijoputas muerdan el polvo.

—Y ¿cómo?

—Pues atando cabos, guisantito, y después deshaciendo los nudos de uno en uno…

—No sé si te entiendo, Bet, pero estoy dispuesta a aprender.

Big Betty echó la cabeza atrás, cerró sus rasgados ojos de lobo y lanzó una risotada.

—No hay como ser joven y tener ganas de aprender —dijo— Tú procura seguir así mientras el cuerpo aguante.

—Ya, pero después ¿qué? —preguntó Cutie.

Big Betty sonrió forzadamente, apoyó su grueso brazo izquierdo sobre los estrechos hombros de Cutie y se arrimó a su compañera.

—Poner tierra de por medio —dijo— No podemos hacer otra cosa.

—Querrás decir aparte de hacer besar la tierra a unos cuantos.

—Caramba, Miss Cutie, eres un hacha.