Gente nocturna

Barry Gifford · Capítulo 71 de 96

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Gente nocturna

Deslenguado

 

«Buenas noches y bienvenidos a Las prostitutas hablan con Cristo. Me presentaré. Soy Roland Rocque, “el mayor deslenguado que el Profundo Sur ha dado”, y si escuchas regularmente nuestro programa ya sabrás que las opiniones expresadas aquí no reflejan necesariamente los puntos de vista de la emisora WJEW ni el de sus patrocinadores. Si es la primera vez que nos sintonizas, ahora ya estás avisado.

»Pasa un minuto de la medianoche aquí en Kenner, Louisiana, y estamos radiando desde los estudios de la WJEW en Airline Highway, a cuatrocientos metros del Aeropuerto Internacional de Nueva Orleans. Brindamos una oportunidad a los habitantes del lado jodido de la vida que trabajan en esta zona para que hagan una pausa entre dos clientes y den voz al Señor a través de las ondas hertzianas. Las prostitutas hablan con Cristo es estrictamente anticonfesional; el programa está abierto a las fulanas de todas las razas y sexos, si es que ambas cosas pueden ser satisfactoriamente determinadas y/o verificadas por la ciencia médica. Se invita a los oyentes a intervenir con sus comentarios llamando a nuestra línea de acceso directo. El número: 1-800-555-9539.

»Bueno, chicos, aquí tenemos a nuestra primera invitada de la noche. Adelante, siéntate. Eso es. Vaya, llevas un conjunto como para levantarle el ánimo a cualquiera. ¡Caramba! Color lavanda. Es de tafetán, ¿verdad?

»—Así es, Roland.

»—¿Tu nombre de pila es…? Nada de apellidos en el aire, por favor.

»—Rossetta, de Sicily Isle, Louisiana.

»—¿Qué quieres decirle a Jesús, Rossetta?

»—Verás, Roland. Antes que nada, quiero agradecerte lo que estás haciendo, darnos la oportunidad de hablar por la radio de nuestros sentimientos religiosos y tal.

»—Es un placer, Rossetta. El micro es todo tuyo.

»—Vale. No tengo nada ensayado, sabes.

»—No seas tímida, cariño. Adelante.

»—Señor, si me estás escuchando, que quede claro que yo no haría marranadas si no tuviera que alimentar a mis hijas, que son dos: Oprah Winfrey y Paula Abdul, gemelas. Tienen tres años.

»—¿Y cuántos tienes tú, Rossetta? Si no te importa decirlo…

»—Diecinueve, Roland.

»—¿Cuánto llevas ejerciendo de prostituta?

»—Cuatro años, casi.

»—Habla con Jesús, Rossetta.

»—No tomo drogas, Jesucristo. Nunca he querido que mis hijas se enganchen con eso. Pero hay mucha presión, sabes. Prince Egypt, que es mi chulo, quiere que sus chicas se droguen. Para controlarlas, ya sabes. Pero Jesús, yo intento ser muy seria en estas cosas. Te pido a ti y a tu papá que nos ayudéis a mí y a mis niñas a apartarnos de la droga. Dame fuerzas, Jesús. Es todo lo que pido, Roland. Que me dejen hacer mi trabajo sin engancharme.

»—Gracias, Rossetta. Estoy seguro de que Jesús te está oyendo. Y si alguno de vosotros, oyentes del Gran Nueva Orleans, nos está escuchando y quiere preguntar alguna cosa, que llame al 1-800-555-9539. Veo que ya tenemos a alguien al otro lado de la línea, Rossetta. Te han oído.

»—A lo mejor es Jesús, Roland.

»—No me extrañaría. Un día cogí el teléfono y era nada menos que el Hijo de Dios en persona. Vamos a ver. Hola, aquí Roland Rocque, “el mayor deslenguado que el Profundo Sur ha dado”, con Rossetta en el programa Las prostitutas hablan con Cristo. ¿Quién es?

»—¿Roland? Lo que deberías hacer con esa puta negra es pegarle un tiro, y a sus niñas también. Así se les terminarían todas las desgracias. Esas tías viven a costa de la gente decente, personas que de entrada están a bien con Dios y con su patria.

»—Mire usted, voy a cortar. Perdona, Rossetta, nuestros oyentes no suelen portarse así, me consta.

»—Está bien, Roland. Sé la clase de gente que anda por ahí. Me pegan para que les deje correrse en mis narices y luego se van a su casa con su mujercita.

»—Siguiente llamada; espero que seas un poco más culto que nuestro último comunicante.

»—Ha sido horrible, Roland. A los que habría que pegar un tiro es a la gente como ése y no a una víctima de la sociedad como Rossetta. Si por mí fuera, habría que deportar a todo aquel que no estuviera en la iglesia los domingos sin una buena razón. Enviarlos a China, por ejemplo, a que coman arroz todo el día y no puedan vestirse más que con ropa fea. ¿Tú qué opinas, Roland?

»—Yo creo que es el momento de hacer una pausa publicitaria, Rosetta. Sé que has de volver a la calle, encanto, así que te doy las gracias por estar en el aire esta noche.

»—Ha sido un placer, Roland. ¿Puedo volver otro día?

»—Cómo no, Rossetta. Cuando gustes».

Pace Ripley estaba sentado en una silla de mimbre en la cubierta de su casa flotante en Delacroix, fumando un porro y escuchando la radio. Su esposa, Tombilena Gayoso, salió, miró cómo rielaba el agua a la luz de la luna, estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó.

—¿Vienes a acostarte, Pace?

—Dentro de un rato, Tommy. Estoy escuchando el programa Las prostitutas hablan con Cristo. Es increíble las chorradas que dice la gente.

—Es lo que suele decir la gente, chorradas. Teniendo casi el doble de años que yo, ya debes de haberlo notado.

Pace lanzó el canuto por encima de la barandilla.

—No tienes nada que envidiarle a ese deslenguado de Roland Rocque. Eso te lo concedo.

—Ven adentro. Puedes concederme lo que quieras. Por mí que no quede.

Tombilena apagó la radio. Pace se puso en pie y la tomó en sus brazos.

—Será mejor que entre antes de que saques tu vieja escopeta.

Pace besó dulcemente a Tombilena en los labios. Ella le puso la mano derecha en el paquete y rió al notar que se le ponía dura.

—¿Le he asustado, señor?

—¿Es que no lo notas, cielo? Estoy petrificado.