Gente nocturna

Barry Gifford · Capítulo 24 de 96

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Gente nocturna

A años luz de casa

 

 

A sus cuarenta y seis años, con sus ciento quince kilos y un metro noventa y cinco, Dallas Salt nunca había estado tan seguro de sí mismo y de lo que hacía como lo estaba ahora. Seguía teniendo una buena mata de pelo que se hacía teñir de negro una vez al mes, y se ejercitaba al menos una hora diaria con su equipo de gimnasia Universal en el sótano del templo. Dallas Salt mantenía, pese a ser soltero, una intensa actividad sexual, y últimamente sus gustos se decantaban por unas relaciones anales sumamente profilácticas con escuálidas furcias negras que le procuraba Sabine Yama, su edecán mitad cajún, mitad paquistaní, de los últimos quince años. Muchas de aquellas mujeres habían pasado a engrosar el rebaño de Dallas Salt, hecho que a él le complacía en extremo, aunque, como le decía a Sabine, una cosa era que aceptaran su sermón y otra que les permitiera aceptar su semen.

La Iglesia de Esta Parte estaba en pleno florecimiento desde el inicio de sus actividades antiabortistas. La asistencia a los servicios dominicales estaba en su apogeo y el mensaje pastoral se extendía rápidamente gracias a los cincuenta y seis concesionarios de televisión por cable que lo difundían actualmente por los estados del Sur. El mejor combustible para el mensaje del hermano Dallas era su propia hermana. Dallas quería muchísimo a Dilys desde siempre, y personalmente no ponía objeciones a que ella predicara. Lo que sí preocupaba a Dallas, en cambio, era el bienestar de su hermana, y Sabine Yama tenía instrucciones concretas de vigilar a sus más fervientes seguidores, aquellos que con mayor probabilidad podían eventualmente hacerle daño. Sabine era el único del círculo de íntimos de Dallas que sabía de la existencia de Pillara Salí y que Dilys era la madre de la niña.

Aparte de ser gordo, casi calvo y medir poco más de metro sesenta, Sabine tenía el pie izquierdo zopo y el brazo derecho contrahecho debido a defectos de nacimiento. Estaba algo más que ligeramente enamorado del hermano Dallas, cosa de la que el pastor era consciente y se aprovechaba con creces, teniéndole a su disposición prácticamente las veinticuatro horas del día. Sabine, que contaba ahora treinta y dos años, había caído bajo el influjo de los Salt cuando apenas era un adolescente. Sus padres estaban horrorizados de su grotesco hijo único, el cual, encima, empezó a mostrar perversas inclinaciones a los diez años, cuando al pequeño Sabine le dio por timar turistas en Bourbon Street. Más adelante empezó a trabajar para los Salt, quienes vieron en él la virtud de la lealtad de quienes están deseosos de servir a los demás.

Al producirse la ruptura, Sabine optó por quedarse con Dallas, debido sobre todo a su preferencia por la compañía masculina y consciente de que su papel en el círculo de Dilys, pese al genuino afecto que ella le tenía, iba a ser de carácter secundario. Sabine detestaba a las Hermanas de Clitemnestra, las cuales, a su juicio, ejercían en Dilys una desdichada influencia y la empujaban más allá de lo que era su propósito en la vida, a saber, colaborar en que la gente conociera su propia realidad interior, el ser que pertenece a Dios.

Sabine opinaba que el asunto del aborto se había exagerado mucho. No podía negar el hecho de que había un montón de preceptos sueltos por ahí sin los cuales el mundo sería mucho más feliz, pero también él había sido antaño un niño no deseado, a años luz de casa, y eso era algo que nunca perdía de vista. Dallas aseguraba que sólo en Estados Unidos se practicaban anualmente cerca de dos millones de abortos, entre legales e ilegales. Aquellas almas, como sabía Sabine, eran recicladas por todo el universo y vivían seguras en otros planetas, cuando no en la propia Tierra. Sabine se preguntaba a menudo si no le habrían ido mejor las cosas de haber habitado un cuerpo de marciano, por ejemplo, y también, por supuesto, cómo habría tenido el pene en ese caso.