Gente nocturna
Gentileza de miss Brown
Easy Earl se apeó de su Mercury Monarch y se quedó junto al coche, estirando la espalda. Los años de cargar y descargar sacas de correo estaban cobrándose su precio en su región sacroilíaca. Earl se daba cuenta de que había llegado la hora de buscar una forma más tranquila de ganarse la vida. Sabía que si conseguía un juicio por lesiones a través de algún médico sancionado por el Servicio Postal, obtendría una pensión por invalidez para el resto de su vida, y tiempo de sobra para complementar sus ingresos. En cuanto hubo relajado la musculatura lumbar, Earl Blakey entró en el High Heaven y se subió a un taburete.
—¿Crown Royal con leche? —preguntó el barman, un hombre al que Earl nunca había visto.
—¿Cómo lo sabe?
—Me lo ha chivado Buford. Dijo que usted venía bastante por aquí; un hermano de pelo tieso con bigote a lo Ray Robinson. Me llamo Maceo.
—Que sea un CR con leche, Maceo. ¿Qué le ha pasado a Buford?
—Le están sacando una muela.
Maceo dejó el combinado de Earl sobre la barra.
—¿Ha visto entrar a una mujer menuda, morena y no demasiado fea, más o menos de mi edad?
Maceo negó con su pelada cabeza.
—Bien. Entonces no llego tarde.
Maceo fue a atender a otro cliente y Earl miró al televisor que había encima de la barra. El pelo castaño claro del presentador, perfectamente peinado, parecía pintado a pistola en su cabeza. Por la raya que llevaba, se dijo Earl, parecía un hoyo de arena en una calle muy curvada de un cuatro o cinco bajo par.
«Un tribunal federal de apelación ha denegado hoy el procedimiento de urgencia para que el Tribunal Supremo de Estados Unidos estudie la ley antiaborto más estricta del país. El tribunal de apelación de Nueva Orleans rechazó la moción presentada por el fiscal general del estado a fin de acelerar una audiencia sobre el particular y certificar los resultados para su inmediato análisis por parte del Tribunal Supremo. El equipo formado por tres jueces no dio explicaciones sobre su decisión.
»Según la ley aprobada este verano por la cámara legislativa de Louisiana, los médicos que practiquen abortos podrán ir a la cárcel por un período de hasta diez años con multas de hasta cien mil dólares. Los abortos serían permitidos únicamente en caso de peligrar la vida de la madre, o bien, bajo pautas muy estrictas, en los casos en que el embarazo sea resultado de violación o incesto».
Earl sorbió su Crown Royal con leche, se sacó un Kool de la cajetilla que llevaba en el bolsillo de la americana y se lo llevó a los labios. Esperó a que el presentador del telediario terminara la información sobre el tema del aborto antes de molestarse en encender el cigarrillo.
«A primeros de este mes, un juez de distrito dispuso que la ley de Louisiana es anticonstitucional. La decisión del juez ha logrado congelar su aplicación en tanto un tribunal superior no revoque su sentencia. El fiscal general ha declarado hoy: “La posición de Louisiana es que el estado no sólo tiene una base racional sino también un apremiante interés en proteger la vida de los nonatos”».
Earl cogió unas cerillas que había sobre la barra, encendió una, la acercó al extremo de su Kool y aspiró hondo. Al mirar el sobre de fósforos vio unas palabras escritas en la tapa: «¡Gánese UN BUEN PELLIZCO ESCRIBIENDO POESÍA! LLAME AL 1-800-Rimbaud». Earl había quedado con Beatífica en el High Heaven para pagarle la última parte de lo que debía por el aborto de Rita. Aquella mujer se había portado muy bien, se dijo Earl, y había sido más que paciente en lo concerniente a sus honorarios.
—No le importa que apague a ese pico de oro, ¿verdad? —le dijo Maceo al alargar el brazo y silenciar las noticias—. Por hoy ya tengo bastante de problemas de mujeres.
Como la frase de Maceo era obviamente retórica, Earl se contuvo de hacer comentarios. El barman se dirigió a la máquina de discos, introdujo un puñado de monedas y seleccionó varios números. El lamento fantasmal de la Steel guitar de Stevie Ray Vaughan en Hillbillies from Outer Space cambió por completo el ambiente del lugar.
—Seguro que ahora la copa le sabe mejor —dijo Maceo, volviendo a su puesto tras el mostrador— ¿Le pongo otro?
Easy Earl sonrió dejando al descubierto los siete dientes de oro por los que había pagado dos mil dólares para sustituir a los que un hombre llamado DeSoto Sturgis le había hecho saltar con su bastón con empuñadura de cabeza de perro durante un altercado en Wig Hat Tippo’s, un local after-hours de Itawamba, Misisipí, hacía veinte años. Poco después Earl había sabido que DeSoto Sturgis residía en la cárcel de Angola a la espera de ser ejecutado por haberle saltado los ojos a tiros a una blanca en un hotel de Bossier City. Earl no sabía con certeza si a DeSoto Sturgis lo habían llegado a electrocutar, pero suponía que la sentencia habría sido ejecutada teniendo en cuenta que Louisiana casi nunca vacilaba a la hora de freír a un blanco pobre, y mucho menos a negros del calibre de DeSoto Sturgis.
—Póngame uno más —le dijo a Maceo—. Ya no tengo nada que decirle a la mujer que estaba esperando.
Maceo rió, exhibiendo a su vez una ristra de repuestos metálicos. Al observarlos, Earl pensó que en la vida de Maceo también había habido algún que otro DeSoto Sturgis.
—Esa chica hace de usted lo que quiere, ¿no? —dijo el barman.
Easy Earl volvió a sonreír y terminó su primer CR con leche. En sus hemisferios cerebrales rebotaban las notas de la Steel guitar tejana.
—Si fuera otra, le daría la razón. Pero ésta, no. Tiene ideales más elevados.
—Uy, Mr. Earl. Entonces le apuesto un dólar de negro a que oímos hablar de ella en el telediario:
Earl asintió y dijo:
—Mayores sorpresas he tenido, Maceo, pero acepto la apuesta.