Gente nocturna
El visitante
No era una rata y Beatífica lo sabía. Una rata podía volcar la lámpara y escurrirse en medio del alboroto. Este ruido lo hacía un animal más grande, de eso estaba segura. Beatífica abrió los ojos y permaneció completamente inmóvil en la oscuridad. Algo se movió, produciendo a continuación un aleteo o un arrastrar de pies. Al principio parecía un batir de alas, pero después fue como si alguien empujara cajas por el suelo.
Beatífica se incorporó y vio una silueta alta y cimbreña que se desplazaba lentamente por el fondo de la habitación. La forma se puso de lado, y al hilillo de luz que se colaba de Decatur Street Beatífica distinguió con claridad el perfil de una barba y una nariz aguileña. Llevaba una levita negra, como la que siempre usaba.
—¡John! —exclamó ella, y la figura se paralizó—. Eres tú, John, no puede ser otro. Acércate.
La silueta se volvió hacia la cama, dio un paso al frente y se detuvo.
—Sabía que vendrías a mí, John. Estaba segura de que tarde o temprano me ofrecerías algo más que tu voz en sueños. Haré lo que me pidas, John. Ya tengo el arma. Sólo falta escoger el momento propicio.
Beatífica se bajó los tirantes del camisón y descubrió sus pechos. Acto seguido extendió los brazos e hizo señas con sus dedos a la paralizada silueta.
—Hazme tuya, John —le suplicó—. Te he estado esperando tanto tiempo… Hazme el amor, rápido, mientras haya luna en el cielo.
Beatífica se levantó y fue hacia él, le cogió la levita y tiró del hombre hacia la cama para que se le echara encima.
—¡El cuerpo de John Brown yace conmigo! —gritó ella mientras su visitante empezaba a moverse acompasadamente.